Tendido, dormitando, / sobre el mullido suelo / de la alameda, / sueño que, cerca, el río / susurra su canción / de agua y piedra.
Aquella calle empedrada / regada al amanecer, / olor a tierra mojada, / olor a campos de mies.
Mas no logré encontrar / pescadores ni niños. / Ni las sábanas limpias extendidas / sobre las piedras blancas.
Un hogar que te espera, / la puerta siempre abierta, / y un regazo materno / que invita a descansar.
Estas palabras ponía yo en boca de tu querida Alhama, río Marchán, y lágrimas amargas brotaban de sus ojos de “niña mimada” de aquel rey moro de Granada.