Unamuno: El agónico del 98

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    Todo hombre civil que sea noble y entero está predestinado a la soledad senil; su vejez será un trágico aislamiento… ¿Hay nada más grande y más heroico que un anciano vigoroso que se mantiene defendiendo su soledad? (Unamuno, 1918)

    María Jesús Pérez Ortiz
    Filóloga, catedrática y escritora
     
     El día 31 de diciembre de 1936 cayó en sábado y en Salamanca nevó. Por la tarde, poco antes del prematuro crepúsculo invernal, hacia las cinco de la tarde, murió un hombre viejo, que, a pesar de ser un tiempo de muchos muertos diarios, tuvo una muerte singular, como correspondía a la fama de su nombre y al acontecer de su vida. Porque aquel muerto, entre los cientos de muertos que aquel año murieron, no era un muerto más; era un muerto que, después de una niñez anormalmente anciana en la dependencia materno-filial y traumatizada por el narcisismo y la envidia, se había pasado la vida, horrorizado por la nada, temiendo a la muerte y ansiosamente prendido de la idea de la inmortalidad. Los que lo vieron en su lecho de cadáver, recordarían intrigados la placidez de su rostro, como si sus músculos faciales se hubieran distendido finalmente ante la inminencia de la nada; a todos les sorprendería aquella inesperada serenidad, después de una existencia atormentada y menesterosa, recomido de inaccesibles satisfacciones espirituales.

     Agoniza el que vive luchando, luchando contra la vida misma. Y contra la muerte. (Unamuno, 1924)

     Diciembre empezaba negro y los presentimientos de muerte se le iban insinuando en su subconsciente. Su ensimismamiento era progresivo y vivía encerrado en su casa, en medio de un paisaje que amaba y que había llevado muchas veces a sus textos. La eternidad nocturna de las noches invernales de Salamanca le devolvía sus obsesiones de siempre. El inmenso cielo estrellado, indiferente, y el fugaz ruido de la guerra en la ciudad dormida formaban el contraste, en el que insertar su soledad y su abandono. Aquel hombre viejo seguía escribiendo sus poemas casi diarios, como un ejercicio de su inteligencia, como una necesidad del espíritu, como una final coartada frente a la nada. El día 5 de diciembre, tomando como punto de partida unos versos del mexicano S. Díaz Mirón sobre un nocturno, volvió a su noche metafórica para identificar sus dudas y marcar su desesperación del todo nada, contradicción verbal de su conceptismo esencial.

     Momento, movimiento, monumento…/el instante hace siglos de reposo;/inmensidad el punto; deja paso/la casi nada, de infinito asiento.// La bóveda mentida, el firmamento,/mira con muda sorna al presuroso/mortal que hace del mundo coso/ y corre sin guardar aire de aliento.//Una vida vivida en contrapunto,/es camino que para en la posada,/y esta, en camino y fuera todo junto/si por dentro disperso, y todo nada.//Ni el arranque ni el cabo es nuestro asunto;/envés revés son partida y llegada.

     Se ha asomado un momento a la noche salmantina y ha visto pasar a alguien presuroso frente a unos monumentos de la eternidad ciudadana y, como todo es metáfora, la anécdota trivial de un hombre, entrevisto al cruzar frente a las piedras monumentales de la historia, le había dejado en la mirada el viejo tema clásico de la fugacidad de la vida y de la inutilidad de los afanes, sobre la ascética milenaria de la nada. Aquel hombre asomado al balcón de su casa, bajo la noche cómplice de las alarmas aéreas y de los silencios delatores, respiraba, amparado en sus propias tradiciones culturales, el aire libre y oscuro de la nocturnidad salmantina, mientras el cielo indiferente humanizaba su lejanía de símbolo. Y, detrás de la idea de la nada, que ya le obsesionaba de niño, cuando el infierno no le parecía tan malo puesto que sufría y lo peor era la nada, y que le seguiría obsesionando hasta el final, la presencia de la muerte, en aquella densidad del instante vivido, completa la metáfora explícita de la última posada y la llegada que es principio de partida, bajo la convivencia feliz de la rima en nada.

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     El duro invierno salmantino se cerraba sobre el horizonte de aquel hombre viejo, que un día se asomó al balcón de su casa, con óptica de prisionero, y vio el nido melancólicamente vacío de una golondrina lejana, lo que añadió más tristeza a su agonía y se levantó de nuevo la borrasca de sus obsesiones permanentes, que continuaban barrenándole, por debajo de las inquietudes colectivas de la guerra civil. El día 18 de diciembre escribió un poema para su “Cancionero”, con una cierta nostalgia becqueriana, teñida de un romanticismo intelectual unamuniano.

     Golondrina, peregrina,/¿dónde duermes en invierno,/hay en tu cielo una esquina/donde guardes nido eterno?/Vuelas tú, no vuela el nido,/sol de cielo en primavera,/azul dulce y derretido,/golondrina forastera./Tú volverás con las flores/a tu nido aquí, el de paso/y nos traerás los amores/que se duermen al ocaso./Y el eterno amor del cielo/que de amores nos consuela,/el muerto inmortal anhelo,/el del nido que no vuela.

     Nidos vacíos, ausencias, preguntas sin respuesta, nostalgia de otros cielos y otros soles, inútiles retornos que se duermen al ocaso e inmortales anhelos muertos, toda la melancolía de la vejez estaba en esta imagen de la alegría ausente del nido, que se volvía ansiedad metafísica. El nido vacío, anclado en el tiempo y en el espacio, vertebraba las cuatro estrofas del poema: el nido inmóvil que contrastaba con la golondrina peregrina. El cielo se repetía tres veces y el invierno presente hacía más azul el ausente cielo de la primavera, más abundantes las flores futuras y más hermosos los amores del consuelo. Es casi un poema carcelario, una reflexión de preso, que se interroga sobre el eterno amor del cielo, problemático.

     Aurelia, la criada, se había quedado, en el pasillo, esperando que la llamaran o que tuviera rápidamente que intervenir. Pero nadie la llamó y detrás de la puerta creció otra vez el silencio. Tranquilizada volvió a sus tareas, mientras en el escenario de la tragedia aquel hombre viejo seguía con la cabeza sobre el pecho, inmóvil, amodorrado, ensimismado, bajo la mirada afectuosa de Bartolomé Aragón, que respetó el silencio, el abatimiento, la cabezada de aquel admirado maestro, terco y conmovedor, que se le ofrecía, presa de su debilidad senil, obscenamente íntimo con aquel inesperado desvanecimiento, como un muñeco desarticulado, con el rostro inclinado y los ojos cerrados tras los cristales de las gafas, con el habitual desorden de su pelo blanco. Era como ver un mito dormido. No sabía qué hacer y prolongó el inefable placer de velar el sueño del maestro, en espera de que se despertara para despedirse, mientras la luz de la tarde se iba perdiendo en aquel crepúsculo cerrado y breve del invierno salmantino del último día del año.


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