La escuela rural de El Robledal

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    Casi medio siglo después, tres alumnas de la última escuela rural de Alhama de Granada vuelven junto a su maestro, a quien siguen llamando "don Luis", al que fue su primer colegio.

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    Camino de tierra que conduce al Robledal

     El Robledal es una conocida zona de acampada situada a unos cuantos kilómetros de Alhama de Granada. Hoy en día extensas zonas de prados y pinares dominan ese paisaje, emplazado al pie mismo de la hermosa Sierra Tejeda, en un territorio donde no hace mucho tiempo todo eran campos de labor y donde, para corroborar este hecho, se levantan todavía muchos cortijos. Algunos son ya poco más que un montón de escombros; otros, más afortunados, fueron cuidadosamente reconstruidos por los descendientes de quienes los habitaron. Los nombres de esas casas -los de todas, ruinosas y restauradas- todavía resuenan, antiguos y evocadores, en la mente de los que frecuentan la zona: el cortijo de los Nacimientos, la Venta de Palma, el Cerezal Alto, el cortijo del Almendro, el Robledal Alto, el Robledal Bajo, el Lagar de Baltasar, el cortijo Nuevo Ángel, la Venta de Rodríguez, el cortijo de Los Ratones, el cortijo de La Jura, el cortijo de La Loma, el cortijo de la Casa Alta…

     Este relato recupera la historia del cortijo del Almendro, uno de los que no tuvieron suerte y hoy se cae a pedazos. Si no toda su historia, al menos una pequeña parte; tal vez, la más bonita. ¡Ay, si las piedras hablasen…! Porque si así fuera, él mismo nos la contaría: aunque no lo parezca, lo está deseando. Pero no pasa nada; con un poco de imaginación y las detalladas, casi nostálgicas explicaciones de Luís, Reme, Pili y Manoli, obviaremos tan desolador abandono para recuperarlo -para verlo con total claridad- tal y como era durante un breve y feliz período de tiempo: el que dejó de ser conocido como el cortijo del Almendro para convertirse en la escuela rural de El Robledal.

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    El cortijo El Almendro, hoy abandonado, se encuentra en pleno Parque Natural de las Sierras de Tejeda, Almijara y Alhama

     Érase una vez una casa muy bonita, rodeada de montañas y praderas. De factura sencilla aunque de buena calidad, a su construcción no le faltaba un detalle: constaba de vivienda principal con todos sus acomodos; corrales, pajar, granero, patios interiores y hasta un hermoso almendro que extendía sus ramas junto a entrada principal, al que el cortijo debía su nombre. Pero, pese a su atractivo, la casa no era feliz porque le faltaba aquello a lo que toda vivienda debe aspirar: una familia que la ocupe. El cortijo del Almendro no se sentía hogar; bajo sus tejas no crecían niños ni envejecían abuelos; tras sus muros de piedra no se hacía el pan cada semana, ni el vino y las conservas del otoño, ni la matanza por Navidad. Ninguna maceta adornaba su patio empedrado, ni había mujeres cantando mientras tendían la ropa recién lavada al sol; en los corrales no pululaban las cabrillas, las gallinas o los cerdos, ni tampoco se ensuciaba el suelo los días de lluvia con el barro de las albarcas de los hombres.

     El cortijo del Almendro pertenecía al Estado y, a través de él, a un organismo oficial que se conocía como el Instituto para la Conservación de la Naturaleza (ICONA). Sus espaciosas y cómodas habitaciones tan sólo servían, por lo tanto, como alojamiento ocasional para el guarda forestal que se encargaba de vigilar aquella zona. A su alrededor, en cambio, los otros cortijos bullían de vida campestre y familiar, de niños que jugaban, de padres que trabajaban de sol a sol y de abuelos sabios que descansaban sentados a la puerta de sus casas, mientras observaban a los suyos yendo y viniendo, cultivando la tierra y pastoreando el ganado. Pasaban los años y el cortijo del Almendro allí seguía, como un -literal- convidado de piedra, siempre silencioso, siempre tranquilo, siempre bonito y bien cuidado por el guarda de turno. Pero bostezando de melancolía en su fuero interno, mientras miraba la vida y los hombres pasar de largo por delante de su puerta.

