En nuestro Comacón, Cacín, la Semana Santa suponía un rito de paso anual muy querido y por tanto festejado.
Semana Santa es la semana en que los sacerdotes predican,
el comercio se incrementa, la gente se acicala, la soledad se disfraza...
Por esa época se revive la historia de Cristo, la vida y muerte del mago
del amor. Sin embargo, las personas viven, durante esa semana,
con mucha entrega la muerte de Cristo y luego, con desgano,
mueren a la resurrección del que a tan corta edad venció a la muerte.
(J.C. Betancur Echeverry)
Los días verdeazulados de marzo y abril (ese mes que le robaron al crápula Sabina y en cuyas tardes hicieron llorar a Francisco “Pachi” Andión y a Mari Trini) acudían prestos a su cita anual, trayendo a caballo en el lomo de sus días las celebraciones de la Semana Santa, uno de los hitos del año litúrgico religioso. En nuestro país, de larga tradición cristiana y católica - no en vano Franco se jactaba de que España era “la reserva espiritual de occidente” -, era celebrado con una solemnidad y rigor muy renombrados y rozagantes; tanto que, tras unos años de abandono rozando el olvido, en que a esas manifestaciones populares religiosas se les tildaba de rancias y casposas, han vuelto a resurgir cual ave fénix, con los incongruentes prebostes políticos de toda laya en presidencia (redivivo “aquel trueno / vestido de Nazareno”, tronaba a su vez Antonio Machado), si bien con tintes menos espirituales y más gastronómico-lúdicos y procesionales-posturales, como corresponde al furibundo hedonismo y patética superficialidad que nos asola, hasta convertir nuestra Semana Santa en una festividad deslumbrante y estremecedora. No hay turista o lugareño que no se emocione al contemplar la majestuosidad de una procesión, el olor a cirio y sudor, la fe y esperanza que rezuma. Y luego, la cervecita y las pitanzas, que el fervor despierta el apetito y da mucha hambre.
En nuestro país, hoy día tienen el reconocimiento de interés turístico internacional las celebraciones de Semana Santa de numerosas ciudades. Por nombrar sólo unas cuantas, a título ilustrativo, son celebérrimas las de Palencia, León, Zamora, Valladolid, Cuenca, Zaragoza, Lorca, Córdoba, Medina del Campo, Toledo, Jerez de la Frontera, Castro Urdiales o Cartagena; y qué decir de las de Sevilla, Granada o Málaga, que concitan pasiones espirituales y corporales, y reúnen a miles de fieles devotos en sus calles y procesiones, …y que dejan buenos cuartos en la zona.
Como es sabido, “La Semana Santa es la conmemoración cristiana anual de la pasión de Cristo, es decir, de la entrada a Jerusalén, la última cena, el viacrucis, la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret. Comienza el Domingo de Ramos y finaliza el Domingo de Resurrección. Aunque su celebración suele iniciarse en varios lugares el viernes anterior, es decir, el Viernes de Dolores ... Sigue siendo Cuaresma hasta el atardecer del Jueves Santo, cuando da comienzo el Triduo Pascual: ese mismo día se celebra la institución de la Eucaristía en la última cena; el Viernes Santo, la crucifixión y muerte del Señor, y la noche del Sábado Santo, la Vigilia Pascual. Durante la Semana Santa tienen lugar numerosas muestras de religiosidad popular a lo largo de todo el mundo destacando las procesiones, penitencias y las representaciones de la Pasión, muerte y resurrección de Jesús.” Los días cardinales de estas fechas son los constituidos por el denominado “Triduo Pascual”, que se corresponden con la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret: Viernes y Sábado Santos, y Domingo de Resurrección. Así lo decidieron el Primer Concilio de Nicea (año 325 d.C.) en la antigüedad; y Google y Wikipedia (a los que ya no se discute nada) en la modernidad. Así sea.
En nuestro Comacón- Cacín, la Semana Santa suponía un rito de paso anual muy querido y por tanto festejado. Ya el Viernes de Dolores, el día de las Lolas, se empezaba a respirar un ambiente espeso y acogedor de honda dulzura y espiritualidad en el ambiente, que iría in crescendo a lo largo de los días subsiguientes. El Domingo de Ramos se iniciaba el ciclo de los oficios litúrgicos propios de la Semana Santa. En consonancia con ello, la misa que celebraba Don Aureliano en aquella bellísima iglesia antigua de Cacín era de una ceremoniosidad extrema. Asistía todo el pueblo, que, a falta de palmas, portaba ramos de olivo, como símbolo de paz, y en conmemoración de los ramos que el pueblo lanzaba al paso de Jesucristo en su entrada a Jerusalén, aquel lejano domingo. Los feligreses comaconeros-cacineños, recogidos y meditabundos, se acomodaban en los recios bancos, separados por sexos, hombres a la derecha del altar, y mujeres a la izquierda (las más beatas, en primera fila, con sus reclinatorios de madera y cojines primorosos de tela roja). Don Aureliano, autoridad taumatúrgica indiscutible, reinaba en el centro.
