Norman Bethune

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    Hastiado de la realidad que nos rodea, me refugio en la literatura.

     Y es entre las páginas de una novela “Los pacientes del doctor García”, de Almudena Grandes donde descubro a un hombre, a un ser humano que con su trabajo hizo, hace de hecho, pese a llevar muerto setenta y nueve años, posible la supervivencia de heridos que han perdido una gran cantidad de sangre. O de quien, por la razón que sea, precisa una transfusión sanguínea.

     Canadiense, médico, comunista, voluntario de las Brigadas Internacionales en España y creador de la Unidad Canadiense de Transfusiones de Sangre, una de las primeras en emplear la técnica de recogida de la sangre de un donante, para ofrecerla a quien la necesite. Hasta entonces la práctica habitual era la de donación brazo a brazo. Según otras fuentes el mérito de ser el primero se debe al doctor Frederic Durán Jordá, pero, sea como sea, lo que me hace sentir especial gratitud por el canadiense es el hecho de que dejase su patria para venir a defender la República.

     Y que lo hiciese no con las armas, si no con los utensilios que todos lo que hemos donado sangre alguna vez, conocemos más o menos bien. Alemanes e italianos usaron nuestra patria y a nuestros compatriotas para probar las armas que luego se emplearían en la Segunda Guerra Mundial, este canadiense a lo que vino fue a salvar vidas no sólo de combatientes sino también de víctimas civiles, como por ejemplo la de los huidos malagueños que con destino a Almería “No encontrarán alimentos en los pueblos, ni trenes, ni autobuses para transportarlos. Ellos debían caminar y a medida que iban andando se tambaleaban y tropezaban con los pies llenos de rajas y de heridas de ir por el pedernal y el ardiente asfalto de la carretera, los fascistas los bombardeaban desde el aire y les disparaban desde los barcos” (Norman Bethune, “El Crimen de la carretera de Málaga Almería”). Allí, decidió sacar de las ambulancias todo el equipo para poder llevar a los hospitales hasta a treinta heridos en cada viaje.

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     Y sus métodos supongo que continúan salvando vidas en todos los conflictos (que palabra más austera, aséptica y bonita para ocultar el horror) que asolan el mundo , especialmente esa parte del mundo al cual afortunadamente no pertenecemos nosotros, que a lo más que nos exponemos es a tener que esperar unos meses más a que se termine la carretera, cualquier carretera, a que el tren llegue por fin a donde hace falta que llegue, cualquier tren, a tener que ver las fotos del chalé de los Iglesias Montero.

     Pero me dejo llevar, de nuevo, por la realidad actual, y es que esos niños de Málaga, bombardeados por aire y por mar por los fascistas me traen a la memoria a los niños palestinos, sirios, yemenís que mueren en guerras que no han iniciado ellos, que ni siquiera entienden.

     Pero para todo ellos aún queda la esperanza, al menos en teoría de que gracias a una transfusión de sangre puedan salvar la vida al menos durante algún tiempo y ello se lo debemos todos, a ese médico canadiense que no tuvo que emigrar a otro país, si no que fue voluntariamente a colaborar con el mío. O posiblemente a Frederic Durán Jordá. No soy evidentemente experto en historia de la medicina, no soy evidentemente experto en nada y no sé hasta qué punto se hace saber en las facultades de medicina la contribución de estos dos hombres a la medicina y especialmente a la hematología. Pero quede aquí constancia de mi admiración hacia esos dos hombres a los que seguramente mucha gente debe su vida.

     Y, cómo no, mi agradecimiento a Almudena Grandes por hacerme conocer la participación de Bethune en esa guerra que fue suya porque así lo decidió.



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