“La mujer y la sartén, en la cocina están bien”

Una reflexión sobre las raíces históricas del machismo, su presencia en la educación, la cultura y el lenguaje, y la lucha de las mujeres por conquistar la igualdad y romper con siglos de prejuicios y desigualdades.

Una educación que dejó huella

 Desde que el mundo es mundo y hasta más de mediados los años sesenta del pasado siglo, eso era lo que nos enseñaban en la casa, en la escuela, en la catequesis, en los libros y en la vida diaria. El lavado de cerebro fue tan longevo, concienzudo y absoluto en el tiempo, que en los otros 65 años que llevamos intentando “desaprender” ese mantra, no hemos conseguido “desafectarnos” del todo y aún nos quedan unos señalados resabios de aquella caspa machista. Y eso, en los que como algunos, hemos hecho un esfuerzo serio y continuado por rehabilitarnos del machismo tóxico, que como podemos comprobar a diario en las redes, estamos aún lejos de ser mayoría.

 Y es que el machismo, como la imbecilidad, va por grados. Así, el machismo natural y ramplón, que lo hemos padecido todos desde el nacimiento y lo hemos practicado de una forma supuestamente lógica y normal y ni siquiera malintencionadamente, fruto de una educación tradicional y conservadora, que lo convertía casi en un dogma al que nunca se nos ocurrió ni cuestionar.

 En un grado superior de torpeza cutre, están los machistas profesionales, o macho ibérico puro, que ni siquiera se han cuestionado jamás la justeza de sus posicionamientos. Desde esa situación hegemónica y privilegiada, física y social, no dudan en utilizar la violencia contra la mujer, si esta no se doblega a su autoridad. Se comportan como los “chulos” de esta discoteca del mundo, que quieren imponer sólo su música e incluso impedir la entrada a los que no le “bailen el agua o el aire”. Son los responsables de las estadísticas de muertes por “violencia machista contra la mujer” y de transmitir el estereotipo de machismo irredento y cerril. Y está ajeno a ideología o estatus social, aunque se suele identificar más con los ambientes conservadores.

El machismo también tuvo sus maestros

 Luego están los intelectuales misóginos y recalcitrantes. Aunque quizás debí mencionarlos entonces, como los primeros. Desde una extraña, aunque no imposible, ceguera parcial, cometieron el tremendo error de ningunear y humillar a la mujer, desde abyectas propuestas que le niegan casi su naturaleza humana, al situarlas como meros juguetes eróticos para complacer al hombre, negándoles cualquier papel activo en la sociedad. Así, prohombres de la talla de Santo Tomás de Aquino cometieron la ignominia de ir sembrando “perlas” como: la mujer es un ser defectuoso y mal engendrado. El enciclopedista e ilustrado, Juan Jacobo Rousseau, brillante filósofo suizo y autor de “El Emilio”, al mismo tiempo es capaz de decir de la mujer: el deber de la mujer en todas las épocas, es el de servir y complacer al hombre y ser honradas por él. O el ínclito y misógino Arthur Schopenhauer, que tachaba a las mujeres de “ser frívolas e infantiles”.

 En España, la lista de sabios e intelectuales de alto rango, misóginos y machistas, también es larga y prolífica. Intelectuales, filósofos y escritores de la talla de Ortega y Gasset (“la mujer sabia es una anomalía”), Pío Baroja (“la mujer es un animal con faldas”), Miguel de Unamuno (“la mujer es un ser que carece de espíritu metafísico), y otros muchos, frivolizaron con la personalidad y derechos de la mujer. Y entre los pseudo intelectuales y engreídos mediocres de la opinión y la escribanía, firman esta actitud una pléyade de soberbios pretenciosos y eruditos de bajo rango como Juan M. Prada, A. Pérez Reverte, Salvador Sostres, Gregorio Martínez Sierra, Arcadi Espadas y muchos más, que intentan minusvalorar y ridiculizar a veces los logros, posicionamientos y propuestas de la mujer.

 Y me pregunto… ¿Pero qué razonamientos pueden llevar a estos superhombres y a los otros menos selectos, a considerar que un ser absolutamente igual a ti, con las mismas células, genes, neuronas, sentimientos, sueños e ilusiones que tú, y que supone exactamente la mitad aproximada de la humanidad, en todos los tiempos, pueda tener menos derechos, capacidades, anhelos, necesidad de libertad, autonomía de decisión o principios ético-morales que un hombre?

 Si a algunos de ellos les hubiera sido posible recapacitar hoy, y para otros que aún están a tiempo, y unos y otros lo hicieran desde la humildad y la razón y no desde la prepotencia y los prejuicios, tal vez hubieran llegado a la misma conclusión que hemos llegado tantos hombres normales, reciclándonos en la realidad: que fuimos engañados desde una educación interesada y nefasta, transmitida por los poderosos y por todas las iglesias y confesiones religiosas del mundo, para controlar y defender más eficazmente sus intereses, anulando de golpe a la mitad de la población. Revistiendo de lógica y falsas razones, la preponderancia del varón, pretendida y falsamente justificada, en la única diferencia real entre hombres y mujeres: la fuerza física. Creando y manteniendo una sociedad patriarcal, mucho más fácil de controlar y dirigir.

