Una heroína discreta: la historia de Leonor (I)

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    Leonor fue la esposa leal, el apoyo en la sombra y, sobre todo, el gran amor de Francisco Bueno Ledesma, un guerrillero antifranquista. Más de un siglo después de su nacimiento descubrimos la vida de esta mujer discreta y juiciosa, a quien las circunstancias convirtieron en alguien verdaderamente fuera de lo común.

    La novela "El espejo para alondras", de Jean François Bueno

     Hay libros, y libros. Los hay que se limitan a ilustrar, entretener o enseñar. Del mismo modo los hay que hastían o, lo que es peor, los que nos dejan indiferentes. Otros libros, sin embargo, atrapan nuestra voluntad de tal forma que, estemos o no de acuerdo con el punto de vista del autor, resulta casi imposible dejar de leerlos: cuando pasamos la última página tornamos al principio y releemos, y subrayamos fragmentos y frases para retener las ideas principales. Es lo que ocurre con la novela escrita por Jean François Bueno García, un francés hijo de emigrantes andaluces, basada en la historia real de sus progenitores. Su padre fue Francisco Bueno Ledesma -más conocido en su pueblo, Nerja, por el apodo familiar, Paco "Hierro"-, uno de los primeros activistas o guerrilleros maquis en la Sierra de la Almijara. Jean François se ha basado en los recuerdos que conserva de los relatos de sus padres y ha consultado numerosos archivos históricos a través de historiadores especializados, como José Aurelio Romero Navas y José María Azuaga Rico, así como cierta documentación desclasificada, para componer un relato ameno e interesante que no se limita a narrar hechos históricos. Citando las palabras del propio autor, "se trata de una novela histórica en la que los personajes viven, luchan, ríen, aman, sufren y se mueven en la España de antaño. He tratado de recrear los personajes, los diálogos y la vida cotidiana explorando en lo más profundo de los recuerdos de mis padres y de otros testigos de la época. Teniendo en cuenta que habían transcurrido más de setenta y seis años y que los protagonistas de la novela habían desaparecido, lo dificultoso de la tarea me hizo pensar en algunos momentos en tirar la toalla. Pero finalmente decidí seguir adelante por varias razones: de haber triunfado, esa operación planificada por los americanos habría cambiado el destino de España y de Europa. Y porque no podemos permitir que todavía hoy, en una democracia como la española, yazcan en fosas comunes decenas de jóvenes idealistas que murieron luchando por la libertad". (Extracto de una entrevista realizada al autor. Este libro se puede adquirir en la siguiente dirección: www.espejoparaalondras.com)

    Jean François Bueno, profesor de español, editor, escritor y músico aficionado

     Hace unos meses el propio autor me envió un ejemplar de su novela "El espejo para alondras". La estudié más que la leí, disfrutando de unos hechos que, aunque parecen inspirados en una película de espionaje, son absolutamente reales. A medida que avanzaba en mi lectura se iba perfilando ante mí, definiéndose y creciendo -yo diría que casi haciéndose gigante- uno de los personajes secundarios en el entramado de la historia; alguien que pasaba por ella muy discretamente, ya que el protagonista efectivo es el guerrillero Paco Hierro. Ese personaje adjunto, comedido y prudente es el de Leonor, su esposa; una mujer inherentemente buena que se vio obligada por las circunstancias a transformarse en una luchadora incansable, una auténtica superviviente que afrontó con serenidad todo lo que se le vino encima por ser sencillamente lo que fue: la compañera fiel de un militante antifranquista. Tanto me conmovió la figura de esta mujer que, lejos ya de situaciones y personajes ficticios ideados para completar la trama de "El espejo para alondras", decidí investigar y escribir su pequeña gran historia, que es ante todo una lección de paciencia, sacrificio y amor incondicional. Una larga serie de fructíferas charlas con su hijo Jean François me ayudó a conseguirlo.

