
Una vida de aprendizaje, compromiso y lucha.
Cuando hace ya casi dos años, Manuel Tejada Moreno, hijo de Victoria Moreno Jiménez y nieto de este prohombre de Zafarraya, me pidió que hiciera un relato sobre la vida de su abuelo, le mostré mi disposición inmediata, si alguien de su familia me aportaba información sobre su historia de vida, que imaginaba absolutamente interesante. Muy animado con el proyecto, me indicó que su madre, de una memoria prodigiosa y la mejor conocedora de la historia de su abuelo, estaría encantada de informarme de su vida pormenorizadamente. Me decía que solo habría que esperar unos días, en tanto se repone de una gripe pasajera. El mal se alargó y mi impaciencia aumentó. Pasaron los meses y cuando me decidí a acudir a su casa, me comunicó su hija, que aquel día había vuelto a guardar cama. No se levantó más del lecho, hasta su muerte, pocos meses después. “Y mi gozo quedó en un pozo”.

Un hombre singular que merecía ser contado
Hace un mes, recibí la grata sorpresa de que su hijo Paco, de mi quinta y compañero juvenil de correrías, residente en Granada desde hace cuarenta años, me llamara para comunicarme que él me daría toda la información necesaria sobre la vida de su padre. Hoy hemos tenido esa entrevista y he decidido acometer el trabajo. Y ahora digo, remedando al poeta de aquel verso del “Piyayo”...,”y a mí me da un gran reparo y me causa un respeto imponente”, porque no sé si tendré capacidad para plasmar la singular y polifacética vida de un hombre peculiar, humanista y solidario que hizo de su interés por el conocimiento, una herramienta de servicio a sus vecinos y de su activismo político, la razón de ser de su vida.
Fue jornalero cualificado, gañán de yunta, carrero y “agostero” de recolección. Ejerció de maestro de escuela autodidacta en el mundo rural, político local con principios, escribiente temporal en el Ayuntamiento, militar del Cuerpo de Carabineros de la República y agrimensor aficionado, que prestó grandes servicios a sus vecinos en El Llano.

La pasión por aprender de un niño sin recursos
Nació nuestro protagonista en el año 1902, en la Puebla de Alfarnate, también conocido como “El Lugar”, en una modesta familia formada por Francisco Moreno Porras y Eulalia Frías Toledo. Compartió un cálido aunque humilde ambiente familiar, junto a cinco hermanos más: María Teresa, Josefa, Ascensión (Monsalud), Victoria y Salvador Moreno Frías, ocupando él mismo, el puesto intermedio en edad. En los pocos años que pudo disfrutar de escuela, dominó perfectamente toda la formación básica, lamentando su Maestro que sus padres no pudieran permitirse el que continuara los estudios, por elementales razones económicas. Como todos los hijos de la pobreza, en aquellos durísimos años de principios de siglo, Antonio guardó animales de ganaderos de la zona y otras tareas propias de su edad. Pero él tenía una sola obsesión: ahorrar poco a poco para comprar la gran enciclopedia escolar de tercer grado de Edelvives. Conocí aquella enciclopedia generalista, que trataba todas las materias escolares: gramática, matemáticas, geografía, historia, religión, física y química, geometría, urbanismo, astronomía… y con cierta profundidad.
Era como la IA de aquellos tiempos remotos, y cuando pudo comprarla, la disfrutó intensa y extensamente. Repasó y estudió su enciclopedia con tal pasión, en sus ratos libres de cabrerillo, que dominó todas las materias hasta donde aquel libro alcanzaba, que no era poco. Con el tiempo, y con aquella base erudita, aún sin título oficial, pero con más preparación cualificada que muchos maestros, inició ciclos temporales de formación a los niños de pequeños núcleos rurales, como El Rincón de los Reinas, Ventilla de la Leche, El Búcaro, Los Charcos.. Eso motivó con el tiempo su alias de “El Maestrillo”, por el que fue conocido en todos los pueblos de la comarca.

