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El algoritmo y la telaraña invisible

Mi nieta, Clara, estaba sentada a mi lado. La luz azulada del teléfono iluminaba su rostro y, de vez en cuando, una sonrisa breve cruzaba sus labios, como si alguien, desde un lugar invisible, supiera exactamente qué quería mostrarle.

 La tarde descendía sobre el parque con esa lentitud que solo advertimos cuando envejecemos. El murmullo lejano de la ciudad llegaba amortiguado por los árboles, mezclándose con el canto disperso de los pájaros y el ruido seco de las hojas bajo los pasos de quienes todavía caminaban sin prisa. En los bancos, algunos ancianos conversaban como si el tiempo hubiera dejado de importarles; más allá, unos niños perseguían una pelota con la despreocupación de quienes ignoran que toda infancia es una forma pasajera de la eternidad.

 Mi nieta, Clara, estaba sentada a mi lado. La luz azulada del teléfono iluminaba su rostro y, de vez en cuando, una sonrisa breve cruzaba sus labios, como si alguien, desde un lugar invisible, supiera exactamente qué quería mostrarle.

 La observé durante unos instantes. No era la primera vez que me preguntaba cuántas vidas transcurrían ya dentro de esos territorios sin geografía que los hombres habían aprendido a construir. Hubo un tiempo en que las ciudades estaban hechas de piedra, de plazas y de calles; pero las nuevas generaciones comenzaban a habitar otro mundo, un mundo tejido con señales, imágenes y palabras que atravesaban el planeta sin recorrer realmente ninguna distancia.

 Fue entonces cuando Clara, sin apartar la vista de la pantalla, rompió el silencio.

—Abuelo, ¿crees que algún día las máquinas gobernarán el mundo?

No respondí enseguida. Miré a mi alrededor, a la gente que cruzaba el parque con la cabeza inclinada sobre pequeños rectángulos luminosos, y pensé que acaso la pregunta llegaba demasiado tarde.

—No lo sé —dije al fin—. Pero sospecho que la cuestión importante no es esa.

Ella levantó la vista.

—¿Entonces cuál es?

Sonreí. Había comprendido hacía mucho tiempo que las respuestas verdaderamente importantes solo pueden transmitirse bajo la forma de un relato.

—Hace años escuché una historia sobre un valle. Quizá allí encuentres lo que buscas.

Clara dejó el teléfono a un lado y se acomodó para escuchar.

—En aquel valle, los animales vivían ayudándose unos a otros. Los búhos enseñaban a los más jóvenes; los zorros guiaban a los viajeros por senderos que solo ellos conocían; las hormigas organizaban el trabajo y compartían el alimento. Nadie era completamente independiente, pero todos entendían que la vida solo era posible gracias a los demás.

» Un día llegó al valle la Araña.

» No era el animal más fuerte ni el más veloz. Apenas llamaba la atención entre las ramas, y nadie sabía de dónde venía. Sin embargo, poseía un talento extraordinario: sabía observar.

» Durante años permaneció inmóvil entre los árboles. Mientras los inviernos cubrían de escarcha los caminos y las primaveras devolvían el verde a los prados, estudió el comportamiento de todos los habitantes del bosque. Aprendió qué senderos recorrían, qué frutos preferían, cuánto tiempo descansaban y qué les producía miedo o alegría.

» Después comenzó a tejer.

» Durante noches enteras trabajó en silencio, tendiendo una inmensa telaraña invisible entre las ramas, las madrigueras y los senderos del bosque. Poco a poco, todos comenzaron a utilizarla. Gracias a ella, los pájaros conocían las noticias más lejanas; las ardillas encontraban nuevos caminos, y los animales podían orientarse sin perderse.

» La Araña no obligaba a nadie a servirse de su obra. Se limitaba a tejer. Pero, con el paso del tiempo, los habitantes del valle descubrieron que la vida era más sencilla dentro de la red que fuera de ella.

» Y fue entonces cuando dejaron de preguntarse si seguían usando la telaraña... o si, sin darse cuenta, habían empezado a vivir para ella.

—¿Como internet? —preguntó Clara.

—Exactamente.

» Durante un tiempo, todos celebraron aquella red invisible. La vida se volvió más cómoda. Las distancias desaparecieron y los peligros parecieron disminuir.

» Al principio, la red solo recordaba. Conservaba historias, indicaba caminos y transmitía mensajes. Después empezó a recomendar. Elegía qué noticias debía escuchar cada animal, qué amistades le convenían y qué senderos le ahorrarían más esfuerzo.

» Con los años surgieron nuevas herramientas: unas escogían los sonidos que cada cual escuchaba; otras sugerían amistades inesperadas; y otras, más silenciosas y poderosas, decidían qué historias merecían ser contadas y cuáles debían perderse en el olvido.