Kyrie, eleison,
Christe, eleison,
Kyrie, eleison.
Esos eran los ruegos que cantaba nuestro párroco con la cavernosa voz de un sacerdote ortodoxo tras el introito, tímidamente seguido por algunas mujeres de los primeros bancos, que eran las más ilustradas y duchas en el lenguaje de los clásicos (griegos en este caso). Después supimos lo que significaba:
Señor, ten piedad
Cristo, ten piedad
Señor, ten piedad
Cánticos precursores del agónico ”Perdona a tu pueblo, Señor, perdónale, Señor / No estés eternamente enojado”, etc. que entonábamos a grito pelado no exento de compunción y arrepentimiento por nuestra evidente culpa, nuestra gran culpa, nuestra grandísima culpa.
Y llegaba la homilía. Silencio sepulcral, y la voz tonante de D. Aureliano se abría paso airosa entre la expectación y el mutismo general de la nave eclesiástica:
Queridos hermanos, ya culmina la Cuaresma, y comienza la semana de pasión y muerte de Cristo, el hijo de Dios que el Padre envió al mundo para salvarnos del pecado. Os exhorto a recordar y vivir con efusión y recogimiento cristianos esta conmemoración. Conmemoremos y vivamos estos días con la misma fe y devoción que ese niño que ha ahorrado cada semana sus perrillas, perras gordas y hasta centimillos de los helados o los caramelos, y los ha invertido en una bula que le ha otorgado la dispensa y licencia de saltarse la vigilia y abstinencia que son obligatorias los viernes de Cuaresma sin cometer pecado. Nada menos que siete pesetas le han costado. Que ese niño sea ejemplo para inundarnos a todos de exaltación cristiana y católica.
[Aclaración para el profano monetario: 1 “perrilla”= 5 céntimos de peseta; 1 “gorda” o “perra gorda”= 10 céntimos de peseta; 1 peseta = 0,00601012 euros; 1 euro = 166.386 pesetas]
Así se desempeñaba Don Aureliano, aquel 26 de marzo de 1961, Domingo de Ramos en Comacón; y no se privaba de poner nombre y filiación al niño ese tan raío y collejo - pensaban sus colegas, algunos ya con rango de “acólitos” - que había despreciado las suculentas chuches de la época de las tiendas de la Mariana, Mercedes la Bubión, Paletas y Emilia/Pepe Escurriuras, por la excelsitud del hálito infantil hacia los cielos. Los monaguillos, a la sazón recién hecha su primera comunión, miraban con admiración y cierta envidia al señalado, en vías de ascenso al monaguillato. Y éste no cabía en sí de orgullo y satisfacción. Y qué decir de sus padres y familia.
- Queridos hermanos, como hemos leído en el evangelio de San Marcos, capítulo 11, versículos 1 a 11, Cristo, aceptando que llegaba su hora, dijo a sus discípulos. “Id a la aldea que tenéis enfrente y encontraréis enseguida un asna atada, con un borrico al lado; desatadlos y traédmelos… Si alguien os dice algo, le responderéis que el Señor los necesita y que enseguida los devolverá. Esto sucedió para que se cumpliera lo dicho por medio del Profeta: Decid a la hija de Sión: «Mira, tu Rey viene hacia ti, manso, sentado sobre un asna, sobre un borrico, hijo de animal de carga». Los discípulos marcharon e hicieron como Jesús les había ordenado. Trajeron el asna y el borrico, pusieron sobre ellos los mantos y él se montó encima.”
Los aborígenes del fondo derecha se miraban algo perplejos y estupefactos; no por oír lo mismo cada año dejaban de extrañarse y sumirse en un entendible pasmo. Menuda manera de entrar en una ciudad que eligió Jesús de Nazaret, pensaban. Y debatían toda clase de conjeturas y elucubraciones; siendo Dios, podía haber elegido algo con más poderío y glamour, cavilaban.
Y continuó nuestro pastor la santa misa: el cura, dando la espalda a los parroquianos, su escueto porte enfundado en una casulla refulgente de matices áureos y plateados, frente al sagrario de un dorado iridiscente, entre sahumerios y parrafadas incomprensibles para el común, pero que sonaban a autoridad y misterio, y latinajos de los monaguillos, encumbrados a esa posición jerárquica que les confería el ser los únicos que, salvo el “dominus vobiscum”, se atrevían a corresponder con cierta coherencia filológica al cura en sus alegatos y parrafadas en la lengua madre. Poco después, el cura daba la comunión y enfilaba el final de la liturgia dominical.
