
La vida y la muerte de Genara estuvieron profundamente ligadas a una persona –su hija fallecida– y a una casa –su hogar, la Venta del Vicario–. Hoy recuperamos una historia bastante desconocida que, por su lejanía en el tiempo, ha estado a punto de perderse para siempre.

No hay mejores enterradores que la invisibilidad y el olvido. Y si de una persona, un lugar o un objeto no queda nada que refrende su existencia, aunque se haya oído hablar de ellos, esa omisión se convierte en algo definitivo. Esta crónica va justamente de eso. ¿Cuántos van y vienen a lo largo del camino real que unía Fornes y Jayena con Frigiliana y Nerja por el Puerto de Frigiliana, y pasan de largo –sin sospecharlo siquiera– por el punto exacto donde se levantó el famoso caserío conocido por todos como la Venta del Vicario? De esa época, muerta pero no enterrada del todo, sólo quedan patentes a la orilla del camino las trazas de una era empedrada y un carril terrizo que se adentra en el pinar. No existe, como en otras zonas de la sierra, una ruina muda y fría que enseñe los dientes al tiempo; nada hay que sugiera el desconsuelo propio de las cosas que se extinguen lentamente. Como si un furibundo viento norte hubiera pasado arramblando hasta con su nombre, la intangible Venta del Vicario –que evocamos con cierto deje nostálgico, por no quedar nada de ella– es real sólo en la mente de los que la vieron, en su tiempo, erigirse sobre el caminito pino que costeaba el Arroyo de la Venta para ir trepando, un poco más arriba, hacia el Puerto de Frigiliana.
Este es el solar que ocupó la histórica Venta del Vicario, una de las más relevantes de las que jalonaron el camino de arriería que enlazaba la Comarca de Alhama con la Axarquía. Dentro del círculo amarillo se encuentra el único vestigio que queda de la venta: su era
La era de la Venta del Vicario. Se conserva sólo una parte, firmemente apuntalada por su balate o albarrada original (imagen de abril de 2026)
Un verdadero ejercicio de imaginación, y no chico, es lo que hay que hacer para vislumbrar la Venta del Vicario en pie; la importante cortijada que ocupaba este paraje, formada por viviendas, graneros, corrales, gallineros, horno, carriles de servicio, era, acequias, albarradas, huertecillos caseros, calderas de extracción de aceites esenciales, explanada para faenas agrícolas y hasta arbolado de sombra. Y qué decir de sus alrededores; hoy se encuentran cubiertos de pinar y monte bajo de aromáticas, pero también de plátanos de sombra, tuyas y choperas, remanentes de las repoblaciones para la diversificación de especies vegetales, llevadas a cabo por el IARA (Instituto Andaluz de Reforma Agraria) entre los años 1986 y 1990. Antaño, los terrenos pertenecientes a la Venta del Vicario habían constituido fértiles y productivas labores que proveían a sus arrendatarios de extraordinarias cosechas. El Arroyo de la Venta y el Arroyo del Barranco de la Azuzadilla, ambos muy cercanos a la casa y con un caudal, entonces, bastante mayor del que llevan en la actualidad, surtían esas tierras con agua más que de sobra; tanta había que incluso llegó a mover un molino harinero allá por el siglo XIX (una parte de sus ruinas persiste frente al espacio que ocupó la Venta del Vicario).
