
En los duros años de la guerra y la posguerra, Rafael Sánchez Santana, conocido como «Refalo Mangón», fue un ejemplo de lucha, ingenio y dignidad frente a la adversidad. Juanmiguel Ortigosa rescata del olvido la historia de un hombre bueno, cuya vida refleja también el sufrimiento, la solidaridad y la emigración forzosa de tantas familias de nuestros pueblos (La redacción).
Hoy me gustaría plasmar en este relato, una semblanza, un trozo de la historia real y viva de un hombre humilde, sufrido, trabajador y animoso, muy popular en nuestro entorno de posguerra y hasta mediados de los años cincuenta, en que se nos marchó, emigrante a Barcelona, como tantos de nuestros pueblos, para no volver nunca más. Aunque su recuerdo no nos ha abandonado y está permanentemente en la cabeza y en el corazón, de todos los que hoy sobrepasamos los 70 años.
Su nombre era el de Rafael Sánchez Santana, nacido en 1906 y popularmente conocido por el alias de “Refalo Mangón”. Fueron sus padres Manuel Sánchez, de la familia de “Los Faustinos” del Rincón de los Reina, pequeña aldea de Zafarraya y su madre, Remedios Santana, posiblemente oriunda de soltera, del Cortijo de “Los Mangones”, de Loja, de donde vendría el alias de “Mangón”. Casó con Teresa Polo Moreno, en los inicios de 1934, en plena ebullición de la II República. Nacida en 1914, hija de A. Polo y de Silveria Moreno Tejada, alias, “La Tiritona”, de la familia de “Los Luceros” y de los Eliseos..

La guerra y el sufrimiento de la familia
Cuando Franco intenta el fracasado golpe de estado del 18 de julio, que provocaría nuestra sangrienta Guerra Civil, tienen ya dos hijos: Remedios, de año y medio y Rafael, de tres meses. Y aquí empieza su calvario particular y familiar, como el de tantos españoles que hubieron de sufrir los horrendos padecimientos de aquella “incivil guerra". “Refalo”, de ideología de izquierdas y licenciado ya del servicio militar, no duda en adscribirse a las tropas republicanas del Frente Popular. Su mujer, Teresa, permanece en el pueblo con dos niños pequeños y una situación económica y alimentaria extrema.
Cuando el pueblo cae en manos de las tropas nacionales, Teresa huye, con dos niños pequeños, como tantas familias, hacia Málaga. Y sin posibilidad de evitarlo, se ve envuelta en la huída hacia Almería, por la llamada “Carretera de la Muerte” en uno de los episodios más sangrientos y macabros de toda la guerra: la tristemente denominada “Desbandá”. Tras la toma de Málaga por las tropas fascistas, 200.000 civiles, en su inmensa mayoría, viejos, mujeres y niños huyen por la carretera de la costa, desde Málaga a Almería donde son permanentemente hostigados y masacrados por las tropas enemigas. Durante el trayecto, la multitud fue vil e impunemente bombardeada por la aviación fascista de Hitler y Mussolini, mientras desde el mar, disparaban sus cañones los acorazados Almirante Cervera, Canarias y Baleares, en un criminal intento de exterminarlos, como si de un enemigo activo se tratara.
El criminal asedio produjo 5.000 bajas civiles, en la acción más ignominiosa del largo conflicto. El resto, continuaba el éxodo, descalzos, desnudos, hambrientos y deshidratados, muriendo de inanición y de hipotermia, por el frío extremo, otra parte importante de los que huían por la carretera. Y aún en esas condiciones extremas, llegó Teresa a Almería, con dos niños que sumando sus edades, no llegaban a los tres años entre ambos. Esto nos da idea de la resiliencia y capacidad de esta mujer decidida, animosa y valiente.
