Manuel, un resinero por tradición

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     Dicen que de casta le viene al galgo. Manuel heredó el oficio -la tercera generación de resineros, tras su padre y su abuelo- antes de ser capaz de decidir por sí mismo.

     Fornes es una pequeña localidad situada a orillas del embalse de Los Bermejales, entre Jayena y Arenas del Rey, hoy tranquila -quizá demasiado-, pero que en otros tiempos tuvo cierta relevancia. Y es que su proximidad a los principales caminos de arriería que enlazaban el interior y la costa, y a la productiva fábrica que la Unión Resinera Española instaló en sus cercanías, hizo de este pueblecito un lugar muy activo y frecuentado, durante décadas. Pero la desaparición de estas actividades tradicionales, entre otras razones, obligó a parte de su población a emigrar hacia regiones con mejores perspectivas económicas. Hoy Fornes se resiste a perder entidad, a pesar de que su población va disminuyendo poco a poco. El colegio aún mantiene dos aulas abiertas con veintidós alumnos de infantil y primaria, y nuevas posibilidades para dinamizar la economía del lugar, como el turismo rural y los deportes de montaña, aparecen en su horizonte, bellamente enmarcado por las estribaciones de las sierras de Tejeda, Almijara y Alhama.
     
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    Manuel Funes Rando es un forneño sencillo, amigable y cordial; ya ronda los ochenta años y dice muy orgulloso que es de las personas más mayores de su pueblo. Es evidente que le gusta mucho conversar y que posee todavía una energía digna de admiración, pues según comenta sale a menudo a dar largos paseos por la sierra. Durante su infancia y juventud trabajó como resinero -o resinador, que de las dos formas lo hemos oído decir- en los pinares de la sierra, oficio al que también se habían dedicado su padre y su abuelo. Tiene, quizá por eso, las manos agrandadas, rugosas, modeladas por años de duro trabajo, y la cara curtida como la corteza de un árbol -precisamente-, en la que brillan unos ojos sorprendentemente vivaces, para una persona de su edad.

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    Manuel Funes Rando

     Le pedimos que nos explique cómo fue su vida de resinero, ese oficio que, tal y como se realizaba en sus tiempos, pervive ya tan sólo en el recuerdo de personas como él. Nos gusta escucharlo: hay algo en su forma de hablar -optimista, jovial, haciendo gala de un excelente sentido del humor- que resulta estimulante; la suya no parece la conversación de un anciano.

     "¡Bueno!" nos dice, al comenzar su relato," pues yo en mi vida he hecho casi de todo; desde los once años en que empecé a trabajar en los pinos, no he parado todavía. ¡Porque aún sigo haciendo cosas…! Es mi temperamento; yo no puedo estarme quieto, al menos eso me dice mi mujer", refiere mientras intercambia una sonrisa con Elvira, su esposa, que escucha la conversación sentada a su lado.
     
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    Manuel en su juventud

     "Yo me crié desde chiquitillo faenando en el campo; conozco la sierra lo mismo que mi casa. No fui a la escuela, ¿cómo iba a ir? Aunque mi madre quería apuntarme a las clases, yo era el mayor de siete hermanos, y en mi casa se pasaba mucha necesidad porque la época de la posguerra fue muy mala. Había miseria, sí señor, y no sólo en mi casa: en casi todas partes estaban igual. A mí no me da vergüenza decir que algunas veces hasta teníamos que buscar en el campo algarrobas, collejas, "chicorias" y cardillos para tener algo que comer. Fíjense cómo sería aquello, que en esa época algunos niños chicos se morían en el pueblo, porque sus madres no tenían leche para amamantarlos, ni tampoco harina para hacerles unas gachillas con que sacarlos adelante.

     Entonces mi padre dijo que hacía falta meter otro jornal en la casa, y con cinco años ya me puso a ayudarlo tirando del ronzal del burro y aprendiendo a cultivar unas tierras que teníamos ahí, en la Cuesta del Carrascal. Cuando cumplí los once años quiso que trabajara con él en la resinación de los pinos, oficio al que también se había dedicado mi abuelo, igual que otros vecinos de por aquí. En la Resinera me hicieron un contrato y un seguro, con los que empecé a trabajar como si fuera un hombre, ¡pero era un chiquillo "ná" más! Yo era el más joven de todos los que iban a los pinos, pero no había más remedio…"
     
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    Manuel Funes Muñoz, resinero y padre de Manuel

     Manuel recuerda su época de resinero como si fuese ayer, a pesar de que abandonó el oficio hace muchos años. Ciertamente, no olvida los rigores de aquel trabajo; aun así, habla con una sonrisa del tiempo que pasó en los pinares.

