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Joaquín Martín Quirosa, galardonado con el primer premio del XVII Certamen Literario del Ateneo Blasco Ibáñez de Valencia

Los galardones se entregaron en el marco de los tradicionales homenajes a Vicente Blasco Ibáñez.

 El escritor de origen jayenero Joaquín Martín Quirosa ha obtenido el primer premio en la modalidad de prosa del XVII Certamen Literario del Ateneo Blasco Ibáñez de Valencia por su relato “Noviembre”, durante un acto que reunió a destacadas personalidades del ámbito cultural y académico valenciano.

 El relato, según destacó el profesor Alberto Requena, se caracteriza por su sobriedad, intensidad emocional y capacidad de transformar un duelo íntimo en una reflexión universal sobre la memoria y el paso del tiempo. El jurado puso especial énfasis en la estructura del relato, la voz creíble y contenida del narrador y en un final considerado ética y literariamente impecable.

 En el mismo acto, el Consell Valencià de Cultura otorgó a Martín Quirosa la Pluma de Plata del Ateneo Blasco Ibáñez de Valencia., en reconocimiento a su trayectoria y a su contribución al panorama literario contemporáneo de la Comunidad Valenciana.

 Los galardones se entregaron en el marco de los tradicionales homenajes a Vicente Blasco Ibáñez, que incluyeron una ofrenda floral en el Cementerio Municipal de Valencia y un recital de poemas y fragmentos de su obra, en los que participaron los asistentes leyendo sus textos favoritos.

 Entre los presentes se encontraban José María Lozano, presidente del Consell Valencià de Cultura; Pilar Hernando, vicedecana de la Facultad de Derecho; Rosa Muñoz, biznieta de Blasco Ibáñez; y Consuelo Giner Tormo, presidenta de Espejo de Alicante, junto a numerosos representantes de instituciones literarias y académicas.

 Con este reconocimiento, Martín Quirosa reafirma su posición como una de las voces más relevantes de la literatura contemporánea valenciana. Actualmente, el escritor trabaja en la creación de su primera novela y prepara la publicación de varios libros de poesía.

 

NOVIEMBRE

 Otra vez noviembre. Su cumpleaños está a la vuelta de la esquina. Ya casi no puedo respirar. Miro a través de la ventana y aún creo poder verla barriendo las hojas, con su etérea figura contoneándose dulcemente por el jardín; una imagen divina, casi inexplicable. Hasta las hojas parecían caer sólo para ella, para llamar su atención. Imagino su sonrisa acaparando cada rayo de sol con la pureza de un sueño. Si cierro los ojos, puedo escuchar cómo canturrea, alegre, como siempre, sin miedo a nada, con amor a todo. No sé en qué momento la vida me quiso regalar tanta hermosura, ni por qué decidió arrebatármela. Aquel 11 de marzo, en Atocha, se deshizo el mundo sin previo aviso. Tenía tanta ilusión con ese proyecto. Me decía una y otra vez que todo sería distinto después de aquel viaje. Por fin, un editor se había interesado en su novela e insistía en que le daba muy buenas vibraciones. Incluso ya me hablaba de cómo sería la portada, de a quién iría dedicada, tenía claras hasta las citas que quería incluir y las ilustraciones.

 Otra vez noviembre cae como una losa sobre mí, con toda su dureza. Cada vez que me siento en esta silla, junto a la ventana, y veo las hojas caer, recuerdo que su cumpleaños está cerca y me disuelvo sobre un mar de melancolía y un vacío me traga sin ningún miramiento.  Intento ahogarme con grandes vasos de vino, pero sólo consigo dolores de cabeza y que brote en mí un sudor tan agrio como mis lágrimas. Ya nadie viene a verme, comprendo que no soy una compañía deseable. Son tantas las personas a las que ya no necesito ver. Antes era distinto. La casa siempre estaba llena de gente y de risas, y olía a tarta de frambuesas y a amor recién hecho.

 Sobre la mesa aún continúa la copia que dejó impresa de su novela. Ahora, entre vaso y vaso de vino, suelo imaginar sus delicadas manos acomodándola allí. A veces le limpio el polvo y la coloco exactamente igual que estaba, como la dejó ella. La hizo para mí, la dejo para que la leyera mientras ella estaba de viaje. No pude acompañarla, el maldito trabajo me lo impidió — hubiéramos trascendido juntos y nunca hubiese sentido esta profunda soledad—. La dejó allí sin decirme nada, quiso darme una sorpresa. Cuando estaba a mitad de camino a Madrid, me llamó por teléfono muy emocionada, su voz sonaba radiante:
—Amor, quiero compartir contigo este momento. Te he dejado sobre la mesa una copia de mi novela, así pensarás en mí mientras viajo. Seguro que me traerá suerte que la leas, así me sentirás cerca. Mis palabras sonarán dentro de ti como una música sólo nuestra, disipando la distancia.

