Negro luto

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     En el momento en que me dispongo a abrir esta pequeña ventana al pasado son las seis de la tarde del día 2 de noviembre, día de los Fieles Difuntos, dice un almanaque de La Crème que tengo junto a mí.

     Estuve ayer en el cementerio para llevar unas flores a algunos familiares que allí ya descansan, es la costumbre. Había mucha gente, conocidos unos, desconocidos otros. Hoy, sin embargo (también hoy quise visitar las tumbas de los que se nos fueron), no había nadie. Siempre me he preguntado el porqué de esta costumbre, por qué en este día que es el que realmente el calendario les atribuye y cuando todas las tumbas lucen sus mejores adornos florales, casi nadie los visita.

     Cómo han evolucionado también estas cosas, las cosas de la muerte. Qué pocas flores se veían en aquel pequeño cementerio de mi niñez (la jaza Pérez, una cuartilla de tierra). Recuerdo su primera ampliación, una cuartilla más, y el primer entierro que en ella se hizo; yo iba de monaguillo. Por mucho tiempo todavía, tanto en una parte como en otra, cardos y malas hierbas proporcionaron el adorno casi exclusivo de aquellas tumbas que, sin orden ni concierto, iban ocupando aquella antigua tierra de labor.

     Han cambiado realmente mucho estas cosas de la muerte. Ha cambiado la forma de honrar a nuestros difuntos. Y ha cambiado, y de qué manera, el luto que por ellos guardábamos. Asistí hace pocos meses al funeral de un conocido con el que también me unía cierta amistad; una persona no muy mayor que dejaba viuda, tres hijos y algunos nietos. Casualmente, había visto recientemente la enésima reposición que Televisión Española hacía de “La casa de Bernarda Alba” de Federico García Lorca.

     Ha pasado mucho tiempo desde la época que la obra retrata hasta nuestros días. O no tanto, según se mire (¿qué son cien años en la historia de la Humanidad?) Lo que pasa es que ni siquiera hay que retroceder esos cien años para ver en la sociedad de nuestros pueblos esas costumbres que hoy nos resultan tan trasnochadas. Muchos de nosotros hemos conocido a mujeres siempre vestidas de negro; vestidas de negro y con su pañuelo en la cabeza. Y es que enganchaban un luto con otro. Recuerdo a una tía mía que quedó viuda cuando aún guardaba luto por la muerte de su madre. Al luto del marido siguió el de una hija; y a éste, el de varios hermanos. Aún recuerdo la impresión que me causó cuando, ya muy mayor ella, fui en una ocasión a visitarla y pude ver por vez primera su cabeza descubierta. Su ondulado pelo blanco me resultó tan hermoso, que me dio la impresión de que aquella mujer era ahora más joven que cuarenta años atrás.

     Cualquiera de nosotros, los que ya tenemos cierta edad, podríamos contar nuestra propia historia, siempre triste, de la pérdida de algún miembro de nuestra familia. También yo. No tenía aún los diez años cumplidos cuando murió una prima mía. Un caso verdaderamente singular y doloroso por su juventud, por las circunstancias familiares… Y toda la familia guardó luto, general y riguroso, por la muerte de aquel ser querido. Mi madre, además de su ropa, tiñó de negro mis calcetines con tintes Iberia y sustituyó por botones negros los de mis camisas.

     Había yo ingresado en el Seminario hacía un par de meses, once años tenía por entonces, cuando murió mi madre. Por aquello de la ropa clerical, mis zapatos y calcetines eran ya negros. Pero recuerdo cómo vecinas y familiares se apresuraron a colocar sobre la manga de mi chaqueta un negro brazalete que durante mucho tiempo yo conservé. También conservé durante tiempo, nadie se preocupó por quitarla, una mancha en la misma manga del brazalete, ocasionada por las morcillas de la matanza recién hecha que colgaban para secarse junto a la lumbre. Este detalle, y tantos otros, me hicieron notar la ausencia de mi madre bastante más que el brazalete que nunca necesité, ni necesito, a pesar de los muchos años transcurridos, para echarla de menos cada día.

     Mi padre llevó, además, durante bastante tiempo su corbata negra y su cinta en el sombrero. Pero no era la corbata para las excepcionales ocasiones en que solemos usar esta prenda, no; era para ir al campo, para arar, para escardar… y para las duras faenas del caluroso verano que, entre el polvo, el sudor y la descoloración ocasionada por el sol, daban a este complemento la apariencia de viejo guiñapo de color indescifrable.

     Ninguno de estos negros y luctuosos ropajes o complementos llevaban los miembros de aquella familia que yo acompañé en el referido funeral. Ni falta que les hacía, digo yo. Lo más parecido podría ser una camisa blanca y negra (de medio luto la llamaban antes) que vestía la viuda. El dolor que la muerte de un ser querido nos produce no necesita aparatosas exteriorizaciones. Y querer aparentar inexistentes sentimientos mediante negros ropajes y comportamientos impuestos, es algo que, por fortuna, nuestra sociedad va superando.

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