    Esta es la verdadera historia de Leonor

    La localidad de Albuñol a principios del siglo XX

     Leonor García Canillas nació en Albuñol (Granada) en el año 1910. Hija de Federico García y Elvira Canillas, la niña se crió en un ambiente familiar muy tradicional y relativamente acomodado. Federico era teniente de carabineros, hijo y nieto a su vez de militares, y su carácter había sido firmemente moldeado según el modo de pensar castrense. Aunque honesto y ecuánime como pocos, también era estricto, conciso y muy, muy autoritario, de forma que en su casa la palabra de Federico era ley irrefutable. Elvira, la esposa, en cambio -o puede que precisamente por ello- era una mujer callada y sumisa, pronta a obedecer al instante a aquel marido suyo, tan parco en casi todo; es fácil comprender pues que en aquella casa, llevada tan a la antigua usanza, no se escuchase una voz más alta que la del cabeza de familia. No les faltaba cada mes una buena paga, ventaja que, unida a que la familia vivía en una casa cuartel y no dependía por lo tanto de alquileres, les permitía llevar una vida razonablemente desahogada, para los tiempos que corrían. La familia García Canillas solía trasladarse de residencia con frecuencia, debido a los cambios de destino a los que estaba sometido Federico como militar, por lo que, entre otros lugares, vivieron en La Rábita (Granada), Adra (Almería) y La Mamola (Granada).

    Federico García y Elvira Canillas

     El matrimonio tenía cuatro hijos: Leonor, Anita, Encarna y José. Morena, alta y garbosa y con unos expresivos ojos melados, Leonor había heredado el carácter sereno y decidido de su padre y la dulzura de trato de su madre, por lo que la muchacha, además de la primogénita, era la preferida de Federico, con quien se entendía a la perfección. Desde niña -y cada vez que su padre se lo permitía- se habituó a acompañarlo en algunos de sus paseos y visitas a los cuarteles, momentos valiosísimos para ambos, durante los cuales padre e hija sostenían amenas conversaciones. A través de ellas la nena interiorizaba un profundo sentido del deber, la dignidad y la rectitud y una conciencia de los demás de los que haría gala toda su vida. De la mano de su Leonor, por contra, el inflexible teniente de carabineros Federico García -¡quién lo hubiera dicho!- aflojaba un poquito, dejaba de fruncir el ceño con el que daba órdenes a diestro y siniestro y, de vez en cuando, hasta sonreía.

     Los años pasaban, y España y Europa se adentraban en una época políticamente cada vez más complicada. El auge de los extremismos tanto a la derecha como a la izquierda -el fascismo en Alemania e Italia y la dictadura comunista en la antigua Unión Soviética- y la inestabilidad política durante la Segunda República, con continuas revueltas y enfrentamientos cada vez más sangrientos entre partidarios y detractores, dentro del marco de un país eminentemente agrícola y muy atrasado social y económicamente, prepararon el escenario de la Guerra Civil. Esta tensión era palpable en las ciudades y también en los pueblos, aunque las gentes sencillas intentaban seguir con sus vidas de la mejor forma posible. Mientras tanto los hijos de Federico y Elvira crecían tranquilos, iban a la escuela y se formaban en valores en el calor de un ambiente familiar seguro donde, sin nadar en la abundancia, no faltaba de nada para nadie.

    Leonor a los dieciséis años

     Entre las obligaciones de Federico -o don Federico, como era respetablemente conocido por todos- se encontraba la de inspeccionar las diferentes comandancias que se ubicaban en los alrededores de su cuartel. Para esos menesteres viajaba en un vehículo militar oficial, con chófer. Una de sus rutas preferidas era aquella que le llevaba hacia las localidades de Nerja y Maro, cuya carretera, aunque estrecha y llena de curvas, conducía de Málaga a Almería dibujando fielmente las estribaciones de Sierra Almijara, entre calas recónditas y acantilados de vértigo, justo antes de sumergirse en las aguas añiles del mar Mediterráneo. Cuando hacía buen tiempo y Leonor se las ingeniaba para acompañarlo, madrugaban mucho para aprovechar las horas más frescas de la mañana. Mientras el padre realizaba sus labores de inspección, la muchacha se paseaba feliz y observadora, toda ojos, haciendo resonar sus zapatos de cuero por las tranquilas calles adoquinadas de aquellos pueblos marineros, de pulcras casitas bajas que abrían sus ventanas al mar. Antes de emprender el viaje de regreso, padre e hija solían hacer un alto en el paraje conocido como Puente de Cantarriján, donde existía un puesto de carabineros que Federico también debía examinar.

