Un largo viaje: de Prados de Lopera a Huerto Alegre

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     Muchos hemos estado allí alguna vez, con nuestros niños; pero quizá pocos conocemos los pormenores de ese "viaje". Y es que algunas casas, como las personas, también guardan una pequeña -o gran- historia tras de sí. 

     Existió una vez, no hace demasiados años, una próspera finca situada en el centro de una pradera, abrazada por fértiles lomas redondeadas que se extendían, subiendo y bajando suavemente, hasta alcanzar la base de las cumbres de Sierra Almijara. Era un sitio realmente apropiado para la agricultura y la ganadería, tanto por la calidad de sus tierras como por la abundancia de agua, además de estar bien comunicado con los pueblos más próximos. El lugar había tomado su nombre precisamente de una de las montañas que tenía más cerca, el Cerro de Lopera. Desde que los más antiguos podían recordar, las productivas tierras del cortijo de los Prados de Lopera, que también eran extensas -más de quinientas hectáreas de vegas, tierras de secano y monte bajo- se habían dedicado principalmente al cultivo de cereales y a la cría de cabras y ovejas. Muchas fueron las familias que se alojaron en aquellas casas, y varias las generaciones de guardas, labradores y pastores que nacieron, crecieron e incluso murieron entre sus recios muros de piedra y cal.

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    Terrenos del antiguo cortijo de los Prados de Lopera

     Era otra época; el tiempo pasaba más despacio, y la vida transcurría serena y laboriosa en las casas y terrenos de aquel cortijo. Cada estación del año conllevaba sus propios quehaceres, en los que sus habitantes -hombres, mujeres y los niños más mayorcitos- se afanaban con presteza. Durante la primavera nacían decenas de cabritos y corderos a los que había que vigilar mientras sus madres estaban en los pastos; con el verano llegaba la época de barcinar, trillar y aventar la cosecha de cereales y legumbres, y de recolectar hortalizas; en otoño volvían los rebaños de los pastos altos de las montañas, mientras las mujeres elaboraban conservas de frutas y verduras y secaban pimientos y tomates al sol. Y, antes de que llegasen los fríos del invierno, se castraban las colmenas para recolectar la miel y se repasaban los tejados de casas, pajares y cuadras para que no calasen con las lluvias. También se almacenaba leña suficiente para cada familia y se preparaba el forraje seco para que el ganado tuviese alimento de sobra cuando llegasen el hielo y la nieve, y no se pudiera salir al campo. La última tarea importante del año era la matanza, que se dejaba para los cortos días de diciembre y que, a pesar del trabajo que suponía, todos celebraban como si fuesen días de fiesta. Era una vida de faena y trajín continuo la que se llevaba en el cortijo de los Prados de Lopera, pero era una buena vida, al fin y al cabo.

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    Barcinando

     No obstante, dicen que nada dura para siempre, y los acontecimientos posteriores así lo demostraron. Cuando los crueles años de la Guerra Civil y la -casi peor- posguerra llegaron a todos los rincones de España, alcanzaron también a aquel cortijo, rompiendo atrozmente con el tranquilo ritmo de vida de sus habitantes, pues el lugar quedó convertido en un destacamento de la Guardia Civil desde el que se vigilaba el movimiento de los guerrilleros antifranquistas o "maquis" en aquella parte de la sierra. Durante varios años fueron muchas, y muy duras, las experiencias que se vivieron en la finca, que vio trocada su apacible vida rural por la estricta disciplina de un cuartel militar. Pero, afortunadamente, aquellos momentos de zozobra también llegaron a su fin. A ellos siguió una época de calma, en la que se retomó la vida cotidiana en el cortijo -la de "antes de la guerra"-, aunque sus habitantes ya preferían vivir en los pueblos cercanos -Jayena, Otívar o Albuñuelas- e ir y venir para cultivar las tierras y pastorear el ganado. De esa forma sobrevino el paulatino abandono de aquellas viviendas que, cada vez en peor estado, fueron cayéndose poco a poco. Con el paso de los años, la soledad y el silencio se abatieron sobre los muros de Prados de Lopera; todo indicaba que el cortijo terminaría sus días como tantos otros, convertido en un olvidado montón de piedras.

