La intranquilidad del arte del siglo XX

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    El hombre del siglo XX, artista o no ha vivido desde hace muchos años encerrado en una cárcel de miedos, inseguridades y pésimos presagios, en cantidades posiblemente nuevas en la historia del mundo. Las estadísticas optimistas aseguran que jamás este hombre ha contado con cuidados, mimos y asistencias comparables a las de hoy, y la noticia será rigurosamente cierta en lo que se refiere al existir material. Pero no poseemos semejante constancia sobre otra especie de cuidados no menos importante.


    María Jesús Pérez Ortiz
    Filóloga, catedrática y escritora

     Porque en trueque, subsiste una cruel desasistencia palpable en cada minuto del día, nacida de una sombra que inunda todos los cielos sin dejar apenas islotes de calma. Un aluvión de noticias pesimistas e inseguras ha rodeado al hombre del siglo XX que se ha sentido acosado, encarcelado en la desesperanza, sin permitirle escapar del áspero clima de catástrofe propinada por entregas, siendo habitual que las noticias sean malas noticias. Así se propaga una baja sensación de opresión y de angustia, de inseguridad turbia y ominosa, determinando el nacimiento de una literatura y de un arte en continuo estado de temor, miedo y recelo.

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     En efecto, la mayor parte del arte del siglo XX se deja reconocer, antes que por sus caracteres estilísticos, por una constante modulación de angustia. A no dudar, es bien capaz de crear belleza de muchísimos quilates, pero la imagen documental que ha de entregar a los siglos venideros no puede ser sino tremendamente desoladora. Ya no se trata de la intranquilidad personal tras la que se oculta un robusto y pletórico genio. Es toda una legión casi anónima de millares de artistas, ocupados en copiar su desesperanza y exhibir su intranquilidad. Todo ello proporciona un enorme margen a interpretaciones y comentarios, porque lo que se comenta ya no es sólo un cuadro o una escultura, sino toda la disecada angustia del artista, con todas sus contingencias dramáticas y pasionales. Esto es lo primero que debieran entender quienes retroceden espantados ante la innegable agresividad formal del arte del siglo XX. Como en ningún otro momento anterior, el artista se nos desnuda, enseña su cuerpo y su alma.

     Es tarde para restaurar una postura riente y optimista que se resentiría de muchísimos males, a la cabeza de todos, el de la falsedad. Y al procurarse colectivamente por artistas y espectadores una evasión total del clima angustioso, se llegó a la zona neutra del arte abstracto. En él no existe drama, en él se ha suprimido la gesticulación, en él no cabe ninguna alusión a jeroglíficos de catástrofe ni a lamentaciones encrespadas. El arte abstracto, refugio de un figurativismo que ya no figuraba sino achaques y desgracias, es la expresión más sedante a la que ha tenido que recurrir con la mayor de las urgencias para una estética enferma.

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     El problema no puede plantearse en términos crueles. El artista carece de libertad para seleccionar sistemas estéticos y divinas proporciones. Está urgido por una intranquilidad de muchos siglos, a la que se agrega, con fenomenología bien alarmante, el drama, a la vez unánime e individual, de la Humanidad contemporánea. Es imposible intentar predecir cuál puede ser el desenlace de esta crisis. Acaso llegue el día en que se restablezca la paz espiritual necesaria para las continuidades seculares que todos deseamos. Pero, entre tanto, el arte intranquilo, desasosegado y exento de serenidad ha buscado su curación en la calma, a la vez plana y profunda, del arte abstracto.



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