Cuando el talento tuvo que esconderse

 Y con estos mimbres y siempre desde los mismos razonamientos, se ha intentado anular y estigmatizar a la mujer, a lo largo de los tiempos. Hoy recordamos, desde la legendaria Hipatia de Alejandría, matemática y astrónoma del siglo IV, a la que quisieron silenciar los fanatismos religiosos de los nuevos cristianos hasta su muerte por lapidación. Olympe de Gouges, redactora en la Revolución Francesa de “los derechos de la mujer y de la ciudadana”, guillotinada después por sus mismos correligionarios. Alejandra Kolontái, revolucionaria soviética, que combatió a los zares y luego al machismo del propio aparato del partido bolchevique. Y decenas de científicas brillantes, que fueron apartadas de la concesión del Nobel, de forma injusta y aleatoria.

 O las decenas de mujeres, obligadas a escribir bajo falsos pseudónimos, como Cecilia Böhl de Faber que firmaba sus libros como Fernán Caballero; María de la O Lejárraga, obligada a escribir bajo el nombre de su marido, Gregorio Martínez Sierra, escritor mediocre, pero empresario exitoso, que luego se benefició de todos sus derechos, y la traicionó sentimentalmente; Carmen de Burgos, primera mujer columnista de prensa, que escribió bajo el pseudónimo de “Colombine”, y autora del libro, “La mujer moderna y sus derechos”, después de separarse de su licencioso marido, buscando su independencia personal. Y un amplio elenco de mujeres, brillantes y talentosas a las que se les negó el mérito y disfrute de su obra.

También se disputa el lenguaje

 Y como colofón de cierre y garantía de la hegemonía machista, la Real Academia Española de la Lengua, la institución misógina por antonomasia, donde sólo han ocupado sillón académico 11 mujeres, de los 476 miembros que se han sucedido desde su fundación, y donde la primera mujer, Carmen Conde, gran poeta, escritora y dramaturga no ocupó un puesto hasta 1976. Desde allí, junto a los anteriormente mencionados y capitaneados por el prepotente y engreído pseudo intelectual, A. Pérez Reverte, inician una cruzada contra la lucha y reivindicación feminista, de lo que ellas denominan lenguaje inclusivo o no sexista.

 Olvidan los doctos académicos que ellos no son los creadores del idioma, sino sus guardianes y cuidadores. Las palabras las impone el pueblo con su uso y la misión de los académicos es estar alerta para dar entrada a nuevos vocablos, cuando sean de uso generalizado por la gente. Así ha sucedido con los numerosos extranjerismos que el pueblo hizo de uso común y así han actuado ellos, validando académicamente, aunque adviertan de su vulgarismo, con vocablos como: almóndiga, murciégalo, toballa y algunos más, que destrozan el idioma.

 Las mujeres componen, como en todos los idiomas, la mitad de la población que habla castellano en el mundo. Si ellas, más los hombres que las secundamos, imponen en el uso popular, el idioma inclusivo y adecuado, como los rebatidos y combatidos pronombres y sustantivos binarios y no binarios, como: ellos, ellas y elles; niños, niñas y niñes; nosotros, nosotras y nosotres; buenos, buenas y buenes etc. ¿Seguirán teniendo los engreídos, arrogantes y conservadores miembros de la RAE la capacidad de denegar la inclusión en las normas académicas de estas palabras? Parece que todavía prevalecen los razonamientos del misógino y mediocre académico A. Pérez Reverte, que aún hace relativamente poco tiempo, ridiculizaba y descalificaba la expresión feminista de “violencia de género,” totalmente impuesta en la acepción popular y hasta en el Diccionario Jurídico y a la que la RAE aún no ha aceptado en su diccionario oficial.

Las palabras que normalizaron la desigualdad

 Mientras, a lo largo de la historia y en un mundo y una sociedad dominada por el patriarcado de los hombres, el mundo se ha ido llenando de sentencias, dichos y refranes misóginos y machistas, en los que ha vivido y bebido el indefenso razonamiento popular, desde el principio de los tiempos. Algunos los aprendimos en los libros más leídos del mundo y en todos los tiempos.

 En La Biblia, Génesis 3-16, leemos: “Y parirás con dolor a tus hijos; y tu deseo será para tu marido y él se enseñoreará de ti”. O en El Eclesiastés: “El que agrada a Dios, escapará de la mujer. Mas, el pecador quedará preso de ella”. También leemos en “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes, en sentencia del escudero Sancho Panza: “La mujer honrada, la pata quebrada y en casa”. Y también William Shakespeare pone en boca de sus protagonistas: “¡Ay de mí! ¡Qué débil cosa es el corazón de una mujer!”.

 Y desde siempre, la ceguera popular, justificada por esa influencia tóxica y determinante, ha creado sus propias sentencias, dichos y refranes, donde se revela, desde la violencia contra la mujer: “A la burra y a la mujer, los palos le sientan bien”. Otros, en que se señala que el único destino útil de la mujer es el matrimonio: “Mujer sin varón, ojal sin botón”. O tener las virtudes a gusto del hombre: “La mujer sin encantos se queda “pa’” vestir santos”. Hasta el de huir de la mujer que no se somete: “A mujer temeraria dejarla o matarla”. Y cientos más de ellos, que ofenden, humillan y denigran la dignidad de la mujer.

 Y es por todo ello, que la lucha iniciada por las mujeres desde hace ya casi dos siglos, “es justa y necesaria” y por eso las feministas del mundo, contra todos los riesgos y contra todas las presiones y descalificaciones del machismo imperante, han decidido escuchar y poner en marcha, aquella arenga que Hipatia de Alejandría lanzara hace más de 15 siglos, a las mujeres de todos los tiempos: “—Defiende tu derecho a pensar, porque incluso pensar de manera errónea, es mejor que no pensar”. Si en algo se equivocaran, habrá que argumentar que mucho más nos equivocamos los hombres en los siglos y siglos de hegemonía machista, y nadie parece pedirnos cuentas.

Juanmiguel.

 

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