
Los niños de los setenta, ávidos de la nueva tecnología del divertimento que llegaba a nuestras casas, o sea la televisión, teníamos a la montaña de Parapanda como un lugar mágico, ya se sabe que la imaginación infantil a veces no tiene límites, porque cuando vino aquel señor que vivía en la Calle Fuerte a ponernos la tele en casa nos decía que “la antena tenía que estar mirando hacia la montaña de Parapanda porque si no, no se veía”, con lo cual la magia de ver los dibujos animados en aquella extraña caja enchufada a la pared, era únicamente gracias a esa montaña, de ahí su magia fabricada en la cabecita de un niño.