Familia, trabajo y compromiso político
El día 20 de febrero de 1928, se casa con Victoria Jiménez Arrebola, una buena y animosa mujer, de la familia de “Los Polillas” y de 27 años de edad. Hija de José Jiménez, “Polilla” y de Carmen Arrebola. Ese día inician una apasionante aventura de convivencia familiar, que pronto se verá truncada por uno de los acontecimientos más graves y catastróficos de la historia de España y sus antecedentes: la Guerra Civil. Tuvieron seis hijos: Carmen, Victoria, María Teresa, Antonio, Conchita, que murió a los pocos días de nacer y el menor, Francisco, nacido después de la guerra en 1945.
Antonio Moreno Frías, comprometido con una ideología progresista, forma parte del equipo de dirigentes políticos de Zafarraya, desde la proclamación de la II República en España. En 1936, con la victoria del Frente Popular, crecen las tensiones y el día 10 de abril de ese año, muere su hijo Antonio, de apenas 3 años de edad. Según su padre, que así denuncia los hechos, la muerte se produce por incumplimiento del código deontológico, con maleficencia, del médico que lo atendió. Tres meses más tarde, estalla la guerra, y para la familia Moreno - Jiménez, se inicia el más trágico y doloroso “Vía Crucis” que una familia pueda soportar.

La guerra y la huida de Zafarraya
El 18 de julio de 1936, se produce el frustrado golpe de estado del general Franco, cuyo fracaso provoca la dramática y sangrienta Guerra Civil que asoló España durante tres larguísimos años. En Zafarraya la izquierda y otras fuerzas progresistas del Frente Popular, organizan la defensa de la democracia, creando distintos Comités Locales como el Comité de Abastos, para la requisa y distribución de alimentos, el Comité de Guerra, para los asuntos de guerra e incorporación a las milicias, el Comité de Agricultura, que inicia los trámites de la Ley de Reforma Agraria, a nivel local o el Comité Revolucionario, para el control político y social de la población e incluso, del mismo poder municipal. En éste último, participó como vocal Antonio Moreno Frías, “El Maestrillo”, que en ese tiempo se afilió al recientemente fundado Partido Comunista de España. Desde ahí, con otros compañeros intentaron el control de los elementos locales más radicalizados y de los “aventureros” venidos de fuera, para impedir el uso de la violencia, que no siempre consiguieron. También ayudó en las tareas de escribiente y auxiliar del secretario, ante la suspensión temporal de algunos administrativos municipales.
El día 5 de febrero de 1937, las tropas del bando nacional, toman el pueblo y Antonio Moreno y su familia huyen aquella misma noche, salvando la Sierra Umbría, hasta Guaro, donde vive una hermana de su mujer, que les da asilo. Y aquel mismo día se prolonga el drama que se inicia tres meses antes con la muerte forzada de su hijo Antonio: la dura ascensión de La Umbría, en una noche gélida de febrero, provoca una neumonía aguda en su hija Carmen, de apenas siete años, que acaba con su vida en muy pocos días.
Antonio tiene que huir hacia Málaga, buscando el contacto con las tropas republicanas, dejando sola y en condiciones absolutamente deplorables a su mujer, Victoria, con tres niñas pequeñas, una de ellas en estado muy grave. A la altura de Torre del Mar, forzados por la inminente caída de Málaga ante las tropas nacionales, los huidos tienen que sumarse al éxodo de caos y muerte, en qué se convierte la vía de salida por la carretera de Almería, en lo que luego la historia conocerá como “La Desbandá”. Más de 300.000 personas se hacinan en la carretera de la costa, hacia el noreste de la provincia Granada, en la denominada como “Carretera de la muerte”. Acosados por tropas de tierra, apoyados por la aviación italiana, y bombardeados desde el mar por los cruceros franquistas, Baleares, Canarias y Almirante Cervera, la travesía se convierte en un auténtico infierno.
Este episodio ha sido considerado como el más sanguinario y cruel de toda la guerra, teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de los que transitaban el recorrido por esa carretera de la costa, eran viejos, mujeres y niños. Murieron más de cinco mil personas y otras 40.000 resultaron heridas. El objetivo de las tropas rebeldes era, el de crear el caos y el terror entre los ciudadanos, para debilitar su resistencia. Resultó un genocidio flagrante, perpetrado sobre una población civil, en condiciones extremadamente mínimas de resistencia: sin alimentos, agua, ropa ni calzado y hasta sufriendo graves ataques de hipotermia en las crudas noches de un frío invierno.