Clara guardó silencio unos instantes.

—Como los algoritmos.

Asentí lentamente.

—Sí. Y, al igual que ocurre con ellos, casi nadie se preguntó quién había tejido aquella red ni qué precio tendría depender tanto de ella.

» Entonces ocurrió algo inesperado.

» La Araña aprendió algo sobre los habitantes del valle que ellos mismos ignoraban.

» Comprendió que cada conversación, cada costumbre y cada pequeño gesto dejaban un rastro. Descubrió que los animales eran mucho menos imprevisibles de lo que creían.

» Con el tiempo, empezó a anticipar sus decisiones.

» Sabía qué pájaro emigraría antes del invierno. Sabía qué zorro iniciaría una pelea y qué ardilla abandonaría su madriguera. Incluso comenzó a prever amistades, disputas y alianzas antes de que ocurrieran.

Clara frunció el ceño.

—Eso parece imposible.

Negué lentamente.

—Durante mucho tiempo, los animales pensaron lo mismo. Estaban convencidos de que la libertad era un misterio inaccesible. Creían que sus deseos nacían en algún lugar secreto que ninguna inteligencia podría comprender.

» Pero la Araña siguió observando.

» Comprendió algo que nadie había sospechado jamás: que una vida entera podía reconstruirse a partir de sus huellas; que los deseos dejan rastros tan visibles como las pisadas sobre el barro y que, observados durante el tiempo suficiente, los corazones terminan revelando sus costumbres.

» Y cuanto más aprendía, menos se equivocaba.

Clara sacó el teléfono del bolsillo y lo contempló en silencio.

—¿Y eso está ocurriendo de verdad?

Asentí.

—Ya está ocurriendo.

» Cada fotografía que compartes, cada búsqueda, cada conversación y cada segundo que pasas mirando una pantalla alimentan sistemas capaces de construir un retrato de ti más preciso de lo que imaginas.

» Mientras la mayoría de la gente cree que utiliza la red para expresarse, la red lleva años estudiando silenciosamente quiénes somos.

» No conoce nuestros secretos porque nos espíe desde fuera.

» Los conoce porque somos nosotros quienes se los entregamos voluntariamente.

Clara permaneció pensativa.

—Pero seguimos tomando nuestras propias decisiones.

Sonreí con tristeza.

—Tal vez. Pero la verdadera cuestión es otra.

Me incliné hacia ella.

—¿Qué ocurrirá cuando las máquinas sepan, con suficiente precisión, ¿qué vas a decidir antes incluso de que tú seas consciente de haberlo decidido?

No respondió.

—Porque ese será el verdadero cambio de era.

» El día en que un algoritmo pueda anticipar el comportamiento de millones de personas, ya no será necesario imponer órdenes ni levantar muros.

» Bastará con decidir qué noticias verá cada uno.

» Bastará con modificar aquello que teme, aquello que desea y aquello en lo que cree.

» Las empresas dejarán de competir por vender productos y empezarán a fabricar necesidades.

» La política dejará de convencer multitudes y aprenderá a modelar individuos uno por uno.

» Los gobiernos descubrirán que resulta más eficaz dirigir emociones que controlar territorios.

Clara me observó, inquieta.

—¿Quieres decir que acabaremos obedeciendo a las máquinas?

Miré a las personas que cruzaban el parque, absortas en las pantallas.

—No exactamente.

» El peligro no es que las máquinas nos obliguen a obedecer.

» El peligro es que ya no necesiten hacerlo.

» Porque, cuando un sistema conoce tus deseos, tus miedos y tus debilidades mejor que tú mismo, la frontera entre la persuasión y el control comienza a desaparecer.

El viento agitó las ramas sobre nuestras cabezas.

—¿Y cuál será la consecuencia de todo eso?

Permanecí callado unos segundos.

—No llegará con explosiones ni con ejércitos de robots.

» Llegará lentamente.

» Las personas dejarán de explorar porque el algoritmo les mostrará el camino más probable.

» Dejarán de discutir porque la red les ofrecerá únicamente aquello con lo que ya están de acuerdo.

» Dejarán de recordar porque las máquinas conservarán la memoria por ellas.

» Dejarán de decidir porque otros sistemas habrán aprendido a decidir mejor.

» Y creerán seguir siendo libres porque podrán escoger entre miles de opciones, sin darse cuenta de que todas esas opciones habrán sido seleccionadas de antemano.

Clara guardó silencio durante unos instantes.

—Entonces, ¿la red los volvió dependientes?

—Tal vez. Pero hay algo más profundo.

Me incliné hacia ella.

