Historias de aquel verano (IV). Romances

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    Qué suerte, qué bendición, qué cúmulo de vivencias atesoramos quienes tenemos el privilegio de vivir junto a un río. Y no es que infravalore a quienes no lo tienen o no lo han tenido cerca, ni mucho menos.

     Cada cual, en vivencias, enriqueció su vida con las suyas propias. Yo mismo he hablado en múltiples ocasiones de mis gratos recuerdos de niñez en mi pueblo materno, Agrón. Pero también hablaba yo de cuánto echaba de menos, sobre todo en verano, el río de Santa Cruz.

     Y es que la vida junto al río es, o era, otra cosa. Agua para aquellas piaras de ganado cuya primera parada obligatoria, antes de su salida al campo, era el río; al igual que a su regreso. Agua para tantas bestias de labor. Para el abastecimiento y limpieza general de nuestras viviendas. Agua también, cómo no, para nuestras vegas, para los molinos de harina. Y agua para beber.

     Pero está claro que me refiero al río de mi niñez, al río de mi juventud. A aquel río lleno de peces, lleno de gente, lleno de vida. A aquel río que murió. O que mataron. O, quizá, que nos robaron. Y, si bien es verdad que ya no hay bestias que vayan a beber, que las piaras de ganado prácticamente desaparecieron de nuestros campos y, sobre todo, que solo con abrir un grifo tenemos a nuestra disposición toda el agua que necesitamos, incluso la que no necesitamos y derrochamos… pese a todo esto, yo sigo echando de menos mi río, nuestro río, el río lleno de vida junto al cual me crié.

     Seguramente ya iremos quedando pocos de los que en verano bebíamos agua del ‘romaniente’. Y, si preguntamos a los niños y jóvenes de ahora, quizá muy pocos sepan de aquellas pequeñas pozas que hacíamos cerca del río para, con mucho cuidado para no enturbiarla y con cualquier cacharro, ir llenando nuestros cántaros y pipos para beber la misma agua, pero filtrada por su propia arena. No busquéis esta palabra en el diccionario, no la encontraréis. ¿Deformación, tal vez, de ‘remanente’, ‘remaniente’…? No sé, pero lo que sí desearía es que esta y tantas otras palabras que formaron parte de nuestro vocabulario cotidiano no hace tanto tiempo, no fuesen algo desconocido para nuestros hijos y nietos.

     ¿Y os acordáis de los ‘romances’? También busqué en mi diccionario esta palabreja. Y la hallé. Pero no con el significado que en esta ocasión me interesaba. Aquellas pozas, naturales o artificiales, que fueron nuestras únicas piscinas en los tórridos días veraniegos. Aquellos lugares de esparcimiento donde los chicos nos refrescábamos, nos aseábamos, echábamos una tarde o algún día de descanso tras las duras faenas del verano. Y aquel lugar donde intentábamos, no siempre con éxito, ver a las chicas en traje de baño. Y no es que aquellos bañadores dejasen ver demasiado. Pero, sobre todo, es que costó tiempo y esfuerzo que una mujer pudiese ir libremente a bañarse sin carabina de protección, es decir, sin el acompañamiento de una mujer mayor que vigilase y evitase el acercamiento de cualquier hombre al lugar donde ellas se bañaban.

     Recuerdo un quince de agosto, día de la Virgen, día en que todo buen labrador debía haber concluido su verano y era tradición echar el día en el río o, los más afortunados, en la playa. (Pero confieso que esta historia es casi imaginaria). Es la una del mediodía. En el ‘romance’ de Los Álamos están Paco, Juan Miguel y unos cuantos amigos más. Se bañan, bromean, ríen… se lo están pasando bien. Casi no se han dado cuenta, pero en el camino, muy cerca de ellos, se encuentra un grupo de chicas del pueblo. Venían, seguramente, buscando el mismo ‘romance’; pero la presencia de los chicos ha truncado sus planes. Y, a pesar de la insistencia de ellos en compartir el baño, ellas han seguido, río arriba, buscando otro lugar, otro ‘romance’. Porque, aunque la tradicional vigilancia de una señora mayor casi había pasado a la historia, no hubiese estado bien visto que las chicas fuesen a meterse allí donde ya estaban los chicos.

     Siguieron Paco y sus amigos con su baño y con sus bromas, teniendo ahora nuevo tema de conversación. Y, tras comerse el bocadillo de tortilla que habían llevado para saciar el hambre que, dicen, despierta el baño, decidieron echar un rato de pesca. No era difícil encontrar cangrejos en las ‘sobacas’ que el río formaba bajo los troncos de los grandes árboles de su orilla. Y nuestros amigos llenaron una buena bolsa de ellos.

     Son las cinco de la tarde y es hora de regresar al pueblo: merendar, afeitarse, arreglarse… para llegar puntuales a la misa de siete. Pero, pensándolo bien, da tiempo a darse una vuelta a ver dónde andan las chicas. Y las encontraron; no se habían alejado demasiado. Paco, sin embargo, creyó haber llegado a las mismas puertas del cielo. Cuántas veces habría visto a Mari Carmen. Pero aquella tarde, al verla salir del agua con su larga cabellera mojada, sus grandes ojos negros que no se atrevía a levantar y su eterna sonrisa, a Paco le pareció la mujer más hermosa del mundo. Los chicos ofrecieron compartir con ellas su pesca, comprar algunas bebidas y organizar, como tantas veces, un baile en cualquier casa que les cediesen.

     Algo para picar (hoy, los cangrejos), un par de duros para bebidas de cada chico participante (las chicas no pagan), el picú y un puñado de discos (obsequio de Fundador para promocionar su coñac) y la generosidad de alguna vecina que amablemente nos cede el comedor de su casa. Estos son los elementos básicos para organizar una fiesta (¡aquellos guateques de los sesenta y setenta!).

     “¿Bailas?” –Era la palabra mágica. Y Mari Carmen bailó con Paco. Una y otra vez, y otra… Pronto llegó la feria y, aunque la pandilla nunca se disolvió, ellos casi siempre fueron pareja en el baile. Y aquel final de verano Mari Carmen y Paco vivieron su particular romance.

     Han pasado los años, muchos, casi cincuenta. Y este romance que nació junto al río, nuestro río, que continuó por diversos puntos de la geografía española y europea (allí donde la emigración llevó a sus protagonistas), aún vive. Y vive con la misma fuerza con que nació un quince de agosto… en un ‘romance’ del Marchán.

     Antes de archivar este artículo echo una última ojeada al diccionario de la lengua española, abierto sobre mi mesa de trabajo. Letra R, romance; en su cuarta acepción puedo leer: “relación amorosa pasajera”. Coloco el diccionario en su lugar y sonrío para mis adentros. Y borro del título las comillas que en un principio le había colocado.





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