El tesoro cotidiano

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     Lo tenemos tan a mano que, quizá por ello, obviamos a menudo su incalculable valor.

     Sobre mí todo se ha dicho ya, pues desde siempre he sido inspiración de poetas y escritores, pintores, músicos, fotógrafos y artistas en general. Soy un bien abundante y a la vez escaso, visible e invisible, palpable unas veces e intangible otras, lo cotidiano y lo extraordinario en uno; alcanzo desde el cielo hasta el suelo e incluso más aún, porque puedo ser lo que yo quiera. ¿No adivináis…? Levantad la vista entonces, o mejor aún, cerrad los ojos: imaginad una nube de color y forma cambiantes, que se aleja cabalgando sobre el viento, grácil y efímera, hacia el horizonte. Imaginad una onda pequeñita, centelleante bajo la luz del sol, que va creciendo poco a poco, ampliando su circunferencia hasta desaparecer confundida entre las demás olas de un estanque. Soy yo, al igual que soy el pájaro que revuela ágilmente de un lugar a otro; el pino que se yergue orgulloso mostrando las profundas cicatrices que dejaron en su tronco los años de resinación, y esa roca, cubierta de liquen y musgo, apostada como un centinela de piedra a la orilla del camino. Soy una porción de la materia que los compone a todos ellos, una parte primordial de su misma esencia.
     
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    "Alcanzo desde el cielo hasta el suelo, porque puedo ser lo que yo quiera". Embalse de los Bermejales

    Yo soy el agua; el agua de la sierra. La que impregna el paisaje en todas las formas imaginables y dota de vida y sonido hasta el último de sus rincones y sus moradores; la que desde hace millones de años esculpe pacientemente su relieve y gobierna su clima, siempre incansable, siempre en eterno movimiento, en un ciclo sin fin que no es sólo el del agua, sino también el de la propia Naturaleza.

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    Remanso en el río Alhama

     Soy el agua, sí; y tan versátil, que sé adoptar cualquier forma pura. Puedo ser la bruma, sutil e impalpable como el humo, compuesta por miríadas de gotitas tan pequeñas que ni siquiera se ven, pero aun así capaces de emborronar el paisaje hasta desdibujar por completo las siluetas de valles y montañas. Puedo ser los oscuros nubarrones que se agrupan en torno a las cumbres, avanzando sin piedad hasta cubrir el cielo por completo con la negrura de la noche, presagiando la inminencia de una tormenta. Puedo ser la nieve, el hielo y la escarcha que tapizan las laderas en los días más fríos del invierno, cuando la nieve se funde con las nubes de tal modo que las cimas se pierden de vista veladas por su blancura, y el ramaje de los árboles deshojados parece, contra ella, una negra labor de encaje. Puedo ser el agua líquida, que recorre la sierra de punta a punta precipitándose montaña abajo, salvando barrancos, atravesando profundas gargantas y cañadas orilladas de alamedas y helechos; saltando de peña en peña en los arroyos, borboteando en los manantiales o remansándome dócilmente en pozas y embalses. Y puedo ser música que, junto al canto melancólico y cadencioso de las aves acuáticas, alegra el campo con el murmullo de mi corriente cuando acompaña el recorrido de caminos y senderos.

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    La bruma y la niebla reducen el paisaje a una velada lámina de formas difusas. Ruinas de la Venta de López
     
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    Camino blanco hacia el Salto del Caballo

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    "Y puedo ser la música que acompaña el camino." Paraje del río Alhama

     Soy el agua. Puedo ser la lluvia mansa y fina, bálsamo vital de tierras resecas y consuelo de animales sedientos; puedo limpiar el aire y dejarlo transparente, húmedo y perfumado con todas las esencias del campo, y embellecer bosques y roquedos vivificando sus colores hasta que parezcan recién pintados. Pero también puedo dejarme llevar por el arrebato de la borrasca y el viento del norte y transformarme en aguacero furioso, incontrolable y sobrecogedor, arrasando todo lo que se me ponga por delante; deshaciendo en un momento casas, caminos y puentes como si fuesen de papel y asolando campos enteros, dejando tras de mí un rastro de desolación que permanezca durante mucho tiempo.
     
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    Aún son evidentes los daños causados por la riada del año 2010 en el barranco del río Malinfierno

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    Soy el agua, tan intrínsecamente ligada a las montañas como las rocas, la vegetación y el mismo aire que las envuelve. Circulo libre por doquier, sin más obstáculo que el estiaje durante el riguroso verano andaluz, dando lugar a claros manantiales y ríos transparentes de lecho blanco como el mármol, en cuyas pozas -las más recónditas- se ocultan el gallipato, la trucha y el cangrejo, allí donde se saben a salvo de la indiscreta mirada del ser humano. Pero también fluyo bajo la tierra, agua purísima filtrada por metros de rocas y arena, formando en las profundidades del subsuelo una red de corrientes frías y oscuras, invisibles a los ojos pero igualmente efectivas moldeando el paisaje subterráneo en espectaculares galerías, pasadizos y bóvedas secretas; un universo paralelo a resguardo de la curiosidad humana, un mundo que quizá, con un poco de suerte, nunca llegue a ser descubierto.

