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Cuando la eternidad dejó de ser un regalo

Una reflexión sobre la pérdida, la fugacidad del tiempo y el verdadero valor de vivir.

 La noticia apareció un martes, entre la cotización del petróleo y la fotografía de un ministro inaugurando una rotonda: La muerte ha muerto.

 Nadie supo quién había redactado el titular. El periódico aseguró que procedía de una agencia internacional; la agencia, de una universidad; la universidad, de un estudio financiado por una empresa de longevidad. El estudio no existía, pero el dinero sí.

 A mediodía, las bolsas subieron. A las tres, las funerarias suspendieron sus servicios. A las cinco, el Gobierno anunció una comisión para estudiar las consecuencias jurídicas, económicas y espirituales de la desaparición de la muerte. A las seis, las iglesias se llenaron de personas que no sabían si rezar por los muertos o presentar una reclamación.

 Al anochecer, mientras las televisiones mostraban ancianos abrazando a sus nietos, enfermos abandonando los hospitales y políticos prometiendo una nueva era, un hombre salió de su casa y echó a andar.
No tenía nombre en esta historia. Los nombres sirven para los registros, las herencias y las listas electorales; él no pretendía dejar nada de eso.

Había enterrado a su hermano una semana antes.

 Lo recordaba sentado en la cocina, con una camisa desabrochada y un vaso de vino entre los dedos. Decía que el mundo era una estafa, pero siempre pagaba la cuenta. Se burlaba de los sacerdotes, aunque encendía una vela por su madre. Desconfiaba de las promesas y, sin embargo, había prometido volver para las fiestas.

No volvió.

Ahora la Muerte había muerto.

 El hombre se preguntó si la noticia llegaba demasiado tarde o demasiado pronto. Si su hermano había sido una víctima de la antigua administración del mundo, una de esas bajas que ninguna reforma consigue reparar.

 En la plaza encontró a una multitud reunida frente al ayuntamiento. Un portavoz, impecablemente vestido, explicaba que la abolición de la muerte constituía una oportunidad histórica.

- Se acabaron las pérdidas - decía- . Se acabó la incertidumbre. Comienza una etapa de plenitud.
Una mujer levantó la mano.
- ¿Y los que ya han muerto?
El portavoz consultó sus papeles.
- La comisión estudiará cada caso.
El hombre se alejó.

 En una calle lateral, una anciana vendía relojes usados. Tenía una caja de cartón llena de mecanismos detenidos, esferas agrietadas y agujas sin pareja.

- ¿Qué vende? - preguntó él.
- Tiempo - respondió ella.
- Pero están parados.
- Por eso son baratos.

 El hombre tomó uno. Marcaba las cuatro y veinte, la hora exacta en que su hermano había dejado de respirar.

- ¿Puede devolverlo a la vida?
La anciana lo miró con cansancio.
- ¿Al reloj o a su hermano?

Él no contestó.

- Los vivos siempre confunden las dos cosas. Creen que devolver las agujas a su sitio equivale a devolver el tiempo. Y que devolver el tiempo equivale a devolver a una persona.
- ¿Quién es usted?
- Una trabajadora temporal. La Muerte llevaba siglos sin convenio colectivo. Cuando desapareció, nos quedamos todos sin empleo.
El hombre dejó el reloj en la caja.
- ¿Y ahora qué ocurrirá?
- Lo de siempre. Los que tienen dinero comprarán eternidad; los que no, tendrán que conformarse con ella.

 La anciana recogió sus cosas y desapareció entre la gente.

 Durante los días siguientes, el mundo fue perdiendo sus costumbres. Los hospitales se llenaron de pacientes que no sanaban. Las cárceles, de condenados que no podían cumplir una pena hasta el final. Los matrimonios dejaron de celebrar aniversarios: si no había riesgo de perderse, algunos descubrieron que tampoco encontraban motivos para elegirse. Los niños crecían hasta cierto punto y allí se quedaban, prisioneros de una infancia que no terminaba de abrirse al mundo.

 Las empresas anunciaron seguros contra la monotonía, vacaciones sin regreso y cursos para aprender a soportar la permanencia. Se fundó un partido cuyo lema era «La eternidad para todos». Otro respondió: «La eternidad, sí, pero con orden».

 Los más ricos adquirieron paquetes de continuidad vital, con tratamientos de rejuvenecimiento y asistencia psicológica para combatir el tedio. Para los demás se habilitaron oficinas públicas donde había que demostrar que la propia permanencia resultaba socialmente útil.

 En una de aquellas puertas, alguien escribió:

Si la eternidad es un derecho, ¿por qué hay que pedirla?