Restos del molino harinero de la Venta del Vicario. Bajo las zarzas se atisban parte de los muros, de la acequia que lo alimentaba y de su pequeño salto de agua
Sabemos que la construcción primigenia conocida como la Venta del Vicario ya existía a mediados del siglo XIX, al filo mismo del camino de arriería o camino real que unía la granadina Comarca de Alhama con la Axarquía malagueña; esa senda era una de las más frecuentadas de la sierra. La Venta del Vicario se levantaba sobre la margen derecha del camino carretero en sentido al Puerto de Frigiliana, y justo frente a ella se ubicaban el molino de piedra, la acequia de agua que lo movía y una casilla aledaña que funcionaba como economato, al que acudían para comprar los pobladores de esa zona. Hay que añadir que dicho economato solía estar magníficamente surtido durante todo el año, gracias al sinnúmero de arrieros de todas partes, con mercancías también de todas partes, que desfilaban a diario por su puerta. La Venta del Vicario suponía una parada estratégica antes del ascenso al Puerto de Frigiliana, en un sentido, y de la entrada a los pueblos de Granada, en el contrario. Se trataba de una casa de enormes dimensiones, con dos plantas y un doble portón de entrada que daba acceso a un gran patio cuadrado. Frente a la puerta principal se situaban las cuadras para las bestias de carga, y a la izquierda se abría una hermosísima y acogedora cocina de suelo empedrado –con un poyo muy largo, prácticas alacenas de obra y una gran chimenea esquinera–; a la derecha se contaban hasta cuatro habitaciones dispuestas para alojar viajeros y, al fondo de la cocina, tras una puerta que daba a un cuartillo interior, partían las escaleras que subían a la segunda planta, donde se distribuían más habitaciones y recámaras para todos los que hacían noche allí. La venta contaba también con corrales, gallinero, zahúrda, pajar, granero, horno y otros anexos comunes a las casas de campo de su época. Y es precisamente en ese tiempo –hacia el último tercio del siglo XIX, según las cuentas de los pocos que lo recuerdan– donde arranca una parte sustancial de este relato. Se trata de una historia muy real que, si no olvidada del todo, hace mucho que decayó a la categoría de mero rumor; a algo conocido ya solamente por algunos descendientes, a su vez ancianos, de los más ancianos del lugar.
Fotografía aérea del año 1956. En el centro de la imagen se aprecia la Venta del Vicario (en el círculo rojo), a la orilla del camino arriero. Justo frente a ella se vislumbran las ruinas, entonces aún visibles, del molino harinero (en el círculo verde). A la izquierda, los corrales de la venta (en el círculo amarillo) y, alrededor del conjunto, las tierras de cultivo que se hicieron famosas por la calidad de sus productos (especialmente las habichuelas, que llevaban los arrieros a toda la Axarquía)
(En este punto es importante señalar que nos vamos a adentrar en unos hechos muy nuevos –incluso ignorados, dada su antigüedad– para muchas personas; no obstante, no debe haber duda de que, como siempre, cada dato ha sido debidamente contrastado con todas las fuentes posibles. Lo que viene a continuación ha sido ratificado por tres personas de mucha edad que, es preciso añadir, coincidieron casi exactamente en los detalles al relatar los hechos).
Dicen que dicen que dicen… que hace una pilísima de años habitaba la Venta del Vicario una familia compuesta por un cabrero, su mujer y sus cinco hijos. El único anhelo de la esposa –que, parece ser, se llamaba Genara– era tener una hija, tras varios partos en los que sólo había dado a luz varones. Genara era, según se cuenta, una mujer de una vez. Bajita y de constitución menuda, era pese a su tamaño una fuerte, voluntariosa e incansable trabajadora que nunca pedía nada para sí; poseía un carácter alegre y de gesto siempre sonriente, que se ganaba todas las simpatías, y la delicadeza y el tacto innatos que suelen ser don de los humildes. Era una representante más de aquella estirpe de bizarras mujeres de antiguamente, a la vez esclavas y coronadas reinas de su casa, que modelaban corazones, encauzaban entendimientos y que, con su sola presencia, convertían cualquier lugar en un sitio mejor.
En aquel caserón de hombres sentía Genara que le faltaba la compañía de una chiquilla; una igual a la que cuidar y enseñar a llevar una casa y una familia, y con la que compartir los secretillos que toda mujer guarda, y que nada importan al cielo ni a la tierra. Serían la una para la otra; compañía y apoyo para la hija en su infancia, y consuelo para la madre en su vejez. No dudaba Genara de que, antes o después, llegaría el milagro de su niña: ya se veía ella acunándola, aseándola, vistiéndola muy de mañanita –para cuando se fueran los hombres al campo– y repeinando sus trenzas que, estaba segura, tendrían por lo menos el grosor de una ristra de ajos. Una hija soñada, que Genara visualizaba como una versión pequeñita de sí misma.
