Jorge Guillén o la contemplación jubilosa del mundo

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    Recordamos, desde estas páginas, a un poeta, un profesor y un intelectual, de gran sensibilidad y cuya preocupación por lo sobrenatural es casi inexistente si la comparamos con su apasionada fe en lo terrenal: “La Creación se revela de tal modo que puede postular una vía posible hacia un creador. Por de pronto, henos ante la presencia terrestre”.


    María Jesús Pérez Ortiz
    Filóloga, catedrática y escritora

     En ello se condensa toda su obra: Creación de un mundo poético cerrado, pleno, clásico, que sólo consiguen algunos poetas en toda la historia de la literatura. El poeta nos propone una obra cíclica, un mundo poético entero, una respuesta general al mundo en que vivimos, una de las respuestas posibles del hombre del siglo XX a su vida y a su mundo, en la doble vertiente de hombre universal y español. De ahí que los tres extensos libros de Guillén-“Cántico”, “Clamor” y “Homenaje”-, obedezcan a un sistema mental y poético en respuesta a lo que le rodea. Una contemplación unitaria y jubilosa del mundo real en que vivimos, abarcando lo positivo y lo negativo, de la que se desprende un gozo inigualable ya por el solo hecho de esa contemplación, ya por el solo hecho de ser. Visión optimista y epicúrea de lo cotidiano, de lo que nos rodea, y una visión equilibrada y superadora del dolor y de la muerte.

     La exaltación vital, una de las constantes en la lírica guilleniana, se enlaza con el amor, una de las raíces de “Cántico”, un amor que es deseo, anhelo, aspiración personal, necesidad de gozar la realidad y la luz, del espacio y de las cosas, de estar en relación, de llegar a la posesión total, a la exaltación del ser, al dominio de lo absoluto: “Siempre aguarda mi sangre. Es ella quien da cita. /A oscuras, a sabiendas quiere más, quiere amor. /No soy nada sin ti, mundo. Te necesita./ La cumbre de la cumbre en silencio: mi estupor.” Amor, mundo, estupor en la cumbre del silencio, y ahora la sangre, dando forma al cuerpo, al destino, al ser, que exige a su lado, íntimamente unido, un cuerpo de mujer.



     “Salvación de la Primavera” es la gran poesía de amor de “Cántico”, uno de los grandes cantos de amor de la poesía española. El cuerpo de la mujer aparece como un todo en sí mismo, encerrado por completo en sus propios límites: “Ajustada en la sola/Desnudez de tu cuerpo”. Los ojos han captado en su íntegra totalidad este cuerpo. Cuerpo entre aire y luz. Pureza, dirección, seguridad de línea que puede presentar al cuerpo en su total esencia: ¡Eres!

     La mirada contempladora otorga de nuevo a la realidad su evidencia, la asombrosa existencia del ser. Ese cuerpo tan amorosamente recorrido por la mirada, tiene tal quietud, tanto silencio, que se convierte en el centro del mundo, adquiriendo luminosidades profundas.

     Su exactitud, la maravillosa presencia de su forma convoca al amor, a la unión, que del tú y el yo va a hacer un nosotros, esa nueva unidad de la plenitud en que el ser llega a ser. No es un amor que hace que nos perdamos, sino, por el contrario, hace que nos encontremos. Amor que es en nosotros perfecto, en el que siempre se encuentra el tú y el yo. Alcanzada la unión, los amantes desembocan en una alta paz, donde se dan cita la eternidad y el presente.

     Vemos con el acento conmovedor y humano, con la mayor emoción, pero al mismo tiempo con la mayor serenidad que impone toda promesa consciente…, vemos en pleno siglo XX a Jorge Guillén dar a la unión del hombre y la mujer toda su dignidad amorosa, toda su eternidad: “Un ver hondo a través/ De la fe y un latir/A ciegas y un velar/Fatalmente por ti. /Para que en ese júbilo/De suprema altitud, /Allí donde no hay muerte, /Seas la vida tú.”

     En la poesía de Jorge Guillén quedarán para siempre estas dos notas: primero, júbilo, alegría de ver la realidad y de entregarla al mundo; segundo, posesión de la realidad y de lo absoluto. Junto al ímpetu juvenil que da forma a cuanto toca y ve, la dignidad del hombre y de las cosas, la dignidad del hombre entre las cosas.

     Aunque, sin duda, es un poeta que parte siempre de la contemplación de lo presente y que da fe de vida, sin embargo, la obra completa, al paso de Cántico a Clamor-con una guerra civil, una mundial, un exilio…-, muestra tanto nuevos temas, como nuevas formas, pero siempre dentro de una constante y coherente respuesta a la existencia. El último poema de Cántico dice: “El agresor general/Va rodeándolo todo. /- Pues…aquí estoy. Yo no cedo. /Nada cederé al demonio.”

     Y en “Clamor”, ante un peligro de muerte, escribe: “Condenado me siento aunque sin átomo/Todavía de muerte/Y triunfante minuto por minuto, /De pie sobre un planeta que subsiste, / Lóbrego a trompicones, peligroso, /Y junto a los peligros/Me alberga: Creación, /Suprema Creación dominadora.”



     Sus poemas-fotografías de la realidad presente vistas por su yo lírico-nos proporcionan una película de su ser, de lo creado y vivido en plenitud. Aunque en “Cántico” expone una tesis sobre la vida y en “Clamor” muestra temas en antítesis con los de Cántico, sin embargo, un universo unitario y pleno preside toda su obra. Al respecto dice Guillén: “Ya había aludido yo a ciertas fuerzas que considero negativas para el estado de la plenitud de la vida. Se trata del mal, del desorden, del azar, del paso destructor del tiempo, de la muerte. En “Clamor” quisiera desarrollar estos temas, pero no ya en su forma general, como en “Cántico”, sino de una manera concreta, vinculada a la vida contemporánea y a la historia. Esto no implica por mi parte un cambio de actitud, sino sencillamente que ha llegado el momento para mí de evocar estas fuerzas. “Clamor” será; por consiguiente, el complemento de “Cántico”. “Homenaje” constituiría la síntesis final de un mundo poético entero.

     Guillén se ha manifestado al mundo como poeta, como hombre, como un creador de vida y de poesía, manifestación jubilosa de cada presente vivido en un mundo del que extrae la maravilla que es, pese a las fuerzas negativas, de las que siempre será consciente.

     El poeta, como un dios de su obra, ha gobernado su destino de poeta, tal vez más que ningún otro en las letras españolas, y ha podido decir: “¡Dure yo más! La obra sí se acaba. /Ay, con más versos quedaría obesa. /Mi corazón murmura: cesa, cesa. /La pluma será así más firme y brava.”




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