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    El territorio que rodea el cortijo del Almendro era, y es, de gran belleza paisajística

     Un buen día, su suerte cambió. El cortijo del Almendro vio con sorpresa cómo se limpiaban a fondo sus dependencias y se reacondicionaba la más grande de sus habitaciones, amueblándose con pequeñas mesas y sillas, un encerado verde oscuro, un pupitre grande y un gran mapa de España a todo color; la casa, esperanzada, imaginó -aunque no quería hacerse demasiadas ilusiones- que se le iba a dar un nuevo uso. Y no se equivocaba: en adelante se la destinaría a alojar provisionalmente una escuela rural, con un aula única donde pudiesen acudir los niños que vivían en los cortijos cercanos, a quienes resultaba muy complicado desplazarse a diario hasta la escuela del pueblo. El cortijo del Almendro pasó entonces a conocerse oficialmente como la Escuela Rural del Robledal y, durante cinco increíbles y dichosos años -demasiado pocos, para su gusto-, aquellos muros acogieron ¡por fin! a algo muy parecido a una familia de verdad: un nutrido grupo de niños y niñas, con sus maestros.

     Una nueva vida, que a ella se le antojó desconocida y maravillosa, comenzó para esa casa. Sus espacios, antes mudos y vacíos, se llenaron con las voces de los escolares recitando la lección o cantando a voz en cuello las canciones que el maestro les enseñaba. También con sus reprimendas, que todo hay que decirlo, pues los antiguos métodos de enseñanza imperaban aún en la mentalidad de la comunidad educativa. La antigua escuela unitaria (niños de distintas edades y niveles en el mismo aula) y los maestros rurales formaban un tándem muy efectivo; aquellos hombres y mujeres repartían su riqueza intelectual, como labradores de mentes, la mano en la esteva y al costado el cesto con la simiente, para sacar buena cosecha de las mentes de los niños cortijeros y convertirlos en hombres y mujeres de provecho. Los viejos maestros, que dedicaban sus días y sus afanes a enseñar al que no sabe en las escuelas "de primeras letras" que, a la vez, lo eran también "de segundas": escuelas de ciudadanía. Era la única revolución eficaz y perdurable.

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    Portadas de antiguos libros de texto

     Los años, transformados ahora en cursos, se pasaban suavemente, sin sentir, hasta que llegó el de 1971-72. Ese año obtuvo plaza en la escuela rural de El Robledal un nuevo maestro, un muchacho de apenas veinticuatro años -licenciado hacía unos días de la mili- al que acababan de conceder su primer destino para un curso completo precisamente allí, en el viejo cortijo del Almendro. Sería un curso que, aunque ninguno lo imaginase entonces, se convertiría en algo inolvidable para todos ellos.

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    Luis Hinojosa Delgado

     Luis Hinojosa Delgado era natural del cercano pueblo de Santa Cruz del Comercio, donde residía con su familia. Cada lunes, muy tempranito, tomaba un autobús de línea que lo dejaba en el paraje conocido como La Alcaicería, de donde parte el camino de tierra que llevaba, pasando por muchos cortijos, hasta su puesto de trabajo allá entre montañas, en la escuela rural del Robledal. Con el macuto con sus pertenencias al hombro, el muchacho echaba a andar con sol, con lluvia o con nieve hasta completar los cinco kilómetros que separaban la Alcaicería del cortijo del Robledal Alto -también, como su nueva escuela, propiedad de ICONA-, lugar donde se alojaba de lunes a viernes, con la familia del guarda forestal.

     Cuando el joven maestro tomó posesión de su plaza se encontró con una escuela situada en plena montaña, en un paraje precioso, eso sí, pero lejos de todo, y con un variopinto grupo de alumnos formado por diecisiete niños y niñas entre los cinco y los quince años, cuyo nivel académico abarcaba desde párvulos hasta quinto curso de EGB. Las caritas de Manoli, Pilar y Reme Palomino Márquez, Pepe Núñez, el pequeño Reyes, Visitación, Miguel Palomino, Antonio, Juan, Nicolás Ramírez, Paco, Juan Manuel Ramírez, Álvaro, Juan Retamero, Rafaela Márquez, Francisco y José Luís lo miraban de hito en hito, con simpatía pero a la vez con algo de reserva, pues desconocían por completo el carácter de su nuevo maestro. ¿Sería, tal vez, tan severo y estricto como sus predecesores don Manuel, don Eduardo y don Antonio…?

