“Hasta ahora sólo había escrito informes clínicos que dejan poco espacio a la creatividad literaria”

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    Inés Ruiz Molina
    , firmaba bajo el pseudónimo de La Genciana un precioso texto, “El día de la lana”, que le acreedora del premio al tema alhameño del Certamen Literario de la Biblioteca de Alhama.

    “Nací en 1958 en la calle Cuba de Alhama de Granada. Soy hija de una conocida familia apodada  “Los Sacristanes”. Con 12 años me fui a vivir a la Plaza de los Presos hasta que a los 18 años me trasladé a Granada para estudiar.  Soy licenciada en Farmacia por la Universidad de Granada y especialista en Microbiología y Parasitología Clínicas, habiendo hecho la Residencia en el Hospital Reina Sofía de Córdoba. Actualmente desempeño mi actividad dentro de mi especialidad en el Hospital Punta de Europa de Algeciras. Soy lo que en el SAS se conoce como F.E.A (Facultativo Especialista de Área)”, nos cuenta esta alhameña que con su primer texto narrativo evocativo de costumbres olvidadas y presentado al certamen literario se ha hecho acreedora del premio local.

    La alhameña, Inés Ruiz, en su casa de Algeciras

    Tras su marcha a Granada como estudiante regresa a Alhama “siempre que puede” pues nunca ha perdido su vocación alhameña. De hecho compró un piso en la ciudad de los Tajos, pues su marido que no es alhameño de nacimiento “le gusta mucho el pueblo, su entorno y su gente”. Casada y con dos hijos, Javier de 23 años y Marta de 21, lleva dos décadas en la ciudad algecireña.

    ENTREVISTA PARA ALHAMA COMUNICACIÓN

    - ¿Cuándo nace vocación literaria?
    - La Literatura me ha gustado siempre, no como elemento activo. Me gusta mucho leer, me apasiona el realismo mágico de los escritores latinoamericanos. Escribo lo que estoy obligada a escribir, hasta ahora sólo había escrito informes clínicos que dejan poco a la creatividad lietaria.

    - Entonces ¿Por qué escribió “El día de la lana”?
    - Más que por mi afición literaria ha sido por una necesidad de comunicarme, de contar mis vivencias de cuando yo era chica y vivía en Alhama. El relato “El día de la lana” es autobiográfico, pues en mi familia era corriente que cuando una novia de la familia se iba a casar tenía que preparar la lana.

    - ¿Qué otros recuerdos de su infancia conserva?
    - Hasta los cinco años viví en el cortijo de mi abuelo, en las viñas, el cortijo de Bernardo,  y cuando voy por allí me subo a la solana y me gusta transportarme a esos días de mi infancia.

    - ¿Por qué lo presentó al certamen literario?
    - Se me ocurrió pero no tenía donde contarlo. Visitando la página de ALHAMA COMUNICACIÓN que suelo visitar con mucha frecuencia, vi la convocatoria del Certamen Literario. Me animé a escribir, se lo di a mi marido y una compañera de trabajo y me animaron a que lo presentaran. Y bueno, por lo que veo ha gustado.

    - ¿Y por qué eligió La Genciana para firmarlo?
    - Me gusta mucho la botánica desde que la estudié en Farmacia y es una planta que me encanta.



    - Afirma que es autobiográfico pero, suponemos que tendrá algo de ficción…
    - Claro pues ha habido que ponerle algo de fantasía y cambiar algunas cosas como la localización geográfica. Puse la parte de la Huerta del Cura porque todo el mundo lo conoce. También el regreso con las viandas para la fiesta por el Camino de los Ángeles aunque en realidad fue por la Huerta Cañón.

    - Y los protagonistas ¿existen realmente?
    - Juanillo y Dolores existen, viven todavía lo que pasa es que no están en Alhama. Ellos no saben aún que he escrito este relato. Casualmente el pasado fin de semana (21 y 22 de agosto) estaban en Alhama, pero no les dije nada pues están viviendo un momento familiar difícil.

