
Había una vez un pueblo pequeño, tendido entre las montañas como una semilla que el viento hubiera olvidado.

Quien haya paseado alguna vez por las calles empedradas de Alhama de Granada en una noche tranquila de verano, cuando el eco del río Marchán se pierde entre los tajos y las campanas de Santa María apenas rompen el silencio, habrá oído hablar, sin duda, de la extraña dama que, según cuentan los más viejos, aparece ciertas noches junto a la Puerta de la Mina.