     Enfrente de ese puesto militar, a unas decenas de metros por encima de la carretera, se levantaba una sencillísima casa rodeada de higueras, almendros, chumberas y limoneros. Se trataba del hogar de una familia muy pobre, la de José Bueno, pastor de cabras, su mujer, Ana Ledesma, y sus seis hijos: José, Antonio, Carmen, Adela, Emilia y el pequeño Paquito. La familia de José -más conocido en Nerja como Pepe "Hierro"- se mantenía a duras penas de lo que daba el rebaño de cabras que el bueno de José llevaba todos los días a la sierra. Su mujer, Ana, una mujer lista y espabilada como ella sola -todo lo contrario de su marido, que era taciturno y extremadamente callado-, remediaba la maltratada economía familiar atendiendo a los viajeros que pasaban por allí, a pie de carretera. Y es que justo bajo su casita, en una curva muy a propósito para ello, había levantado ella misma un puesto que consistía en un chambado hecho con cuatro palos y un techado de caña y ramas de palmito. Bajo su sombra había dispuesto una mesa y unas sillas, muy limpias y bien colocaditas, y allí mismo vendía ella, con su mejor sonrisa, los quesos que hacía con la leche de sus cabras así como los chumbos, higos, limones y almendrillas que le sobraban, cuando era la temporada. También despachaba ricos dulces caseros que hacía para ser vendidos y que, en casa, los suyos apenas cataban. En verano, cuando el calor apretaba, no faltaban en su puesto la limonada recién hecha y el agua del pozo, que mantenía bien fresquita en un cántaro de barro colocado bajo la sombra de una frondosa higuera. Y es que, desde luego, no podía decirse que la valiente Ana no fuese una mujer de recursos.

    Antiguo Puente de Cantarriján, en la actualidad. A la derecha de la imagen, el lugar donde Ana levantaba su puesto

    Restos de la casita de Ana y su familia en la actualidad, ubicados por encima del Puente de Cantarriján. Todavía la rodean árboles frutales

     A Federico y Leonor les gustaba detenerse en el puesto de Ana, donde tenían costumbre de tomar una limonada antes de regresar a su casa. No solo les apetecía calmar su sed; también disfrutaban de ese rato de charla distendida con aquella mujer tan dicharachera. De origen asturiano, Ana era una mujer muy guapa, rubia como el trigo, de tez inmaculada y delicadas facciones; su temperamento siempre alegre y optimista, a pesar de la precariedad de su existencia, a todos resultaba placentero. Ana agradecía especialmente las visitas de "don Federico y la señorita Leonor", pues cuando paraban en su puesto, además de abonar el precio de sus consumiciones, le dejaban generosas propinas que contribuían grandemente a aliviar la severa pobreza de su familia. Y así, mientras padre e hija saboreaban sendos vasos de aquella limonada casera tan refrescante, conversaban reposadamente con Ana sobre la familia, el tiempo, la sierra, los animales, la cosecha y sobre cualquier tema que viniese a colación, mientras aprovechaban para disfrutar la vista del hermoso paisaje que los rodeaba.

    Federico García con uniforme de teniente de carabineros, a principios de los años 30

     Un tórrido día de agosto de 1931, después de llevar a cabo su ronda de inspecciones, Federico y Leonor hicieron su acostumbrada visita al puesto de Ana. El menor de los hijos de ésta, Paquito, a la sazón un chiquillo de once años, acababa de recoger unas chotillas de la sierra y se había sentado con su madre mientras bebía un vaso de agua. Cuando Ana vio acercarse a los visitantes, arreó al niño lo más rápido que pudo. "Anda, Paquito, sube a la casa y aséate un poco para saludar a estos señores. ¡Y ponte unas alpargatas, que vas descalzo!". El niño obedeció al punto y, al cabo del rato, bajó de su casa con la cara lavada, el pelo mojado, muy tirante para atrás, y unas alpargatas de su padre -lo primero que vio detrás de la puerta- mal atadas en los pies, que para colmo le quedaban grandes. Se acercó a los recién llegados y les presentó sus respetos sin atreverse a levantar la vista del suelo. Federico saludó al pequeño con un escueto "Hola, Paquito". Fue Leonor, con su voz suave y bien modulada, quien acarició la repeinada cabeza del pequeño y le levantó la cara, compadecida de su pobreza y timidez. "Hola, Paquito, pero qué reguapo que eres", le dijo. El niño alzó la vista y la miró. Leonor, que entonces era una joven de veintiún años -diez más que el pequeño-, con su dulce semblante y sus ojos aterciopelados como una tarde de verano, le pareció la chica más guapa que había visto nunca. Rojo de vergüenza, balbuceó una excusilla y prácticamente salió corriendo de allí. Federico y Leonor rieron la cortedad del rapazuelo, terminaron sus bebidas, se despidieron y se marcharon. Esa noche, antes de irse a dormir, Paquito dijo a su madre, muy serio: "Mamá, cuando sea mayor me casaré con la señorita Leonor". Su madre lo miró y, sonriendo ante la inocencia de su hijo menor, continuó fregando los platos de la cena.

