La chiquita piconera: El testamento pictórico de Julio Romero de Torres

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     En los picones encendidos del brasero arden añejas esperanzas y una honda melancolía en sus ojos almanzores. Esa Chiquita Piconera, síntesis de pasión y frialdad, dulzura y desencanto, nostalgia y presencia, esa adolescente que mueve eternamente las pavesas del brasero, se convierte en la modelo de los últimos años del artista.

    María Jesús Pérez Ortiz

    Filóloga, catedrática y escritora

     Como dijera Manuel Marín: “(…) Julio Romero de Torres, dejó prendido en aquel cuadro, valiéndose de la simbología de una mujer cordobesa, una vida que le seguía esperando, cuando la existencia comenzaba a huir como los ecos de un fandango, los quejidos de una soleá, las notas místicas de una nana o el dolor religioso de una saeta…” Sentada en una silla de enea junto a un brasero de cisco picón: todo el erotismo latino del sur. El hombro desnudo, las piernas abiertas y embutidas en unas brillantes medias de seda. Sensual belleza de “ojos negros de misterio y el alma llena de pena”. Con técnica casi fotográfica, el pintor ha penetrado en los entresijos de su alma antigua que rezuma un sufrimiento infinito, el sufrimiento de una muchacha que se ve abocada a prostituirse para sobrevivir. Al fondo toda la negrura del anochecer, presagio del acabamiento definitivo, de esa vida del maestro que se consumía como las brasas del carbón que ella intenta avivar con la paleta. La chiquita piconera, de ojos negros, profundos e insondables como sus negros pesares, nos mira de forma directa y próxima, contagiándonos su negrura vital, su eterna tristeza. “Chiquita Piconera con el brasero se está quemando el alma Julio Romero”.

     “Con la locura por un amor imposible, Romero de Torres buscaba entre el olor y el dolor cordobés a su chiquita piconera, mientras se quemaba en el brasero de su lienzo y de sus piernas. Soltó las riendas de sus pinceles y enjugó el llanto verde en la Fuente de Potro; limpió su boca y sus pensamientos y pidió al arcángel en el puente la salvación de su arte.”

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    María Teresa López González (Buenos Aires 1913-2003 Córdoba) delante del cuadro para el que posó de modelo cuando tenía 14 años. Julio Romero de Torres (Córdoba, 1880-1930) pintado por Anselmo Miguel Nieto (Valladolid 1881-1964)

     En las seguidillas que en 1942 compusieran León, Castejón y Quiroga-“La Chiquita Piconera”, donde se funde el arte con el misterio de la leyenda y lo real, se cuenta cómo esa niña, apenas hecha mujer, se había convertido para el pintor en un oscuro objeto de deseo, en esa obsesión que embarga a los hombres maduros. Enfermo y sin fuerzas y aún la deseaba: “-“¡Ay, Chiquita piconera, mi piconera chiquita!/Esta carita de cera/a mí el sentido me quita./Te voy pintando, pintando/al ladito del brasero/y a la vez me voy quemando/de lo mucho que te quiero./¡Válgame San Rafael,/tener el agua tan cerca/y no poderla beber!”.

     “Chiquita Piconera”, el cuadro más universal del artista cordobés, fue el último que pintara, ya en el dormitorio, cuando la vida se le escapaba… Terminado en febrero de 1930, tres meses antes de su muerte, ha sido considerado como el testamento pictórico del artista.

     Y la niña de los ojos negros, profundos como la noche, de piel de bronce y pelo endrino, reminiscencia de la escuela sevillana barroca. Esa mujer morena que cantara la España pobre de la posguerra, la de las eternas pavesas del brasero, se quedó huérfana un 10 de mayo de 1930, el día que falleció en Córdoba, Julio Romero de Torres.

     Por sus angostas calles morunas, se oye el eco eterno de una eterna canción fundido con un vago rumor de río y de campanas: “Cordobesa, cordobesa, /quítate ese traje negro/y mata en flor tu tristeza, /que vive Julio Romero. /Que duerme, que está durmiendo, /no llores que lo despiertas. /Y está velando su sueño/su chiquita piconera.”

     Su pintura, enraizada en la poética andaluza y en el tópico folclorista, provocó en su momento el rechazo del mundo academicista, que calificaba a su obra de un sensualismo exacerbado. Pero Julio Romero de Torres pintó mucho más que a la mujer morena, esa de los cantares morunos y las manos de bronce. Su obra rezuma una personalísima interpretación de sus fuentes de inspiración simbolistas: Botticelli, Da Vinci, Tiziano…Toda una sublime belleza liberada de los tópicos.



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