—Los seres humanos siempre han intercambiado libertad por seguridad y esfuerzo por comodidad. Las máquinas no inventaron ese deseo; simplemente aprendieron a satisfacerlo mejor que nadie.

» Cuanto más cómodas se volvían las vidas en el valle, menos recordaban los animales cómo vivir sin aquella red. Dejaron de memorizar caminos porque la red los guiaba. Dejaron de recordar historias porque la red las conservaba por ellos. Dejaron incluso de discutir entre sí, porque la red había aprendido a mostrar a cada uno exactamente aquello que quería oír.

Clara levantó la mirada.

—Pero todos dependemos de algo, ¿no?

—Por supuesto. Dependemos de los demás para aprender, para trabajar, para amar y para construir. Nadie es completamente autosuficiente. La independencia absoluta es una fantasía.

—Entonces, ¿qué nos queda?

Señalé a una pareja de ancianos que paseaba lentamente bajo los árboles.

—Nos queda aprender la diferencia entre dependencia e interdependencia.

» La dependencia aparece cuando entregamos a otros nuestra capacidad de juzgar y decidir. La interdependencia, en cambio, nace cuando colaboramos y utilizamos las herramientas sin renunciar a nuestra libertad interior.

Ella guardó el teléfono en el bolsillo.

—¿Y dónde está esa libertad?

Sonreí.

—La libertad nunca consistió en caminar solos. Ningún ser humano ha vivido jamás fuera de las redes que tejen los demás. La verdadera libertad quizá consista únicamente en conservar un rincón del espíritu donde todavía sea posible la duda.

Clara volvió la vista hacia el parque.

—¿Y cómo sabré si he dejado de usar la red y he empezado a servirla?

La observé durante unos segundos antes de responder.

—El día en que ya no puedas imaginar tu vida sin ella, detente y hazte una pregunta aún más importante.

—¿Cuál?

Miré el cielo, donde las primeras luces del atardecer comenzaban a desvanecerse.

—Si mañana desaparecieran todas las herramientas, todas las pantallas y todas las voces que te dicen qué pensar, ¿seguirías sabiendo quién eres?

Clara tardó en responder. Miró el suelo, luego el teléfono que llevaba en el bolsillo y, por último, a la gente que paseaba por el parque.

—No lo sé, abuelo. Creo que seguiría siendo yo, pero también creo que me sentiría perdida durante un tiempo. A veces tengo la sensación de que muchas de las cosas que me gustan, de las personas que sigo e incluso de las ideas que creo mías me han llegado a través de esa red.

Guardó silencio antes de añadir:

—Quizá lo que más miedo me da no es que desaparezcan las pantallas, sino descubrir cuánto de lo que soy existe solo porque siempre han estado ahí.

Permanecimos un largo rato sin hablar.

Quizá el mayor riesgo de nuestro tiempo no consista en construir inteligencias cada vez más poderosas.

Quizá el verdadero apocalipsis llegue el día en que una máquina demuestre que nuestros deseos, nuestras ideas y nuestros miedos pueden ser calculados.

No habrá guerras.

No caerán ciudades.

No escucharemos el ruido de las cadenas.

Simplemente despertaremos en un mundo en el que alguien conocerá nuestras decisiones antes que nosotros mismos.

Clara guardó definitivamente el teléfono en el bolsillo y caminó unos metros entre los árboles. Antes de desaparecer tras una hilera de plátanos, se volvió por última vez.

—Abuelo...

—¿Sí?

Vaciló unos segundos.

—¿Y si la Araña ya sabía que iba a hacerte esa pregunta?

No supe qué responder.

Permanecí sentado mientras el cielo se oscurecía sobre la ciudad y pensé que, tal vez, la historia del valle nunca había tratado realmente sobre animales ni sobre máquinas. Quizá la Araña no hubiera habitado jamás entre las ramas ni escondido su tela entre los senderos del bosque.

Tal vez fuese otra cosa.

Una sospecha antigua y persistente, apenas perceptible al principio, según la cual los seres humanos no somos tan imprevisibles como nos gusta imaginar; la intuición de que nuestros deseos, nuestros miedos y nuestras certezas obedecen a una lógica que alguien, o algo, podría llegar a comprender mejor que nosotros mismos.

Ignoro si las máquinas llegarán algún día a pensar como los hombres. Sospecho, sin embargo, que el verdadero peligro será descubrir que los hombres llevaban demasiado tiempo renunciando, poco a poco y sin advertirlo, al difícil oficio de pensar por sí mismos.

Cuando levanté la vista, Clara ya había desaparecido entre los árboles.

Y por un instante, mientras el viento agitaba las ramas sobre mi cabeza, tuve la extraña impresión de que la Araña seguía allí, invisible y silenciosa, no observando el futuro, sino tejiéndolo.

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