De La Desbandá al frente de guerra
Nuestro protagonista se unió a unos paisanos, “Los Porteños”, del cortijo de los Sumideros, que se dirigían hacia Cataluña, si conseguían llegar por Murcia y Valencia, para desde allí, pasar a Francia como refugiados, donde tenían contactos. Al llegar a Baza, se encuentran con un oficial paisano y amigo, Joseillo el de “La Eulalia”, que les levanta la moral y les alivia con víveres, su desnutrido cuerpo. Después de mil terribles vicisitudes, en Valencia pierde contacto con sus compañeros de huida y decide alistarse en el ejército republicano, ingresando en el Cuerpo de Carabineros, cuando contaba ya con 35 años de edad. Y allí desarrolla toda su campaña militar.
En la batalla de Teruel, actúan como verdadero cuerpo de choque. Allí, la adversa climatología de un crudo invierno, con noches gélidas, que provocaron miles de muertes por hipotermia, se convierte en el peor enemigo para ambos bandos. Está batalla llegó a conocerse por los corresponsales de guerra extranjeros, como “el Stalingrado español”. Entre muertos, heridos y capturados por el enemigo, las tropas Republicanas, tuvieron más de 54.000 bajas, lo que fue determinante en el destino futuro de la guerra. Fue herido gravemente en un bombardeo, recibiendo metralla por todo su cuerpo, produciéndole una señalada minusvalía, de por vida. Poco tiempo después, tras la derrota definitiva de las fuerzas republicanas, es apresado y recluido en un campo de concentración y trabajos forzados de Teruel (Camínreal) Pasando después por los Campos de Zaragoza (San Juan de Mozarrifar) y Valencia, permaneciendo en ellos hasta el final de la guerra, trabajando permanentemente, tras la recuperación de sus heridas, en los Batallones de Reconstrucción y de trabajos forzados.

El preso que debía morir
Terminado el conflicto bélico, en abril de 1939, con la derrota definitiva del bando republicano, Antonio pasa a la prisión de Granada, pendiente de graves acusaciones por denuncias interpuestas contra él: auxilio a la rebelión (la más paradójica y generalizada acusación a los que precisamente habían luchado en el lado republicano, desde la legalidad vigente); formar parte del Comité de Revolucionario como vocal; participar en requisas y denuncias a personas de bien o denunciar por negligencia médica, tras la muerte de su hijo Antonio. Y aquí se inicia el último y definitivo “Vía Crucis”, que marcaría el resto de su existencia como “desafecto” y persona desleal al nuevo régimen.
Trasladado a la prisión de Loja, a la espera de juicio o de ejecución sumarísima de sentencia, un oficial del ejército, teniente adscrito al servicio de prisiones, que simpatiza con él, se interesa por su expediente y le comunica que pesan sobre él graves acusaciones, que sólo se podrán sobreseer, si la persona denunciante, las retira y además se consigue el aval de algún miembro influyente, afín al nuevo régimen. Su incombustible y animosa mujer, Victoria, que acude todas las semanas, andando, desde el pueblo hasta la prisión de Loja, acompañada de Margarita Moreno, mujer del “Cojo Pulligones”, y madre de otro recluso, Julio Palma Moreno, decide poner en marcha el plan para conseguir salvar a su marido de una sentencia cierta de pena de muerte.
Con decisión, entereza y ánimo, acude a la casa del presunto denunciante, donde gracias a la mujer y a la suegra de éste, dos bondadosas mujeres que se apiadan de su extrema situación, consiguen que firme una declaración de inocencia de su marido, Antonio, aunque fuese a regañadientes.. Al día siguiente, se desplaza junto a su hermana Carmen, al cortijo al pie de la sierra, de un afecto influyente y mimado del nuevo régimen, cuya mujer es además prima hermana de ambas, para que avale un certificado de buena conducta de su marido. Ante la incontestable presión de su misma mujer, este hombre firma el aval y Victoria, eufórica, aquella misma noche parte andando hacia Loja, en cuya prisión entrega al alba los documentos que días después, cumplirían con su objetivo en la revisión favorable del expediente y su marido, Antonio Moreno Frías, alias “El Maestrllo” recupera su libertad y termina su pesadilla.

