El poeta de Benaque

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    Salvador Rueda nació en el seno de una familia de humildes labradores, el 2 de diciembre de 1857 en Benaque (Málaga), término municipal de Macharaviaya, aldea pintoresca que ofrece a la vista un maravilloso paisaje de valles y cumbres.

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    María Jesús Pérez Ortiz
    Filóloga, catedrática y escritora

     Fueron sus padres, Salvador Rueda Ruiz y María Santos Gallardo. Humilde transcurrió su infancia, ejerciendo los oficios de trabajador agrícola, panadero, carpintero...Pero el oficio que pronto descubrió fue el de poeta, poeta de la Naturaleza y por designio divino, poeta de Málaga como lo llamó otro insigne malagueño, Alfonso Canales.

     Aunque carecía de títulos universitarios, fue un perfecto autodidacta. Escritor muy prolífico, cultiva todos los géneros literarios: la poesía, la novela, el cuento, el teatro, el ensayo y el periodismo. Pero ante todo fue un gran poeta. Todo lo veía bajo el prisma de la belleza y la emoción. El amor a la naturaleza se refleja en toda su poesía. Fiel exponente de la simbiosis autor-obra, Rueda escribía con la fuerza de un corazón apasionado. El poeta malagueño era su obra en la que se diluye como la sal en el azul infinito de su mar malagueño que tanto amó.

     Era un artista intuitivo. Las ideas y la emoción poética se le presentaban de modo fugaz y como relámpagos llegaban a su mente y conmovían su espíritu ya acuñadas en verso o en prosa, según agitara su espíritu la tensión inefable y la lírica.

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     El poeta malagueño, encuadrado en la corriente modernista que Juan Ramón Jiménez definiera como un movimiento de libertad hacia la belleza, representa en España el modernismo autóctono. Parte de posiciones cercanas a la poesía localista haciéndose notar en él la influencia de Campoamor e incluso una base ideológica todavía romántica. No se produce, por consiguiente, un corte radical entre el modernismo y la poesía que le precede, podríamos decir que es la evolución misma del romanticismo encarnado en Bécquer y Rosalía de Castro, principalmente la que abre el paso a la nueva sensibilidad de una juventud literaria con afanes de renovación y de la que el poeta malagueño constituye un fiel exponente.

     “Hay una nueva poesía que llaman decadente...Esta poesía es la quintaesencia, el nihilismo del alma...El poeta no maldice ya, ni reniega de Dios, ni llora ni grita. Todo se reduce a gemidos nebulosos e incoherentes, aunque sobrecargados de filigranas, de adornos y lindezas preciosas de estilo...”

     El poeta rinde tributo a un paisaje trascendido, convertido en símbolos, reflejado en formas impresionistas. Junto a las influencias francesas, cabe añadir las de los poetas horacianos españoles. El campo y el paisaje están previstos melancólica y brumosamente, dentro de un aire bucólico, roto por el paso del tiempo.

     Salvador Rueda era un modernista independiente y avant la lettre y aunque comulgaba con los credos rubenianos, sin embargo, hay una diferencia. El poeta que Rueda alaba y encumbra no es el bardo refugiado en la torre de marfil que Rubén Darío cantaba sino el que ama a sus hermanos, sufre con su dolor y en su defensa escribe, sin vulnerar jamás los fueros de la belleza ni envilecer la poesía con apócrifos lamentos.

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     Utilizó una prosa rítmica y un verso sencillo y natural en lo externo. Por otro lado, Rueda desarrolla su expresión poética enraizada en la tradición literaria española, a la que incorporó las mejores tendencias literarias contemporáneas. El resultado fue un arte cromático, musical, armonioso y extremadamente personal que caracteriza su obra.

     “Renglones cortos” se publica en 1880. ”Noventa estrofas” en 1883. Carácter específicamente andaluz tienen sus “Cuadros de Andalucía” de 1883, intención compartida con nuestros costumbristas: “El patio andaluz” (1886), “El cielo alegre (1887), “El gusano de luz” (1889), “La reja” (1900). En 1888 publica “Sinfonía del año”, con influencias de Ros Olano: Rezan las beatas el Santo Rosario;/ sube el Nazareno al Monte Calvario;/ se abren las iglesias medrosas y opacas/ y en la torre suenan las roncas matracas//. Siguen a ésta una serie de muestras de clara influencia campoamoriana: “EL secreto” (1891), “Fornos” (1894), “El bloque” (1896) e “Himno a la carne” (1890), una serie de sonetos en los que aparece un erotismo espiritualista muy criticado por Valera. La publicación de su breve novela “La cópula”, cuya deuda a Felipe Trigo es evidente, irá acompañada de una selección crítica, que alcanza más de cincuenta páginas. Rueda necesitaba proteger así su obra con un aparato crítico que le evitara ser tildado de obsceno.

     En 1893 apareció “En tropel”, con un pórtico de Rubén Darío, que venía a confirmarle como cabeza de los modernistas españoles. “Piedras preciosas” (1900), “Trompetas de órgano” (1903), “Fuente de salud” (1906) o “Lenguas de fuego” (1908) constituyen obras de madurez. En las “Obras completas” reúne una selección nutrida de s u obra. La segunda edición incluye una breve antología de sus primeros libros (Poesías) y una amplia muestra clasificada temáticamente: ”El poema de la mujer”, “La procesión de la Naturaleza”, “El libro de mi madre”, “Sonetos”, “Frutos de España”..., donde pueden apreciarse viejos y nuevos ritmos, temas nuevos y tradicionales. El influjo del romanticismo es, sin embargo, todavía considerable. Su última antología aparece en Madrid en 1928, cuando otros aires poéticos habían arrinconado ya su obra.

     Fruto de la devoción que Rueda sintiera por la tierra que lo vio nacer, podrían seleccionarse poemas para llenar un libro dedicado a Málaga, a su ambiente, a sus usos y costumbres, a sus gentes, a sus flores, a su olor, a su mar. Recordemos su canto titulado “A Málaga”: Dicen que me olvidaste; yo no te olvido; dicen que no me quieres; yo sí te quiero; ¿Cómo no he de adorarte si en ti he nacido y adorar a las madres es lo primero?...

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    A una ciudad como Málaga, tan pródiga en sentimientos apasionados, no podía faltarle la voz de uno de sus poetas más universales

     Representante claro del modernismo con lo que implica de exotismo, evasión, indigenismo, su poesía, sin embargo, está inmersa en la corriente popular, porque habría que matizar que indigenismo y popularismo son entidades diferentes. El indigenismo es nostalgia de un estado pretérito, de un ayer abolido, y por eso mismo resplandeciente con el prestigio de los paraísos perdidos. Popularismo es más que eso: sentirse pueblo y gozar como el pueblo goza: canciones, danzas, juegos, ceremonias, cuentos; identificación vital con formas de existencia y con actitudes espontáneas y genuinas en que se recoge lo mejor del hombre.

     La genuina conciencia popular del poeta de Benaque, ambiciosamente, aspiró a encontrar a través de su obra el enorme ámbito de sueños y realidades en donde se registra lo eterno humano. En su poesía no hay espacio para evasiones preciosistas, el poeta baja de la torre de marfil a la calle para fundirse con la experiencia viva de sus gentes, con el profundo drama del alma andaluza.



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