No sabemos si sería el poder de la ilusión –toda mujer, cuando cree, con su fe mueve montañas–, pero sucedió que Genara volvió a quedarse embarazada y esa vez dio a luz a una niña. La buena mujer no cabía en su pellejo de dicha, pero ay, que la fatalidad quiso desencadenar una tragedia doméstica: la pequeña había nacido muy débil, y su almita voló al cielo unos días después del nacimiento. ¡La poquedad de las cosas que hoy son, y mañana mismo desaparecen! Genara, que guardaba cama tras el parto y no pudo estar presente en el entierro, se negó a aceptar lo ocurrido y defendió desde el primer momento que su hija, don de sus mejores dones y tan bonita como la hoja de la rosa, había sido robada en un descuido de todos. ¡Era tanta la gente que pasaba por delante de la Venta del Vicario…! Alguien debió verla, le gustó y, al no estar su madre pendiente, tiró de la niña; ya se sabía que esas cosas pasaban. De nada sirvieron las razones que le dieron familiares y amigos; para Genara su pequeña no estaba ni muerta, ni mucho menos enterrada: se la habían llevado y tenía que encontrarla. A todas las casas, ventas y cortijos cercanos puso la pobre mujer sobre aviso en cuanto pudo tenerse en pie; tanto se compadecieron sus vecinos de aquel sufrimiento que, persuadidos de que Genara había perdido la razón, desistieron de decirle nada más y, por no verla llorar –al fin y al cabo, era mejor tener una hija perdida antes que muerta–, optaron por seguirle la corriente y hacer como que también la andaban buscando.
La Venta Antonia en agosto del año 1979 (fotografía de Sebastián García Acosta). Era muy cercana a la Venta del Vicario y se situaba también a la vera del mismo camino arriero. En tiempos antiguos, en las zonas rurales los vecinos se consideraban entre sí casi como familia
Las ruinas de la Venta Antonia, en la actualidad
Dicen que dicen que dicen… que todos los días, después de sus obligaciones, Genara salía de su casa y escudriñaba con los ojos achicados cada rostro femenino que pasaba por el camino de delante de la Venta del Vicario, de día bajo el verde con sol de los pinares, y de noche alfombrado de luna o estrellas. Marchaban con la alborada y tornaban con la anochecida los hombres al cuidado de sus quehaceres, y la buena mujer continuaba firme en el tranco de su puerta, mientras los días y los meses y los años rodaban con el mundo. “Ahora tendrá cinco, ahora tendrá diez; ya son quince, ya son veinte los años que ha cumplido…”. A medida que el tiempo pasaba, las facciones del bebé se desdibujaban en su memoria; entonces Genara cerraba los ojos y veía a su hijita mejor. Por el bien de todos y de ella misma se sobrepuso a las circunstancias, pero su perenne sonrisa terminó pareciéndose a la amarga mueca previa al llanto: tragar con lo que tocaba, cumplir con sus deberes y finalmente sucumbir era entonces el destino de las mujeres pobres. Los hijos crecieron, se casaron y marcharon lejos en pos de una vida mejor; el marido envejeció a su lado y finalmente dejó este mundo, hartico de trabajar. Sola de familia –aunque amparada por la gente de la Venta del Vicario–, vieja por edad y melancólica por experiencia, Genara se marchitó mirando pasar en procesión un día y otro día, con el corazón latiendo sólo por oficio, aunque sin perder en ningún momento la esperanza de ver a su hija, ya fuese antes de morirse. Lo que no cambió fue el cariñoso trato que la mujer daba a todo el que pasaba por la venta y se paraba a darle un rato de conversación. Y es que, ¿quién sabe si el pájaro que canta alto, ríe o llora?
Dicen que dicen que dicen… que Genara buscó hasta en la raya del horizonte; que vivió muchos años y que, aunque vieja ya y embebecida, seguía oteando el camino, apoyada en la esquina de su casa lo mismo que en el hombro de un amigo. Cuando le llegó la hora de enfrentar su final, lo hizo con una serenidad muy alejada de las cosas terrenas, como si se hubiera despedido de la vida tiempo atrás. ¿Y consiguió descansar Genara? Pues… hay penas que sólo cura el bálsamo de la muerte, pero quienes bien lo saben aseguran que en su caso no fue así. Y es que la cuitada siguió persiguiendo el recuerdo de su niña convertida en un ánima errante; un fantasmilla menudo y encorvado, enlutado de arriba abajo y con su sempiterno pañuelo a la cabeza (es sabido que al martirio van con gusto las mujeres si el instinto maternal las guía, y Genara no renunció a su anhelo ni aun después de muerta). Solía aparecerse al claroscuro del anochecer, rondaba entre las casas y los alrededores del cortijo y se desvanecía luego suavemente, con las claras del alba. Algunos de sus contemporáneos aseguraban que la vieron caminar muy despacito, así como flotando; andando el tiempo, también fueron testigos de sus apariciones nocturnas las sucesivas generaciones de habitantes de la Venta del Vicario. Cuántas veces, al caer la noche en las cercanías del cortijo, alguna voz advertía en voz chita –sin miedo, pero con algo de recelo– la cantinela aquella: “¡Ten cuidado, a ver si te va a salir la viejecilla!”
