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Genara o “la aparecida” de la Venta del Vicario. (Crónica de una historia de amor) -y II-

Segunda parte de los devenires de la legendaria Venta del Vicario, sus habitantes… y su fantasma.

El viejo camino que asciende del camino arriero a los corrales de la Venta del Vicario continúa existiendo en la actualidad (imagen, abril de 2026)

 Volaban raudos los años y a la gente de la Venta del Vicario le iba cada vez mejor. Las buenas casas, las tierras fructuosas, la sobradura de agua y el trabajo incansable de todos, cada quien atendiendo a su negocio, encumbraron ese cortijo hasta convertirlo en uno de los más prósperos de la finca de la Resinera. Labradores, pastores, resineros, remasadores, arrieros, esencieros, torneros y alfareros con sus familias llenaban de vida la venta y sus alrededores. Pero en la boyante y bulliciosa cortijada no sólo se arrimaba el hombro –los hombres en sus faenas y las mujeres en las casas, y en sus ratos libres bordando velos de novia y mantillas de Semana Santa para las señoritas de posibles, que podían pagar esas labores por encargo–; los de la Venta del Vicario también sabían divertirse y, cuando llegaban los fines de semana señalados o las ferias de los pueblos circundantes, organizaban unas fiestecillas paralelas que todavía se recuerdan en muchos lugares comarcanos. Comida opípara y abundante, buena música (al gusto popular de la época) y horas de baile y algazara eran los principales ingredientes de un guiso muy apetecido por los asistentes, especialmente los más jóvenes, que ansiaban sacudirse de encima la esclava rutina diaria de la gente del campo. A las celebraciones de la Venta del Vicario acudían muchos vecinos de la Resinera y de los cortijos cercanos, pues no hay mejor reclamo que las ganas –y, sin la menor duda, también la necesidad– de divertirse y relacionarse entre sí de los más jóvenes. Uno de los momentos más esperados de esas jaraneras reuniones era la llegada de los Quintines, una afamada familia de músicos procedente de Arenas del Rey: rasgueaban sus guitarras con tan increíble maestría que contagiaban su entusiasmo a todos, transformando cada velada de aquellas en algo memorable para niños, jóvenes y viejos, porque a esas citas no faltaba nadie. Con frecuencia, los saraos duraban hasta el amanecer del día siguiente. 

Una parte de los habitantes de la Venta del Vicario: la familia de Alaminos, el guarda de monte de la Resinera, y la del boyero que trabajaba con las dos yuntas de bueyes propiedad de la empresa, junto con algunos miembros de la familia Ramos Fernández (Arroyo de la Azuzadilla, Venta del Vicario, verano de 1963)

De celebración en el cortijo, que no todo iba a ser trabajar. Las familias de la venta se llevaban entre sí como si fueran una sola: cuando había que ir al tajo, todos a una; cuando había que divertirse, también (Venta del Vicario, año 1959)

En la Venta del Vicario había muchos niños, y de todas las edades. De izquierda a derecha: María José, Pedro, Yolanda y un amiguito de ellos

Estrella y Conchi bañándose en las aguas del Arroyo de la Venta o río Cacín, justo frente a la Venta del Vicario. La empresa de la Resinera excavó en el cauce del río, entonces con más caudal que ahora, unas estupendas pozas para que los niños de los cortijos pudieran bañarse y disfrutar durante el verano

Yolanda y María José, disfrutando los maravillosos e interminables veranos de la Venta del Vicario

Parte de los hermanos Ramos Fernández: Estrella, José Carlos, Conchi, Yoli y Pedro con su amigo, habitantes de la Venta del Vicario, nietos de Diego “el de Josefa” y Brígida, y descendientes de personas nacidas y criadas en la Venta del Vicario durante varias generaciones (Venta del Vicario, 1963)

Carlos Márquez y algunos de sus familiares bromeando ante la cámara (Venta del Vicario, principios de los años setenta)