Volver a empezar bajo la dictadura
No podían imaginar Antonio y su mujer, que el desasosiego y la angustia no podían terminar para un “desafecto” en aquel régimen de represión, estulticia, revancha e injusticia. Pero ellos pusieron su reloj a cero y se dispusieron a recuperar el tiempo perdido. En los primeros meses del año 1945, nace su último hijo, Francisco, y ellos, pese a las dificultades supuestas e imaginadas, se disponen a rehacer su vida y la de sus hijos. Pero quizás no valoró del todo que el Régimen y sus prohombres no estaban dispuestos a facilitarle la vida a los “desafectos”, y cuando lo entendió, decidió complementar las escasas peonadas conseguidas, por el boicot de algunos hacendados, con su capacidad de dar escuela a los niños de los cortijos y pequeños núcleos rurales.
Julio “Rando”, un ganadero y agricultor de la zona del Puerto, con el afán de que sus hijos reciban esa instrucción, pone a disposición de “Maestrillo”, una casa - cortijo, junto a la carretera, que facilita el acceso de otros posibles alumnos de la zona y además sirve de hogar para el resto de la familia. Completa su jornal con algunas peonadas en sus días libres, en las tierras del mismo patrón. Pero los acontecimientos, le hacen recordar aquel refrán: “la dicha no puede durar mucho en la casa del pobre”. Un tiempo después, los activistas del “Maquis”, aquellos “Tíos de la Sierra” de nuestra desinformada infancia, hacen su aparición en la zona, alterando toda la convivencia, hábitos y costumbres.
La Guardia Civil, no solamente decide montar un puesto de vigilancia y control en aquella casa escuela, sino que al oficial responsable, “los dedos se le vuelven huéspedes”, y después de indagar en el expediente político de Antonio Moreno, le espeta desde el uso y abuso de su posición predominante: –¡Usted es comunista, como figura en su expediente! ¡Espero que no sea el informador de estos hijos de puta! ¡Porque como sea así, se le va a caer el pelo!. El “Maestrillo”, haciendo acopio de valor y serena dignidad, le contesta al oficial: –Mire usted, yo el único delito que cometí fue el de hacer la guerra en el bando republicano. ¡Y ya lo pagué con creces…! Y ahora lo único que quiero es poder criar a mis hijos y llevar todos los días a mi casa un jornal ganado honradamente para su pan, su vestido y sus zapatos. Así que le ruego que me deje tranquilo–. El teniente quedó tan anonadado con la respuesta, que no volvió jamás a molestarlo. La única condición que impuso fue, que los niños, al anochecer, llevaran para alumbrarse, sólo un farol, para distinguirse del “Maquis” Y así se hizo.