    Leonor con veintiún años

     Pero tendrían que sucederse varios años y muchos acontecimientos antes de que Leonor y Paquito volvieran a verse. El chico, que había nacido en el año 1920, no había conocido más vida que la de caminar detrás de sus cabras por los senderos de la Almijara. No iba a la escuela porque tenía que trabajar -como todos los niños pobres-, pero el maestro de Maro, que lo conocía y sabía que era inteligente y despierto, le enseñó a leer, escribir y hacer cuentas. En la España de preguerra, fuertemente dividida entre las clases pudientes y las humildes, o se era del bando de la derecha o del de la izquierda. Apenas había término medio. En casa de José y Ana, pese a ser de condición humildísima, no tenían conciencia política de ninguna clase: ellos se limitaban a salir adelante con mucho esfuerzo, y no entendían de nada más. Paquito tenía dos amigos de infancia con los que exploraba los alrededores del pueblo que, como todo el mundo en esa época, también hablaban de política. Joaquín Centurión y Antonio Urbano "el duende", los dos mayores que Paquito y de ideología izquierdista, con sus disertaciones le fueron abriendo los ojos a la desigualdad reinante entonces entre clases sociales. Ambos habían ingresado poco antes en el Cuerpo de Carabineros, hecho que terminó de decidir a Paquito. Cuando el chico cumplió los dieciséis años pidió a un familiar que falsificase su fecha de nacimiento para poder ingresar él también en el Cuerpo de Carabineros, cuyo requisito principal era tener los veinte años cumplidos. El muchacho se salió con la suya y se convirtió en militar con solo dieciséis años, en el año 1936; un navío de cuatro palos no navega con más viento que el orgullosísimo Paquito, cuando se vistió de uniforme por primera vez. Y, aunque su cara aniñada lo delataba a las claras, nadie le puso objeciones porque en España, desgraciadamente, ya corrían vientos de guerra y la Segunda República necesitaba soldados que la defendiesen.

    Paco Bueno Ledesma (Paquito) a los veintiún años

     En el Cuerpo de Carabineros, al tiempo que se iba convirtiendo en hombre, terminó de forjarse la ideología de izquierdas de Paco Bueno Ledesma. Allí conoció a otros personajes, fuertemente politizados, que influyeron sobremanera en la mentalidad del muchacho donde, como en un campo bien abonado, germinaba poco a poco la semilla del futuro guerrillero. Mientras tanto y por su parte, Leonor maduraba y se convertía en una hermosa mujer. Su padre, Federico, continuaba siendo carabinero, y su hermano José quiso continuar la tradición militar de la familia, pero decidió entrar en la Guardia Civil. Comenzó entonces la Guerra Civil y la situación se volvió verdaderamente difícil para todos: mientras el padre de Leonor luchaba con el bando republicano, el hermano lo hacía del lado de las fuerzas franquistas. En el año 1937 Paco y sus amigos Centurión y el Duende fueron apresados y llevados a la plaza de toros de Málaga, presumiblemente para ser fusilados como combatientes del bando contrario. Por fortuna para los tres muchachos un influyente conocido de ellos los pudo liberar, tras quince días agónicos en los que los jóvenes carabineros aprendieron más sobre la vida y la muerte que en toda su vida hasta ese momento.