Diego García Ligero era un fotógrafo de Granada; se había casado con Antoñita Ramos, una de las muchachas de la Venta del Vicario. Tenía su estudio de fotografía en la calle Mesones, y siempre que podía llevaba consigo una cámara de fotos. Gracias a él podemos disfrutar estas preciosas imágenes de la gente del cortijo

 Llegaron también –y de qué modo– tiempos oscuros para la gente de la Venta del Vicario, sobre todo una vez terminada la guerra civil, pues los enfrentamientos entre los guerrilleros antifranquistas huidos al monte y la guardia civil fueron especialmente sañudos y crueles en la zona de Sierra Almijara. La Venta del Vicario no se libró del desalojo forzoso al que fueron sometidos todos los cortijos mientras duraron los choques armados entre perseguidores y perseguidos, pero bien es cierto que, una vez superado el trance, en el año 1952, nuestra cortijada tuvo la suerte de que todos sus moradores quisieran regresar a las casas cuando ya no quedó un proscrito en la sierra y las autoridades lo permitieron. Aunque el pavor a que volviese la pesadilla vivida en los años de guerra y posguerra todavía duró un tiempo, la actitud y el goteo de faenillas del día a día se fueron retomando paulatinamente en el cortijo, y la vida de los que quedaron en pie, en sentido literal –unos con más cicatrices y otros con menos–, continuó mirando sólo hacia adelante, aunque las heridas que se abrieron tardaron muchos años en cerrar. Algunas, ni siquiera llegaron a hacerlo. 

Calderas originales, utilizadas para la extracción de aceites esenciales de plantas aromáticas. Unas iguales estuvieron plantadas en el camino a los corrales de la Venta del Vicario (fotografía de José Morales)

 A lo largo de los años cincuenta y sesenta la Unión Resinera Española prorrogó las inversiones en aquel territorio, contribuyendo a su desarrollo de distintas formas: contratando más trabajadores, manteniendo expeditos caminos y sendas, modernizando las instalaciones de la fábrica y los camiones para el transporte de troncos y cántaras de resina y, como se apuntó en la primera parte de este relato, construyendo las casitas que sustituyeron a las chozas de piedra y enramado y a los cortijos más antiguos, para que los resineros y sus familias estuviesen mejor alojados durante la temporada de resinación. Todavía pueden verse esas construcciones –bastante decrépitas, lamentablemente– diseminadas por la sierra. Todo indicaba que la prosperidad que volvían a disfrutar los trabajadores de la Resinera y, por ende, la gente de la Venta del Vicario, duraría mucho tiempo.

El reputado horno de piedra de los corrales de la Venta del Vicario, en el que se cocían los potes de arcilla para recoger la resina, se mantiene casi intacto gracias a la robustez de su factura. Las dos bocas se tapiaron hace muchos años para evitar accidentes con los animales

Potes de arcilla originales de la época de resinado del pinar. Estos han llegado completos a nuestros días; cualquiera que la recorra puede comprobar que la sierra está sembrada de pequeños trozos de los miles de potes que terminaron hechos cascos. En el horno de los corrales de la Venta del Vicario también se cocían pequeñas piezas de loza para el uso cotidiano de una casa

Cacharros de loza esmaltada originales, moldeados y cocidos en los corrales de la Venta del Vicario (fotografías de Rosa Mediavilla)

Los corrales de la Venta del Vicario en la actualidad (abril de 2026). De izquierda a derecha: el almacén donde se guardaban, una vez terminados, los potes para la resina, desde donde los iban tomando los resineros cuando hacían falta (al ser de arcilla se rompían con relativa facilidad); a continuación, el portón que daba acceso al patio interior por el que se entraba a las seis viviendas de los resineros; le sigue la leñera donde se almacenaba la leña para el horno y las viviendas y, por último y adosado a ella, podemos ver el horno de piedra (imagen, abril de 2026). 