Durante la Semana Santa, de lunes a sábado, estaba prohibida la música y el baile; no se podía poner la radio ni el picú, por tanto; ni siquiera hablar en voz alta. Tampoco se podía discutir, ni pelear, ni dentro ni fuera de las casas. El pueblo guardaba un recogimiento monacal. Y si alguien se desmadraba, daba igual su edad, se le reprendía severamente, y se le conminaba a deponer su actitud; había que vivir esos días de acuerdo con los dictámenes de D. Aureliano, eterna espada de Damocles, epígono en versión limitada del tremendo Don Camilo de Giovanni Guareschi, siempre pendiente de su grey, a la que regía manu militari. Comacón entraba en un maravilloso estado de encogimiento y sopor pasional, un retiro místico que duraba toda la semana, y que hacía del pueblo un lugar aún más edénico.
El lunes 27 de marzo del 61 transcurrió sin sobresaltos, a pesar de que se nos refería la expulsión de los mercaderes del templo, por impíos y negociantes; el martes 28, nos soliviantábamos e indignábamos con los anuncios de la traición de Judas y las negaciones de Pedro, valiente mangante el primero, y mal amigo el segundo; el miércoles 29, nos llegaban noticias vía la agencia A de D. Aureliano, de las conspiraciones de Judas Iscariote con el Sanedrín para vender a Jesús por 30 miserables monedas de plata, ruin y vil pesetero el tal Judas.
Y de pronto, aunque el tiempo transcurría entonces con una lentitud agobiante, exasperante, nos adentrábamos en el Jueves, 30 de marzo. El Jueves Santo, el día del amor fraterno, y uno de los 3 días que relucían y brillaban más que el sol; los otros dos, el Corpus Christi y el día de la Ascensión. Ahí comenzaba la Semana Santa en serio. Hasta ahí, todo habían sido escaramuzas y tentativas; pero, ay, amigo, a partir del Jueves Santo se jugaba la vida el protagonista, Cristo.
Es curioso, no obstante, que aún en los momentos de mayor dramatismo el pueblo logra ahuyentar los demonios tirando de humor; un humor a veces descarnado e irreverente, pero preñado de genuinas fe y religiosidad, a su modo. Así, por ejemplo, en Motril se vivía en directo una pasión viviente con unos diálogos impagables, de los que aquí traigo una muestra, con traducción simultánea entre corchetes, para no extraviarse. Se relata así la escena del prendimiento de Jesús, ese Jueves Santo:
- ¿Eh ehte ‘r güerto de Ozé ‘r manío? [¿Es este el huerto de Getsemaní?]
- Er mehmo. ¿Qué z’ofrece? [El mismo. ¿Qué se ofrece?]
- ¿Ereh tú ezúh er manzanero aliah er meziah? [¿Eres tú Jesús el Nazareno, alias el Mesías?
- Azín eh. ¿Qué queréih? [Así es. ¿Qué queréis?]
- Pueh veníamoh a emprendiete y ancruficate [Pues veníamos a prenderte y crucificarte)
- ¿A emprendieme a mí?? ¡Una miehda! / ¡Una leche migá! [¿A prenderme a mí?? ¡Una mierda! /¡Una leche migada!]
San Pedro, que andaba por allí, saca la espada e interviene:
- Zeñoh, ¿l’endiño? [Señor, ¿les endiño?]
- ¡Endíñaleh, a ver zi loh ehfaratah! [Endíñales, a ver si los desbaratas!]
Absolutamente maravillosa y genial. El pueblo, hablando entre tanto de coligeos y similares contingencias; los hispanistas, ellos, que creían dominar la lengua de Cervantes, sumidos en el más supremo de los desconciertos, en la más pavorosa perplejidad, en la más absoluta de las incomprensiones.
Decíamos más arriba que en nuestro Comacón comenzaron los oficios a las 7 de la tarde. Haciéndose tímido eco de las aperturas que iba a propiciar el Concilio Vaticano II de Juan XXXIII, que se celebró entre 1962 y 1965, la Iglesia comenzaba a dejar atrás el oscurantismo que la caracterizaba y a abrirse a la sociedad, y, más concretamente, a la gente sencilla y modesta. Comenzó a fomentarse la imagen de cercanía y pobreza de la poderosa y orgullosa iglesia de antaño. Así, el Jueves Santo se promovió la institucionalización del lavatorio de los pies de los discípulos, ejemplo de humildad por parte de Cristo, en que el mismo Dios se arrodillaba ante la miseria humana. Total, que se eligieron 12 cacineños que habría de ofrecer el calcañar derecho a la jofaina del sacerdote, …
(Continúa en la segunda parte, en que se da cuenta de lo que aconteció aquel Jueves Santo en el lavatorio de los pies; los oficios que siguieron ese día y el siguiente, Viernes Santo, el día grande de la Pasión de Cristo, con sabrosas anécdotas y ocurrencias de todo tipo en Comacón, tierra de ingenio y esperanza…)