Caminando sin dejar rastro

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     Reflexiones sobre nuestro compromiso individual con la defensa activa de los espacios naturales protegidos.

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     La de hoy no es exactamente una historia. Aunque quizá podría llegar a serlo si, entre todos, conseguimos que -como si se tratase de un cuento- este artículo tenga un final feliz.

     El verde y escarpado macizo montañoso de las sierras de Tejeda, Almijara y Alhama dibuja una línea divisoria natural entre las provincias de Málaga y Granada. Por su situación, estas montañas casi se diría que enlazan las serranías malagueñas con Sierra Nevada. La gestión de este Parque Natural -figura legal que se encarga de preservar de los espacios naturales protegidos y su desarrollo sostenible- es compartida por las dos provincias, al ser un territorio limítrofe entre ambas. A la junta rectora del Parque, que funciona a distintos niveles de administraciones públicas -Junta de Andalucía, diputaciones provinciales de Málaga y Granada y los ayuntamientos que se asientan dentro del territorio protegido- competen tareas que van más allá de la conservación, promoción y defensa de este patrimonio natural, tales como la información, implicación y concienciación medioambiental de la población local y de los visitantes.

     A lo largo de los siglos, y especialmente desde la época de los moriscos hasta el siglo XIX, las montañas de Tejeda, Almijara y Alhama fueron indispensables para la economía de los asentamientos humanos que rodeaban el macizo. Sus habitantes dependían directamente de la sierra para vivir, y los oficios dedicados al aprovechamiento de sus recursos se fueron diversificando con el paso del tiempo, incluyendo actividades como la agricultura, la minería, el pastoreo, la viticultura, la resinación, la producción de cal y carbón, la caza, la recolección de leña y plantas silvestres como aromáticas, palmito, esparto, etc. Esa intensa explotación económica hacía de aquellas montañas un lugar muy transitado y, desde luego, igualmente querido y respetado por sus pobladores, que vivían de, por y para la sierra sin romper en lo esencial su equilibrio ecológico, preservando sus ciclos en una armónica relación hombre-naturaleza que se mantuvo sin cambios sustanciales durante muchas generaciones.

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    Recolectores de esparto en Tejeda Almijara

    Con el paso de los años la situación fue evolucionando, y desde mediados del siglo XX una parte de la población local eligió dedicarse a trabajos menos duros y más rentables, o sencillamente emigró a otros lugares en busca de mejores oportunidades para prosperar económica y socialmente. Estas circunstancias generaron una triste situación de abandono en muchas zonas de la sierra que perduró durante años, y que favoreció la desaparición de muchos cortijos e incluso también de algunos oficios tradicionales. Afortunadamente, en los últimos tiempos y sobre todo desde la declaración de Tejeda, Almijara y Alhama como Parque Natural en el año 1999, los pueblos que lo rodean han vuelto poco a poco los ojos hacia las montañas otra vez. Es verdad que la mayoría de sus habitantes ya no dependen directamente de las antiguas labores del campo, pero saben que hoy ciertas actividades rurales pueden suponer para su zona una fuente de riqueza alternativa. El aprovechamiento del Parque Natural como destino turístico y lugar de práctica de deportes de naturaleza puede ser un motor que impulse las economías locales, si se cuenta con unos planes de desarrollo respetuosos con el entorno natural almijareño, tan particular. Ello ayudaría a la creación de puestos de trabajo y quizá evitaría el despoblamiento de algunos pueblos de la zona. Sin embargo, en este punto debemos pararnos a pensar y ser conscientes de que, si no tenemos cuidado, ésta podría ser un arma de doble filo.