El camino original que lleva a los corrales de la Venta del Vicario, en la actualidad
Los años corrieron como alma que lleva el diablo, y la época de Genara fue quedando atrás. Con la llegada del siglo XX, la necesaria e ineludible revolución industrial que afectó a toda España y atrajo tan importantes cambios y avances para la sociedad, alcanzó también al territorio donde se ubicaba la Venta del Vicario. La Unión Resinera Española (LURE), una importante firma empresarial de ámbito nacional dedicada al aprovechamiento, procesado y refinado de madera y resina natural, adquirió los terrenos de la finca Pinar de Alhama, en los que se asentaban la Venta del Vicario y muchos otros cortijos de la zona, en mayo del año 1901. Casi de inmediato comenzaron las obras de construcción del complejo de la fábrica de la Resinera. Para 1902 ya se había puesto en marcha una intensa actividad de explotación del pinar perteneciente a la finca, práctica que se prolongaría hasta el verano de 1975 y mudaría la vida de los habitantes de esa comarca para siempre. La sierra se pobló de trabajadores de la Resinera, la mayoría procedentes de los pueblos más cercanos –Fornes, Jayena y Arenas del Rey–; a los labradores, pastores y arrieros que vivían en la sierra se sumaron, pues, los nuevos resineros, remasadores, arrieros y leñadores contratados por la empresa, con toda su parafernalia de técnicas, herramientas, yuntas de bueyes y camionetas. La LURE reparó las chozas de la sierra para acoger a los resineros que faenaban en los distintos cuarteles distribuidos por los montes, y arregló y comunicó entre sí con una línea telefónica varios de los cortijos incluidos en sus terrenos; la empresa atendía de ese modo las necesidades de vivienda de sus trabajadores y arrendatarios, y también se mantenía en contacto permanente con los guardas de monte. A la par, muchos senderos en desuso se adecuaron y se abrieron otros nuevos, en orden de llegar hasta los pinares más inaccesibles y facilitar las tareas de resinación. La LURE construyó asimismo, ya bien entrados los años cincuenta, una serie de casitas de temporada, pareadas, cuadradas y con tejado a dos aguas, muy bonitas, que distribuyó por toda la sierra; eran pequeñas pero prácticas y cómodas –sustituyeron a los cortijos más antiguos, que no estaban ya en paraje de ser ocupados– para que se mudasen los resineros con sus familias durante los meses de su actividad en el pinar.
La Venta del Vicario en fotografía aérea del año 1977 (con bastante mejor definición de imagen que en la de 1956). El cuerpo del cortijo aparece con las construcciones más definidas, al igual que los corrales reconvertidos en viviendas para resineros; las ruinas del molino ya no se aprecian, y los campos de labor (veintiún años después de la primera fotografía aérea y tras el incendio de 1975) han disminuido su extensión
La Venta del Vicario fue uno de los cortijos, dada su accesibilidad y estratégica posición, que más cambió a lo largo de la floreciente etapa comprendida entre los años 1902 y 1975. Junto a la entonces vetusta hospedería original, la Unión Resinera construyó tres casas más y un enorme corral –con vivienda y pajar incluidos– para alojar las dos yuntas de bueyes de tiro que eran propiedad de la empresa, a su alimento y al boyero encargado de faenar con ellas. La casa de la venta y su horno fueron reparados, y a la vivienda se la dotó además con un flamante teléfono y agua corriente dentro de la cocina –la conducción llegaba desde la Fuente del Muerto, situada por detrás de la era–, siguiendo un sistema de encauzamiento similar al utilizado en la Venta de Panaderos, al otro lado del Puerto de Frigiliana. Un poco más arriba, frente al Barranco de la Azuzadilla, se levantaron seis viviendas iguales, adosadas entre sí y unidas por un amplio patio central. Junto a ellas se construyeron además un gran almacén, varias acequias, una leñera, dos amplias balsas de agua y un robusto horno de piedra cuadrado con dos bocas gemelas, que se utilizó, durante más de setenta años, para la fabricación de los potes de arcilla que se adosaban al tronco de los pinos y recogían la resina vertida por el árbol. La nueva cortijada conservó su nombre histórico, la Venta del Vicario, y merced a las nuevas viviendas disponibles, todo aquello se llenó de familias con muchos, muchos niños. Cada casa contaba con huerto, gallinero, corral, cámaras y marranera; para dar de comer a los nuevos habitantes del cortijo se roturaron más tierras, se cavaron nuevas acequias y se habilitaron otras fuentes (para esa época el decimonónico molino harinero y su pequeño economato ya estaban en franca ruina). La economía local mejoró sensiblemente gracias a la actividad generada por la Resinera y su gran comunidad de trabajadores y familiares; aquellos años supusieron un auténtico revulsivo para la producción de mera subsistencia que, hasta entonces, había imperado tradicionalmente en toda la comarca.
