Los ojos del bosque

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    Aislados en la cumbre de las montañas más altas, como modernos eremitas, los bomberos forestales vigilantes desarrollan una labor primaria y esencial -y tal vez poco conocida- en la defensa de nuestros espacios verdes protegidos.

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    Panorámica hacia el sur desde el Cerro Lopera, en el Parque Natural Sierras de Tejeda, Almijara y Alhama

     El otoño es, más que ninguna otra, la estación de los cambios. Octubre, noviembre y diciembre han retornado con su comitiva de vientos frescos, días menguados, tonalidades ocres y lluvia generosa que nutre los campos y purifica el aire, mientras bandadas de aves de todas las especies -desde el buitre poderoso a la menuda golondrina- emprenden su periplo anual camino de tierras más cálidas. En este tiempo de mudanza en que la naturaleza se despoja de todo lo superfluo para afrontar el invierno también desaparecen de nuestras montañas sus particulares ángeles de la guarda: esos hombres y mujeres que se ganan la vida ejerciendo de centinelas durante los meses tórridos, lentos e invariables del verano andaluz. Son los bomberos forestales vigilantes, o lo que es lo mismo, los trabajadores que trasladan su centro de operaciones a los puestos de vigilancia forestal que coronan nuestras cumbres para, desde lo más alto, otear el horizonte cuando el peligro de incendios es mayor y nuestros bosques son más vulnerables.

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    Puesto de vigilancia forestal en la cumbre del Cerro Lopera

     Hubo una época, lejana ya, en la que los vigilantes profesionales no eran necesarios: las gentes del campo constituían los ojos y los oídos del bosque. Quienes vivían cerca de las montañas eran los más interesados en mantenerlas en perfecto estado, pues sus vidas y las de sus familias se encontraban, literalmente, en manos de aquella naturaleza pródiga y abundante. Los territorios del actual Parque Natural Sierras de Tejeda, Almijara y Alhama no eran una excepción; recursos como la agricultura, la obtención de madera, la recolección de plantas aromáticas, la caza, el pastoreo, la minería, la cogida de esparto, la extracción de resina y la fabricación de cal y carbón establecían la base de una economía de pura subsistencia de la que, pese a su precariedad, no podía prescindir nadie que viviese por aquellas tierras. El bosque, ciertamente, proveía. Estas actividades mantenían a raya la maleza y expeditos los senderos, que cubrían -como una red sabiamente trenzada- el territorio por entero, comunicando por los mejores pasos las distintas zonas entre sí, sin dejar ninguna aislada. De esa forma el monte prosperaba custodiado por mil ojos, los de los hombres y las mujeres del campo, vigilantes espontáneos de un espacio que les proporcionaba mucho más que el mero sustento, al que querían y respetaban como a una parte de sí mismos. Cuando se producía un fuego -los incendios, fortuitos o intencionados, se han dado siempre- "los hombres se volvían como lobos de la sierra". Al momento se hacían sonar las campanas de las iglesias con aquel toque específico, rápido y urgente que todos conocían, para que quien pudiese sostenerse sobre sus piernas ayudase a apagarlo. Por eso los incendios de antes duraban poco tiempo: el monte, custodiado al extremo, apenas se quemaba. "Aquí había de pinos que mirabas para arriba y no veías el cielo, de árboles que había…"

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    La sierra de la Almijara ha sufrido graves incendios a lo largo de su historia

     Con el abandono de los usos agrícolas y ganaderos y el éxodo rural de la población a las ciudades, los bosques y las montañas quedaron desamparados. Senderos, atajos, pasos y caminos de herradura desaparecieron bajo el matorral que ya no consumía el ganado; los campos de labor, abandonados a su suerte, se convirtieron en hazas estériles plagadas de matorral listo para arder descontroladamente y los incendios aumentaron no sólo en número sino también en extensión y poder destructivo. Por suerte esa época quedó atrás y hoy las tareas de vigilancia y cuidado de nuestros espacios verdes protegidos quedan en manos de los Centros de Defensa Forestal -CEDEFO- de cada comunidad autónoma. Pero es precisamente en los puestos de vigilancia ubicados en las cimas de las montañas y en la figura del bombero forestal vigilante donde empieza todo. Y allá arriba los vemos cada verano, bien pertrechados con sus útiles de trabajo: binoculares o prismáticos, emisora de radio con antena y repetidor, alidada para posicionar cualquier punto con exactitud y sobre todo una gran dosis de paciencia y su mirada experta -"en este trabajo hay que tener ojos hasta en el cogote"-, la principal herramienta que utilizan estos profesionales.

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    Cumbre del Salto del Caballo con su caseta de vigilancia (foto de Mariló V. Oyonarte)

     Dentro del territorio del Parque Natural Sierras de Tejeda, Almijara y Alhama existen cinco puestos de vigilancia forestal que forman parte de las infraestructuras que mantiene la Junta de Andalucía en la lucha contra incendios: el del Salto del Caballo (en el término municipal de Alhama de Granada), el de Tres Lindes (Lentegí), el del Cerro de Lopera (Otívar), el de Torrecilla (Zafarraya) y el Observatorio de Canillas, en el término de Cómpeta, en Málaga. Todos ellos tienen en común un emplazamiento que disfruta de vistas amplísimas de trescientos sesenta grados a la redonda -valga el pleonasmo- con el objeto de mantener el máximo sector de sierra bajo el control visual del vigilante. El campo de visión entre unos puestos y otros suele solaparse en aras de una protección más efectiva.