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    Los niños y niñas que asistían a la escuela rural de El Robledal, con algunos amiguitos y familiares. A la izquierda don Antonio, su antiguo maestro

     Dio comienzo el curso, pues. La habitación que les servía de aula era amplia y alegre; tenía las paredes cuidadosamente encaladas, anchos zócalos pintados de color y un lustroso suelo de losetas de barro rojizo que entre todos -alumnos y maestro- mantenían escrupulosamente limpio. La puerta que daba acceso a la clase estaba dividida por la mitad en dos partes iguales, a la usanza de los antiguos portones cortijeros, y había también una pequeña chimenea que no se usaba nunca, al fondo de la estancia. Justo al entrar se encontraban la mesa y la silla del maestro; los pupitres de los alumnos estaban colocados por grupos según edades y nivel, y en la pared cercana a la ventana se reservaba un vano de donde colgaba airoso un gran mapa de España. Frente a él, una pizarra de buen tamaño completaba el mobiliario escolar.

     Al aula se accedía a través de un precioso patio de proporciones cuadradas, perfectamente empedrado y blanqueado, en el que crecía un pequeño almendro que se asomaba por la ventana de la clase, alegrando con sus flores, sus hojas o su ramaje desnudo cuajado de yemas rosadas -dependiendo de la estación- la posible aridez de las lecciones. Era aquel un espacio tan agradable y recogido que los días que hacía buen tiempo don Luis y sus alumnos lo utilizaban, si la actividad lo permitía, como una prolongación de la clase al aire libre.

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    Cerremos los ojos para ver el patio como era entonces: no hay escombros ni decadencia, sino un espacio al aire libre empedrado, de paredes blancas, muy bonito y soleado, y la puerta dividida en dos mitades que daba acceso al aula, desde el patio exterior

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    El aula de la escuela era una habitación pulcra y alegre; a la izquierda se situaban los pupitres de los niños, agrupados por edades, y a la derecha estaba la mesa del maestro

     Con el paso de las semanas, los niños descubrieron que su nuevo maestro -don Luis, como respetuosamente, a pesar de su juventud, todos lo conocían en la zona- tenía un concepto de la enseñanza radicalmente opuesto al de sus antecesores, en el que primaba la instrucción con alegría y sentido del humor; ¡nada de castigos, ni regañinas innecesarias! El joven consideraba que los antiguos métodos humillan antes que estimulan, y arraigan recelos difíciles de erradicar. Por eso la suya era una enseñanza cercana, que sus alumnos agradecían pues eran niños buenos y dóciles, que jugaban a aprender, mientras, con habilidad, el joven preceptor se adueñaba de sus mentes infantiles por medio de palabras sencillas, pensadas para que los pequeños le entendiesen bien. Ese método de educación creaba en la clase un ambiente distendido que propiciaba la quietud y la atención de los niños. Tan buena llegó a ser aquella relación que don Luis era invitado continuamente a visitar las casas de sus alumnos. "¡Véngase usted hoy a comer con nosotros, don Luís!", le decían los padres a menudo, trato que el muchacho agradecía profundamente, pues en compañía de aquellas buenas gentes, que todo lo ofrecían de corazón, se sentía como en familia.

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    El joven maestro era muy apreciado en la comarca, tanto por sus alumnos como por las familias de éstos. En la foto, Manoli, Reme, Miguel, Ana y José, con sus familiares

     El aula de la escuela rural El Robledal era confortable y acogedora, salvo cuando hacía mucho frío -el duro invierno del campo- y las nevadas caían abundantes, o llovía sin parar. En esos días tenían permiso del guarda del cortijo para trasladarse a la habitación contigua, que era la cocina de la vivienda; allí reinaba una gigantesca chimenea que, junto a un cuartito aledaño repleto de leña, hacían las delicias de maestro y alumnos, que se arracimaban alrededor del fuego para continuar con su instrucción. Y es que en la escuela rural de El Robledal los horarios no eran tan estrictos como en las demás escuelas; allí había que adaptarse al momento y a los niños -algunos de los cuales tardaban una hora en llegar caminando desde sus casas, o más aún si había nevado, o llovía mucho-. Porque eso sí, ¡a las clases no se faltaba! Ni alumnos ni maestro. Ya lloviese a cántaros o nevase intensamente, la escuela era sagrada para todos.

