Otra vez el almendro

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    Fue por Navidad. Pero no, no me refería al turrón. Me refería a aquel viejo cortijo, en la margen izquierda del arroyo de La Madre, allí por El Robledal.

     Allí volví hace unos días, después de más de cuarenta y cinco años. No era el mismo, pero conservaba lo esencial. Conservaba, y en buen estado, por cierto, aquella hermosa cocina-comedor, nuestra clase, con su pequeña ventana enrejada y su puerta de madera de dos hojas horizontales. Solo una frágil cuerda, atada a un clavo en la pared, la mantenía ahora cerrada. ¿Qué habrá sido de la pesada llave que yo tenía que llevar y traer cada día?

     Recordé en seguida aquel heterogéneo grupo de alumnos, mi mesa en la misma entrada, el mapa de España colgado junto a la ventana… Recordé a aquel pequeño de cinco años, Reyes, que asistía a las clases como ‘alumno libre oyente’ (volvió a ser mi alumno en El Callejón). No tenía aún edad para estar escolarizado; pero él se venía a la escuela cuando quería y cuando quería se iba. Era poco hablador y ni al llegar ni al marcharse decía nada; simplemente, empujaba la puerta o tiraba de ella y aparecía o desaparecía. Yo lo martirizaba a veces apoyándome distraídamente sobre la hoja inferior cuando él se disponía a salir. Ni me miraba; intentaba inútilmente abrir hasta que, compadecido de él, me apartaba (espero que me haya perdonado).

     También estaba, esta sí bastante deteriorada, aquella habitación contigua que, con su hermosa chimenea, nos servía de refugio en los días más fríos de aquel crudo invierno. “Gaste usted toda la leña que quiera”, me había dicho el guarda. Y, ciertamente, a nuestra disposición teníamos mucha más de la que hubiésemos podido necesitar.

     Y visité, cómo no, aquel otro cortijo, grande y majestuoso, que fue mi hogar durante mi estancia por aquellas tierras: el Robledal Alto, la casa del guarda. Sus muros, sus tejados, su patio... todo está aún a salvo del derrumbe y de la ruina. Sin embargo, una sensación de tristeza me invadió al contemplar su abandono, sus puertas arrancadas, aquel árbol caído sobre la tapia… y suciedad por doquier, consecuencia de un uso irresponsable de sus dependencias. Prácticamente igual que en aquellos tiempos estaba mi dormitorio; y aquella sala donde tantas tardes pasé preparando las clases del día siguiente o con aquellos dos alumnos mayores que por el día trabajaban y al oscurecer venían, carburo en mano para alumbrarse, a ‘echar un rato de cuentas y escribanía’. No había corrido la misma suerte la parte de arriba, la gran cocina con su chimenea, junto a la cual, al calor de la lumbre, degustábamos las ricas migas que con su infinita paciencia elaboraba Serafín los días lluviosos en que no podía salir al campo. A Dolores, su esposa, parece que la estoy viendo: “voy a salir a por unas poquitas collejas pa la cena de esta noche.” Ellos y su hija Ana fueron mi familia, mi auténtica familia, durante el tiempo que convivimos. Cuánto siento no haber vuelto a verlos.

     Tenía interés Mariló (y yo también) en visitar algunos de los cortijos desde los que mis alumnos acudían cada día a clase. Y el recorrido empezó en el de las hermanas Pilar y Manola Palomino, que nos acompañaban. La curiosidad de nuestra periodista era insaciable, preguntando por el antiguo uso de aquellas habitaciones, bien conservadas y restauradas, pero que en poco se parecen en la actualidad a los graneros, cuadras y pajares que fueron en otros tiempos.

     Aquí comencé a intuir que la visita se prolongaría más de lo inicialmente previsto. Efectivamente, con Reme Palomino y su marido, Salva, visitábamos su coqueto cortijo (qué cambiado estaba) cuando caí en la cuenta de que el tiempo se había pasado volando y deberíamos estar ya regresando a Alhama. Debemos apresurarnos -dije- se nos hace tarde. Pero sobre la mesa ya teníamos los vasos de vino del terreno y embutidos caseros, a la vez que en la chimenea ardía un buen montón de leña. No fueron solo el vino y las tapas. Mientras comíamos, bebíamos y charlábamos, Reme ya pelaba patatas en el poyo de la cocina porque “no nos íbamos a ir sin comer a esas horas.”

     Qué día tan intenso, cuántos recuerdos, cuántas vivencias compartidas con aquellas gentes sencillas acudieron a mi mente. Las comidas, el cariño y el respeto, el calor humano, la fuerza de voluntad de aquellos alumnos que, en algunos casos, tenían que caminar una hora para ir a clase y otra para volver a casa.

     Exceptuando alguna breve sustitución en la Alpujarra granadina, esta fue en realidad mi primera escuela. Escuela que con mi marcha cerró definitivamente y aquellos alumnos fueron escolarizados en escuelas-hogar, lejos de sus familias y de su sencillo entorno campesino.

     Ha pasado mucho tiempo. Pero nunca he podido ni querido olvidar a aquellos niños, aquellas gentes, aquellas tierras y aquel curso del 71-72. Mantengo contacto con algunos de ellos; a otros no he vuelto a verlos. Aun así, pienso que tal vez ellos guarden, como yo, un grato recuerdo de su última escuela del Robledal.

     Fue un día inolvidable que superó con creces las expectativas que en él había puesto. Siempre os lo agradeceré, Pili, Manola, Reme, Salva. Y, por supuesto, a ti, Mariló, que, con tu insaciable curiosidad, tu singular forma de escribir y tu amor por la montaña, has sido capaz de despertar en tantos lectores el interés por tus historias, tan entrañables, tan humanas, tan cercanas y tan desconocidas. Gracias de corazón, gracias..

    Santa Cruz, enero 2018
    Luis Hinojosa D.

    N. de la R., este artículo se complementa con: La escuela rural de El Robledal.




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    Relación de 'Caminos y gentes' publicados

     

    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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