En cierto rincón de la sierra, alejado de senderos y de zonas de paso habituales, se aferran al tronco de sus respectivos pinos dos potes de arcilla, tal y como los dejaron los últimos resineros hace más de medio siglo. Se mantienen firmemente sujetos al tronco por un clavo de hierro y un trozo de lata del que goteaba la resina, también originales de la época. Estos potes de arcilla constituyen un auténtico hallazgo etnográfico y un recordatorio de la severidad del trabajo de los resineros: la lejanía o dificultad de acceso a algunos pinares no importaba, pues siempre había un esforzado trabajador que conseguía llegar hasta ellos (fotografías de Gerardo Muñoz)

 Pero llegaron los años setenta del siglo XX, precursores del drástico cambio político que supuso la muerte de Francisco Franco, y en la populosa, atareada y bullanguera Venta del Vicario nadie vio venir –¿o tal vez sí…?– la gran desgracia que se cerniría sobre la finca de La Resinera, los trabajadores y sus familias. El 20 de agosto del año 1975 se desató un fatídico incendio –provocado por mentes protervas, esclavas del odio, la envidia y la venganza, que han existido siempre y siempre existirán– que resultó ser el siniestro más grave sufrido en Sierra Almijara, y devastó casi doce mil hectáreas de monte y pinar, trasponiendo incluso el límite provincial entre Málaga y Granada. Esa catástrofe se agravaría siete años más tarde con otro incendio –esta vez fortuito–, que calcinó en la misma finca otras tres mil quinientas hectáreas. Imposible, pues, para la Unión Resinera Española remontar semejante ruina. La LURE no tuvo más remedio que desmantelar la fábrica de la Resinera, toda vez que apenas habían quedado pinos en pie para sostener la industria local de la resinación, y emprendió una serie de cambios sustanciales en orden a extraer algún aprovechamiento de su malhadada propiedad.

 El paisaje de la sierra mudó radicalmente del verde brillante a un negro más negro que el alma de los incendiarios. Miles de hectáreas de fragantes pinares y sotomonte de plantas aromáticas se cubrieron de un luto riguroso y pestífero, dentro del cual no quedó vida alguna porque no sólo se perdieron los bosques: también una gran parte de su fauna salvaje. Hubieron de construirse, además, altos diques de diversos tamaños en ríos y barrancos, para que las lluvias no arrastrasen hasta el cercano embalse de Los Bermejales las tierras esquilmadas por las llamas, ahora sin el agarradero de las raíces de los árboles. Uno de esos diques se levantó, precisamente, frente a los corrales de la Venta del Vicario, en el Barranco de la Azuzadilla. 

Dique del Barranco de la Azuzadilla, construido para evitar que las crecidas del arroyo del mismo nombre arrastrasen la tierra tras los incendios. Con el tiempo se ha convertido en un bellísimo elemento paisajístico de esa zona, que además alberga una saludable y variada población de fauna acuática (imágenes de abril de 2026)

La parte visible del dique, bajo la lluvia

 Sin pinares que resinar y sin maderas que cortar, la LURE intentó adaptarse a la nueva y deplorable situación adquiriendo cientos de cabezas de ganado cabrío a los ganaderos de la zona –que hicieron su agosto, pues pidieron quince mil pesetas (de la época) por animal, una suma importante que la empresa pagó sin rechistar, con tal de poner en producción y cuanto antes su arruinado territorio–. Con cabras propias en lugar de pinos, y pastores a sueldo en lugar de resineros y remasadores, la LURE modificó asimismo las seis viviendas de los corrales de la Venta del Vicario, que se adecuaron como corrales de verdad para alojar al ganado. Se derribaron muros interiores, se agrandaron puertas y se eliminaron chimeneas, poyetes y otros elementos en favor de los espacios diáfanos, ideales para que cupiesen rebaños enteros, y se construyeron parideras para la crianza de los chotos. La antigua leñera, que abastecía el horno y las viviendas de los resineros, se adecuó como vivienda para pastores, y al horno de piedra, que había cocido durante décadas miles y miles de potes de arcilla, se le cerraron las dos bocas para que no hubiese accidentes con las cabras (que ya se sabe que esos animales triscan por todas partes). Se intentó, pues, se intentó… mas el afán de mantener viva la finca como medio de producción no funcionó en absoluto. “¡Si las cabras no son de uno, el negocio no va como tiene que ir…!”, afirman rotundos los que son cabreros de toda la vida. Sea como fuere, efectivamente sucedió así: el negocio de las cabras no prosperó y la LURE terminó vendiendo íntegra la finca de la Resinera, compuesta por el Pinar de Alhama y el Monte de Córzola, al Instituto Andaluz de Reforma Agraria de la Junta de Andalucía (IARA) por la cantidad de 375 millones de pesetas, en junio del año 1986. 