     A pesar de que habían transcurrido varios años, Paco no olvidaba su primer encuentro con la "señorita Leonor", a quien el velo del tiempo había idealizado de tal manera que su imaginación la evocaba con la galanura de una actriz de cine, o incluso de una virgen. Ese recuerdo, aun siendo vago e impreciso, le animaba a seguir adelante en los momentos más duros. No había vuelto a saber de ella desde aquel día bochornoso en el que se presentó desharrapado, con el pelo relamido y las alpargatas de su padre; ahora era consciente de que su admiración de niño se había transformado en un sincero amor de hombre por aquella joven, su musa inspiradora, la que le había prestado atención cuando él no era nada ni nadie. Leonor tenía que verlo, ya adulto e independiente, militar de profesión y, lo más importante, completamente digno de ella. ¿Cómo y dónde, se preguntaba Paco, estaría ahora?

    Leonor a los veintiocho años

     Cada vez más implicados en la causa republicana, Paco y sus amigos se trasladaron a la sierra de la Almijara en marzo de 1937, donde sabían que se estaban organizando distintos grupos de simpatizantes de la cada vez más amenazada República. Durante unos meses se unieron a las actividades que se llevaban a cabo en las escarpaduras de las montañas, pero, aunque contaban con el apoyo de sus camaradas y de muchos habitantes de la sierra, se sentían muy solos allí arriba. Conocedores además del avance imparable de las tropas del bando nacional, decidieron cambiar de táctica. Tras una serie de acontecimientos, Paco y Centurión recabaron en Barcelona y fueron reclutados por el SIEP (Servicio de Información Especial Periférico), una agencia de espionaje del bando republicano organizada por el Partido Comunista, donde aprendieron todo tipo de técnicas al efecto e hicieron importantes contactos internacionales. Al poco de llegar, su fama como espías de alto nivel ya había aumentado considerablemente.

     Regresaron a Nerja unos meses más tarde, convertidos en Inspectores Secretos del SIEP. Corría el verano de 1938. Paco, entonces un muchacho de dieciocho años al que las circunstancias habían transformado en un hombre fuerte, enérgico y voluntarioso, que parecía mayor de lo que era, decidió que había llegado por fin su momento. Iría a presentar respetos a uno de los mandos del Cuerpo de Carabineros más reconocido de su zona: don Federico, el padre de Leonor, que por aquellas fechas vivía en Adra (Almería). Y tal como lo pensó, lo hizo. Fue ella, Leonor, quien le abrió la puerta de su casa; aunque ya tenía veintiocho años, permanecía soltera -como si, de algún modo, hubiera sabido que tenía que esperar- y aún vivía con sus padres. Leonor, en un principio, no reconoció en el gallardo joven que tenía delante al chiquillo que había acariciado en el puesto de limonada, hacía ya siete años. Paco, sin embargo, la encontró tal y como él la soñaba; el tiempo, pensó, solo había pasado para él. Fue un flechazo mutuo, como si un extraño milagro partiese en dos la vida de cada uno de ellos con una daga de oro, y la dividiese en dos partes: la de antes, y la de después de reencontrarse. Aquel instante mágico cambió el destino de ambos jóvenes. ¿A quién importaban los diez años que Leonor le llevaba a Paco…? Se casaron a los pocos meses en Albuñol, de donde procedía la familia de ella; la delicada situación de España, en plena guerra, donde todo eran miedos e incertidumbres -ni siquiera sabían si llegarían a hacerse viejos- animó a los dos enamorados a no esperar. A su boda civil solo pudieron acudir los padres de la novia -los del novio vivían en Nerja, que ya era zona nacional- y algunos compañeros de Paco del SIEP.

    Acta matrimonial de Paco y Leonor, del 9 de noviembre de 1938

     Paco tenía una semana de descanso, pero a los cuatro días de su boda fue llamado para dinamitar el puente de Cantarriján, precisamente el que estaba frente a la casita de sus padres -había que impedir, o al menos ralentizar en lo posible, el avance del ejército de Franco-. La situación era terriblemente dificultosa para los republicanos, que veían ya sobre sí las tropas nacionales. Durante unas semanas, Paco estuvo yendo y viniendo de una misión a otra ante el espanto de Leonor, que era consciente de que la vida de su "niño" -le gustaba llamarlo así- peligraba cada vez que éste salía de casa. Cuando se hizo evidente que la guerra estaba perdida para la causa republicana, Paco se despidió de su familia y él y sus compañeros escaparon en barco a Orán (Argelia), donde se entregaron a las autoridades en marzo de 1939. Sabían que si se quedaban en España serían fusilados, antes o después. En tierras argelinas los harían prisioneros, eso por descontado, pero al menos tendrían una oportunidad de vivir. Efectivamente: una vez detenidos en el fuerte de Mers-El-Kébir, fueron trasladados a la Prisión Civil de Orán, para después ingresar en diferentes campos de concentración, donde coincidieron con otros presos políticos, algunos de ellos destacados activistas de izquierdas, como Ramón Vía. Poco después concluía oficialmente la Guerra Civil en España. Aunque, por desgracia, no siempre una guerra termina con la paz.