“Refalo” se había incorporado a las tropas republicanas que actuaban en el Peñón de la Mata, adscrito al 311 Batallón de la 78 Compañía Mixta, bajo las órdenes del Teniente Coronel, José González Deleito. Allí sufrió un percance, que pudo costarle hasta su fusilamiento como desertor. Ocurrió que el día 1 de julio de 1937, en una fuerte ofensiva de las tropas nacionales con apoyo de un Tabor de Regulares moros y la aviación italiana, aislaron y eliminaron a varias secciones del 311 Batallón, entre ellas, la suya. “Refalo”, para escapar de la masacre, se ocultó bajo un enorme y denso vallado de zarzas, donde, por la presencia enemiga posterior, (“había moros en la costa”), se vio obligado a permanecer varios días escondido bajo el zarzal, sin comida ni agua. Después de otros días deambulando desorientado por el agreste paisaje de las sierras de Cúllar, cuando se presentó a su regimiento, había sido declarado como desertor. Algún compañero, confundido, lo habría denunciado. Su aspecto totalmente demacrado y magullado por las zarzas y el testimonio de un oficial paisano suyo, que dió la cara por él, José Giles (El Cojillo de la Eulalia), lo salvaron del fusilamiento.

La dura supervivencia de la posguerra
Después, en la posguerra, tras el triunfo franquista, les esperaba la travesía de un desierto de escasez, sufrimiento y limitaciones absolutas que, pese a que “Refalo” tuvo la suerte de no ser represaliado judicialmente a su vuelta del frente, sí que cargó con el estigma de desafecto, hasta el final del régimen. Después de Remedios y Rafael, nacidos antes de la guerra, tuvieron luego otros tres hijos: Tere, Antonio y Matilde. Oficialmente, todo lo que entraba en la casa era el triste y reducido jornal de “Refalo”. Y cuando entraba, que en las largas temporadas de agua de aquellos lluviosos inviernos, las peonadas eran más bien escasas.
Montaron una humilde vivienda en una modesta casita y choza, en la parte alta de la calle Norte, subiendo, a la izquierda. Y allí, un decidido “Refalo” y una animosa Teresa, se dispusieron a sacar adelante su casa y a sus hijos, en las calamitosas condiciones económicas de la posguerra. Y es aquí donde “Refalo Mangón”, creó su pequeña leyenda de hombre resiliente y luchador, dispuesto a pelear por la última brizna de recursos para la supervivencia familiar, que ya “de casta, le venía al galgo”.
Un amigo común, me contaba está sabrosa anécdota. Ya de mozo, “Refalo”, buscando ahorrar un duro, daba diariamente un doble jornal: el de la peonada normal, con algún hacendado del pueblo, y la “robada” y destajos de siega que invertía, en la siembra de alguna “roza” propia o con destajos de siega contratados con algún propietario. Por este motivo, se alargaba su trabajo diario, hasta casi llegada la noche, por lo que la visita a su novia Teresa, se producía pasadas las diez de la noche y a la luz del candil, en el nimio cuchitril que su suegra, la Silveria de “La Tiritona”, compartía con sus hijos Teresa y Antonio, dentro de la casa donde vivían con otros núcleos familiares de la saga de “Los Luceros”, en la calle Arenas.
Silveria, viendo oscilar la llama del candil a altas horas, mermado de aceite, gruñía entre dientes, con su ronca y ahuecada voz característica: –¡Digo, que se acaba el aceite del candil y el tío este no sé va!. Teresa, prudentemente le da un buen pellizco al exhausto “Refalo” que se había quedado profundamente dormido, abatido por el cansancio de la siega.

El hambre, la dignidad y la solidaridad
Trabajó con mi hermano muchas veces, en las tareas de siega, de las que era un consumado experto. Y entonces tuve la posibilidad de escuchar algunas de sus sabrosas anécdotas, como oyente pasivo. Corría el verano del año 1953. Yo tenía apenas 8 años, y a medio día les llevaba los avíos a “Los Pilancones”, finca que mi familia tenía arrendada al Molinero, y me quedaba a comer el suculento gazpacho campero con vinagreras..