    - Reconoce que es una gran lectora, pero ¿cuáles son sus libros de cabecera?
    - Me gusta mucho García Márquez, es mi ídolo, especialmente su libro “El amor en los tiempos del cólera” que es mi novela de cabecera. También me gusta mucho Tolkien y “El Señor de los añillos” que lo he leído varias veces. Las descripciones de los paisajes y caminos por donde van los protagonistas me recuerdan mucho a mi niñez cuando yo fabulaba. También me gustan las cosas nuevas que salen. Este año he leído a Carmen Dueñas, cuyo último libro me ha parecido ameno y sencillo. En definitiva, me gusta la literatura fluida y que no tenga demasiada complicación.

    - Hemos visto que utiliza con gusto por palabras y expresiones del argot popular o poco usuales, como rapagona, mozuela, taleguilla, orza, al ser de día, etc.?
    - Son palabras que se utilizaban corrientemente. Por ejemplo, rapagón está en el diccionario, pero no en femenino que se ha utilizado desde siempre en mi familia, la talega o bolsa de tela esta habitual para guardar el pan lo mismo que la orza.

    - También hemos descubierto que le encantan los diminutivos…
    - Porque yo era muy chiquitilla. Estamos hablando de una niña de 6 ó 7 años.

     

    He observado que esta fiesta está como perdida, incluso en la memoria, pues amigas de mi edad no lo recuerdan

       
    - ¿Siente añoranza de ese pasado menos lejano de lo que pudiéramos creer?
    - Pues sí. He visto que se han recuperado tradiciones como la Candelaria o el Carnaval y, sin embargo, he observado que esta fiesta está como perdida, incluso en la memoria, pues amigas de mi edad no lo recuerdan.

    - ¿Echa mucho de menos Alhama?
    - Adoro a mi pueblo y a sus gentes. Todos los días los tengo en mi recuerdo y siempre que puedo me escapo, aunque sea por un par de días, porque nada me gusta más que una buena tertulia con los amigos de siempre.


    TEXTO PREMIADO

     

    EL DÍA DE LA LANA

    La Genciana (Inés Ruiz Molina, Alhama de Granada)
     
     
    Juanillo y Dolores se quieren casar. Yo lo sé, porque los miro y acompaño siempre, aunque ellos a veces, con la ceguera del amor, se olvidan de mí. Son dulces, delicados, limpios y están enamorados. He visto a Juanillo susurrar tierno en el oído de Dolores que se quería casar. Y ella, con la carita encendida de amor, pudor y también de deseo, porque después de tanto tiempo lo sé, le decía que si.

    Desde ese momento estuve atenta a toda conversación  y sobre todo a las de Dolores con su madre, hasta que sorprendí ese  ¡niña, pero qué estás diciendo!?. Ella le contó a su madre: que me quiere y que lo quiero, que está salido de quintas y en lo que va de año, ni un día ha parado quieto. Dígaselo usted a mi padre, porque yo siento mucho respeto.

    Dolores pasaba las tardes bordando sábanas en su bastidor redondo, poniendo sus iniciales en manteles servilletas y toallas, haciendo tiras de encaje con hilos y alfileres, bailando los bolillos entre sus dedos.

    Cuando se casen, ya no vendrá Juanillo los lunes, jueves y domingos a decirle tantas cosas de esas que yo no entiendo, mientras  me da  caramelos y cuentos, y me  sube a cuestas si vamos por las veredas estrechas desde la casa a las viñas, otras veces hasta el huerto.

    Un domingo de la primavera llegó Juanillo con un manojo de campanicas, amapolas y margaritas, diciendo que su padre y su madre querían venir a pedir la mano de Dolores. Había que poner una fecha y tenerlo todo dispuesto. Yo me pregunté para qué será eso.

    Desde entonces, mi principal quehacer es averiguar cuándo será ese día y por supuesto, estar siempre en medio. El día llegó y lo supe  porque Dolores no se levantó con sus hermanas para traer agua del río. Se puso un vestido nuevo, peinó su pelo distinto, se envolvió en colonia de claveles y pintó su boca de rosa sonriéndole al espejo. Por el brillo de sus ojos y la música en su voz, empecé a sentir bonico, porque si estaba tan guapa y canturreaba quedo, lo de pedir su mano tenía que ser algo muy bueno. Bajó de su alcoba y se puso en la ventana sin la caja de los hilos, a esperar. Yo la seguía como siempre, pero hoy no la quiero molestar ni siquiera con mi voz. Poco antes del mediodía, oímos ladrar a los perros alertando de la llegada de una visita. Y así llegaba Juanillo acompañado de tres personas.         