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     Es cierto que el abandono de los usos tradicionales de las montañas y su nulo mantenimiento las degrada y las vuelve más vulnerables a incendios -porque el ganado ya no pasta y limpia el monte-; a plagas que se descontrolan por falta de vigilancia -ejercida en otros tiempos por los labradores que cuidaban de sus cosechas-; a la desaparición de los cortijos -casas tradicionales donde antes se alojaban las familias que vivían en la sierra-; al olvido de antiguos oficios, algunos de ellos con siglos de tradición -porque ya no son rentables- y al abandono de históricas vías pecuarias -que se pierden bajo el matorral por falta de tránsito de ganado y personas-.

     Pero el caso contrario, es decir, una excesiva explotación turística del Parque, podría llevar, si no se gestionase bien, al otro extremo: el agotamiento, a la larga, de sus recursos faunísticos o botánicos -por la recolección o caza sin control de especies en peligro-, el paso de grandes grupos de personas hacia zonas especialmente vulnerables, con el consecuente riesgo, o el exceso de actividades dentro del medio natural, pues Tejeda, Almijara y Alhama, como todos los ecosistemas protegidos -por eso lo están-, es más frágil de lo que en principio podemos suponer. Es fundamental una educación ambiental responsable por parte de todos, locales y foráneos, instituciones públicas y particulares, que permita aunar el uso sin abuso del Parque Natural, priorizando ante todo lo demás el respeto hacia su equilibrio ecológico.

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     Algunos países nos llevan mucha ventaja poniendo en práctica el cuidado -de verdad- de su patrimonio natural a todos niveles: desde los organismos oficiales hasta el último de sus habitantes. Tanto es así, que la protección del medio ambiente ha llegado a convertirse en esos lugares casi en una filosofía de vida. Suiza, Alemania, Noruega, Suecia o Austria, por ejemplo, son referentes mundiales por la efectividad de sus políticas aplicadas en la conservación de su entorno. España es, según dicen ciertos estudios, un país situado en la media, y aunque las cosas van mejorando poco a poco, aún nos queda mucho por hacer. Estamos lejos del ideal de conservación de nuestros espacios naturales, especialmente de aquellos que quedan fuera de la figura legal de Parque Nacional. Pero podemos cambiar esa tendencia.

     Desde hace unos años, el número de personas que desean disfrutar de los paisajes naturales y descubrir la vida silvestre está aumentando de forma considerable; se diría que salir al campo está de moda, pues cada vez son más numerosos los grupos de excursionistas, así como también ha aumentado el turismo de tipo naturalista, o el deportivo. Debe ser que la contaminación y el crecimiento de nuestras ciudades hacen muy atractivo el disfrute de una naturaleza sin ruidos, sin humos ni aglomeraciones, y somos muchos los que esperamos la llegada del fin de semana para escapar a la montaña. Y no es menos cierto que actividades como el popular senderismo, entre otras, han ayudado a rescatar del olvido antiguos parajes, abandonados durante décadas, y han fomentado la restauración de veredas, fuentes y miradores. Pero a la vez, esta nueva forma de ocio, también llamada "turismo verde" o "ecoturismo", está en ciertos lugares -y lamentablemente cada vez más a menudo- muy masificada: llega como una negra ave de paso y desaparece dejando tras de sí un rastro demasiado evidente de su incursión en la naturaleza. Y esto sigue siendo así a pesar de las campañas de concienciación llevadas a cabo por las instituciones públicas sobre este problema.

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     Parece ser que en el año 2011 una asociación ecologista otorgó una penosa distinción a la gestión del Parque Natural de Tejeda, Almijara y Alhama. Se trataba del "Premio Atila" -aquel guerrero sobre quien cuenta la leyenda que allí donde pisaba su caballo no volvía a crecer la hierba- por una, según sus fuentes, "nefasta actuación medioambiental". Ellos denunciaban, entre otras cuestiones, la deplorable situación de suciedad del cauce del río Chíllar por la afluencia excesiva e incontrolada de visitantes; problemática que, desgraciadamente, sigue existiendo hoy. La belleza natural de ese paraje y su fácil acceso han resultado ser también su condena… es paradójico y a la vez desolador. Sobre todo porque situaciones parecidas podrían extenderse a otros cursos fluviales de estas montañas.