 Había intentado publicar otras veces, siempre lo compartía conmigo, pero esta vez había sido más cauta, quizás por miedo a defraudarme. ¿Cómo podía defraudarme una mujer tan hermosa, tan frágil, tan verdadera?

 Todo pasó demasiado rápido. Yo seguí preparando mi comida, pensé: en comer, me pondré tranquilamente a leerla. Pero ese después nunca ocurrió. Más bien uno, donde el “Tranxilium” cada ocho horas, sería la única negociación posible con la vida.

 A veces pienso en el momento justo en que alguien, en la otra punta del mundo, decidió rompernos la vida. ¿Sobre qué conciencia caerá ese pecado? Lo imagino llevando una vida cotidiana, con amigos y familia, y no comprendo cómo pudo desvariar hasta la sequedad del alma. Si Dios hablara, ¿qué podría decirle al monstruo que actuó en su nombre? Ningún dios es tan simple para ordenar algo así. Una acción tan miserable solo puede ser tejida por la mente humana. Sin duda, el artífice de este macabro atentado nunca leyó a Nietzsche, y no se había enterado de que Dios ya estaba muerto cuando tomó su decisión.

 Ha caído la última hoja, ya debemos estar a día seis, mañana sería su cumpleaños. Si estuviera aquí le regalaría flores y comeríamos un trozo de tarta de frambuesas, su favorita. Seguramente, la casa estaría llena de gente. Habría invitado a todos los amigos, a su madre y al primo Héctor, aunque no me cae demasiado bien, es tan arrogante, siempre hablando de lo bien que le van los negocios, de sus viajes, y dándome tantos detalles exactos de lo que ha comido en cada lugar, por supuesto iría nombrando cada vino que tomó, y cómo no, lo que le había costado. Ojalá tuviese que aguantar de nuevo al primo Héctor. Ojalá pudiéramos brindar por un nuevo cumpleaños. Ojalá pudiera darle un beso, acariciar sus márgenes, sentir el calor de su piel sobre la yema de mis dedos y decirle cuánto la quiero, y lo mucho que la necesito.

 Han pasado veintiún años y siento que cada día ha sido perdido. No llegamos a tener hijos y ahora estoy tan solo como una piedra, tan vacío como un mensaje errado. Lo único que me queda es el manuscrito de su novela. A veces pienso en leerlo, pero no me atrevo. Siento que mientras lo tenga pendiente seguiré vivo, hay poco más que pueda hacer en este mundo.

 Una vez ojeé la primera página, pero me empezaron a temblar las piernas y no fui capaz de continuar. ¿Y si habla de nosotros?, pensé. ¿Y si con los años y el alcohol he ido magnificando su recuerdo y resulta que ella no sentía el amor de la misma manera? El tiempo y la soledad me han llenado de miedos, debo ser más racional. Ella siempre me quiso, lo sé. Debería armarme de valor y leer el puñetero manuscrito, sólo son páginas, ¡no me van a morder! Mañana, mañana que es su cumpleaños, me armaré de valor y lo empezaré, se lo debo. 

— El juez ya ha firmado la orden, pueden derribar la puerta —dijo el comisario—.

— Hay un cadáver en la habitación —confirmó el agente—.

— El forense nos dirá la hora exacta de la muerte, debe haber sido durante la noche, aunque a juzgar por el olor que hay en la habitación, podría llevar más tiempo.

¿Habéis averiguado si tiene familia?

— Estamos en ello, aunque a simple vista parece que no, fue la vecina la que dio el aviso. Hace tres días fue el cumpleaños de su mujer y le extrañó no verlo bajar con su ramo de tulipanes, como cada año, según la vecina.

— Alguien tendría que quitarle de las manos ese puñado de hojas, a mí me da pena, parece que eran importantes para él.

—Pues, cuando el forense firme, cierra la bolsa y déjalo como está, que lo entierren con su tesoro, 

¡qué más da!

 El relato en la voz de su autor:

 

 

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