Vista lateral de los corrales de la Venta del Vicario. A lo largo de esa fachada corría una ancha acequia que surtía de agua a los habitantes de las casas, y llenaba de agua dos grandes albercas ubicadas a ambos lados del camino que se ve en la imagen, hoy del todo inexistentes. Esas albercas se utilizaban para humedecer la arcilla que transportaban los camiones desde la Mesa de Fornes y la zona donde se encuentra hoy la pista de las avionetas contra incendios de la Resinera 

El patio central de los corrales de la Venta del Vicario daba acceso a las seis viviendas de los resineros que, tras el incendio, tuvieron que transformarse en corrales para las cabras. El espacio, en forma cuadrada, distribuía tres casas a la izquierda y tres a la derecha respecto al portón de entrada, el almacén y la leñera. En la casa del centro (círculo amarillo) era donde se ubicaban los tornos de madera con los que los alfareros daban forma a la arcilla para fabricar los potes y otros utensilios menudos 

Las habitaciones de las antiguas viviendas de los resineros se reconvirtieron en un espacio diáfano y corrido, apto para albergar muchas cabezas de ganado, con sus parideras incluidas. A la derecha, la silueta de una chimenea se aprecia todavía en uno de los muros de los corrales. Cada vivienda contaba con dos habitaciones y una cocina con chimenea, más un huertecillo particular. Las casas estaban ocupadas todo el año (no sólo durante la temporada de resinación) porque había familias de resineros que no tenían más lugar que ese para vivir

Este era el espacio donde se almacenaban los potes de arcilla, apilados en anaqueles hechos con tablas de madera, a la espera de que los fuesen utilizando los resineros. El portón es el original de la época; la estancia se mantiene básicamente tal y como fue

Detalle de la preciosa ventana circular original del almacén

La vieja leñera de los corrales de la Venta del Vicario se readaptó como alojamiento para los pastores al cuidado de las cabras de la LURE. En su reacondicionamiento se aprovecharon una puerta y una ventana originales de las antiguas casas de los resineros, inútiles ya tras la remodelación de sus hogares. Esas ventanas nunca tuvieron cristales; se cerraban con postigos de madera

 La histórica Venta del Vicario no llegó a recuperarse del primer incendio. Las casas que pierden a sus moradores pierden con ellos a su propia alma: ya se sabe que la razón de existir de todo hogar es dar cobijo y proteger a los suyos. Las prácticas viviendas para los resineros que se construyeron por la sierra también quedaron abandonadas, con lo que, del mismo modo, se las sentenció a muerte. Pero hay que decir que, mientras el caserío de la Venta del Vicario estuvo en pie, aunque teóricamente deshabitado, no estaba vacío del todo: los pastores de la Resinera que hacían noche por las cercanías siguieron viendo, muy de vez en cuando, al tímido espectro de Genara que, cada vez más difuso y taciturno, se dejaba ver –un poquito– en las horas previas al alba, justo cuando la noche estaba más oscura.

 Fue durante el año 1983 cuando se iniciaron las tareas de mejora y ensanche del camino del Puerto de Frigiliana que lo dejaron tal y como lo conocemos; en un primer momento el proyecto contemplaba la posibilidad de unir las provincias de Granada y Málaga atravesando la sierra por una carreterita de montaña que, dada la belleza de los paisajes almijareños, resultaría de lo más pintoresca. Pero esa idea finalmente no se pudo llevar a cabo: lo impidieron la complicada orografía de la sierra y el alto coste de la inversión, aunque las mejoras del camino siguieron adelante, sin reparar en nada más. Sin reparar en nada más: justamente por esa falta de reparo llegó, unos meses después, el verdadero acabamiento de la Venta del Vicario. 