Espectacular imagen del caserío de la Venta del Vicario en agosto de 1979, abandonado cuatro años antes por el incendio de 1975 (fotografía de Sebastián García Acosta). Esta casa era una de las que construyó La Unión Resinera Española junto a la venta antigua, para alojar a sus trabajadores; en concreto esta fue la vivienda del guarda de monte, que contaba también con agua corriente y teléfono. Adosado a ella se ve el corralón de los bueyes que los empleados de la Resinera utilizaban para el transporte de troncos desde la sierra hasta el camino real, donde esperaban los camiones que los llevaban directamente a la serrería de la fábrica.
A la Venta del Vicario se trasladaron, pues, varias familias de trabajadores de la Resinera, entre ellas la del guarda de monte de esa zona de la propiedad. Aparte de los resineros y sus familias vivían allí labradores, pastores, colmeneros, remasadores y toda la gente de paso que continuaba transitando el camino real de Málaga a Granada y viceversa. Por demás, y al calor de la pequeña muchedumbre que se alojaba en las casas del Vicario, se establecieron también, a la vera del carril que enlazaba el caserío principal con las viviendas de los resineros del Barranco de la Azuzadilla –conocidas como “los corrales de la Venta del Vicario”–, dos grandes calderas de hierro para la extracción de aceites esenciales de plantas aromáticas. El movimiento de negocios, personas y mercancías en la Venta del Vicario, como se puede suponer, era ininterrumpido, tanto de día como de noche. ¿Y qué había pasado, mientras tanto, con Genara? Pues que su espíritu, ajeno a las transformaciones inherentes al mundo moderno, siguió apareciéndose por sus fueros a algunos de los habitantes del cortijo, como era su costumbre, sin hacer daño a nadie, mirando sin ver y atento sólo a su querencia. La gente de la Venta del Vicario, adaptada a los nuevos tiempos, se acostumbró sin más a la leyenda de aquella madre sin hija y a sus humildes manifestaciones espectrales.
Modesto Martín fue uno de los arrendatarios de la Venta del Vicario (fotografía tomada en los años cuarenta del siglo XX), donde vivía con su mujer y sus hijos. Modesto era, además de una buena persona, un próspero labrador; tenía una yegua y una yunta de bueyes propias, que solía prestar a los vecinos cuando las necesitaban. Fue un hombre extraordinariamente noble, sencillo y servicial hasta que, ya anciano, perdió un poco la razón y dio quehacer a su familia y amigos con sus inocentes trastadas (según cuentan, el buen hombre tenía mucha gracia)
En este punto dejamos a la Venta del Vicario, a sus gentes y a su fantasma. La historia de todos ellos continuará en la segunda parte de este artículo.
- Escrito por Mariló V. Oyonarte
- Fotografías: Sebastián García Acosta, archivo de la familia Ramos Fernández y Mariló V. Oyonarte.
Con la colaboración de: Rosa Mediavilla, Carlos Márquez, María Concepción Páez, familia Ramos Fernández, Francisco Fernández Guzmán y Antonio Moreo.
Vídeo didáctico-narrativo