El universo filosófico y literario de Albert Camus

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    Nacido en Mondovi, Argelia francesa. el 7 de noviembre de 1913, Albert Camus es una de las grandes figuras del existencialismo francés durante los años 40-50.

    María Jesús Pérez Ortiz
    Filóloga, catedrática y escritora

     Con tan sólo un año de edad pierde a su padre, herido en combate durante la Primera Guerra Mundial. En Argel, realiza sus primeros estudios alentado por su profesor Louis Germain-un santo laico- de quien aprende la honradez en el pensar, el amor en la libertad moral y la pureza de corazón. Más tarde, sería Jean Grenier quien le despertaría su gran pasión por la filosofía, dándole a conocer el pensamiento de Nietsche.

     En 1938, su amigo Pascal Pla, redactor del periódico de izquierdas “Alger républicain”, le invita a colaborar en su diario. Tras prohibir su publicación, en 1940, el Gobierno de Argelia, se traslada a París donde entra de secretario de redacción en el periódico París-Soir. Trabaja en la imprenta, entre los linotipistas y los correctores, donde encuentra a algunos anarquistas con los que se relaciona. Pero estalla la guerra y el París-Soir continúa su publicación en Clermont-Ferrand, donde Camus alquila un modesto piso. Allí, en un pequeño rincón, junto a la ventana, contemplará el mundo. Allí, el elocuente silencio de la noche propiciaría el encuentro con su propio problema interior: cómo conciliar la fe en la vida y lo absurdo de la misma, ante el aterrador espectáculo que ofrece. Allí, escribiría su primera novela, “El extranjero”.

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     Entra en la Resistencia, formando parte del periódico clandestino Combat . En el momento de la Liberación (24 de agosto de 1944), es nombrado jefe de redacción de dicho periódico que, convertido en diario público, alcanza un notable éxito. Camus, el filósofo de lo absurdo, intenta devolver a los franceses, destrozados por la ocupación, el gusto de vivir y la fe en el hombre que extrae del fondo de su propia desesperanza: “El mundo en que vivo me repugna, pero me siento solidario de los hombres que sufren en él”.

     En poco tiempo Camus pasa a ser el escritor más célebre de Francia y más tarde uno de los grandes nombres de resonancia mundial. Su existencialismo es más bien un neonaturalismo de tendencia metafísica que pretende aislar al hombre del universo y penetrar en su drama, que continúa siendo un problema entre los muchos de la época convulsa que le tocó vivir. “Mi papel no es en modo alguno el de transformar el mundo ni al hombre. No tengo suficiente virtud ni talento para ello. Pero quizá sea el de servir desde mi sitio a los valores sin los que un mundo, aun transformado, no vale la pena ser vivido (…).”

     Su magistral novela “El extranjero” (1942) encarna al hombre moderno al que el proceso tecnológico ha privado de la participación en las decisiones colectivas y le ha
    alienado, convirtiéndole en “extranjero” dentro de su entorno. Tras cometer un absurdo crimen del que se sentirá inocente, jamás mostrará sentimiento alguno de injusticia, arrepentimiento o lástima. Es la manifestación de un sentido de escepticismo ante la vida y ante la muerte.

     La novela es una denuncia frente a una sociedad que olvida al individuo, privándole de un sentimiento de pertenencia activa en la comunidad y en cuyo trasfondo aparece el rostro desgarrado de una Europa herida y violentada por dos guerras mundiales. El protagonista personifica la carencia de valores del hombre, degradado por el absurdo de su propio destino…

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     Su ateísmo estaba justificado, la vida no tenía ningún sentido fuera de uno mismo, la confianza en fuerzas externas le producía una sensación de vacío y de caída hacia el abismo de lo incierto. La búsqueda de la felicidad no se hallaba en la religión, ni en la confianza en una sociedad cuyos mecanismos son ajenos al individuo, la felicidad se encontraba en uno mismo, en la seguridad de la propia existencia. “(…) Yo estaba seguro de mí, seguro de mi vida y de esa muerte que iba a llegar….”

