
La piel como refugio y el beso como revelación. Jesús Pérez Peregrina presenta en Espacio Literario dos poemas sobre la inmensidad de sentir y el milagro del encuentro.


No es la esperanza.
La esperanza es frágil.
Es otra cosa:
un hilo oscuro
que sigue ardiendo
bajo la ceniza.
A través de tus manos
Hay un don en tus manos
que no te pertenece:
algo que das sin darte
cuenta de que lo ofreces.
Hay una noche antigua
dormida entre tus dedos,
una tierra que guarda
la memoria del fuego.
Yo he sentido en tus manos
la cercanía del tiempo,
esa sombra que avanza
sin levantar el viento.
Y, aun así, cuando llegan
a mi rostro tus dedos,
la muerte retrocede
un instante en silencio.
No porque el mundo cambie,
ni porque cese el miedo,
sino porque tu tacto
me devuelve mi cuerpo.
A través de tus manos
soy mortal y estoy vivo.
Y no hay mayor milagro
que saberse querido.
--
Tengo el mar dentro de mí
Tengo el mar dentro de mí,
y a veces se derrama,
cuando el silencio pesa demasiado
y el alma ya no aguanta.
Hay olas que no hacen ruido,
tormentas que nadie ve,
mareas que esconden nombres
que todavía llevo en la piel.
A veces soy agua tranquila,
un horizonte en calma,
otras, un océano infinito
rompiéndose dentro del alma.
Y no siempre sé nadar
en todo lo que siento;
hay días en que me hundo
en mis propios pensamientos.
Entonces lloro,
y el mundo cree que llueve,
sin saber que son mis mares
buscando por dónde irse.
Pero he aprendido algo hermoso:
no hay vergüenza en desbordarse,
ni debilidad en ser profundo,
ni tristeza que no merezca
un lugar donde derramarse.
Porque tengo el mar dentro de mí,
con sus abismos y su espuma,
con sus noches sin estrellas
y sus amaneceres de luz.
Y aunque a veces me desborde,
aunque me quiebre la calma,
prefiero ser océano abierto
que vivir con el alma cerrada.
Porque hay personas que lloran lágrimas,
y otras que, cuando sienten demasiado,
dejan escapar el mar
que llevan guardado
II
Tengo el mar dentro de mí,
y a veces se derrama,
cuando tus ojos rozan los míos
y el corazón ya no sabe
cómo contener tanta agua.
Tú no lo sabes,
pero hay mareas que llevan tu nombre,
olas que nacen de tu risa
y corrientes que me arrastran
hacia el puerto de tus brazos.
Desde que habitas en mi pecho,
la luna me crece por dentro,
y mis orillas, antes tranquilas,
se rinden al dulce temblor
de sentirte tan cerca
y desearte tan lejos.
A veces, cuando te pienso,
la marea rompe sus límites;
el agua me sube hasta los labios
y se convierte en palabras
que no me atrevo a decirte.
Entonces me desbordo
en pequeños gestos,
en silencios que te buscan,
en miradas que se quedan
un segundo más de lo debido.
Porque amarte es eso:
llevar un océano en el alma
y fingir que apenas llueve
cuando pronuncias mi nombre.
Tengo el mar dentro de mí,
y a veces se derrama…
No porque me falte orilla,
sino porque hay amores
tan inmensos
que ni el cuerpo
les alcanza.
Jesús Pérez Peregrina, Jayena. otoño 2026.

Las formas del beso
No éramos tú ni yo: era la vida descubriendo que tenía labios
No somos dueños del amor,
ni sabemos de dónde viene.
Solo le prestamos los labios,
la piel,
el temblor de las manos,
la breve eternidad
de un encuentro.
Al amor le basta la sencillez
de un instante verdadero,
ese lugar sin fronteras
donde ya no importa
quién da
ni quién recibe,
quién ama
ni quién es amado.
Revelación
Nada dijimos.
La vida
acercó dos labios
y supo.
Desde entonces,
el silencio
tiene forma de beso.
--
¿Quién besa?
Cuando tus labios y los míos
se encuentran en silencio,
¿eres tú quien me besa
o es la vida en nuestro beso?
Quizá el amor no tenga labios,
ni corazón, ni cuerpo;
quizá somos su sueño,
y al besarnos despierta dentro.
Y cuando el beso acaba
y vuelve el mundo a ser desierto,
¿quién guarda aquella vida
que se besaba en nuestros cuerpos?
--
Lo infinito
Tu beso.
Nada más.
La tarde,
el mundo,
el tiempo,
todo era un beso.
Y en él,
sin tú ni yo,
la vida pura
se besaba.
¡Qué plenitud tan breve!
¡Qué eternidad tan nuestra!
--
La sed de lo infinito
¿Quién pone en estos labios
la sed de lo infinito?
¿Quién nos hizo mortales
para sentir lo eterno
en un instante mínimo?
Tal vez amar sea esto:
no saber quiénes somos
cuando somos más nuestros.
Y acaso Dios, si existe,
no sea más que la vida
buscándose en dos bocas
para saberse viva.
--
Evidencia
Nos besamos.
Y por un instante
la vida supo
que estaba viva.
No hizo falta nada más.
Ni siquiera
nosotros.
Por Jesús Pérez Peregrina, Jayena, octubre 2026.
Vídeo didáctico-narrativo
Comentarios