 Corrían tiempos modernos, en los que ya se contaba con maquinaria efectiva para realizar el acondicionamiento del histórico camino arriero desde la antigua fábrica de la Resinera. Poco a poco fue quedando bien llano y anchuroso; mucho más cómodo de lo que fue antiguamente, desde luego, pero con menos encanto también. Ante todo, primaba la practicidad… Cuando los operarios llegaron a la altura de la Venta del Vicario procedieron a su demolición inmediata: su asiento a la vera del camino, tan privilegiado en otros tiempos, ahora estorbaba, sin más. En un pispás, el caserío y todas sus dependencias fueron derribados tan eficazmente que no quedó una piedra sobre otra. La máquina continuó su misión avasalladora rumbo el Puerto de Frigiliana, y en el lugar donde se levantó durante casi dos siglos la Venta del Vicario quedaron sólo grandes montones de piedras, tejas y vigas de madera, que fueron retirados poco después. A los tres años de su destrucción, la Junta de Andalucía reforestó las sembraderas y terrenos de labor de la –ya sí– extinta Venta del Vicario, tarea que duró hasta bien entrados los años noventa y, un tiempo después, en el año 1999, todo ese territorio pasó a formar parte del actual Parque Natural Sierras de Tejeda, Almijara y Alhama. La legendaria Venta del Vicario desapareció literal y definitivamente de la vista en 1984; sólo remanece su sombra en las fotografías aéreas de los años 1956 y 1977. No tuvo la opción de morir de muerte natural, despaciosa y merecidamente, como sucumben las cosas viejas que se cumplen del todo. Y fue a la sazón, cuando su hogar dejó de ser, cuando el minúsculo fantasma de Genara se desmaterializó definitivamente; y es que, una vez desaparecido el último nexo con su vida pasada –la casa de la venta–, el amor inmenso de Genara no tuvo donde ir. Desde entonces nadie más lo ha vuelto a ver. 

La resinación y todo lo que rodeaba esa industria han quedado atrás en la Comarca de Alhama; las dependencias de la antigua fábrica de la Resinera son hoy un Punto de Información del Parque Natural Sierras de Tejeda, Almijara y Alhama y un CEDEFO. Pero gracias a algunas iniciativas muy acertadas podemos saber un poco más sobre una actividad que dio de comer a muchos habitantes de la sierra. En la imagen, el Agente de Medio Ambiente Vicente Hernández realiza una pequeña demostración del resinado tradicional de un pino  

 Este relato de vida después de la vida empezó con Genara, y con ella concluye. Algunos, muy pocos, sabían de su historia; la mayoría, no. Mas no por ello pondremos en duda su veracidad –como me lo contaron, lo he contado–; ¿por qué en estas tierras no pueden existir presagios, espíritus inquietos, almas en pena o incluso magia?  Querer a un hijo más que a todo es la Gran Ley de las mujeres: Genara se hizo un columpio con la esperanza de recuperar a su niña, y en él se meció hasta más allá de su existencia en este mundo. Pero lo que la hizo evanescerse para siempre no fue, en última instancia, ese amor inmortal; fue la pérdida irreversible del hogar que resguardó sus ilusiones y quebrantos: la histórica y estratégica, la floreciente, acogedora y suspirada Venta del Vicario. 

 Escrito por Mariló V. Oyonarte

 Fotografías: archivo de la familia Ramos Fernández, Rosa Mediavilla Márquez, Gerardo Muñoz Prados, Carlos Márquez Molina y Mariló V. Oyonarte.

 Con la colaboración de Rosa Mediavilla Márquez, Carlos Márquez Molina, María Concepción Páez, familia Ramos Fernández, Francisco Fernández Guzmán y Antonio Moreo.

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