     Las clases comenzaban sobre las diez de la mañana y terminaban alrededor de la una y media de la tarde, y el recreo llegaba, sencillamente, cuando los niños daban muestras de estar cansados. Entonces salían todos afuera, a pleno campo, el mejor patio de juegos que se pueda imaginar, donde chiquillos y maestro -casi un niño, como ellos- se relajaban y jugaban a los juegos de antes, corriendo, gritando, muertos de risa, mientras daban buena cuenta de sus meriendas, la mayoría de las cuales consistía en pan con aceite y azúcar o un bocadillo relleno con algún producto de la matanza.

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    El patio de juegos de la escuela eran las interminables praderas y pinares de Sierra Tejeda

     Cuando llegó la Navidad de aquel año, 1971, y terminaron las clases, don Luis organizó una alegre fiestecilla la que asistieron los escolares y sus familias; la sorpresa del joven maestro llegó cuando se encontró con que aquellas gentes, entre villancico y villancico, le ofrecían agradecidas lo que tenían más a mano como regalo de Navidad, en una inequívoca muestra de afecto y respeto: desde un pollo vivo a productos de la matanza recién hechos, pasando por garrafas del típico vino de Alhama y mantecados y roscos caseros… tantos regalos le llevaron, que el muchacho precisó la ayuda del coche de un amigo para llevarse todo a su casa. Navidad en el campo, y Navidad en la escuela; Navidad en el viejo cortijo del Almendro, tal y como esa casa siempre había imaginado: con las habitaciones abiertas, la chimenea encendida y el eco de las conversaciones de los mayores y las risas de los niños resonando por todas partes.

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    Los alumnos de don Luis lo querían entrañablemente, cariño que ha perdurado hasta la actualidad

     Entre letras y cuentas el año académico fue avanzando; a su tiempo llegaron las Primeras Comuniones y por último el fin de curso, en junio de 1972, y en ambas ocasiones volvió el maestro a contar con sus amigos para organizar una celebración digna de días tan señalados. Entre otras actividades, montaban una pequeña rondalla en la que tocaba él mismo la guitarra, obras de teatro preparadas por los propios niños, y un final de fiesta con cante y baile de los típicos fandangos cortijeros de Alhama, en la que participaban todos, chicos y grandes, jóvenes y viejos, alumnos y maestro, con gran alegría. Sin duda alguna, el final del curso 1971-72 fue, y sigue siendo, digno de recordar.

     Luis se alojaba cerca de allí, en el vecino cortijo del Robledal Alto. Se trataba de una casa grande, de proporciones nobles, que ocupaban Serafín, el guarda forestal, y su mujer, Dolores, junto a su hija Ana, que también era alumna de don Luis. Tenía allí el joven maestro una cómoda habitación donde descansar; el resto de la jornada hacía vida de familia con Serafín, Dolores y Ana. Su casera era una excelente cocinera y la casa que llevaba, francamente confortable; incluso contaban con la única televisión -un aparato de doce pulgadas y pantalla en blanco y negro, que funcionaba con una batería de coche- que había por aquella zona. Los días que llovía y Serafín no podía salir al campo, cocinaba él mismo unas enormes sartenadas de migas que todos comían luego directamente de la sartén, convenientemente acompañadas de unas tajadas de bacalao y unos vasos de vino del terreno, comida rústica donde las haya pero que Luís recordaría con agrado durante mucho tiempo.