Tras el almuerzo, Emiliano, mi hermano, tras ofrecerle un cigarrillo cuarentón en la relajada “humá” posterior, interpela a “Refalo” : –“Me pregunto, ¿cómo has podido sacar “pa’lante” a tantos hijos, en estos años tan malos, sólo con tu jornal y cuando te sale, sin ni siquiera disponer de una “rozilla” propia, donde sacar un poco de trigo, para cambiarlo por pan? ¡Imagino que tus hijos habrán pasado hasta hambre, en las temporadas malas…!
“Refalo”, que como comenté antes, era un hombre pobre y cargado de hijos, pero nunca un pobre hombre, sino animoso, resiliente y con carácter, le contesta a Emiliano, mientras repasa prudentemente que no hay “moros en la costa” u oídos ajenos escuchando, salvo los míos: –¡Te equivocas, Emiliano! ¡Mis hijos, nunca han pasado hambre! ¡Los he criado “harticos” de comer, no de pan, porque como dices, no tenía ni “rozilla” pa’ sacar un poco de trigo…, pero sí de carne! ¡Mira, cada diez días, salía de noche con mis amigos Luis y Rafalillo (como no concreta nombres, yo no concreto nombres, aunque los imagino), y llegábamos hasta “Las Hoyas” y allí cargábamos un borrego grande cada uno y pa’ las cinco de la mañana, estábamos en la casa de nuevo! ¡Lo desollábamos y lo metíamos debajo de la cama! Allí le íbamos tirando “tarascás” y asando lonchas en la “pava” de leña y mis hijos se ponían como “levas”. ¡Eso sí, sin pan!. Y cuando se terminaba, volvíamos a por otro. ¡Porque mis hijos no podían morir de hambre, sólo porque a un criminal se le ocurrió hacer una guerra para beneficiar a los ricos!
De golpe, de repente, la figura de “Refalo Mangón” se agigantó tanto para mí, que no me cabía en el pecho. Y además y de paso, aprendí, que el que hurta para comer, no roba, ¡hace justicia! Y no fue ésta la única anécdota que tuve la suerte de presenciar con el mismo protagonista y que me ayudaron a tomar conciencia precoz de la situación de injusticia social a la que nos abocaba el Régimen de Franco.
Tenían los segadores profesionales que además eran padres de familia, la inveterada costumbre, en aquellos años de horarios largos y sueldos cortos, de recortar y llevarse a su casa, al finalizar la jornada, un hermoso ramo de espigas seleccionadas. A veces, con la anuencia de los patrones más humanitarios. ¿Sabemos lo que podía suponer para ese jornalero, cuarenta días de siega con cuarenta manojos de espigas, portadores cada uno de un kilo de trigo? Lo apreciaremos mejor, si conocemos el dato de que en la inmediata posguerra, un jornal se pagaba a cuatro pesetas y un pan, valía un duro (cinco pesetas). Y es más o menos, lo que hacía el bueno de “Refalo”. Sólo que sus manojos estaban tan primorosamente recortados en un artístico remolino en espiral, que luego de desgranado, podía suponer hasta dos kilogramos de trigo por ramo. Aquel día, y en esa ocasión él sólo, en que segaba también enviado por mi hermano, en “La Veredilla de La Mata”, al terminar su jornada, recortó su habitual ramo de espigas, con la mala suerte de que al salir de la haza, se tropezó con la pareja de la Guardia Civil, que inmediatamente lo traen detenido hasta el pueblo. Seguramente buscando hacer méritos, a la puesta de sol pasan, con el detenido por la calle, hasta la puerta de mi casa y resuena la voz estentórea y destemplada del inefable Guardia Quintero, que grita: –!Emiliano, sal, que aquí traemos al ladrón!-- Mi hermano sale alarmado a la puerta y al observar la escena le replica indignado –¿Pero no te da vergüenza, Quintero? ¡Deja tranquilo a ese hombre y devuélvele sus espigas, que no son robadas! El otro Guardia, Peri, avergonzado, no abrió ni la boca. Y es que afortunadamente, no todos eran de la misma camada.Y yo volví a recibir otra lección de solidaridad.