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    Ruinas del cortijo Prados de Lopera

     Pero el tiempo transcurre para todos, e inevitable y afortunadamente, para nuestro cortijo también. Llegaron los años 60, los 70 y tras ellos, los 80 -la "década prodigiosa", según algunos-. España, que con la muerte de Franco había recuperado la libertad, dejó atrás sus complejos y volvió a figurar en el panorama internacional. Esos aires de cambio se notaron especialmente en la juventud: la "cultura alternativa" y las ideas innovadoras proliferaban en todas las universidades. Y en la de Granada, un grupo de ocho amigos -cuatro chicos y cuatro chicas- cuyas edades oscilaban entre los 19 y los 24 años, decidió pasar a la acción. Ellos eran Ernesto, estudiante de Derecho; Javier, de Filosofía; Rafa, licenciado en Geografía e Historia; Mariluz, estudiante de Psicología; Roser, de Administración de Empresas; Lucrecia, de Derecho; Francis, que era maestro, y Aurelia, también maestra. Compartían, desde hacía tiempo, ciertas inquietudes comunes que los habían llevado a dedicar sus ratos libres al voluntariado en barrios marginales haciendo teatro, música y otras actividades culturales. Pero todos sentían que eso ya no les bastaba; estaban listos para dar un paso más.

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    De izquierda a derecha: Ernesto, Javier, Rafa, Mariluz, Roser, Lucrecia, Francis y Aurelia, con Olmo, su inolvidable pastor alemán

     Entre todos imaginaron un lugar especial: una granja escuela -algo casi desconocido en aquellos años-. Un espacio diferente donde trabajar, en plena naturaleza, que les permitiese desarrollar actividades prácticas, culturales y lúdicas tales como educación medioambiental, música, teatro, talleres sobre plantas y animales, cultivo ecológico, concienciación social… y no sólo dirigidas a los niños; también a universitarios y recién graduados; incluso -¿por qué no?- a adultos y jubilados con ganas de seguir aprendiendo.
    La idea ya tenía forma; sólo quedaba encontrar el lugar idóneo para llevarla a cabo. Y fue a través de una agencia de compraventa de fincas rústicas -la "Sociedad Prados del Pinar"- como llegaron a su destino, pues el primer terreno que les mostraron fue el elegido. Se trataba -¡increíble, era exactamente lo que buscaban…!- de las ruinas de una vieja cortijada llamada Prados de Lopera, cuyo futuro era la demolición, para construir en su lugar un club de caza y una urbanización de chalets. A todos les enamoró el inmejorable emplazamiento del lugar: estaba a una distancia perfecta de Granada -ni muy cerca, ni muy lejos-, bien comunicado por la carretera de "la Cabra", y en un entorno precioso, en plena sierra. Sí, aquel cortijo, bien restaurado, sería perfecto para sus planes… además, sintieron compasión por las ruinosas casitas, sentenciadas a una muerte segura, pues ya estaba ordenado su derribo inmediato. No le dieron más vueltas: en cuanto reunieron el dinero para la compra -cinco millones de las antiguas pesetas-, adquirieron la propiedad junto con cinco hectáreas de terreno a su alrededor, y sin pensarlo dos veces, los ocho amigos y su compañero canino "Olmo" se mudaron allí, para comenzar las labores de restauración in situ y cuanto antes. Era el otoño del año 1982.

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    Descansando ante la casa principal

     Establecieron su "cuartel general" en la planta baja de la casa principal del cortijo, que era casi la única que quedaba en pie, donde también se alojaba por temporadas Rafael, un pastor que tenía los pastos arrendados para sus cabras -y del cual aprendieron muchas cosas útiles en los dos años siguientes-. En esa habitación los chicos disponían de una amplia chimenea donde se calentaban y cocinaban a diario sus migas y sus patatas fritas con huevos -pues no tenían dinero para comprar otras viandas- y donde, llegada la noche, dormían todos como marmotas sobre colchonetas tiradas en el suelo, tan agotados al cabo del día, que no notaban en absoluto la incomodidad de aquel improvisado dormitorio.

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    Aurelia se encargaba de cocinar en la chimenea

