La muerte de ‘El Pino de las Cinco Ramas’



Nuestro homenaje a uno de los emblemas del Parque Natural Sierras de Tejeda, Almijara y Alhama.


El Pino de las Cinco Ramas. Foto de Carlos Luengo

 Para todo ser viviente la muerte es una ley inapelable, igual que la vida, mientras ésta dura. Pero aun siendo plenamente conscientes de la mortalidad propia y ajena, cuando ésta se hace presente -no importa que sea anunciada, esperada o incluso anhelada- siempre nos provoca un escalofrío, porque su fría aparición implica el abandono definitivo de lo único que realmente poseemos, que es nuestra vida.

 Nos despedimos hoy de un viejo amigo que durante generaciones dio sobradas muestras de merecer ambos calificativos, el de viejo y el de amigo: el Pino de las Cinco Ramas. Todos los que transitaron alguna vez -o incontables veces- por el camino terrero que lleva de los Prados de Lopera a la Resinera, dentro del Parque Natural Sierras de Tejeda, Almijara y Alhama, pasaron inevitablemente por su lado. ¿Y cómo no verlo? Aquella estampa resultaba inconfundible con sus casi catorce metros de altura y más de seis de perímetro de base, un escultural tronco que se dividía desde el suelo en cinco brazos iguales que, a su vez, se bifurcaban en otros tantos y aquella copa gigantesca, tupida y verde que invitaba a "pasar dentro". Porque el bello y venerable Pino de las Cinco Ramas había hundido sus raíces precisamente justo a la orilla del camino, como si hubiese sido consciente de que a los viajeros que atravesaban su comarca les vendría bien descansar bajo la protección de sus ramas.


La extensión de su frondosa copa era considerable. Foto de Carlos Luengo

 Se desconocía su edad exacta -los más viejos del lugar afirman que siempre lo vieron con ese porte-, pero los doscientos años los había cumplido holgadamente. Durante todo ese tiempo un incontable número de arrieros, pastores, viajeros, peones, labradores, resineros, esparteros, soldados, maquis, guardias civiles y más recientemente naturalistas, científicos, excursionistas y amantes de la naturaleza se acercaron a él y treparon por sus ramas, descansaron junto a su tronco, aprovecharon sus recursos, se resguardaron del sol y de la lluvia bajo el acogedor paraguas de su copa, mantuvieron con él largas conversaciones, estudiaron sus peculiaridades botánicas y fotografiaron hasta la saciedad su imponente figura. Cuántos momentos -ya del todo irrepetibles- quedaron amparados por su ramaje: el solitario niño pastor que, junto a sus ovejas, tiritando de frío en invierno, se resguarda de una tormenta repentina; el grupo de soldados que, camino del frente, se reúnen para echar el que tal vez sea su último cigarro; el arriero que viene de la parte de Almuñécar con su mula cargada de tomates e higos secos y se refugia del sol de mediodía para almorzar y seguir camino; el hijo del terrateniente que se detiene a ver si hay suerte y caza unos pájaros con su escopetilla de plomos; el guardia civil que, cansado de andar, hace un alto en su tarea para recuperar fuerzas comiendo unas onzas de chocolate y soñando, quizá, con la llegada de tiempos mejores…

 La bella y original silueta del Pino de las Cinco Ramas le había convertido en uno de los árboles catalogados como "singulares" por la Junta de Andalucía y, como tal, se encontraba especialmente protegido -al menos en teoría-, pero eso no le ha salvado de su destino. Hace tiempo ya que sus cinco pies se habían ido partiendo uno a uno debido al embate, durante mil inviernos, de incontables tormentas, quedando reducidos primero a cuatro y después a dos, hasta que el árbol, mutilado como un héroe de guerra, fue poco a poco perdiendo su vigor. Y no ha sido un voraz incendio, ni una enfermedad insidiosa, ni tampoco su avanzada edad la causa de su final. Tuvo que ser otro vendaval colérico e incontrolable, esta vez con nombre propio -la tormenta Ana- el que, pasando por encima de las copas del extenso pinar que lo rodeaba, escogió al veterano pino para envolverlo en su mortífero abrazo. De modo imprevisible llegó lo previsible: la fuerte embestida de un golpe de aire, un ensordecedor crujido de maderas rotas y el viejo pie debilitado, que cedió definitivamente. En la oscura madrugada del once de diciembre de 2017, mientras nevaba, el Pino de las Cinco Ramas claudicó por fin y a la mañana siguiente dejó ver su inmenso cadáver caído en el camino, doblegado para siempre, cubierto por una ligera capa blanca.







El Pino de las Cinco Ramas resultó destrozado por un vendaval. Fotos de Jesús Pérez Peregrina y Eladia Rus Martínez

 Qué sabemos de cómo vive un árbol, de cómo muere un árbol. Pasamos a su lado como sombras efímeras; estamos acostumbrados a desoír sus lecciones de paciencia y estoicismo. ¿Sienten, de alguna forma, el dolor? Como nosotros, ¿son conscientes de su decadencia? En ese instante mínimo en el que cedió, ¿evocaría el Pino de las Cinco Ramas su vida larga y dadivosa? Ya no lo envolverá más la niebla helada del invierno, ni verá por primavera llegar de África las bandadas de golondrinas y vencejos; ya no oirá más el canto de la perdiz ni brillarán sus acículas bajo el fuerte sol del verano almijareño. Estos días la sierra se vestirá de cortinajes negros que presumiblemente tampoco seremos capaces de ver, porque el emblema de esas montañas, el Pino de las Cinco Ramas, que a tantas personas con sus historias y secretos dio cobijo, ha dejado ya de ser.

 La vida de ese árbol singular, convertido para siempre en una leyenda más del Parque Natural Sierras de Tejeda, Almijara y Alhama, ha llegado a su final. Cuando retiren el montón de leña y se disipe en el aire el olor a resina que han dejado sus pobres ramas desgajadas, quedará vacío el espacio que ocupó durante más de dos siglos. Pero crucemos los dedos: tal vez alguna semilla sana se le haya desprendido en su caída y tenga la suerte de germinar y crecer; entonces las generaciones venideras podrán disfrutar de un nuevo Pino de las Cinco Ramas -lo llevaría en los genes- por otros doscientos años más. Porque en eso consiste precisamente, afortunadamente, la Ley de la Vida: en ir de la mano del cambio, de la evolución, de la renovación.

 Hasta siempre, Pino de las Cinco Ramas. Gracias por haber formado parte de nuestra historia.



 A la orilla del camino, como siempre, permanecerá en nuestra memoria el Pino de las Cinco Ramas. Foto de Carlos Luengo

Escrito por Mariló V. Oyonarte.