La emigración y la nostalgia de la tierra
Y pasan los años. En 1955, “Refalo” emigra a Avilés, junto con decenas de paisanos, que ven en la inmigración a los nacientes centros fabriles del norte, una salida a su oscuro túnel de carencias y ausencia de futuro. Luego llegaría la inmigración masiva de nuestros pueblos a Cataluña y País Vasco o al extranjero. En el inicio de la década de los sesenta, emigran todos sus hijos: Remedios, la mayor se asienta en Córdoba, Rafael ,Tere y Antonio, parten para Sabadell y la más pequeña, Matilde, después de un tiempo de servicio doméstico en Málaga, casa con Antonio Sánchez (Gurri) y emigran a Barcelona, donde consiguen con esfuerzo y constancia, estabilizar su vida familiar, profesional y económica.
Conseguido ese afianzamiento residencial y económico, Matilde, la más pequeña del clan, que hoy me sirve de confidente, con el apoyo de su marido Antonio, “tiran” de sus padres, Rafael y Teresa, que llegan a Barcelona a mediados de la década de los sesenta. Se instalan en su casa y allí permanecerán junto a sus nietos, hasta el final de sus días.Poco después, “Refalo” se coloca como barrendero municipal, mientras Teresa asume las tareas de ama de casa.
En 1971, con motivo de un accidente laboral de mi hermano Pepe, pasé un mes en Barcelona, ayudándolo en su rehabilitación, al menos emocional. Y en esos días tuve la suerte de encontrarme con mi amigo “Refalo”, en la Plaza de Santa Coloma de Gramanet o Plaza del Ayuntamiento. La primera vez, por pura casualidad; las siguientes, porque así lo decidimos. Acababa de jubilarse ese mismo año, por lo que tanto él como yo disponíamos de todo el tiempo del mundo. En estos deliciosos ratos en su compañía, me confirmó muchos de los episodios y anécdotas sobre su vida que hoy cuento en este relato. Y además, se nos pasaban las horas hablando de los tiempos pasados, de los presentes y… hasta de los futuros.
De repente, se vio acometido de un vívido ataque de nostalgia y añoranza, de su tierra y de su gente y con voz ronca, pero intensa y apagada a la vez, me dice: –¡Juanmiguel, esto de Barcelona es una mieeerda! ¡Con lo bien que yo estaría comiéndome un gazpacho con vinagreras en “Las Parieras”! De pronto sentí un cosquilleo en el estómago, que escalando por el corazón, me llegó hasta el sentimiento y una ola infinita de ternura estalló ante mis ojos, que saltaron “al punto de rocío”.

El recuerdo de un hombre bueno
¿Por qué este hombre no tuvo derecho a una vida estable y razonablemente viable en su terruño? Lo mismo que tantos y tantos como él, en los que el Régimen confundió “el derecho de emigrar”, con “emigrar a la fuerza".
El día 17 de diciembre de 1993, nos deja Rafael Sánchez Santana, alias “Refalo Mangón”, un hombre bueno y cabal. Su mujer, Teresa Polo Moreno, lo sobrevivió en once otoños, muriendo a los 90 años de edad, en un triste día de noviembre de 2004. Hoy, de sus hijos, sólo está aún entre nosotros, su hija Matilde, que estos días nos acompaña.
Sólo espero, que las nuevas generaciones no echen en el olvido a aquellas personas que en años tan difíciles y duros, llenaron de combustible nuestros depósitos para una vida posterior amejorada.
Juanmiguel.
Vídeo didáctico-narrativo

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