    Paco Bueno Ledesma en el campo de concentración de Camp Morand, año 1941

    Mismo año y mismo lugar, con un grupo de compañeros. Paco se encuentra a la izquierda de la imagen, en pie, con un casco colonial en la mano

     Mientras tanto, los meses pasaban y los años también. Leonor, el corazón desbordado de angustias y pavores, languidecía esperando nuevas de su marido, del que nadie sabía nada; lo último era que se había subido a un barco para cruzar el mar. Para colmo de males, el régimen franquista hizo público que declararía nulos todos los matrimonios no canónicos -los no celebrados según la tradición católica-. Leonor temblaba ante esa idea. Al igual que el resto de su familia, ella tenía sólidas convicciones religiosas, aunque las circunstancias y las prisas del momento propiciasen su matrimonio civil, por otra parte perfectamente legal durante la República. Todo lo que Leonor anhelaba en este mundo era formar una familia con Paco, pero ese deseo tan legítimo peligraría si las autoridades invalidaban su matrimonio. Para calmar su creciente desasosiego y a falta de algo mejor que hacer, Leonor cuidaba su aspecto todo lo que podía. No le gustaba nada ser diez años mayor que su marido -solo ella y los suyos lo sabían, pues desde que se casó evitaba decir su edad- y, enamorada como el primer día, albergaba el temor de encontrarse marchita y deslucida cuando él regresara -porque no tenía la menor duda de que, de alguna forma, en algún momento, volverían a reunirse-. Así que ella se aseaba cuidadosamente, cuidaba su pelo y su cara, se maquillaba a diario y se vestía lo mejor posible por si algún día Paco volvía por sorpresa, que la encontrase bien guapa. También le iba guardando y dedicando sus mejores fotos, con la esperanza de tener algún día una dirección donde enviárselas.

    "A mi queridísimo Paco le dedica este recuerdo su sobrina y su Leonor"

     Con el tiempo, la familia de Leonor se mudó a Málaga capital. Su madre cayó enferma y murió, y Leonor quedó al cargo de la casa y, sobre todo, de su padre. Porque don Federico, el severo teniente de carabineros de antes de la guerra, se había convertido en un viudo frágil, melancólico y abatido como nadie hubiese imaginado, desde que le faltaba su compañera de vida, la prudente Elvira. Haciendo esfuerzos sobrehumanos para no caer ella también en el desánimo pasaba Leonor sus días, uno detrás de otro, todos invariablemente iguales, sin más horizontes que alegrar un poco la vida de su padre y volver a ver, o al menos saber, de Paco. El ambiente empobrecido de la España de posguerra tampoco ayudaba, precisamente. El hermano de Leonor, el guardia civil José García Canillas -que con el nuevo régimen gozaba de una posición relativamente cómoda-, le aconsejaba que no esperase más a su marido: hacía ya cuatro años que no tenían noticias suyas; estaba claro que, si no había caído en manos de un pelotón de fusilamiento, se habría ahogado en el mar. Además, su matrimonio civil no era válido en la España de Franco; era, legalmente, una mujer soltera. Leonor era guapa, aún se veía joven y podría rehacer su vida casándose con otro hombre. Pero ella salía de la habitación, indignada y afligida, cada vez que su hermano tocaba ese tema.

     Mientras tanto, la Segunda Guerra Mundial avanzaba en Europa; España curaba lentamente sus heridas, ajena al conflicto. Las fuerzas norteamericanas desembarcaron en Argelia y liberaron a los prisioneros políticos de los campos de concentración; Paco y sus amigos estaban entre los afortunados. Gracias a su reconocido prestigio como espías antifranquistas fueron reclutados por los servicios secretos norteamericanos para comandar un desembarco clandestino de armas y material de espionaje en las costas andaluzas -la famosa "Operación Backbone"-, que tenía como directriz la expulsión del poder del general Franco. El Partido Comunista de España en el exilio apoyaba la actuación. Leonor, ajena a esos acontecimientos tan distantes de su pequeño universo doméstico aguardaba, como siempre, con el alma en vilo. Porque su intuición de esposa enamorada le decía que Paco no estaba muerto.