    "Nosotros vivíamos en Fornes, pero durante la temporada de la resina, que iba de Marzo a Octubre, nos mudábamos a los cortijos o las casillas que hubiera más cerca de los pinos que estábamos resinando, o sea, de los cuarteles. Un cuartel era, a ver si yo me explico, el número de pinos que se asignaba a cada resinero para trabajarlo. Unos cuarteles eran más grandes que otros; los había con cinco mil pinos, y otros que tenían hasta siete u ocho mil. ¡Y anda que la "panzá" de subir y bajar cuestas que nos dábamos por aquellos pecharrales! Así llegábamos a la noche, "entregaícos"… y eso sin contar la sed que se pasaba en verano si te quedabas sin agua y te pillaba lejos del río, porque la comida era siempre pan con tocino o migas con bacalao, que no sé qué estaba más "salao". Y diciendo esto, Manuel se ríe con tanta gana que nos contagia a todos.
     
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    Las casas de La Monticana, al igual que otras repartidas por la sierra, se construyeron expresamente para los resineros y sus familias

     "Nos levantábamos antes del amanecer y caminábamos hacia los pinos mientras era de noche todavía; para cuando salía el sol teníamos que estar ya metidos en faena. Cargábamos todo el día con las herramientas a cuestas, ¡con lo que pesaban! además del cántaro de barro lleno de agua y la capacha con la comida para todo el día. Y hala, monte arriba y monte abajo, con frío o calor, estando malos o buenos. Sólo parábamos el rato para comer y cuando hacía falta afilar las herramientas -me acuerdo que un día me quedé dormido mientras afilaba el hacha, de cansado que estaba-.Y no terminábamos la faena hasta que se hacía de noche. Pero la paga no estaba mal, para los tiempos que corrían: la Resinera nos daba dieciséis pesetas diarias para cada jornalero. Había que aprovecharlo, porque los días de lluvia o nieve no se podía trabajar, y no se ganaba nada, ¡y en mis tiempos llovía mucho más que ahora!"

     Mientras escuchamos el relato de Manuel, recordamos haber visto pinos con las cicatrices de la resinación en lo alto de cumbres casi inaccesibles, y también en lo más profundo de abruptos barrancos; resulta inimaginable lo que debió ser la vida de aquellos esforzados resineros. Este empleo dio de comer a muchas familias de los pueblos de Tejeda, Almijara y Alhama, desde comienzos del siglo XX hasta que un atroz incendio ocurrido en el año 1975, de proporciones colosales, arrasó gran parte de la sierra, reduciendo a la nada no sólo los bosques de pino, sino también aquel oficio ancestral. Hoy en día existen en el Parque ciertos intentos de recuperación de esa actividad, pero quién sabe si saldrán adelante. Pedimos a Manuel que continúe con su interesante historia.
     
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    Distintos tipos de herramientas usados en la extracción de la resina (cortesía de José Morales, de Jayena)

     "Pues verán, cuando se nos asignaba un cuartel, echábamos allí por lo menos cinco años de trabajo, hasta que esos pinos se agotaban y solicitábamos a la Resinera el cambio a otra zona. Lo primero que se hacía era la preparación de monte: con un hacha fina se quitaba un trozo de corteza a todos los pinos del cuartel; a esto lo llamábamos roñar el pino. Después, con el hacha gubia, se hacía el asiento, y con la cuchilla de media luna se tallaba una grieta donde se clavaba la latilla por la que chorreaba la resina; lo último era clavar una puntilla en la que se apoyaba el cacharro que iba recogiendo la resina. Si se resecaba el corte, lo refrescábamos para que el pino no dejara de sudar; a eso le llamábamos dar la pica. Teníamos varios tipos de hachas según el uso, y procurábamos que estuvieran siempre muy afiladas, tanto que pudieran cortar hasta el vello de un brazo. Se afilaban con el esperón, una piedra que llevábamos en el bolsillo.

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     Cada pino se resinaba sólo por una cara, aunque algunos eran tan buenos que se resinaban por varias a la vez, y cada temporada se iba subiendo la altura del cuenco que recogía la resina, cuando el corte ya cicatrizaba. Cada cinco años, o como nosotros decíamos, cada quinquenio, se roñaba otra cara del tronco, y así se continuaba hasta que todo el árbol estaba resinado. Los pinos más grandes llegaban a acumular cuatro o cinco quinquenios de trabajo. Algunos de esos árboles quedan todavía en la sierra; yo los conozco con sólo verlos, hasta desde lejos. ¡Y siguen verdes! Si quieren, les puedo llevar donde hay algunos".

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    Resinando

     Agradecemos su ofrecimiento, y animamos a Manuel a proseguir con su narración.

