
Este es un dicho que se suele usar, desde tiempo inmemorial, en la jerga de frases hechas de nuestros pueblos.

Se usa cuando queremos expresar que alguien tiene un comportamiento excesivamente simple, ingenuo o infantiloide, cambiando y confundiendo las cosas más básicas y elementales. Entonces decimos:”¡es que tiene cosas de peón caminero!”. Si alguien actúa, hace o dice cosas un poco absurdas y disparatadas, enseguida le disparamos con el consabido: ”es que tiene cosas de peón caminero”. Así, si se pone los zapatos del revés, enciende el pitillo por el filtro o escribe burro con ”v”, al momento tiene encima el manido y manejable anatema. Y yo siempre me he preguntado: “pero qué tendrán los pobres peones camineros para cargar con este sambenito tan poco edificante”.
Repasando la historia, podemos constatar que el oficio de peón caminero fue creado a mediados del Siglo XVIII, con el objetivo de cuidar, reparar los caminos y colaborar con las fuerzas de seguridad, en los conflictos con delincuentes y bandoleros, en su tránsito por los mismos. El Plan Económico de Bernardo Ward, economista y ministro de origen irlandés, durante el reinado de Carlos III, propició la red de caminos radiales desde Madrid a la periferia. Este mismo economista, diseña toda una organización de construcción y mantenimiento de los caminos reales, cuyo último eslabón y el más numeroso, es el “peón caminero”, a los que se asigna un determinado tramo de camino, que cuidará y visitará diariamente.

Casi un siglo después, se crean y construyen por todos los caminos, convertidos poco a poco en una auténtica red de carreteras, las “casillas de camineros”, situadas en el margen de la vía y a una distancia entre ellas, de entre cinco y diez kilómetros. En las mismas, el peón caminero vive aislado con su familia. Un aislamiento social, educativo, económico y de autoabastecimiento, la mayoría de las veces, que lleva a que la gente considere con el tiempo, al peón caminero y su familia, como seres rústicos y primitivos, sin acceso a la instrucción ni al contacto con otras personas.
Y debió ser esta forma peculiar de vida, la que llevó a considerar a estos profesionales, como seres muy limitados y faltos de cualquier tipo de formación y refinamiento, pese a que, para ocupar ese puesto, tenían que superar unas pruebas en las que quedase patente que sabían leer y escribir y las reglas matemáticas más elementales, lo que posiblemente no hubiera superado la inmensa mayoría de la población, en aquellos tiempos.
Pero la gente ha seguido considerándolos como personas muy limitadas y simples y encima le cargaron el sambenito de compararlos con las actitudes y acciones más simples e inmaduras que podía cometer una persona, y de ahí el origen del dicho: ”¡Es que tiene unas cosas de peón caminero!”. “Voluntas populi”. Y no niego que esto sea injusto e inapropiado, pero es lo que hay. ¡A ver quién lo cambia a estas alturas…!

Yo de los camineros sólo recuerdo, desde mi ya lejana infancia, cuando el de Ventas, Antonio el de Julia, con su bicicleta o Antonio el del Puerto, con su temperamental caballo negro, nos cogían “in frganti” cogiendo moras de las moreras del margen de la carretera, hasta ponernos ”morados” y nos daban unos cuantos sofocones y carreras. Ya de mayor entendí que no es que nos tuvieran una especial “tirria” persecutoria porque sí, sino que era porque destrozábamos el pequeño pegujal que ellos sembraban en las isletas del margen de la carretera y bajo las moreras.
También forma parte de mis recuerdos más espeluznantes, cuando en los inicios de mi aprendizaje en la bici, allá por los inicios de los años cincuenta, el brioso caballo negro del caminero, con cerón, gravilla y jinete, cayeron sobre mí, cuando, como torpe aprendiz hipnotizado por el miedo, lo embestí frontalmente, mientras gritaba: “¡el caballo, el caballo, el caba…!” Aquel día me escapé de una buena tunda, por la mediación de mi amigo “Caye”, que era sobrino del caminero, casado con su tía Julia. “Y es que los niños, también teníamos cosas de peón caminero!”.
Vídeo didáctico-narrativo