 La pintada fue borrada antes del mediodía. Por la tarde, una empresa de limpieza recibió un contrato para eliminar todas las inscripciones relacionadas con la muerte, el tiempo y la libertad.

 La eternidad necesitaba mantenimiento.

 También necesitaba clientes.

 Pronto apareció un nuevo negocio: Ausencia Premium. A partir de fotografías, grabaciones y mensajes antiguos, una empresa reconstruía representaciones digitales de los fallecidos. La modalidad básica recuperaba la voz; la avanzada simulaba la personalidad; la superior inventaba recuerdos con tanta precisión que ni siquiera los familiares podían distinguirlos de los verdaderos.

 La publicidad mostraba a una mujer frente a una pantalla. Al otro lado aparecía su marido, muerto hacía quince años.

- ¿Te acuerdas de nuestro primer viaje? - preguntaba ella.
- Claro que me acuerdo - respondía él.

 El sistema fabricaba una anécdota convincente. La mujer sonreía, lloraba y contrataba el servicio anual.
Las acciones de la empresa subieron un diecisiete por ciento. Los analistas hablaron de una nueva economía afectiva: las pérdidas habían dejado de ser acontecimientos privados para convertirse en activos susceptibles de conservación y revalorización.

 Un periódico económico celebró la transformación: «La humanidad ha superado la irracionalidad del duelo. El futuro consiste en

El hombre volvió a la tumba de su hermano. La tierra seguía húmeda. Sobre la lápida alguien había dejado una botella vacía.

 Se sentó.

- Ya puedes volver - dijo.

 No esperaba respuesta. Sin embargo, empezó a hablar. Le reprochó su ausencia, recordó una discusión absurda, se rio de una anécdota olvidada y terminó llorando sin saber muy bien por qué.

 Entonces oyó una voz detrás de él.

- ¿Está hablando con un muerto?

 Era un funcionario que llevaba una carpeta.

- Sí.
- Eso ya no está permitido. Desde la abolición de la muerte, los cementerios pasan a ser espacios de memoria colectiva. Las conversaciones individuales requieren autorización.

El hombre lo miró.
- ¿Y quién autoriza el recuerdo?

 El funcionario abrió la boca. No encontró en la carpeta el formulario correspondiente y se marchó.

 El hombre permaneció junto a la tumba hasta que oscureció. Por primera vez desde el entierro, no sintió la necesidad de convertir el dolor en una explicación. Su hermano no necesitaba regresar para que él pudiera seguir hablándole. Había existido, había amado, mentido, reído, pagado facturas y dejado promesas sin cumplir.

 No era poco. No era todo.

 Era una vida.

 Al día siguiente regresó a la plaza. La multitud exigía soluciones. Los científicos pedían fondos, los políticos pedían paciencia y los publicistas vendían camisetas con la imagen de un reloj sin agujas.
El hombre subió a la fuente.

- ¡La Muerte no era nuestra única desgracia! ¡También lo eran la injusticia, el hambre, la soledad y el miedo! ¿Por qué celebramos que nadie pueda morir mientras seguimos permitiendo que tantos dejen de vivir?
Algunos se detuvieron. Otros le arrojaron monedas.

 Un periodista le preguntó si pertenecía a algún movimiento.

- Al de los que todavía tienen que levantarse por la mañana - respondió.

 Su discurso ocupó treinta segundos en un canal secundario. Al día siguiente fue sustituido por una entrevista a un experto en inmortalidad aplicada.

 Pero algo había cambiado, aunque nadie supiera medirlo. Una mujer visitó a su hermana, con la que no hablaba desde hacía diez años. Un hombre pidió perdón a su hijo. Un médico se sentó junto a un paciente sin consultar el expediente. Dos ancianos se dieron la mano en un banco y permanecieron allí, en silencio, mientras la tarde cambiaba de color.

 La Muerte seguía sin aparecer.

 Y, sin embargo, el mundo comenzó a moverse.

 Meses después, encontraron al hombre muerto junto a la tumba de su hermano.

 La noticia provocó un escándalo. Se habló de fraude, de conspiración y de una recaída del universo en sus viejas prácticas. La comisión se reunió durante once horas y publicó un comunicado: el caso no podía considerarse una muerte, puesto que la muerte había sido abolida. Se trataba de una «interrupción biológica no prevista».

 Nadie se ocupó de la botella vacía que había quedado junto a la tumba. Nadie preguntó quién había llevado flores.

 El cuerpo fue trasladado a una instalación experimental. Una empresa privada ofreció financiar las investigaciones a cambio de los derechos comerciales sobre cualquier descubrimiento. El Gobierno aceptó. Si la muerte había dejado de existir, alguien tendría que explicar por qué seguían apareciendo cadáveres. Y, si alguien conseguía explicarlo, alguien tendría que cobrar por ello.