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    El cortijo del Robledal Alto también se encuentra abandonado hoy en día

     Su rutina diaria era sencilla: por las mañanas, después de desayunar, se marchaba caminando con Ana hacia la escuela, trayecto que recorrían en sentido inverso a mediodía, para el almuerzo; luego pasaban la tarde en una acogedora habitación, anexa a la cocina, donde Ana hacía sus deberes mientras el joven preparaba concienzudamente las clases del día siguiente. Por las tardes, si no tenía nada que hacer, Luís salía a dar largos paseos por los alrededores del cortijo, que eran, aparte del dominio de cientos de conejos y perdices, de una belleza considerable. El anciano matrimonio no cultivaba la tierra ni tenía ganado; el trabajo de Serafín consistía en ser guarda forestal, y Dolores cuidaba de aquella enorme casa. Se trataba de una familia tranquila, de costumbres antiguas, muy arraigadas -cenaban a las siete de la tarde y se retiraban a dormir muy temprano-, dentro de la cual Luis se sintió, desde el principio y en todos los sentidos, como un hijo más. El tiempo que pasó en el Robledal Alto, con la familia de Serafín, lo recordaría toda su vida.

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    La escalera que conducía a la planta superior, y el dormitorio que ocupaba Luís en el Robledal Alto


    La amplia chimenea de la cocina donde Dolores preparaba grandes cantidades de comida; a la derecha, la habitación donde el joven maestro preparaba sus clases

     Concluyó finalmente -inevitablemente- el curso 1971-72, que fue mágico e inolvidable, sin duda, para los escolares y sus familias, para el maestro primerizo y también para aquella casa bonita, que durante el tiempo en que fue una escuela rural se había olvidado de su pasado solitario. ¿Y qué ocurrió con los protagonistas de esta historia? Pues don Luís se marchó destinado a otros centros escolares, donde desempeñó, durante muchos años, una brillante y reconocida carrera hasta su jubilación; los alumnos de la vieja escuela de El Robledal fueron reubicados en otros centros educativos en Alhama, en Granada e incluso más lejos y con el tiempo crecieron -algunos murieron-, otros emigraron y todos formaron sus propias familias. La escuela rural de El Robledal volvió a ser el cortijo del Almendro, y al año siguiente de marcharse los niños y el maestro -la mejor familia con la que podía haber soñado-, la vivienda fue ocupada por el matrimonio formado por Eugenio y Encarna; después quedó como alojamiento para animales hasta que la construcción fue decayendo y le llegó el abandono definitivo.
     
     El cortijo del Almendro lleva ya muchos años vacío. Ha pasado casi medio siglo de aquel extraordinario curso del 1971-72, en el que la casa vivió el mejor año de su "despertar" como hogar; el último curso de la última escuela rural de Alhama de Granada.

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     Cuarenta y cinco años después, durante la Navidad del año 2017, don Luis y tres de sus primeras alumnas -Reme, Pili y Manoli Palomino Márquez- se reunieron para visitar su vieja escuela y recordar aquellos días, de los que todos y cada uno de ellos guardan un recuerdo imborrable. En el mismo camino que lleva al cortijo del Almendro se encuentran algunas casas desde las cuales asistían muchos niños a la clase de don Luís, como el cortijo del Lagar de Baltasar, que se ha restaurado conservando hasta el más mínimo detalle original.

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    Cortijo El Lagar de Baltasar, desde el cual acudían a la escuela Pili y Manoli

     Se ha mantenido con respeto la estructura original de la vivienda principal, las puertas y los suelos, así como gran parte del mobiliario; ciertos detalles como una mesilla de noche hecha a partir de una de las orzas donde se guardaban los lomos y chorizos en pringue, o las camas de hierro con sus correspondientes colchones de lana de oveja, originales de la época de sus abuelos, delatan el cariño que sus actuales propietarios sienten por esos enseres. En sus mejores tiempos en ese cortijo vivían varias familias, que reunían unas treinta personas de las que la mitad eran niños; pero no todas las casas se han restaurado.