    Marzo de 1943. Leonor pasea con su padre, seis meses antes del regreso de Paco

     Una noche de septiembre de 1943, Paco y tres compañeros de misión desembarcaron clandestinamente en la playa de Cantarriján, una cala recóndita situada entre Málaga y Granada, equipados con un cargamento de armas, radiotransmisores, munición y dinero. Todo fue ocultado en el interior de la Cueva de la Doncella, una oquedad de difícil acceso que ellos conocían muy bien; allí mismo permanecieron escondidos durante unos días, hasta que comprobaron que nadie se había percatado de su presencia. Luego, incapaz de esperar más, Paco contactó con su familia, que le puso al corriente de las novedades y le indicó el paradero de Leonor. Ni corto ni perezoso, Paco "tomó prestada" una bicicleta en Nerja y salió a la carretera, procurando no llamar la atención. Cincuenta kilómetros de arduo pedaleo después llegó a Málaga capital y buscó una pensión donde se bañó, se afeitó y se cambió de ropa. No descansó ni un solo minuto; cuando se vio presentable, buscó la dirección de su mujer y llamó a la puerta de su casa. Como la otra vez, fue ella quien le abrió la puerta. Y el mundo dejó de girar cuando Leonor y Paco se reencontraron más de cuatro interminables, estériles, solitarios y malgastados años después, que desaparecieron de un soplo justo cuando el matrimonio se fundió en un desesperado abrazo.

    Interior de la Cueva de la Doncella, en la actualidad (fotografía de David Jimena, del Club de Espeleología Cueva de Nerja)

     En los días sucesivos Paco informó con todo detalle a Leonor y a su suegro de la misión en la que estaba inmerso: la organización de una red guerrillera asentada en Sierra Almijara para desestabilizar el régimen de Franco, a la espera de que el ejército norteamericano ayudase a evitar el triunfo del fascismo de Hitler, Mussolini y el propio Franco, en Europa. A Federico y Leonor les pareció un plan descabellado e irrealizable, pero no podían hacer más que apoyar a Paco. Éste entraba y salía de la casa con mil precauciones, pues las calles se encontraban estrechamente vigiladas. Y así, durante unas semanas que resultaron inolvidables para el joven matrimonio, Paco y Leonor revivieron sus primeros días de casados. Aquella dicha se hallaba más allá de toda expresión: se dormían abrazados, y abrazados despertaban a la mañana siguiente. El anciano Federico, atendiendo a los relatos de su yerno y observando la cara de su hija, volvía a tener ganas de comer, de pasear y de vivir.

     Pero era difícil pasar inadvertido mucho tiempo y lo que tenía que pasar, pasó. La Brigada Político Social de Málaga, que conocía perfectamente la identidad y el historial del marido de Leonor, controlaba a la familia desde hacía un tiempo, sospechando que el huido se reuniría con su esposa antes o después. Un día de octubre -al mes del regreso de Paco-, mientras él y Leonor daban un paseo, un comisario se presentó en la casa por sorpresa y se llevó detenido al desvalido Federico, que no atinó a defenderse, acusándolo de rebelión y espionaje. Leonor volvió al poco rato y se encontró con que también la estaban esperando a ella; Paco, que tenía que hacer un recado y había llegado en último lugar, pudo verlo todo desde lejos y, sin dar crédito a su mala suerte, consiguió escapar. Tomó la bicicleta, que mantenía escondida, y pedaleó lo más rápido que pudo, cegado por lágrimas de rabia y frustración, de regreso hasta la Cueva de la Doncella, donde sabía que estaría a salvo con sus compañeros de misión.

