La poesía de Pedro Salinas: Una aventura hacia lo absoluto

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    Cuando la inteligencia se ilumina por el sentimiento se inicia la aventura poética, ese afán de conocimiento a través del acto amoroso de posesión de la realidad, entendiendo por realidad todo lo que vive fuera del poeta: los seres, las cosas, el mundo…

    María Jesús Pérez Ortiz

    Filóloga, catedrática y escritora


     Para Salinas el poeta es un aventurero de la realidad cuya naturaleza debe contemplar, conocer y comprender, aunque sin esperanzas de llegar a comprenderlo todo, pues su aventura conlleva la incertidumbre y el riesgo de conquistar lo que está perpetuamente haciéndose. Es, como él mismo afirma, una aventura hacia lo absoluto, que no acaba en la poesía escrita sino que continúa en la poesía misma, en el autor, en el lector, en el silencio…, ese eco de Dios, pues la poesía a veces acaba en iluminación, en revelación del misterio.

     Tras la catástrofe de la guerra civil y del exilio, Salinas definiría la poesía como ”obra de caridad y claridad”, aunque para ello deba atravesar la desesperación y la oscuridad. Porque como había afirmado hacía ya dos décadas: “Todo poema digno acaba en iluminaciones”. Es su propia visión de la experiencia poética desde las cosas que le rodean donde el poeta busca el arcano, la flor del mundo, a través de las tinieblas, en un proceso similar al de la experiencia mística: “En una noche oscura, /con ansias en amores inflamada,/¡oh dichosa ventura!,/salí sin ser notada,/estando ya mi casa sosegada.” Proceso similar al amor, también “buscando claridad/a través del misterio”. Y, así, llega al “Verbo”, al gran milagro de la palabra que se le ofrece virgen y nueva y a cuya luz todo está más claro.

     Hay un doble valor en la palabra “Claridad” empleada constantemente por Salinas. En una conferencia pronunciada sobre Fray Luis, habla de la importancia que tiene la luz en la obra del poeta renacentista, y a propósito distingue entre “luminosidad”, o luz de los sentidos, y “claridad” o luz de la inteligencia. El poeta en consecuencia, es el iluminado, el vidente, como lo son el místico y el enamorado. Guiado por esa penetración de visión, descubre, conoce y esclarece su experiencia y, finalmente, accede a la verdadera realidad de lo absoluto, de lo eterno y lo perfecto, más allá de las imperfecciones y de las engañosas apariencias del tiempo, aunque deba partir de ellas en su anhelo de búsqueda. Es esta una aventura que lo compromete no sólo como poeta, sino como hombre: “No hay hechura del hombre que no provenga de su vida. Por eso no existe arte que no sea humano…”Poesía y vida, de noble raíz romántica, constituyen toda una síntesis en la obra de Salinas, que abarca por igual lo estético, lo intelectual, lo afectivo y lo moral. Autenticidad y belleza que se corresponden con la identificación plena de la poesía con la vida de donde nace el acorde perfecto entre el alma del poeta y el alma del mundo, que es la clave del conocimiento y comprensión de toda realidad, el fundamento de la verdad final que el poeta descubre: la adecuación entre ciertos signos del mundo y su esencia profunda.

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     Su poesía alcanza verdaderas resonancias líricas en la temática amorosa. La presencia de Garcilaso se encuentra en “La voz a ti debida” cuyo título se debe a un endecasílabo del poeta renacentista, extraído de su Égloga III: “Y aun no se me figura que me toca/aqueste officio solamente en vida, /mas con la lengua muerta y fría en la boca/pienso mover la voz a ti debida”, donde se elabora la imagen de la amada y, por tanto, del amor mismo, a partir de la imagen interior que el amante lleva en sí, eterna, salvada de accidentes…. También el amante de Garcilaso en su soneto V, “escrito está en mi alma vuestro gesto”, dice: “…mi alma os ha cortado a su medida,/por hábito del alma misma os quiero…” Soneto con el que, en opinión de Salinas, comienza la historia de la lírica amorosa en España.

     En “La voz a ti debida” y “Razón de amor”, largos poemas donde el amor se convierte en movimiento de una intensa búsqueda de esencias, diversos investigadores han encontrado una profunda huella de Fray Luis de León y San Juan de la Cruz, afirmando que la poesía de Salinas es poesía mística, aun cuando no conduzca a la unión con Dios, su culminación verdadera. El diálogo con la amada, la relación yo-tú del diálogo amoroso que se afana por el logro de certeza y eternidad, pueden recordar el tono y el sentimiento del “Cántico espiritual”, así como también algunas similitudes en las imágenes. En suma, lírica amorosa, proyectada a un nivel de intensidad donde se desdibujan los accidentes y se concentran las grandes realidades fundamentales-día, noche; tierra, cielo, mar-, para ordenarse en el vasto paraíso de los amantes.