     Y es que ante ciertas conductas -incívicas e irresponsables- poco pueden hacer las recomendaciones de juntas rectoras o instituciones oficiales; de poco sirven leyes, acuerdos y regulaciones si no están respaldadas por el compromiso firme de cada uno de nosotros. Todo esto parece tan claro que nadie lo discutiría, pero por desgracia la realidad es, algunas veces, bien diferente. Basta con salir al campo y observar un poco para descubrir incontables acciones dañinas para el entorno natural. Algunos actúan impropiamente, ensuciando o destruyendo, ya sea por dejadez, por desconocimiento o porque "siempre se ha hecho así" y no le dan mayor importancia. Esto es desalentador, sobre todo cuando uno piensa lo fácil que sería evitar esas situaciones. Porque, como en casi todo, en esto la acción individual es tan importante como la colectiva.

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    Voluntarios retirando basura del cauce del río Chíllar

     El sentido común nos dice -o al menos debería hacerlo- que no está bien dejar ningún tipo de desperdicios en el campo. En teoría todo es biodegradable, pues a fuerza de puro tiempo, antes o después -ya sean semanas o miles de años- cualquier material termina degradándose y siendo asimilado por el medio ambiente. Pero, ¿es eso lo que queremos para nuestras montañas? Tampoco es lo mismo la cantidad: no contamina igual la cáscara de una naranja que una montaña de cáscaras, de igual forma que no es lo mismo una piel de plátano que una lata de refresco. Es verdad que los restos de comida son desechos orgánicos, pero, aunque teóricamente no son perjudiciales para el ecosistema como lo es, por ejemplo, una pila, esos restos contaminan -y mucho- visualmente, generan malos olores cuando se descomponen y pueden llegar a alterar el equilibrio ecológico de un lugar si se acumulan. Son basura, y por ende, algo inaceptable en todas partes y aún más en un medio natural protegido. Aparte de que parece que tampoco se los comen los animales -cuán a menudo oímos esa excusa, ¿verdad? -. Porque todos hemos visto alguna vez el clásico montoncillo de cáscaras de plátano, manzana o naranja a la orilla del sendero, cuyo aspecto reseco, negruzco y endurecido muestra claramente que llevan mucho tiempo tirados ahí.

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     Somos muchos, cada vez más, los que frecuentamos el Parque Natural de Tejeda, Almijara y Alhama -habitantes locales, senderistas, montañeros, ciclistas, motociclistas, cazadores, recolectores de setas o espárragos, trabajadores del parque, turistas esporádicos, etcétera- y todos por igual tenemos la obligación de mentalizarnos y tomar conciencia de nuestra responsabilidad. En el campo nadie vigila si dejamos basura o no; por lo tanto, seamos nosotros mismos quienes asumamos la obligación de llevarnos todo lo que hemos traído, incluso, si es posible, dejando el entorno mejor de lo que lo hemos encontrado, por qué no. Se pueden, por ejemplo, ahorrar envoltorios cuando vayamos al campo, evitando acarrear alimentos envasados que una vez consumidos generan residuos como recipientes de plástico, bolsas, etc. Si transportamos pocos paquetillos, menos tendremos que llevarnos a la vuelta, evitando así la tentación -tan común, desgraciadamente- de dejarlos tirados en cualquier parte. Y quizá podríamos también, puestos ya a la tarea, plantearnos la retirada de los restos que encontremos abandonados y se puedan transportar, -sí, incluso aunque no sean nuestros- y llevarlos hasta el contenedor más cercano: no cuesta trabajo y colaboraremos activamente en esta labor de conservación. Pequeños actos de este tipo marcan la diferencia, y podrían ser el comienzo de algo mucho más grande. ¿Por qué no podemos nosotros estar a la altura de los países más comprometidos con la conservación del medio ambiente?