    A la izquierda, el comedor de una de las viviendas del Lagar de Baltasar; a la derecha, el dormitorio principal

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    Al igual que las camas, los colchones de lana son los originales de la época, así como las sillas del comedor

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    El precioso tapete de colores que tejió hace tantos años Juana Márquez, la madre de Pili y Manoli, continúa hoy sobre la mesa

     Más allá del Lagar de Baltasar se pasa por la puerta del cortijo de la Venta de Rodríguez. Allí vivía Visi, una de las alumnas más mayores de la clase de don Luís, aunque su casa no ha tenido buena suerte. Era una vivienda sencilla, adosada a la casa principal del cortijo, pequeña pero muy agradable, con aquel bonito patio delantero que la madre de Visi mantenía pleno de macetas primorosamente cuidadas; con sus habitaciones diminutas pero limpias y ordenadas, y aquel ambiente sosegado que se respiraba en cada rincón de la casita. Visi era hija única, algo no muy frecuente por aquel entonces. La Venta de Rodríguez era lugar de paso de arrieros, y también contaba con un pequeño economato al que acudían a comprar los habitantes de la zona que no tenían tiempo de acercarse por Alhama.

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    La casa de Visi y su familia es de las que no han tenido quien se encargue de recuperarla

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    El arroyo conocido como "La Madre", hoy completamente seco, pasaba por delante de la Venta de Rodríguez y solía llevar tanta agua que para cruzarlo, camino de la escuela, los niños utilizaban un pequeño puente hecho de madera

     Algo más adelante se encuentra también el cortijo del Nuevo Ángel, perfectamente recuperado y modernizado, por dentro y por fuera, por los hijos y nietos de los primeros dueños. Desde este cortijo, que se encuentra cerca del cortijo del Almendro, acudían muy contentos a su escuela el joven Miguel -desgraciadamente fallecido con veinticuatro años, en el año 1981- y su hermana pequeña, Reme.

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    El cortijo de Nuevo Ángel se encuentra muy cerca del camino, y a escasa distancia del cortijo del Robledal Alto, donde se alojaba el maestro

     Ese día -Navidad es sin duda un buen momento para los reencuentros- fue también el de la visita de don Luis, el último maestro de la escuela rural de El Robledal, tanto a su antigua escuela como a la casa en la que vivió durante ese inolvidable curso en el Robledal Alto, que fue como la suya propia porque la familia que lo acogió así lo quiso, y a las que no había vuelto desde el mes de junio de aquel ya lejano 1972. Hombre sereno y discreto, Luís -don Luís- no dio apenas muestras de las sensaciones que se agolparon en su cabeza y su corazón a lo largo de todo ese día, mientras él y sus tres ex alumnas iban rememorando, con infinito cariño, tantos momentos compartidos. La vieja escuela rural y el cortijo del Robledal Alto, lejanos y cercanos, a la vez. "Había pasado varias veces por aquí, pero no se me había ocurrido entrar…", diría luego. Una fecha, seguro, que Luis Hinojosa Delgado no olvidará.

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    Don Luis, el maestro, en el cortijo del Robledal Alto, delante de la habitación donde preparaba sus clases, cuarenta y cinco años después de marcharse de allí

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    El maestro y tres de sus alumnas, Pili, Reme y Manoli, delante de la puerta de su antigua clase

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    Las niñas de entonces (arriba) son ya mujeres (abajo); las alumnas de ayer se han convertido en amigas hoy. Cuarenta y cinco años separan estas dos fotografías, pero, en el fondo, nada ha cambiado
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    Todos tenemos un cajón secreto donde guardamos nuestros recuerdos, ilusiones, temores, sueños… es como una carpeta aparte, dentro del corazón. Sabemos que está ahí, pero a menudo nos da pereza abrirla y sin embargo, cuando lo hacemos, resulta que merece la pena. Porque lo que vivimos hace tiempo -incluso hace mucho tiempo- lo revivimos plenamente, adentrándonos en aquellos momentos y disfrutándolos con la perspectiva que da la distancia. Al cruzar de nuevo el umbral de su vieja escuela, don Luís y sus alumnas Reme, Pili y Manoli abrieron, por unas horas, su particular cajón secreto. Tal vez ese día, el viejo cortijo del Almendro también lo hizo.

    Texto y fotos: Mariló V. Oyonarte.

    N. de la R., este artículo se complementa con: Otra vez el almendro.

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    Relación de 'Caminos y gentes' publicados

     

    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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