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    Puesto de vigilancia forestal del Cerro de Lopera

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    Puesto de vigilancia forestal del Salto del Caballo (foto de Mariló V. Oyonarte)

     A priori el trabajo de los bomberos forestales vigilantes podría parecer sencillo, pero nada más lejos de eso. Estas personas dedican su jornada laboral -de día o de noche, con sol o con lluvia, en días claros o velados por la bruma- a escudriñar atentamente el horizonte en busca de la más mínima señal de fuego. Desde principios de junio hasta mediados o finales de octubre su lugar se encuentra en el reducido espacio que dejan las seis paredes de la caseta de vigilancia, equipada -sólo durante ese tiempo- con una completa emisora de radio que mantiene al puesto en contacto permanente con el Centro de Defensa Forestal del que depende, en este caso La Resinera o CEDEFO 2. En su exiguo habitáculo pasan estos hombres y mujeres jornadas de siete u ocho horas de trabajo en turnos de mañana, tarde y noche -los puestos deben permanecer ocupados las veinticuatro horas del día-, inspeccionando el paisaje cada pocos minutos en todas direcciones, ora a simple vista, ora con los binoculares o prismáticos de largo alcance. Durante ese tiempo deben mantenerse textualmente ojo avizor, sin distraerse con nada ni quedarse dormidos, atentos a lo que ocurre -o no ocurre- en derredor. La única compañía que les está permitida es la de una radio que llena tantas horas de silencio; esporádicamente, también, pueden cambiar impresiones o responder a las preguntas de los excursionistas que suben hasta allí.

     Cada hora deben ponerse en contacto con el CEDEFO 2 para facilitar el parte de incidencias. Y así, sucesivamente, desde el puesto de Pozo Herrero (en Albuñuelas) pasando por los de Cerro Lopera, Salto del Caballo y Torrecilla, van sonando puntualmente -impersonales y metálicas, a veces interrumpidas por interferencias en las ondas de la emisora- las voces de los compañeros a los que no ven pero saben, como ellos, aislados en sus respectivas atalayas serranas. Esas breves tomas de contacto verbal ayudan a todos a sentirse menos solos, especialmente durante la noche. Unos son jóvenes y otros mayores; unos tienen más experiencia y otros menos; unos llevan subiendo a la misma caseta muchos años y conocen al dedillo el paisaje, mientras otros son recién llegados y necesitan consultar los mapas de la zona para poner nombre a cada accidente geográfico de los que hace gala el terreno áspero de Tejeda, Almijara y Alhama. 

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    Jorge, vigilante del puesto del Cerro Lopera, en el ejercicio de su trabajo

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    Manuel observa el horizonte desde su puesto en el Salto del Caballo (foto de Mariló V. Oyonarte)

     Estos profesionales saben muy bien cómo actuar ante un conato de incendio. Una delgada columna de humo suele ser la señal que delata un fuego incipiente; lo primordial entonces es dar la voz de alarma, y cuanto antes mejor: la rapidez de actuación es crucial para evitar un desastre. Una vez en contacto con el CEDEFO, el bombero forestal vigilante procede a describir tan minuciosamente como le sea posible esa columna de humo: su localización exacta y su color -si el humo es blanco se trata de pastos o rastrojos; si es negro son árboles, pues las resinas y savias de éstos oscurecen la fumarada-; las características de su base si se alcanza a ver; si la humareda va en aumento o se mantiene estable; la dirección y velocidad del viento... Es tarea del vigilante continuar observando atentamente e informando a cada minuto de la evolución del fuego, en tanto no lleguen al foco los efectivos contra incendios. Cuando los bomberos forestales especialistas en prevención y extinción -más conocidos como retenes-, los vehículos de extinción -autobombas con mangueras de agua y bulldozers para abrir cortafuegos- y los medios aéreos -avión de carga en tierra Alfa 4 y helicóptero con depósito de agua de cinco mil litros Tango 4- llegan al lugar de origen de las llamas, concluye la misión de los bomberos forestales vigilantes. A partir de ese momento corresponde a los demás profesionales la extinción del fuego recién descubierto.

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     Existe un punto en el que todos coinciden: este oficio tiene que gustar. Pasarse tantos días, hora tras hora sumergido en la soledad sonora del campo, lejos de todo, sin relajar la atención más de cinco minutos seguidos puede llegar a hacerse duro, especialmente cuando cae la noche. Y si, a finales de temporada -en los últimos días de octubre ya- retumban alrededor del puesto de vigilancia las primeras tormentas, pare usted de contar. Del mismo modo, mantenerse despierto y expectante en una noche sin luna, "cuando todo se vuelve más negro que la tinta china" -está prohibido encender luz dentro de la caseta, pues dejaría de verse el exterior- el ejercicio de sus funciones puede llegar a convertirse en una heroicidad. ¿Y cuando desciende la niebla de día o de noche, que eso da igual, y crea engañosos espejismos con las luces de los pueblos lejanos…? Ha habido veces que, dispersas y distorsionadas por la bruma, esas mismas luces se han asemejado al resplandor de un incendio; en esos casos hay que agudizar muy bien los sentidos para no generar una falsa alarma.