 La ciudad continuó con sus asuntos. Las oficinas acumularon expedientes, las empresas vendieron nuevas modalidades de eternidad y los periódicos publicaron suplementos sobre la adaptación psicológica a una existencia ilimitada.

 Sin embargo, el cansancio empezó a extenderse. Las autoridades recomendaron evitar la palabra desesperación y hablar de fatiga de continuidad. Las empresas organizaron seminarios para enseñar a los empleados a mantener la motivación durante periodos laborales indefinidos.

- Antes trabajábamos para vivir - declaró un director de recursos humanos- . Ahora debemos aprender a vivir sin que el trabajo termine nunca.

 En las pantallas, un actor de edad indeterminada recomendaba un seguro contra la monotonía. El eslogan decía: «Si la vida no termina, cambia de vida».

 Algunos cambiaron de casa, de profesión y de pareja. Otros permanecieron inmóviles, sentados durante horas en los parques, contemplando árboles y nubes que no tenían ninguna obligación de durar para siempre.

 La eternidad no había eliminado el movimiento.

 Había eliminado la urgencia de llegar.

 Una tarde, la anciana de los relojes regresó a la plaza. Llevaba la misma caja de cartón, aunque ahora contenía menos mecanismos. Un hombre se detuvo ante ella.

- ¿Cuánto cuesta este?

Señaló un reloj pequeño, con la esfera agrietada.

- Depende de lo que quiera hacer con él.
- Quiero saber la hora.
- Entonces ha venido al lugar equivocado.

 El hombre sonrió.

- ¿Para qué sirven, entonces?

 La anciana acercó el reloj al oído.

- Para recordar que las cosas se mueven aunque usted no las mire.
- Pero el tiempo ya no importa.
- Eso dicen quienes creen que no van a perder nada.

 Cuando el hombre se marchó, la anciana sacó del bolsillo un mecanismo envuelto en un pañuelo. Era antiguo, con la esfera amarillenta y dos agujas que señalaban las cuatro y veinte.

 Lo había encontrado junto a la tumba del hombre.

 No recordaba haberlo recogido. Tampoco sabía por qué lo conservaba.

 Al cumplirse el segundo año de la abolición, el Gobierno organizó una ceremonia en la plaza. El presidente pronunció un discurso sobre el progreso y la conquista de un futuro sin pérdidas. Las pantallas mostraron el lema oficial: «Un mundo sin final. un futuro sin miedo».

 Entonces alguien gritó desde el fondo:

- ¿Y qué hacemos con todo este tiempo?

 La música continuó unos segundos. Los agentes avanzaron entre la multitud. La pregunta se repitió, primero desde un rincón y después desde otro.

 Nadie respondió.

 Una mujer empezó a reír, no porque la situación fuera graciosa, sino porque llevaba años esperando una respuesta y acababa de comprender que quizá no existía ninguna que pudiera entregarse desde un estrado.
Con el paso de los años, aquella pregunta llegó también a las nuevas generaciones. Una tarde, mientras la luz se filtraba suavemente por la ventana de su casa, un niño se sentó junto a su abuela y, después de observar la fotografía antigua que descansaba sobre la mesa, le preguntó:

- Abuela, ¿por qué los seres humanos inventaron la eternidad?

 La anciana permaneció en silencio unos instantes. Frente a ella había una taza de café, una fotografía desgastada por el tiempo y un reloj que ya no funcionaba. Lo miró como si, en sus manecillas inmóviles, todavía pudiera encontrar una respuesta.

- Porque teníamos miedo de perder lo que amábamos - respondió.
- ¿Y funcionó?

 La mujer miró hacia la calle. Un vendedor cerraba su puesto; una pareja corría para alcanzar un autobús; alguien regaba una planta que había crecido demasiado para la maceta.

- No - dijo- . Solo conseguimos aplazar la pregunta.

 El niño volvió a sus juegos.

 La anciana tomó el reloj. Lo abrió con cuidado. El mecanismo estaba detenido, aunque ninguna pieza parecía rota. Lo sostuvo entre las manos y escuchó, como si al otro lado de la esfera hubiera alguien esperando para decir algo.

 No oyó nada.

 Entonces, muy despacio, dio cuerda.

 El reloj hizo un pequeño chasquido. Una de las agujas avanzó apenas un milímetro.

 La anciana contuvo la respiración.

 Esperó.

 El reloj no volvió a moverse.

 Lo guardó en el bolsillo y salió a la calle. En una esquina, una niña lloraba porque se le había caído un helado. Su padre se arrodilló para consolarla y le prometió comprarle otro. La niña negó con la cabeza. No quería otro. Quería el que había perdido.