     La estructura del cortijo era muy clásica: constaba una casa principal y varias viviendas aledañas con sus cuadras y pajares, todas alrededor de un patio central de planta cuadrada y suelo de losas de piedra, en el que también había un pozo seco y un antiguo horno, ya inservible. Las paredes eran gruesos muros de casi un metro de espesor, todos semiderruidos, construidos a base de piedra y cal grasa -un mortero que se usaba antiguamente en lugar de cemento-. Los ocho amigos, sin ayuda de nadie y con sus propias manos, limpiaron primero las distintas dependencias de escombros y basuras acumulados durante décadas. Después, poco a poco -y respetando escrupulosamente el estilo de la construcción original- fueron reconstruyendo las antiguas paredes y levantando otras nuevas; abrieron más puertas y ventanas, rasparon con infinita paciencia la cal de las añosas vigas de madera, impermeabilizaron y aislaron tejados y muros, convirtieron los antiguos graneros en espaciosos dormitorios, salas y talleres, eliminaron el pozo seco del patio y en su lugar plantaron un ciprés -que hoy es un árbol enorme-, y añadieron nuevas dependencias a las ya existentes, para dedicarlas a espacios comunes como un amplio comedor, baños y más aulas. Fue aquel un proceso lento y trabajoso, pero en ningún momento flaquearon las fuerzas de aquellos ocho valientes.

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    Un comedor al aire libre en el antiguo patio

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    Abriendo una nueva ventana

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    Algunas vigas se encontraban en buen estado

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    Un nuevo suelo para el primitivo pajar

     A menudo recibían la visita de los agentes de la Guardia Civil, que se acercaban por el cortijo y observaban todo con curiosidad y suspicacia, ya que no terminaban de creerse la aventura de "esta pandilla de hippies que dicen que están arreglando el cortijo…". Pero el tiempo se encargó de dar la razón al incansable grupo de jóvenes. Cuando dieron por terminada la primera etapa del proceso de restauración -pues en los años siguientes continuarían ampliando y mejorando las instalaciones-, buscaron un nuevo nombre para el renacido cortijo de los Prados de Lopera. Un nombre significativo, que estuviese en consonancia con la futura actividad del lugar. Decidieron, por unanimidad, llamarlo Granja Escuela Huerto Alegre. Y en el verano del año 1983 empezaron a recibir los primeros grupos de niños acompañados por sus profesores.

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    Mariluz, psicóloga y gerente de Huerto Alegre, en la entrada de la granja escuela

     Desde entonces, la trayectoria de la granja escuela Huerto Alegre ha sido todo un éxito, y año tras año los ocho compañeros han visto aumentar exponencialmente el número de solicitudes para visitarlos, tendencia que no ha variado hasta ahora. De aquel primer grupo de emprendedores, hoy continúan dos al frente del proyecto: Mariluz y Roser, a quienes se ha sumado otra gente nueva. El final de esta historia es bien conocido por todos: hoy Huerto Alegre es una empresa que funciona como una cooperativa en la que trabajan más de cuarenta personas, y que engloba otras actividades como Aulas de Naturaleza y colaboraciones con el Patronato de la Alhambra, la Universidad de Granada y el Parque de las Ciencias. Reciben grupos de alumnos durante todo el año -tanto de niños como de adultos-, de toda España e incluso de fuera de nuestras fronteras. En la granja escuela trabajan de forma permanente un encargado de mantenimiento, cinco monitores de grupo y tres cocineras, aparte del equipo directivo y de gestión, y es un referente en cuanto a formación y educación medioambiental; han recibido numerosos premios y reconocimientos oficiales por su labor durante todos estos años, y tienen hasta su propia línea de publicaciones. Son ya varias las generaciones de niños que han pasado por allí, y todo indica que esa cadena continuará igual por muchos años más.

     Afortunadamente, ciertas historias no terminan como sería de esperar. El que una vez fue el conocido cortijo de los Prados de Lopera ha recorrido un largo camino a través del tiempo hasta llegar a convertirse en la actual granja escuela Huerto Alegre. Ciertamente, no terminó sus días convertido en unas ruinas solitarias, y hoy vive una segunda edad de oro. Sus campos están cultivados, y sus cuadras llenas de animales. Pero lo verdaderamente importante es que, tras sus viejos muros, que tanto vieron en el pasado, resuenan otra vez las risas de los niños y los pasos de hombres y mujeres que -hoy igual que ayer- conservan anhelos parecidos a los que tuvieron, hace ya tantos años, los antiguos habitantes de aquel lugar.

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    Entrada principal a Huerto Alegre

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    Patio central de la granja escuela

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    Chimenea original, en la actualidad

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    Comedor común

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    Sala de música y teatro

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    Taller de plantas aromáticas

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    Los interiores conservan el aire de antaño

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    Dormitorio en los antiguos graneros

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    Cuadras y corrales para animales de granja

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    Invernadero

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    Para más información: http://www.huertoalegre.com

    Fotografías: Mariluz Díaz, José Luís Hidalgo y Carlos Luengo.

     

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    Relación de 'Caminos y gentes' publicados

     

    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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