    Leonor, de mirada serena, no podía imaginar lo que iba a sucederles

     Federico fue torturado sin misericordia en los subterráneos de la Brigada Político Social. El anciano militar resistió valerosamente sin decir absolutamente nada, hasta que le amenazaron con golpear y violar a su hija, presa, como él, en algún lugar de esas mismas dependencias. Entonces y solo entonces Federico habló, y confesó entre lágrimas todo lo que sabía -que era mucho- acerca de la Operación Backbone que había comandado su yerno, el huido Francisco Bueno Ledesma. La envergadura y trascendencia de esa operación internacional impresionó enormemente a sus captores. Leonor, por su parte, negó categóricamente todas las acusaciones de que ella y su padre estaban siendo objeto -que la matasen, si querían: no dejaría en evidencia a su marido-. Cuando, unas infructuosas horas más tarde era conducida a una celda, pudo ver desde lejos a su padre, sentado en el suelo de una sala, más viejo que nunca, encorvado por el dolor y ensangrentado por los golpes, llorando en silencio.

     A los pocos días de su detención Leonor fue trasladada a la cárcel de mujeres de Málaga, donde en su momento sería juzgada y condenada definitivamente. Por su parte la policía política, basándose en la confesión arrancada a Federico, abortó eficazmente la operación Backbone, arrestando a los compañeros de Paco e incautando todo el cargamento oculto en la Cueva de la Doncella. Paco consiguió escabullirse una vez más y regresó de nuevo a Orán, el único lugar donde tenía apoyos. Otra vez se veía separado de su mujer y de su familia; de nuevo desterrado muy lejos, al otro lado del mar. Pero ya no le importaba: a pesar de su desesperación, todo eso podría aguantarlo. Lo que le angustiaba realmente era la idea de que su suegro y su querida Leonor estuviesen encarcelados por su causa.

    Efectos incautados por la policía política del interior de la Cueva de la Doncella

     Pasaron unos días. Leonor, internada ya en la cárcel de mujeres de Málaga, intentaba sobreponerse a la pesadumbre de verse en un contexto que jamás habría imaginado, ni para ella ni para su padre. Procuraba sobrevivir, adaptarse de la mejor forma posible al ambiente sórdido y opresivo de una celda que compartía con varias compañeras de desgracia, mujeres jóvenes en su mayoría, recluidas por los más variopintos motivos: unas eran presas políticas, como ella -aunque Leonor jamás se había planteado cuáles eran sus ideas políticas; solo había apoyado a su marido, como corresponde a una esposa-; otras eran simples rateras o inocentes prostitutas, todas enclaustradas en un ambiente en el que ni siquiera sus guardianas -las monjas de una orden religiosa- conocían la piedad.

     Pero la situación aún iba a empeorar más -ironías de un destino aciago, que ya no se conformaba solo con separarla de su marido-. A las pocas semanas de su ingreso en prisión, Leonor se dio cuenta de que estaba embarazada. Un sueño acariciado durante años, que debería haber constituido la felicidad plena para Paco y para ella, se convertía justamente en ese momento en un grave contratiempo. Leonor había jurado ante la policía una y mil veces que no había visto a su marido en los últimos años, con tal de protegerlo. ¿Cómo iba a justificar ese embarazo, por otra parte tan legítimo, sin admitir que había mentido en los interrogatorios o que había faltado a su lealtad de esposa? Su cabeza era una olla a presión colmada de preocupaciones y a punto de estallar. Federico, su padre, ¿habría muerto o seguiría vivo, anciano e indefenso, en la lóbrega soledad de una celda? Paco, su marido, otra vez solo, siempre en peligro, ¿lo habrían arrestado o habría logrado huir? Y ahora su hijo, ¿qué futuro esperaba a ese bebé deseado y no deseado, inocente en un mundo implacable que ella apenas reconocía ya, y tan indefenso como ella misma?

     La libertad primera, la que reside en nuestro espíritu, no puede sernos arrebatada por nadie sin nuestro consentimiento. Sin embargo, Leonor, que nunca hasta entonces había perdido la entereza, no encontraba ahora esa libertad interior. Sin atisbo de esperanza, recluida injustamente tras los muros de una cárcel y lejos de los suyos, su mundo se desmoronaba y ella no podía hacer nada para impedirlo.

    Antigua Cárcel de Mujeres de Málaga en los años cuarenta del siglo XX

    (LA HISTORIA DE LEONOR CONTINUA EN LA SEGUNDA PARTE DE ESTE RELATO, pulsa aquí)

    Escrito por Mariló V. Oyonarte.
    Documentación histórica: José Aurelio Romero Navas y Jean François Bueno.
    Fotografías: archivo de Jean François Bueno y Carlos Luengo.




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    Relación de 'Caminos y gentes' publicados

     

    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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