El triunfo de lo efímero

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    La nuestra, además de “civilización de las máquinas”, es llamada también “civilización de las imágenes”, digo de las imágenes exteriores, fotografías, cine, televisión…, no de las que nacen de nuestra interioridad, fruto de la actividad creadora y alimento potente del pensamiento.

    María Jesús Pérez Ortiz
    Filóloga, catedrática y escritora

     Las imágenes exteriores son inmediatas, y el pensamiento es mediación: fluyen, y el pensamiento “para”; ejercitan a “mirar”, no a “ver”; aparecen y se van ante la consigna de “todo lo rápido” con movimiento acelerado y, al mismo tiempo, de “todo obvio”, al nivel de mera información relámpago. Este tipo de imágenes impide y sustituye la intuición intelectiva que sondea a fondo, la mediación intelectual, el razonamiento y refleja la superficialidad de las cosas y de las relaciones humanas impidiendo reflejar en su profundidad, obstruye la fantasía: atonta. No se trata de destruir la civilización de las imágenes y con ella los medios de comunicación de masas, sino de usarlos de modo que no maten el pensamiento y la palabra creadora del hombre, es decir, de recuperarlos en el interior de la vida espiritual y de las ciencias que le son propias. Pero no es este el problema que aquí nos interesa, sino más bien el otro, el de la civilización de las imágenes como símbolo de dos aspectos del hombre contemporáneo estrechamente unidos entre sí: tener prisa y, por consiguiente, producir cosas efímeras teniendo presentes, a causa de la prisa exigida por el éxito rápido, aspectos cada vez más parciales de lo real y de su conocimiento junto a la ignorancia de los demás. De tal manera que no sólo va a menos cualquier interconexión entre las ciencias, sino que se va hacia un fraccionamiento cada vez de más sectores por una prisa acelerada siempre con vistas a obtener productos cada vez más efímeros. Y así, el esclavo de la pasión, del éxito y del poder, el hombre de hoy eleva la prisa a método y lo efímero a principio; pretende hacer crecer con movimiento acelerado los medios técnicos al mismo tiempo que rechaza cualquier control como algo que hace perder el tiempo, que viene a ser lo mismo que pretender multiplicar el tránsito suprimiendo los semáforos; y es el caos, la torre de Babel, por el triunfo de lo efímero. Es la consecuencia inevitable de la pérdida del ser y con él de la inteligencia y, por tanto, del verdadero saber, el oscurecimiento de la capacidad de juzgar rectamente o según la ciencia cosas naturales y humanas.

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     Es tiempo de que el hombre, que hoy no tiene nunca tiempo, reconquiste su tiempo, deje de correr y de tener tanta prisa; aprenda a pararse para ver, qué es el significado de “theoria” o de “contemplación”. Sin ella no habría nacido ningún saber y sólo con ella el saber progresa y no se invierte en obras efímeras. Sólo quien se para ve y sólo quien ve, sabe, conoce y hace avanzar el conocimiento humano. El hombre de la sociedad en que vivimos, ignorante o “experto”, debe reeducarse para la contemplación, la única que, al producir el saber, hace que el hombre se comporte cada vez mejor y le impide, al librarlo de un excesivo activismo, que deshaga o se exceda con la falsa ilusión de estar haciendo. La prisa y la precipitación son propias del hombre puramente mundano y, como tal, superficial y desconsiderado, esclavo de esta ansiedad por el éxito que le quita la paz a él y a los demás. El saber pararse para ver es propio de quien sabe reflexionar sobre el mundo, sabe considerar, profundizar, respetar y amar. La tan lamentada degradación del ambiente natural es el resultado de la prisa por producir lo efímero, es decir, de la falta de paciencia histórica. Si en vez de tener presente, cegado por el éxito y en su desprecio de los demás valores, y por sólo el incremento de la producción en el más breve tiempo posible y del modo más rentable, el hombre contemporáneo hubiese tenido la paciencia de interpelar no sólo a los “técnicos” y a los “especialistas” del sector, sino también a los científicos, del biólogo al geólogo, para que estudiaran atentamente cómo evitar los estragos eventuales, el progreso habría sido más lento, pero más humano, más científico, más prudente y, finalmente, más rentable. Pero decir paciencia es introducir en el proceso económico un valor moral que comporta otros: el respeto a la naturaleza, al hombre que vive en ella, a la justicia, que es también la caridad que debemos a todo ente reconociéndolo en su ser.

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