Don José Gálvez Ginachero: Una vida ejemplar

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    Quisiera recordar con esta semblanza al que fuera una de las más ilustres figuras de la medicina malagueña y española, cuyo merecido proceso de beatificación-santificación ya finalizado se encuentra en Roma a la espera del designio de la máxima autoridad eclesiástica.


    María Jesús Pérez Ortiz
    Filóloga, catedrática y escritora

     La recopilación de datos realizada para la biografía de una persona muy vinculada a don José, mi queridísimo tío, el doctor Pedro Ortiz Ramos, ha contribuido a un conocimiento más profundo y cercano de su egregia figura, hecho que me ha movido a dedicarle estas palabras que escribo desde el respeto y la admiración.

     Vine al mundo gracias a la intervención de su hijo ‘Pepito’ Gálvez, pues don José ya se había jubilado, pero recuerdo el cariño con que mi madre, Francisca Ortiz Ramos, me hablaba de él: “Hija mía- me dijo don José-siento no poder asistirte en el parto, pero mi pulso ya me falla”.

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     Sus más destacadas virtudes fueron la piedad, el amor al trabajo, su parquedad expresiva (hablaba lo imprescindible) y la caridad siempre ejercida con humildad. Todas estas virtudes se cumplían de una manera tan fiel que llenaban por sí solas su quehacer vital.

     La piedad como virtud creció en él con la edad, su hogar fue un auténtico modelo de familia cristiana. Don José hacía de su vida seglar un auténtico sacerdocio. Todo ello nos da a conocer la pureza espiritual de aquel hombre, que viviendo una vida activa en el mundo (siempre atendiendo con suma entrega a sus queridos enfermos) , supo llevar una existencia volcada al servicio de Dios.

     La oración fue su preocupación continua. Durante las operaciones rezaba por el alma de los operados en el Hospital Civil. Lo que no puede extrañarnos en un cirujano que antes de empezar la cirugía hacía con el bisturí la señal de la Cruz sobre la región a operar.

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     Su actitud natural frente a la vida era el silencio. Mantenía una conversación a base de monosílabos, nada extraño en un hombre de tan rica e intensa vida interior.

     Fue ingente la labor que realizó durante su dilatada carrera profesional. Sólo en el Hospital Civil se registra la cifra de ciento cincuenta mil mujeres asistidas en su actuación como especialista. Número excepcionalmente alcanzado por un profesional de la medicina. El trabajo le concedía una gran paz interior y alegría de vivir.

     Fue además don José Gálvez el primero en practicar en Andalucía una cesárea post mortem, el 13 de julio de 1898, hecho muy sonado en nuestra ciudad. Pronto fue conocido el caso con el nombre de ‘la niña de la ciencia’. Don José fue el padrino de la pequeña que recibió las aguas bautismales en la Capilla del Hospital Civil, de manos del entonces obispo de la diócesis de Málaga, don Juan Muñoz Herrera.

     Sus enseñanzas fueron tremendamente humanas; fue un gran maestro, enseñó cómo debe vivir el médico en su vida profesional y junto a sus enfermos, con interés, caridad y amor.

     No hacía, apenas, concesión al recreo personal y menos aún al descanso. Infatigable trabajador. Creó en el Hospital Civil de Málaga una Escuela de Matronas que más tarde extendió a Madrid. Él mismo se daba cuenta de la escasez de tiempo para las obligaciones que se imponía. Él mismo reconocía que después de ocho horas seguidas de trabajo, no está uno para un estudio serio.

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     Esto solía decir un hombre de más de 70 años de edad, que se reprochaba no dedicar el tiempo debido al estudio. Ello constituye un magnífico ejemplo para la juventud de hoy, ociosa y distraída, que pretende triunfar de inmediato en su vida profesional.

     Para don José, el cristianismo que Cristo practicaba se centraba fundamentalmente en la caridad y en el ejercicio de la misma gastó mucho de su dinero. Hasta tal punto llegó su desprendimiento que poco antes de morir y haciendo balance de su economía, solía decir: “Yo he ganado muchos miles de duros, mas en los últimos días de mi vida, de muy escasos fondos dispongo. Bien es verdad que todo lo di”. “Ahora, al hacer arqueo de mi dinero, si hago también balance de mis actos, me asalta la duda, si lo di por caridad o lo di por vanidad”. Ello constituye un hermoso ejemplo de rectitud de conciencia o sublime paradigma de modestia.

     El amor, el trabajo, la caridad y entrega a los demás fueron las directrices de su vida, de una vida que no fue más que una lucha en la que puso en juego todas las potencias del alma para salir triunfante de un proceso de ascesis que en definitiva fue el trabajo de su existencia.



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