 El hombre no insistió. Se quedó junto a ella hasta que dejó de llorar.

 La anciana los observó alejarse. Pensó que quizá toda la historia de la humanidad podía resumirse en aquel gesto: intentar reparar una pérdida, descubrir que reparar no es lo mismo que restituir y acompañar, aun así, hay quien sigue llorando.

 Aquella noche, los relojes de la ciudad comenzaron a funcionar otra vez. No todos marcaban la misma hora. Algunos adelantaban, otros se atrasaban. Unos se detenían durante unos segundos y después continuaban, como si necesitaran reunir valor para dar el siguiente paso.

 Nadie pudo determinar la causa. Los científicos hablaron de una alteración electromagnética; las autoridades anunciaron una investigación; las empresas ofrecieron dispositivos capaces de sincronizar todos los relojes con el sistema central.

 Los aparatos se vendieron bien.

 Pero algunos ciudadanos empezaron a llevar relojes antiguos, mecanismos que no se conectaban a ninguna red y que, de vez en cuando, se equivocaban. Decían que les gustaba comprobar la hora por sí mismos.

 Otros regresaron a los cementerios, no para exigir la devolución de sus muertos, sino para sentarse junto a las lápidas y recordar en voz alta. Las empresas lanzaron aplicaciones para acompañar el duelo. Los políticos prometieron que nadie volvería a sentirse solo.

 El mundo continuó haciendo lo que siempre había hecho: transformar las preguntas en procedimientos, las necesidades en mercados y las esperanzas en programas electorales.

 Pero algo había cambiado.

 Algunas personas empezaron a despedirse antes de marcharse. Otras dejaron de aplazar las visitas, las llamadas y las disculpas. Hubo quienes renunciaron a un trabajo que detestaban y quienes se sentaron a cenar sin mirar una pantalla.

 Nadie sabía cuánto duraría aquel cambio. Nadie podía garantizarlo.

 Y quizá por eso importaba.

La eternidad continuaba disponible para quienes pudieran pagarla, pero ya no todos estaban seguros de quererla.

 En un cementerio de las afueras, junto a una tumba sin flores, alguien dejó una botella vacía. El viento la hizo rodar unos centímetros. Después se detuvo.

 No ocurrió nada extraordinario.

 Y, sin embargo, durante un instante, el mundo pareció recuperar algo que había perdido mucho antes de abolir la muerte: la posibilidad de que una cosa fuera suficiente sin tener que durar para siempre.

 Quizá el tiempo no había regresado como una ley, sino como una posibilidad.

 Quizá la Muerte no era una funcionaria a la que pudiera despedirse, ni una enemiga a la que pudiera derrotarse, ni una mercancía que pudiera adquirirse.

 Quizá era el nombre que dábamos a nuestra incapacidad de poseer para siempre aquello que amábamos.
O quizá no.

 El reloj de la anciana siguió avanzando, torpe, imperfecto, sin prometer nada.

 Y en algún lugar de la ciudad, alguien salió de casa para encontrarse con otra persona antes de que terminara el día.

 No porque supiera que el tiempo se agotaba.
Sino porque, por fin, había comprendido que tampoco necesitaba ser infinito para empezar.

Epilogo

 Quizá la mayor equivocación del ser humano no haya sido temer a la muerte, sino creer que, al vencerla, vencería también el miedo, la soledad y el dolor de perder aquello que ama.

 La eternidad no puede devolvernos una palabra que no dijimos, un abrazo que aplazamos ni una oportunidad que dejamos pasar. Tampoco puede enseñarnos a vivir. Porque vivir no consiste en acumular tiempo, sino en dar sentido al que tenemos.

 No podemos impedir todas las despedidas, reparar todas las pérdidas ni conservar intacto todo lo que amamos. Pero podemos elegir no vivir como si siempre hubiera un mañana, no convertir el amor en una promesa aplazada ni esperar a perder a alguien para comprender cuánto significaba su presencia.

 No necesitamos una vida infinita para hacer algo eterno. A veces basta un gesto, una palabra sincera, una mano tendida o el valor de estar presentes cuando alguien nos necesita. La vida no adquiere su valor por durar para siempre, sino por aquello que amamos, compartimos y somos capaces de vivir.

 Al final, quizá la verdadera victoria sobre la muerte no consista en no desaparecer nunca, sino en haber vivido de tal manera que nuestra existencia haya dejado algo de luz en la vida de los demás.

 Porque no es el tiempo infinito lo que hace valiosa una vida, sino aquello que somos capaces de hacer con el tiempo que compartimos.

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Vídeo didáctico-narrativo

 

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