     Ya en los albores de la lírica española moderna, Bécquer es su gran influencia. El primer poema de “La voz a ti debida” presenta grandes similitudes con las más conocidas “Rimas” del poeta sevillano. Ese “hálito becqueriano” lo podemos apreciar sobre todo en los libros de Salinas anteriores al exilio, donde el sentimiento dominante de amor en movimiento hacia una amada inaprensible, la fusión sentimental con el mundo, y el tono de ansia y de afán, reflejan un gran paralelismo con las bellezas líricas becquerianas.

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     “La voz a ti debida” forma con “Razón de Amor” y “Largo Lamento” todo un ciclo amoroso. El amante es descubierto por la amada, y en justa correspondencia aquél procura bucear por el mejor tú de ella (“La voz a ti debida”); del hallazgo resuelto en despedida queda la nostalgia del bien recibido(“Razón de Amor”) y el dolor, después, del reencuentro imposible(“Largo Lamento”). Tres títulos que tienen al diálogo o monodiálogo amoroso como principal motivo. En “La voz a ti debida”, auténtico “cancionero amoroso”, la búsqueda de la amante se intenta desde el anonimato de toda circunstancia, desde la abolición de la historia personal como lastre: “Sí, por detrás de las gentes/te busco. /No en tu nombre, si lo dicen, /no en tu imagen, si la pintan. /Detrás, detrás, más allá”. Para que él y ella, amante y amada, se reduzcan a la pura identidad sin mixtificación alguna. Otro significativo ejemplo lo podemos apreciar en el poema “Para vivir no quiero”: “Quítate ya los trajes, /las señas, los retratos, /yo no te quiero así, /disfrazada de otra, /hija siempre de algo. /Te quiero pura, libre, / irreductible: tú…”Y vuelto ya al anónimo/eterno del desnudo, /de la piedra, del mundo, /te diré: /”Yo te quiero soy yo”; para cerrar con una expresión de júbilo: “Para vivir no quiero/islas, palacios, torres /¡Qué alegría más alta: /vivir en los pronombres!”.

     Otro de los poemas más antologados del libro es el que comienza: ”¡ Qué alegría, vivir/sintiéndose vivido! Rendirse/a la gran certidumbre, oscuramente, /de que otro ser, fuera de mí, muy lejos, /me está viviendo…” Poesía amorosa de salvación existencial, con ribetes de tradición mística, hay en este texto, en lo que tiene de ansias de unión, de fusión. Estos versos afirman la imposibilidad de morir cuando el amante es vida compartida y poseída por la amada. No sólo se salvan las distancias, las ignorancias, el tiempo, sino hasta el terrible desasirse de la vida. La salvación o el amor, recordando a Vicente Aleixandre, sería el lema de la poesía de Salinas en este libro, una poesía extendida a toda la trilogía que oscila entre lo ideal y lo pasional, aunque, en contrapartida, desde el mismo centro del “hallazgo” gozoso amenaza la amarga ruptura, el dolor del reencuentro imposible: ”El sueño es una larga despedida de ti”. “Viví, vivo. ¿Hasta cuándo? / Sé que te volverás /atrás. Cuando te vayas/retornaré a ese sordo/ mundo sin diferencias, / del gramo, de la gota, / en el agua, en el peso. / Uno más seré yo/ al tenerte de menos. /Y perderé mi nombre, /mi edad, mis señas, todo/perdido en mí, de mí. /Vuelto al osario inmenso/ de los que no se han muerto/ y ya no tienen nada/que morirse en la vida”.

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     A este ritmo binario le corresponde también una doble consideración del mundo y luego reducido a caos en sombra. En el amante quedará, como en el lejano modelo renacentista, el dolorido sentir por la felicidad perdida. En definitiva, todo un canto de amor ilustrado por las circunstancias, por las exigencias de ese desvelamiento amoroso.

     Que estas palabras sirvan de homenaje al autor de una de las líricas amorosas más importantes del siglo XX. Un poeta que murió en Boston como “voluntario exiliado político”, anhelando España, acariciando su lenguaje materno en las páginas castizas de Arniches, en las andaluzas de los Álvarez Quintero, en las emocionadas y doloridas cartas que se cruzó con sus compañeros de la Generación del 27, de un lado al otro del Atlántico.


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