     "Cuando se llenaban los cacharros de resina, se reservaban hasta que llegaban los remasadores; ellos iban rellenando unas cántaras de metal con la resina almacenada y después las sacaban -¡a cuestas, con lo que aquello pesaba!- hasta las veredas, para que los arrieros las acarrearan en las bestias a la zona del vacie. Esas cántaras se volcaban en unas barricas grandes que se cargaban en camiones, y éstos llevaban toda la resina recogida hasta la fábrica de La Resinera. ¿Conocen ustedes la fábrica por dentro? Todavía se pueden ver cosas que quedan allí: algunas casas, la caldera, la chimenea aquella, tan alta… Yo iba a la oficina, como todos, para cobrar mi jornal, que nos entregaban a través de una ventanilla."

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    Instalaciones de la Resinera de Fornes, en plena producción

     La colonia de la Unión Resinera, hoy Punto de Información del Parque Natural Sierras de Tejeda, Almijara y Alhama, era el lugar donde se asentaba la fábrica y donde vivían muchos de los trabajadores con sus familias. En sus mejores tiempos llegó a albergar a más de cuatrocientas personas. Manuel recuerda aquel lugar a la perfección.

     "La Resinera era como un pueblo, tenía de todo: sus casas, sus calles, su iglesia, su escuela, su economato para comprar los avíos, hasta un ventorro para los trabajadores había. También tenía un sereno para vigilar por las noches, un guarda mayor con uniforme que iba a caballo, y hasta un portero. En la portería, que era una casilla a la misma entrada, había un teléfono para hablar con el cortijo de Córzola y el de Fuente Barrera, que eran los únicos sitios que tenían teléfono de toda esta parte, en aquel entonces. Para alimentar la caldera, se aprovechaban los pinos viejos que ya no servían porque estaban “mataos de caras”, y la leña que resultaba de la limpieza del monte, que hacíamos nosotros mismos fuera de la temporada de resinación. ¡Anda que no gastaba leña aquella caldera, y el ruido que metía, con aquel runrún, runrún…!"

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    Colonia de la Unión Resinera Española, en Fornes

     Manuel nos cuenta que continuó trabajando en la resinación hasta que cumplió los veinte años y lo llamaron para hacer el servicio militar. "Cuando terminé la mili, ya no quise faenar más en la resina y así se lo dije a mi padre, que a eso yo no volvía más, ¡fíjense ustedes si terminé harto de aquello…!"Y añade que, durante ese tiempo, él se encargaba de escribir las cartas de algunos compañeros soldados a sus familias, pues ellos eran totalmente analfabetos. Y es que aunque Manuel no fue a la escuela como el resto de sus hermanos, pudo aprender a leer y escribir un poquito -para medio defenderse, como dice él- gracias a las enseñanzas de un familiar que iba a su casa por las noches para darle unas clases, tras la jornada laboral.

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    Manuel durante el servicio militar

     Manuel cumplió su promesa y, a su vuelta, no volvió a trabajar en la resina. En lugar de eso, emigró al norte en busca de un porvenir mejor, como tantos jóvenes de la época, y sólo volvió a Fornes para casarse, en el año 1967, con Elvira Peregrina, forneña como él. Juntos se marcharon a Bilbao, donde ambos estuvieron trabajando en una fábrica y con el tiempo formaron una familia. Tras veinte años lejos de su tierra, Manuel y Elvira pudieron permitirse regresar a su pueblito natal y establecerse allí para siempre, donde llevan en la actualidad una vida feliz y tranquila, cerca de sus hijos y de sus nietos.

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    Boda de Manuel y Elvira en su localidad natal, Fornes

     Manuel era resinero por tradición familiar, pero finalmente decidió terminar con un trabajo que no era para él. Escuchar de su boca los detalles de aquella forma de ganarse la vida es aprender sobre un oficio que -tal y como fue- ya no volverá, afortunadamente. Porque los resineros de hoy en día cuentan con ventajas que los antiguos no podían ni siquiera imaginar: buenos vehículos, mejores accesos a los pinares, equipamiento y tecnología modernos, comida abundante y de calidad, teléfonos móviles y tantas cosas más. Aquel riguroso estilo de vida, que sin testimonios como el de Manuel quedaría irremediablemente condenado al olvido, hoy puede ser conocido al divulgar estas historias, antes de que vayan desapareciendo quienes fueron sus protagonistas.

     Ha sido un placer contar con la colaboración de este hombre, tan buen conversador y tan afable para todo el mundo. "Yo no tengo enemigos por ningún "lao"-nos dice, sonriendo ampliamente; y cuando lo hace, sus ojos azules desaparecen casi por completo, convertidos en una hendidura más en esa cara de expresión llana y honesta, tan marcada por el paso del tiempo.

     Sí; estamos seguros de que así es, Manuel.

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    Manuel y su esposa Elvira, en la plaza del Portichuelo de Fornes, donde residen

    Fotografías, Carlos Luengo



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    Relación de 'Caminos y gentes' publicados

     

    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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