     Mención aparte merecen otras formas de contaminación -¡hay tantas…!-, como la que genera el uso de las veredas y los antiguos caminos de herradura por ciertos usuarios de motocicletas. Algunos de ellos incumplen, ya sea por inconsciencia o por desinterés, una normativa que expresa claramente la prohibición de la circulación de vehículos motorizados en el campo, fuera de las vías permitidas para ellos -los caminos o carriles forestales-. Según la Legislación de Parques en Andalucía, las motos y similares no deberían transitar -dentro de los espacios protegidos, sobre todo, pero por sentido común tampoco en ningún otro lugar del monte- ni campo a través ni por senderos, cortafuegos, barrancos, vías pecuarias y cauces de ríos y arroyos, ya sean secos o inundados. Al margen de la contaminación acústica y ambiental que causan dichos medios de transporte, tan nocivas para plantas y animales, la potente tracción de sus ruedas todoterreno erosiona el suelo arrancando piedras, desprendiendo tierra y dejando al descubierto e incluso rompiendo numerosas raíces, materiales que después son arrastrados por la acción de las lluvias y la fuerte inclinación de las pendientes almijareñas. Con el tiempo, estas sendas -algunas de ellas tan antiguas que han aguantado las inclemencias del tiempo en un estado aceptable durante generaciones - quedan descarnadas y en muchos tramos inservibles.

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     También se considera una degradación del medio ambiente -digamos pasiva, pero no por ello menos perjudicial- la permanencia en distintas zonas del Parque Natural de los escombros que quedaron tras la demolición de algunas infraestructuras antiguas, tales como viejas casetas o refugios, que fueron derribadas por distintos motivos, y cuyos restos permanecen en el mismo lugar donde una vez se levantaron, desde hace ya varios años. No se trata de basura propiamente dicha, pero sí de incongruentes zonas de derribo en plena montaña; de antiestéticas acumulaciones de cemento viejo, hierros oxidados, ladrillos y tejas rotas que además impiden que la vegetación almijareña, tan particular ella, se regenere en esos lugares.

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     Recientemente el gobierno andaluz ha declarado "Zona Especial de Conservación" al Parque Natural Sierras de Tejeda, Almijara y Alhama. Este nuevo reconocimiento -otra figura más de protección oficial para la zona- implicó también la inclusión de estas montañas en la Red Europea de Espacios Protegidos Natura 2000, integrada por parques naturales de especial interés de toda Europa. Ello conllevará un mayor control y vigilancia de sus espacios y una serie de nuevas normas, legislación y medidas medioambientales que garantizarán la conservación de su peculiar biodiversidad.

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      El ser humano tiene un largo historial de agresiones a su entorno, aunque por suerte son cada vez más los organismos oficiales y sobre todo las personas que, a nivel individual, están dispuestas a cambiar para siempre esa tendencia; por eso podemos ser optimistas. Hoy quedan ya pocos reductos de naturaleza tal cual era, y vale la pena conservarlos a toda costa.

     Decía, al comenzar, que este artículo -ya que no una historia- podría terminar convirtiéndose en un cuento con final feliz… pongámonos, pues, cada uno de nosotros manos a la obra, ¡no lo dejemos todo a las instituciones públicas! Sólo hace falta un poco de compromiso personal, querer de verdad, porque las montañas son grandiosas, sí; pero en el fondo están a nuestra merced, como si fuesen meros montoncitos de tierra que se pueden pisotear. Velemos por ellas, por su maravilloso equilibrio: son nuestro patrimonio natural, de nuestros hijos y de quienes vendrán detrás de ellos. Y seguro que a cambio de ese pequeño esfuerzo la Naturaleza nos compensará con creces, ofreciéndose a nosotros en todo su magnífico esplendor.

    Fotografías de Carlos Luengo, Manuel Rodríguez, Juan José Padial, Paco Haro y Mariló Oyonarte.

     

     

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    Relación de 'Caminos y gentes' publicados

     

    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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