     El personaje se transforma así en un extranjero que juzga y remueve los fantasmas de una sociedad angustiada, cuya moral, carente de sentido, regula la vida de un todo social. Esa moral que condena a muerte de igual manera a un hombre que no llora la muerte de una madre que a un asesino. “En nuestra sociedad, un hombre que no llora en el funeral de su propia madre corre el peligro de ser sentenciado a muerte por la sociedad…Esa muerte que resulta ser la única opción posible para consumar la búsqueda de la propia existencia.”

     En el ensayo “El mito de Sísifo” (1942), cuyo título proviene de un atribulado personaje de la mitología griega, describe el reconocimiento de la inanidad y la intrascendencia del hombre frente al cosmos, a su destino y a la historia, sólo rescatado cuando actúa como si pudiera cambiar el universo. En él, discute Camus la cuestión del suicidio y el valor de la vida, presentando el mito de Sísifo como metáfora del esfuerzo inútil e incesante del hombre.

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     Sísifo, que hizo enfadar a los dioses por su extraordinaria astucia, fue condenado a perder la vista y a empujar perpetuamente un peñasco gigante montaña arriba hasta la cima, sólo para que volviese a caer rodando hasta el valle, desde donde debía recogerlo y empujarlo de nuevo hasta la cumbre y así indefinidamente.

     Camus desarrolla la idea del hombre consciente de la completa inutilidad de la vida, e incapaz de entender el mundo, se enfrenta al mismo con absoluta rebeldía. En este punto Camus muestra cómo su existencialismo no promueve el quietismo y la pasividad ante lo inane de la existencia. Influenciado por Dostoievski, describe el progreso histórico de la conciencia del absurdo, concluyendo que Sísifo es el héroe del absurdo definitivo.

     En su ensayo Camus afirma que Sísifo experimenta la libertad durante un breve instante, cuando ha terminado de empujar el peñasco y aún no tiene que comenzar de nuevo abajo. En ese punto, Camus sentía que Sísifo, a pesar de ser ciego, sabía que las vistas del paisaje estaban ahí y debía haberlo encontrado edificante: “Uno debe imaginar feliz a Sísifo”, declara, por lo que aparentemente lo salva de su destino suicida. La obra se cierra con cierto esteticismo esperanzador.

     En “La Peste” (1947), una epidemia que devasta la ciudad de Orán le sirve de pretexto para una crónica imaginaria que se resuelve en una alegoría de la condición humana, víctima de las plagas. La novela invita a una reflexión filosófica: el sentido de la existencia cuando se carece de Dios y de una moral universal.

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     Esta ausencia de sentido supremo, sin embargo, puede ser potencialmente positivo, siempre que las nuevas razones de la existencia vayan ligadas a valorar la vida humana por sí misma y no por otras razones ajenas, religiosas o ideológicas. La novela muestra un sentido de la existencia libre y ateo, manifestado en el apoyo mutuo y en la libertad individual. La solidaridad humana resplandece en la ciudad argelina de Orán, invadida por la enfermedad, el mal y la muerte. En su novela, Camus, manifiesta uno de sus pensamientos fundamentales: “En el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio”, rechazando todo lo que pueda producirle sufrimiento.

     Había conocido las dos guerras mundiales, el nazismo, el estalinismo, el holocausto, la bomba atómica, la Revolución Cubana…; casos extremos de la estupidez humana donde la violencia llega a límites de brutalidad insospechados. Camus creía, ante todo, en el hombre, en su dignidad, en su nobleza y en sus deseos de superación personal, rebelándose contra el drama de la existencia: “no hay castigo más terrible que el mundo inútil y sin esperanza.”

     Cuando recibió Premio Nobel en 1957, Camus declaró: “Mi obra aún no ha empezado”. Contaba 44 años. Pero el destino le jugó una mala pasada: un accidente sufrido en Villeblevin (Francia), calló su voz para siempre. La muerte inesperada de Camus, en un momento de plena evolución, significó una pérdida irreparable para el mundo del pensamiento y de la literatura.




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