    Después del “buenas las tengan”,  presentó a sus padres y a su hermana y siempre contemplando a Dolores, que al ponerse  de pie regaló la dulzura, dice para que se enteren todos: con ella me quiero casar. Yo pensé, ya se la quiere llevar y ella sólo es una “rapagona”

    Me invitaron a jugar en la calle con la hermana de Juanillo y  eso me contrarió porque necesitaba enterarme de lo que pensaban  hacer con la mano de Dolores. La hermana de Juanillo venía muy enseñada  diciendo que la novia tenía que comprar una cama, los platos, ollas, sartenes y también las cucharas.

    A primera hora de la tarde  esta familia, por fin, se marchaba diciendo  cosas muy raras   de sueldos y de rentas mientras que caminábamos por la cuesta de la Huerta del Cura.
    Caminos por los que transcurre la historia

    Cuando regresamos a la casa, escuché otra cosa muy rara. Entre ellos hablaban de lo más importante ahora, que sería comprar la lana. Había que avisar a las primas y a las amigas. Era importante fijar la fecha del lavado de la lana. No tenemos prisa ninguna, decían, la niña no peina canas, pero la suerte es que viene el buen tiempo, porque si pasara el verano, ¿qué hacemos con la lana?. Todo el mundo se alegraba porque estábamos en mayo, sería después de la feria de San Juan, mejor si vendemos los garbanzos, y teniendo un río en la puerta, con un tiempo que acompaña… ¡lo arreglamos para julio!

    Esto no era  fácil de desliar, pero poco a poco y oyendo de aquí y de allá entendería el misterio de lo que habían dado en llamar el día de la lana. Después de algunas semanas asomó por las Pencas una reata de mulas cargadas de unas sacas con olor a oveja. Por el movimiento y la algarabía  pensé que  aquí llegó lo esperado.

    Una mañana, a Dolores y a mí nos mandaron al pueblo con una de las bestias, un  papel escrito con muchas palabras y en una taleguilla billetes y dineros sueltos. Por el camino de los Angeles llegamos a Alhama todavía con la fresca. Recorrimos sus tiendas, compramos mucho pan tierno. Nos llevamos paquetes de arroz, harina de trigo, azúcar y más azúcar, latas de melocotón, canela, matalauva y café en grano del bueno. En un puesto compramos limones y algo más que no recuerdo. En una casa llena de hilos, le entregaron a Dolores unas prendas  de lindos colores hechas sólo para ella, y las tocaba contenta,  como acariciando un sueño. Las envolvieron en fino papel y Dolores sacó otra vez el saquito de los dineros que se quedó casi vacío. Sobraron unas monedillas y compramos cucuruchos de mantecado helado consolando nuestras bocas, resecas del calor  y de tanto paseo.

    Al día siguiente, el gallo que cantaba en las  amanecidas dejó de cantar. Cuando entré en la cocina, por el rabillo del ojo vi unas plumas verdeazuladas en el suelo y supe que no volvería ni a piar. Encontré su cuerpo desplumado colgado de una viga en la bodega. Era más gordo de lo que parecía cuando caminaba garboso y pendenciero luciendo cresta y espolones. Le acompañaba en su infortunio, como lo acompañó en sus alegrías, una gallina de su harén. Nada  pregunté ni  se me escapó un suspiro de dolor por ese compañero de juegos, porque mi curiosidad era mayor que mi duelo y a ver si me quedaba  casi en puertas, sin saber de la lana y todo su misterio. Habían sacado los salchichones de  la matanza, que se guardaban en una orza con  aceite y los quesos que compraron al ovejero. La madre de Dolores, hizo roscos de sartén  con  los huevos que yo recogía cada día del pesebre. Emborrizados en azúcar y canela los iba colocando  en una olla muy grande que no sé de dónde salió.

