Y llegó el progreso (II)

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     En una calurosa mañana del mes de junio, mis vecinos Pepico y José (“la máquina”), mi padre y yo estamos segando en Los Llanos, en las seis fanegas de Miguel Álvarez que, junto al camino de La Liebre, labramos a renta. Este año hemos echado cebada y no se ha dado mal.

     Un trago de agua calentona de la botija entre gavilla y gavilla, algún esporádico tema de conversación y la “cuicia” de no quedarse el último para atar, alivian un poco el agobio de las seis preceptivas horas de faena. Mas, de pronto, algo altera el monótono transcurrir de este bochornoso día. Un ruido desconocido interrumpe nuestra trivial conversación y también nuestro pesado trabajo. Incorporados, podemos observar cómo hacia nosotros avanza lentamente una máquina, desconocida hasta entonces, pero de la que ya teníamos referencias. Se ha detenido muy próxima al tajo de la siega y, curiosos, todos nos acercamos para verla de cerca y hasta, con un tímido respeto, poderla tocar. Desde la altura de la cabina desciende Manuel Gómez, uno de los pioneros en la mecanización del campo santacruceño, que este año se ha atrevido, no sin cierto temor, según nos confiesa, por lo pendiente de las tierras de este pueblo, a embarcarse en este nuevo proyecto: una cosechadora.

     No son pocos los reparos que los labradores ponen a aceptar los servicios de este gigante mecánico: por el suelo quedan espigas y granos, la paja se desperdicia, en muchos sitios no se atreve a meterse… Pero, en fin, es la novedad, es el progreso, y el progreso se abre camino. Cuando al medio día dimos por concluida la jornada de siega (primera que dábamos en aquella haza), hoces, “deíles” y ramales no se camuflaron bajo una gavilla, como de costumbre, sino que volvieron al pueblo en espera de mejor oportunidad. Pepico y José nos pagarían las tornas que nos debían cuando empezáramos a segar el trigo o en la arranca de garbanzos.

     Tuvimos que comer de prisa y a prisa preparar toda la jerga de que disponíamos. Con ella y algunos sacos más, prestados, nos dirigimos de nuevo sin perder tiempo por el camino de Peña Gorda hacia el tajo que poco antes habíamos dejado; pero dispuestos ahora a despachar en pocas horas el trabajo al que pensábamos dedicar varias semanas.

     Nada que ver las modernas cosechadoras que en todas partes se meten, que almacenan el grano en su tolva y vacían directamente al remolque, que hacen un trabajo mucho más rápido y limpio, nada que ver con aquella vieja máquina que precisaba, además del maquinista, dos personas para ir envasando el grano en sacos que había que atar y arrojar al suelo, que, realmente desperdiciaba bastante en cuanto encontraba el más mínimo desnivel y que nos obligó a volver a coger la hoz al día siguiente para rematar la faena en aquellos lugares donde ella no podía entrar.

     Pero, realmente, aquella inesperada ayuda fue para nosotros y para muchas personas algo tan excepcional, que nos hizo pensar que, con toda certeza, el duro verano iba a comenzar a partir de ahora a ser bastante menos duro. En el mismo tractor de Manuel Gómez fuimos cargando los sacos de grano, desperdigados por todas partes, y aquella misma noche la cebada quedó encerrada en la cámara.

     La adaptación del campo a la modernidad no fue instantánea, pero sí imparable e irreversible. Las cosechadoras se fueron perfeccionando, el número de tractores fue aumentando poco a poco a medida que disminuía el de bestias de labor. Los carros desaparecieron de las calles y las eras comenzaron a quedarse vacías hasta que, desgraciadamente, fueron siendo ocupadas por destartaladas naves de bloques y uralita.

     Qué remoto nos resulta ahora aquel tiempo de varano sin horario, aquellas cuadrillas de segadores y arrancadores, aquellas vueltas sin fin sobre la parva, el aventar cuando el aire lo permitía, las mañanas de paja subiendo espuertas o herpiles con la carrucha y encumbrando la paja dentro del pajar con un pañuelo atado en la cara para no ahogarte con el polvo. Qué remoto ese tiempo y qué irreal para quienes no lo conocieron.
     Vivimos, ciertamente, mucho mejor. ¿Vivimos mucho mejor? Sí, claro que sí. En estos días (acaba de entrar el verano cuando escribo este artículo) ya tendríamos que estar levantándonos mucho antes de amanecer para empezar a segar apenas el ramal se distinguiese en el rastrojo; o llenando herpiles de paja para encerrarla antes de que el sol apretase demasiado. Encerrando sacos a las once de la noche, sabiendo que dentro de pocas horas habrás comenzado ya la jornada siguiente. Y en este trabajo tendrán que implicarse mayores y niños, hombres y mujeres, y hasta esos abuelos que hoy juegan a las cartas en el Hogar del Pensionista tendrían que emplear su tiempo en trillar, en abalear o en barrer la era. Y en las frías mañanas de enero habrá que arrodillarse bajo un olivo y sacar, destrozándose los dedos, las aceitunas de entre el hielo. Y, poco después, muchos niños tendrán que dejar de pintar paisajes en un cuaderno, en la escuela, para pintar garbanzos tras una yunta y tras un gañán que, seguramente, le reñirá cuando tenga que esperarlos en la punta de la besana.

     Lejos quedan, por fortuna, aquellos tiempos, muy lejos. Hace unos días, subiendo hacia Alhama, vi una cosechadora que segaba junto a la carretera. Esta mañana, al asomarme a la ventana, dirigí al frente mi mirada, hacia el camino de Los Morrones, y pude observar con sorpresa (no me había dado cuenta antes) que el verano se había terminado. Y no me refiero al verano meteorológico; las faenas veraniegas quería yo decir. Y, al bajar a la plaza, vi a la gente que compraba o curioseaba en “el barato”; y a los corrillos que charlaban en “la Moncloa” o en la parada del autobús; también había algunos pintando la baranda del puente o poniendo adoquines en una calle: los del “paro” (¡paro en verano!).

     Yo, que soy un poco nostálgico, hecho de menos aquellas mañanas veraniegas con olor a puertas recién regadas; echo de menos aquellos amaneceres con sonidos de cencerras y carros. Echo de menos el bullicio en las eras y las canciones de trilla. Me despiertan sentimientos agridulces esos jóvenes que se vienen al mundo, en la flor de la vida, y que salen de casa a las once de la mañana en chanclas y pantalón corto con el cigarro en la boca y los auriculares en las orejas; sólo esperan que el Ayuntamiento los vuelva a llamar para ganar unos peoncillos con los que seguir subsistiendo. Y echo de menos a tanta gente, familiares, vecinos, amigos, a los que la mecanización del campo no les dejó otra alternativa que la emigración.

     Por todo ello, a veces, en esos ratos en que uno le da vueltas a la cabeza y le da por pensar y pensar, en esos ratos de nostalgias y recuerdos, yo, con frecuencia me pregunto: ¿habremos pagado por el progreso un precio demasiado alto?


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