
Hoy cumples 18 años. / Y en lugar de regalarte algo envuelto en papel brillante, / decidí regalarte un sueño en forma de cuento.

“Dieciocho”
Hoy, hijo, te hablo no como quien enseña,
sino como quien contempla.
Porque no eres una extensión de mis manos,
sino un huésped del tiempo que ha pasado por mi casa.
Hoy quiero contarte un cuento,
porque hay verdades que solo llegan
cuando vienen disfrazadas de historia.
Has llegado a los 18 años
como llega el río al borde del mar:
no para detenerse,
sino para volverse más vasto.
Hoy cumples 18 años.
Y en lugar de regalarte algo envuelto en papel brillante,
decidí regalarte un sueño en forma de cuento.
Porque los sueños —a diferencia de los objetos—
no se rompen, no se gastan
y no se guardan en un cajón.
Los sueños se viven.
Este sueño está hecho de muchas cosas.
De todas las veces que te vi caer y volver a levantarte.
De tus risas ruidosas.
De tus silencios profundos.
De esas preguntas que todavía no tienen respuesta…
y de las que quizá nunca la tengan.
Dicen que a los 18 uno se vuelve adulto ante el mundo.
Pero para mí, además de eso,
sigues siendo también ese niño
que alguna vez creyó que todo era posible.
Y ojalá nunca dejes de creerlo.
Ahora sí, el cuento.
Había una vez un joven, (podrías ser tú, hijo),
que estaba parado frente a un umbral.
No era una puerta.
No era un portón.
Ni siquiera una frontera visible.
Era apenas una sensación.
La sensación de saber que, a partir de ese momento,
algunas decisiones
ya no podrían tomarse por él.
—Tengo miedo —dijo el joven.
—Claro —respondió su padre—.
Si no tuvieras miedo,
no estarías eligiendo de verdad.
—¿Y si me equivoco?
El padre lo miró con calma.
—Te vas a equivocar —le dijo—. Seguro.
Y no pasa nada.
Porque equivocarse no es perderse;
es aprender dónde no quieres quedarte.
El joven miró hacia atrás.
—Antes me decían qué hacer.
—Antes te cuidábamos —respondió el padre—.
Ahora confío.
—¿Y si no sé quién soy?
El padre sonrió.
—No te preocupes.
Nadie lo sabe a los 18.
Algunos tardan toda la vida
en animarse a admitirlo.
Entonces el padre le señaló una mochila.
—Ahí dentro no hay respuestas —le explicó—.
Solo herramientas.
El joven la abrió
y encontró tres cosas.
Un espejo,
para recordarse quién es cuando dude.
Una brújula.
Pero no de las que marcan el norte:
una que señala la coherencia.
Y una nota sencilla que decía:
Haz lo que puedas con lo que tengas,
desde donde estés,
sin traicionarte.
Cuando dudes, recuerda:
no has venido a cumplir mis sueños,
sino a descubrir los tuyos.
Y si alguna vez el peso del mundo
te inclina la espalda,
que sea para beber
de la fuente de la humildad
y no para rendirte.
Ama sin miedo,
camina sin prisa,
elige sin traicionarte.
—¿Eso es todo? —preguntó el joven.
—Eso es suficiente —respondió el padre—.
Lo demás lo aprenderás andando.
En ese momento, el joven respiró hondo.
—¿Y tú? —preguntó—.
¿Te quedas?
—Me quedo —dijo el padre—.
Me quedo en tu recuerdo.
En tu voz interna.
En esa pregunta que aparece
justo antes de una decisión importante.
No para decirte qué hacer,
sino para recordarte
que puedes elegir.
Entonces el joven dio un paso al frente.
El primero, con atención.
El segundo, con valentía.
El tercero, con entrega.
La línea, (el umbral), desapareció detrás de él.
El camino no se volvió más fácil,
pero sí más suyo.
No porque ya no existiera,
sino porque había sido cruzado.
Desde lejos, el padre lo vio alejarse
y entendió algo importante:
que educar no era preparar el camino para el hijo,
sino preparar al hijo para el camino.
Por eso hoy te regalo este sueño,( en forma de cuento).
El sueño de que elijas tu propio camino,
incluso cuando no sea el más fácil.
El sueño de que te escuches.
De que confíes en ti.
De que sepas decir que no cuando haga falta
y que te animes a decir que sí
cuando el corazón te lo pida.
Te regalo el sueño de equivocarte sin perderte.
De caer sin rendirte.
De crecer sin dejar de ser tú.
Ojalá tengas sueños grandes.
Y también sueños pequeños.
De esos que caben
en un café compartido,
en una charla sincera,
en un abrazo a tiempo.
Y este cuento te lo cuento yo.
No como escritor.
No como alguien que tenga todas las respuestas.
Te lo cuento como tu padre.
Como alguien que te vio dar los primeros pasos,
que te sostuvo cuando no llegabas,
y que hoy elige confiar.
Porque soltar no es desaparecer.
Es cambiar la forma de estar.
Feliz cumpleaños, hijo.
Que la vida te sorprenda.
Que elijas vivirla a tu manera.
Y que nunca olvides que,
hoy y siempre,
creo en ti.
- A mi hijo Jorge. -