Si las piedras hablaran…

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    Todo un mundo de viejas tradiciones, cultura y cálidas nostalgias se dan cita en ese querido y mágico reducto malagueño que es la calle Ramos Marín. ¡Cuánta historia… y cuántos recuerdos…! Si las piedras hablaran… Pero, ¿quién fue Ramos Marín…? Y ¿por qué se bautizó con ese nombre a la calle donde se ubica nuestro primer coliseo, el Teatro Cervantes de Málaga?


    María Jesús Pérez Ortiz
    Filóloga, catedrática y escritora

     Enrique Ramos Marín, de ascendencia antequerana, consolidó en poco tiempo una merecida fama como abogado en nuestra ciudad, donde comenzó a ejercer en los revueltos años del denominado Sexenio democrático (1868-1874), creando un prestigioso despacho de abogados en la cercana calle Madre de Dios de la capital malagueña. Allí se conserva el archivo formado por la documentación acumulada en los casi 140 años de actividad ininterrumpida. También existen documentos de los siglos XVI y XVII relacionados con la sublevación de los moriscos en 1570 y con otros personajes de la época, firmados por don Juan de Austria y por Felipe IV. Años…, siglos de historia sellados en esos viejos muros ennegrecidos por el paso del tiempo…Pequeño reducto de la historia de Málaga y sus gentes. Si las piedras hablaran…

    Enrique Ramos Marín, decano que fuera del Ilustre Colegio de Abogados de Málaga entre 1899 y 1903(anteriormente había sido don Ángel Caffarena Lombardo), intervino prácticamente en todos los asuntos de importancia para la ciudad y su provincia. Fue albacea del Legado Marín García, y miembro del consejo de administración de la Sociedad de Altos Hornos de Andalucía, alcanzando un notable protagonismo social entre finales del siglo XIX y las dos primeras décadas del siglo XX. Muere el 29 de agosto de 1920 y dos días más tarde el periódico El Regional hablaba del “prestigioso y respetable letrado Enrique Ramos Marín,(…), uno de los pocos hombres que a través de los años y de las luchas políticas, abandonan la vida dejando tras sí la imborrable estela de una honradez sin tacha y el homenaje de la admiración y el cariño de todos los malagueños”.

     Pero hay algo por lo que su nombre brilla en esa recoleta y muda plazuela donde se para el tiempo… Y es que tras el grave incendio que destruyó en su práctica totalidad el viejo Teatro Príncipe Alfonso que inaugurara la Reina Isabel II, un grupo de personas de relieve social, muy ligadas al arte y la cultura de la capital, se asocian con el fin de dotar a la ciudad de un nuevo espacio escénico en el que dar cabida a las diferentes artes escénicas que proliferaban fruto del auge económico y cultural que vive la urbe y, de este modo satisfacer las necesidades de ocio de la burguesía. Y, así el 17 de diciembre de 1870 se inaugura el gran Teatro Cervantes de Málaga, con la interpretación de la obertura de la ópera de Guillermo Tell, y del que Enrique Ramos Marín fuera gerente de la Sociedad de propietarios.

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    Hermosa casa situada junto al Teatro Cervantes, donde residiera, junto a sus padres, María Jesús Pérez Ortiz, así como el ilustre pintor, Félix Revello de Toro

     La construcción del nuevo teatro se realiza bajo la dirección del arquitecto municipal Jerónimo Cuervo, autor de grandes obras arquitectónicas como la Iglesia de San Pablo, la Abadía de Santa Ana de Recoletas Bernardas del Císter o el Colegio de San Estanislao. Éste, a su vez, requiere la colaboración del pintor valenciano, afincado en Málaga, Bernardo Ferrándiz. La decoración de nuestro bellísimo coliseo fue concebida conjuntamente por ambos artistas con la ayuda del pintor malagueño Muñoz Degrain. A Ferrándiz le fue encomendada la pintura del techo de la sala, que representa una alegoría de la Málaga del siglo XIX en pleno florecimiento: La industria, representada por la fábrica de azúcar y los altos hornos de la familia Heredia; el progreso, mediante la representación de la estación de ferrocarril, y el puerto, representado por sus actividades principales, el copo, cuya faena ameniza un guitarrista, toda una estampa costumbrista de la época. La composición está centrada por un templete con la figura de Bellas Artes-no podía ser menos-, representada como una matrona portando sus atributos. De la Málaga del XIX, también aparece el monumento a Torrijos enclavado en la cercana Plaza de la Merced. Y el fondo dominado por ese mágico reducto de voces antiguas, el Castillo de Gibralfaro. Bellezas y más bellezas, paralizando el tiempo, en ese pequeño rincón, calle Ramos Marín-la fuerza de durar eternamente…

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    Gerónimo Cuervo y Félix Revello

     Si las piedras hablaran… ¡Cuánta belleza…! Hay algo de milagro en esa plazuela de ecos ancestrales y sublimes bellezas. Señeros nombres fundidos bajo el prodigioso misterio de la creación artística: Muñoz Degrain, Ferrándiz, Jerónimo Cuervo…y, a penas a cien metros la casa natal del inmortal Picasso, cuya fachada también fuera creación de Jerónimo Cuervo…Si las piedras hablaran…Sí, porque además hay algo, queridos lectores, que no sé si ignoran…Aquel niño malagueño que con sólo ocho años, copiara a carboncillo y gran acierto la lámina del Cristo de la Buena Muerte, que su padre tenía en el despacho y que no podría ser otro que nuestro querido y admirado amigo Félix Revello de Toro, vivió parte de su infancia, adolescencia y juventud en la calle Ramos Marín, nº 2, donde la familia se traslada tras la muerte de su padre en 1935 y donde pasará toda la guerra civil. Allí tendrían lugar sus primeros tanteos artísticos, algunos expuestos en el escaparate de la imprenta y papelería de Ricardo Sánchez en la calle Nueva, otros, en el comercio de Félix Sáenz en la antigua Plaza del Pan. Alguien más que sumar a esta pléyade de hombres ilustres que por esos aconteceres sabios del destino se van a encontrar en torno a ese bello e indestructible rincón malagueño, donde en virtud de no sé qué magia o encantamiento ha conseguido superar los límites del tiempo y de la muerte: La calle Ramos Marín.



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    Una sección de María Jesús Pérez Ortiz
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