Donde habite el olvido

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    Nacido en Sevilla el 21 de septiembre de 1902, su infancia solitaria dejará marcada huella en “ese hombre interior que siempre fue con él”, revelado en sus páginas autobiográficas. En 1916 escribe sus primeros poemas y en 1919 comienza la carrera de Leyes en la Universidad de Sevilla.

    María Jesús Pérez Ortiz
    Filóloga, Catedrática Y Escritora
     
     En 1929 se instala definitivamente en Madrid, donde comienza a participar de la actividad artística y literaria de la generación del 27. En 1947 ejerce como profesor en Estados Unidos donde permanecerá hasta 1952, fecha en que se traslada a Méjico, hasta su muerte en 1963. Méjico significa el reencuentro con su propia lengua y cultura y, al mismo tiempo, el descubrimiento de la patria espiritual, más acorde con su idiosincrasia que su patria verdadera.

     Es evidente que, aunque existen contactos con Guillén, la lectura de los primeros poemas de Cernuda nos revela que el joven poeta tenía ya una personalidad propia cuando publica, en 1927, su primer libro, “Perfil del aire”. Aparece en él un mundo inmóvil, donde la noche es la muerte, y el día, un cotidiano regresar a la vida. Cernuda es ya el poeta de la soledad, de la presencia obsesiva de la página en blanco, como signo de esterilidad y de frustración. A través de los sentidos el poeta entra en contacto con el mundo, pero esa experiencia no culmina en el gozo intelectual, en la plenitud, y en la afirmación de sí mismo que encontramos en el poema “Cántico” de Guillén, sino en un obsesivo “afán de amor y olvido”.

     Fuera de filiaciones y herencias-que sin duda las hubo-la poesía de Cernuda se incorpora a una experiencia personal intensamente vivida. No obstante, resulta indudable la influencia que sobre él ejerciera el poeta y profesor, Pedro Salinas, de quien fuera discípulo en la Universidad de Sevilla desde el año 1919. Durante esa etapa lee a Garcilaso, Fray Luis, Góngora, Lope, Quevedo y Calderón. El mismo Salinas le inicia en el conocimiento de los poetas franceses, Baudelaire, Mallarmé, Rimbaud, Gide….

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     Pero la admiración que sintiera por Bécquer, le lleva a publicar su libro “Donde habite el olvido”, nacido por influjo directo de la lectura de su paisano y preferido poeta y cuyo título es un verso de la rima LXVI de Bécquer. En homenaje a Cernuda, he querido recordar algunos de sus versos, sin duda, toda una joya de nuestra poesía castellana.

     El poeta sustituye los tintes surrealistas por la expresión de un yo lastimado por problemas amorosos. Se hiere a quien se ama y cuando el amor desaparece, sólo queda el recuerdo de un olvido: “quiero ir o quiero estar donde habite el olvido, donde el deseo no exista, donde el amor no me atormente”: “Donde mi nombre deje/al cuerpo que designa en brazos de los siglos,/donde el deseo no exista.//En esa región donde el amor, ángel terrible,/no esconda como acero/en mi pecho su ala,/sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento. //…donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo, /disuelto en niebla, ausencia, /ausencia leve como carne de niño.” Un movimiento hacia el amor, un deseo de anegarse en él, aunque sabe que en el fondo aguarda la destrucción. Ese ángel terrible es también un ángel derrotado, arrojado de su edén nativo, imagen del amor perdido, del deseo recordado inútilmente. En estos versos asistimos a una constante oscilación entre el ser y el no ser, entre el gozo y el aniquilamiento.

     El mar es una imagen clave en los poemas que componen este libro: una vela sobre el mar resume el afán de alzarse hacia las estrellas desde el abismo (“como una vela sobre el mar”). El amante encuentra en el mar la respuesta al deseo, en un impulso ascensional de fusión cósmica (“El mar es un olvido”).

     Como nunca, Cernuda expresa en estos versos la conciencia de unas manos vacías, ardientes de deseo que, como en la erótica sanjuanista, “nunca darán a la caza alcance”. Es el ansia del movimiento del alma hacia lo inaccesible. Es el amor como vocación hacia una armonía perdida; pero el amor, por su naturaleza mixta arrastra y condena a la frustración y a la impotencia. El amante, incompleto como en la concepción platónica, tiende en vano sus brazos, sus ojos, sus labios, y sólo encuentra el vacío: “Esperé un dios en mis días/para crear mi vida a su imagen,/mas el amor, como un agua,/arrastra afanes al paso.// Me he olvidado a mí mismo en sus ondas;/vacío el cuerpo, doy contra las luces;/vivo y no vivo, muerto y no muerto;/ni tierra ni cielo, ni cuerpo ni espíritu.//Soy eco de algo;/lo estrechan mis brazos siendo aire,/lo miran mis ojos siendo sombra,/lo besan mis labios siendo sueño.//

     No existe rebeldía, el tormento se traduce en sordas quejas en las que aflora un mundo torturado y secreto. Deseo, nostalgia, olvido, sentimientos más recordados que vividos, entre la sombra y la niebla. Y si perdura el afán del gozo, del amor, el poeta, ángel arrojado del paraíso, prefiere olvidarlo, en su escala destructiva de aniquilamiento: “No, no quisiera volver,/sino morir aún más,/arrancar una sombra,/olvidar un olvido.” Y como punto extremo en esta escala del olvido, la muerte. La muerte como acabamiento total de este fluir que se lo lleva todo.

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     El libro se cierra con “Los fantasmas del deseo”, donde el poeta atormentado se reencuentra con la tierra, que es la vida misma. Más allá de las engañosas apariencias de sus criaturas, más allá del amor y de la amistad, el hombre se reencuentra con el entrañable ligamen de su origen primero: “Tú sola quedas con el deseo,/con este deseo que aparenta ser mío y ni siquiera es mío,/sino el deseo de todos,/malvados, inocentes,/enamorados o canallas.// Tierra, tierra y deseo. Una forma perdida.”

     “Donde habite el olvido,/allí estará mi tumba”, tal es el epifonema que condensa el sentido de la rima LXVI de Bécquer. El olvido después de la muerte, que representa un grado más allá, como una segunda muerte en la memoria de los vivos. Aquí, en este libro de Cernuda, el olvido es una forma anterior a la muerte, en la vida misma, que conduce al hombre al desasimiento de los bienes mentirosos y al reencuentro con la tierra, experiencia reveladora donde se integran en armonía el yo y el universo, la tierra y el deseo, esa “forma perdida” que el poeta persigue con profunda nostalgia a lo largo de toda su obra.

     Ahora, a los 54 años de su muerte, su palabra, voz atada a tinta y liberada de las ataduras del tiempo, siga vibrando, más allá del olvido, en los corazones de todos los amantes de la poesía verdadera.


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    Una sección de María Jesús Pérez Ortiz
    Filóloga, catedrática y escritora.

     
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