    Pasó la noche calurosa e inquieta, y al amanecer, la emoción sustituyó al malogrado gallo para despertarnos al ser de día. Muy temprano empezó a llegar la gente: amigas, primas y  titas de Dolores. Y por fin llegó Juanillo, como el príncipe encantado, con sus padres y su hermana, ¡ah sí! como el día de la petición de mano.

    Los niños teníamos la misión de hacer una presa en el río para retener la lana. También para las sandías y las bebidas, guardándolas de la corriente, mientras tomaban para ellas la frescura del agua.

    Y de pronto estalló la  risa y la alegría. Todos se miraban bien, la tensión se disipó. Los colores de las blusillas de los niños y los delantales de las mozuelas, se derramaron en las riberas de mi río. Los hombres echaban los vellones de lana al agua mientras los niños dentro del río los pisábamos para empaparlos. Las primas más jóvenes y algunas amigas  iban lavando la lana, manoseándola con decisión, estrujándola con ahínco y la tendían al socaire en los tajillos. Desde la era aún lo veo, como un rebañillo de ovejas que pacen tranquilas en mi solana. Las mujeres que tienen más años están en la cocina haciendo la pipirrana con los tomates del huerto y guisando un arroz con el gallo. La gallina hizo una pepitoria para la recomposición que fue necesaria tras los excesos culinarios.

    El padre de Dolores sacó la arroba de vino que guardaba para este día y todo el mundo lo probó, desde el más viejo al más niño. Hoy no se habla ya de dineros. Vamos a cantar y a bailar el fandango y el pasodoble con la guitarrilla, la botella de anís y el almirez, como en la Navidad.

    Antes de que se vaya el sol han recogido los vellones de lana y se han guardado en la casa, en la cámara de arriba. Poco a poco todos se van retirando a sus destinos. Yo me quedo al lado de mi Dolores que está cansada y feliz. Me acurruco junto a ella sin haber descifrado aún el misterio de la lana, pero ha sido intenso, distinto y hermoso. Es  la primera vez que he conocido el derroche.

    Los días que siguieron al de la lana, Dolores siguió bordando. El resto de las mujeres emprendieron una actividad nueva, el desmote de la lana. Me enseñaron cómo tenía que abrir  el vellón  hasta dejar sus entresijos tan transparentes que perdieran su nombre, retirando cada impureza que  contaminara la esencia de la lana. En algunos momentos de esas tardes, yo me hacía transparente y entre risas nerviosas, oía palabras murmuradas en clave, secretos, insinuaciones y velados consejos. Así, poquito a poco, conseguí por fin averiguar que la lana lavada y desmotada con primorosa dedicación, llevaba adheridos todos los deseos de felicidad para  Dolores, porque  sería  el seno y el corazón de su cama, bueno, de ella y de Juanillo.

    Desmotando la lana entendí que todos los casados tenían su cama y su colchón de lana, y tuvieron la misma dulce espera que Juanillo y Dolores estaban viviendo. Tan bella pensé que habría sido para todos y empecé a soñar que así de hermosa sería para mí. Pero intuí que me quedaban  muchos misterios por resolver. Seguiría  atenta y despierta para entender los susurros, leer la historia en el gesto y la risa, desvelar la intención de las miradas. Y todo esto me tendría muy ocupada hasta que llegara el día de mi lana.

    Pero poco a poco, sin darnos cuenta, las costumbres y las tradiciones se disolvieron en el tiempo. Nunca más volvió a ser así.        

    La Genciana, Mayo 2010.


     


         
      ENTREGA DE PREMIOS XLIX CERTAMEN LITERARIO CIUDAD DE ALHAMA

    La Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Alhama, a través la Biblioteca Municipal "Inocente García Carrillo" organizan la Gala Literaria de carácter público en la que se hace entrega de los galardones del Certamen Literario Ciudad de Alhama, que este año, celebra su XLIX edición.
    Día: Viernes, 10 de septiembre
    Lugar
    : Ayuntamiento de Alhama
    Hora
    : 20:30 Horas
     
         


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