El maestro de los cortijos
Y Antonio Moreno, “El Maestrillo” continuó sus clases durante muchos años, en cortijos y aldeillas, sólo que ahora iba diariamente andando, desde su modesta casita en el pueblo, hasta los distintos destinos. Y en los días libres redacta documentos privados de compraventa a los vecinos, con su pulcra y preciosa letra de amanuense o hacía de agrimensor y medía decenas de fincas de los agricultores del pueblo o terciaba como intermediario en el acuerdo de cualquier trato. En 1970, a los 69 años de edad, nos deja su mujer, amiga y compañera, Victoria. Su mejor aliada y la mitad de la fuerza moral que emanaba “El Maestro“. Antonio afronta este nuevo revés de la vida, cuando habían superado todas las dificultades y sufrimientos en su larga historia compartida. Ella no alcanzó a ver el justo resarcimiento de algunas de las injusticias que su historia les había deparado. Y la vida seguía.

El regreso de la democracia y de sus ideas
Y así fueron pasando los años, hasta que un buen día del año de 1977, Antonio escucha por la radio, que el PCE, su viejo partido, había sido legalizado, y lo disfrutó en lo más íntimo. Fiel a su compromiso político, cuando la democracia inicia su andadura, se ofrece a formar parte de la candidatura de “su partido”, al que tantas veces habían querido hacerle renegar, a las elecciones municipales. El PCE, gana por mayoría absoluta y el Ayuntamiento de Zafarraya se constituye, desde la hegemonía casi absoluta de la izquierda. Igual que 48 años antes, en las últimas elecciones municipales libres, que provocaron la salida del rey y la instauración de la República.
Aquel día fue una fiesta para todos nuestros veteranos republicanos y de izquierdas, al comprobar que las ideas por las que habían luchado tanto, y por las que habían sufrido un calvario de vida, se abrían de nuevo al mundo. Y lo disfrutaron personalmente los que seguían vivos y lo disfrutamos en su nombre, con los que habían muerto.
Y así ha sucedido durante muchos años en nuestro pueblo, con casi todas las consultas electorales. Nos gustaría tener la certeza de que esto pudiera servir para resarcir un poco del daño y la frustración de lustros que para ellos supuso la larga represión de la dictadura. Porque fue la semilla de estos hombres y mujeres que tanto lucharon por sus ideas, la que floreció en nuestro pueblo, con la llegada de la democracia. Luego llegaron también los malentendidos y diferencias entre la izquierda, que nos impidieron disfrutar juntos de los éxitos conseguidos.

El reconocimiento que llegó demasiado tarde
Y llegó también el día en que a nuestro a protagonista le cupiera el tiempo de la reparación de su honor, el resarcimiento de parte de los daños sufridos y la correspondiente compensación económica por los servicios prestados como oficial del Cuerpo de Carabineros durante la guerra civil y su periplo por Campos de Concentración y cárceles franquistas. El gobierno socialista de Felipe González, aprueba la ley 37/1984 de 22 de octubre, conocida como “Ley de militares republicanos” o “ley de de amnistía laboral y militar”, extensible también al Cuerpo de Carabineros, por la que se reconocen los servicios prestados a los militares republicanos, y la correspondiente indemnización económica. A Antonio, se le reconoce su minusvalía de guerra y su tiempo de servicio en el Cuerpo de Carabineros, además de quedar limpio su expediente judicial por amnistía general de aquellas actuaciones y obtuvo una indemnización económica de 1.500.000 pesetas, lo que sin ser todo, fue mucho. Aún disfrutó durante cuatro años, de su reconocimiento social y su saneamiento económico por la compensación.

El final de una vida de lucha
Un luminoso día de inicios de abril de 1987, Antonio Moreno Frías, “El Maestrillo” nos deja definitivamente. En su cara quedó marcado un rictus como de aceptada satisfacción y deber cumplido. Hoy goza “del jardín de los justos”, muy lejos de la desierta isla donde dormitan sus verdugos.
Juanmiguel.
Vídeo didáctico-narrativo

Comentarios