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    Leña apilada en un lateral de la caseta para las noches más frías

     Si aprieta el frío resulta imperativo encender la estufa de la caseta; permanecer inmóvil en ese diminuto espacio, tan expuesto a los cuatro vientos, es arriesgarse a quedar congelado. Pero ¡cuidado! La estufa debe prenderse con mil precauciones, ya que una simple chispa podría saltar del tubo de humos y provocar un incendio, paradójicamente, junto a la caseta del bombero forestal vigilante. Y si se desata una de esas espectaculares tormentas eléctricas que tanto llaman nuestra atención en la televisión o en la fotografías, hay que actuar con rapidez pues se convierten en un peligro manifiesto en lugares tan descubiertos. En esos casos el vigilante procede a apagar la emisora y meterse dentro del coche con las ventanillas cerradas: las ruedas de goma lo aislarán del suelo y la estructura metálica del vehículo desviará la electricidad lejos de su interior. Es frecuente ver caer los rayos sobre el pararrayos del puesto de vigilancia, iluminando la montaña con su espeluznante exhibición de resplandor, humo y chasquidos mientras la electricidad atraviesa el metal.

     A cambio, este trabajo también ofrece sus compensaciones. Pocas cosas emocionan tanto al ser humano como la observación de un bello amanecer o de una dorada puesta de sol, cada día diferentes incluso desde el mismo punto. Asimismo, la posibilidad de contemplar fenómenos naturales como la majestuosa migración de los buitres leonados camino de sus cuarteles invernales, el cielo nocturno de las noches sin luna o la imagen de las costas de África, distantes y azules en un día de atmósfera nítida, forman parte de esa recompensa. La tranquilidad y la ausencia de estrés, el contacto estrecho y prolongado con la Naturaleza y la compañía de uno mismo valen también para conocerse mejor y reflexionar con calma, algo cada vez más necesario en estos tiempos que vivimos.

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    Unas suculentas cáscaras de sandía y un poquito de sal para las cabras monteses

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     A menudo el bombero forestal vigilante cuenta con la discreta compañía de algunos animales que, con el tiempo, toman confianza y se vuelven asiduos al lugar. Solitarias cabras monteses y algún zorro hambriento se acercan al puesto de vigilancia en busca de una comida fácil -o quién sabe si también de algo de compañía- y suelen llevarse un premio en forma de puñadito de sal, o de raja de melón, o de sabrosos bocados de la comida de ese día. Es el caso del Cerro de Lopera, lugar al que acude casi a diario y desde hace años una cabrita sin nombre que, animada por la amistosa conducta de los vigilantes de la caseta, ha llegado a aparecer por allí acompañada incluso de sus crías.

     Pero volvamos al principio: decíamos que ha llegado el otoño, y con él, el momento en que estos profesionales abandonan el puesto de vigilancia -este año de 2018 ocurrió el pasado quince de octubre-, no sin antes llevarse consigo toda la equipación que han estado utilizando durante la temporada, pues se trata de un material sofisticado que correría el peligro de deteriorarse -o incluso ser sustraído- si se almacenase en el interior de la caseta. Los puestos de vigilancia ya se han quedado vacíos y cerrados, y así se mantendrán hasta la próxima primavera. Será entonces cuando los bomberos forestales vigilantes regresen a esas pequeñas y sufridas construcciones, como cada año, para reparar los desperfectos que suelen provocar las inclemencias del tiempo -algo inevitable, dada la dureza del invierno en la montaña- y también, hay que decirlo, la falta de responsabilidad de algunas personas que pasan por allí y acceden a su interior -algo incomprensible, y que merece ser tratado como cuestión aparte- a lo largo de la época invernal. Una vez arregladas y blanqueadas, las casetas estarán listas para acoger a los vigilantes una temporada más.


    Panorámica desde la cumbre del Cerro de Lopera

     Durante los meses más fríos del año el personal de extinción de incendios dedicará sus esfuerzos al mantenimiento y limpieza de las masas arbóreas, cortafuegos y franjas de seguridad de caminos, desbroce de senderos, reparación de fuentes, señalización y en general a todo tipo de trabajos encaminados a la conservación del Parque Natural. Mientras tanto los puestos de vigilancia forestal aguardarán pacientes -y puede que incluso algo nostálgicos, como toda casa despojada de sus habitantes- a que el sol alto en el cielo, las tardes prolongadas y la templanza del aire anuncien la inminencia de un nuevo verano.

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    Puesto de vigilancia forestal del Salto del Caballo en plena ventisca de nieve

    Escrito por Mariló V. Oyonarte.
    Fotografías de Carlos Luengo.

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