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    Remansos que sirven de refugio a la vida salvaje. Poza en el Arroyo Golondrinas

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    Aves acuáticas tomando el sol en la pantaneta de Alhama de Granada

    Soy el agua. Y sola, sin más ayuda que la del tiempo, me encargué de esculpir el paisaje de Tejeda, Almijara y Alhama hasta convertirlo en el agreste conjunto de cumbres aserradas, valles profundos y enriscados cahorros que es hoy; refugio de águilas, ciervos, cabras monteses y otros fugitivos de la civilización moderna. Pero a la vez -y quizá como deferencia hacia la innegable debilidad del ser humano- tracé los cauces de los ríos para comunicar entre sí las poblaciones asentadas en estas sierras, pues a lo largo de su curso se han construido caminos que, atravesando puertos y collados, enlazan las distintas vertientes que las forman. Y es que los hombres han buscado siempre mi cercanía para construir sus casas, sus molinos, sus acequias y abrevaderos; a lo largo de la historia fueron muchos los oficios que dependían directa o indirectamente de mí para subsistir -labradores, pastores, lavanderas, caleros, molineros, aguadores y hasta ocasionales buscadores de oro-, pero a casi todos ellos el progreso se los llevó por delante, y hoy son sólo un recuerdo en la memoria de los más mayores.

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    Tajos de Alhama, esculpidos durante milenios por el río del mismo nombre

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    A la orilla de su acequia, un antiguo molino. Al fondo, la ciudad de Alhama de Granada

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    Acueducto del siglo XVII sobre el río Alhama

     Pero yo soy el agua. Y guardo como un tesoro viejas imágenes para mí inolvidables, como la de aquellas mujeres que, arrodilladas en el margen del río, entre hablillas y canciones, restregaban la ropa enjabonada contra una piedra o una tabla de madera, acaloradas en verano y congeladas en invierno; sus manos desnudas lavaban con el áspero jabón de sosa y luego tendían la ropa limpia en las matas de la orilla, donde la dejaban puesta "a solear". O los afanosos caleros que, llevando bien sujeta su mula del ronzal, se acercaban hasta los cauces para cargarla de cantos rodados y piedras blancas que luego destinarían a la cocción en las caleras, trajinando durante jornadas enteras con tan pesada materia prima. O los niños pastores que venían con sus rebaños para refrescarse y calmar la sed, tanto la suya como la de sus animales; otros, no tan niños, acudían para pescar -con los artilugios más insospechados- los escurridizos peces que después serían parte del almuerzo, cuando en las casas no se disponía de mucho más. O los labradores que acudían a mi corriente para construir las imprescindibles acequias, verdaderas arterias vitales que luego llevarían el agua varios kilómetros abajo, hasta sus cultivos. Y la bucólica estampa de las mujeres que se acercaban a llenar cántaros y porrones de agua para sus casas; aprovechaban esos breves momentos para hacer un alto en sus numerosas tareas y charlar con las vecinas al pie de la fuente… todos ellos son hoy la representación de un mundo perdido -no sabría decir si mejor o peor-; de una época que ya no volverá.
     
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    Antigua piedra de lavar; aún conserva las estrías que servían para frotar la ropa

     Soy el agua, ya lo veis. Y a pesar de todo lo que he dicho, de lo que pueda parecer, no soy fuerte, sino justo al contrario, soy frágil, más de lo que creéis. Porque mi condición natural es la de ofrecerme sin reservas y permanecer, constante y única, a disposición -a merced- de todos: por eso tengo miedo de perder mi transparencia innata, mi delicado equilibrio. Y es que a pesar de que la actividad humana relacionada conmigo se ha reducido mucho en las últimas décadas, a pesar de que cada vez hay más voces que se levantan para reivindicarme, los cauces por los que circulo están expuestos a más peligros de los que, por naturaleza, puedo afrontar por mí misma.

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    Un recodo en el cauce del río Cebollón

     Los tiempos han cambiado mucho, y ahora son otras las personas que vienen hasta los arroyos, ríos y lagunas: ya no son trabajadores, sino gente en busca de un lugar agradable donde pasar su tiempo libre, donde abrir los ojos y los oídos y cerrar la boca; tal vez incluso donde reencontrarse consigo mismos. Pero algunos de mis cursos sufren ya serios problemas de contaminación medioambiental y sobreexplotación agrícola o turística, y yo no puedo hacer nada para defenderme ante tales amenazas, porque no tengo más voz que la de aquellos que quieren hablar por mí. Tan sólo sé persistir en mi empeño de siempre: condensándome en las nubes, brotando en los manantiales, fluyendo en ríos y acequias, filtrándome en la arena, fertilizando los campos -en definitiva, compartiendo lo que soy-, y confiar en que un día todos, no sólo unos pocos, os deis cuenta de que constituyo el tesoro más valioso que guardan estas montañas, todas las montañas.

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     Soy el agua de la sierra; soy parte de vosotros también, porque todos procedemos de la misma raíz. Por eso os pido que no os alejéis de mí, ingenuos navegantes en una falaz ilusión de progreso. Regresad y preservadme, velad de todas las formas posibles por mi conservación; no hacerlo sería avanzar en contra de vosotros mismos. Sentid la Naturaleza alrededor, dialogad con ella; si guardáis silencio un momento podréis comprender su lenguaje, que también fue el vuestro una vez. Comprendedla de verdad y os comprenderéis de verdad.

     Porque, en esto, sois vosotros quienes tenéis la última palabra.

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    Pantaneta de Alhama de Granada

    - Escrito por Mariló V. Oyonarte.
    - Con la colaboración de Francisco Ortiz Villarraso.
    - Fotografías de Manuel Rodríguez Martos y Mariló V. Oyonarte.



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    Relación de 'Caminos y gentes' publicados

     

    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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