Manuel, el pastorcillo ilustrado

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     "Érase una vez, hace muchos años, un pastorcillo solitario que vivía arriba en la montaña, con la única compañía de sus cabras y su perra Marquesa…"

     Todos los cuentos empiezan con estas palabras mágicas porque tienen el poder de prepararnos para entrar en ese mundo imaginario donde todo es posible y cualquier cosa puede suceder, pero sobre todo, donde es previsible un final feliz. Éste podría ser el comienzo de la historia de Manuel Pérez, pues al igual que el protagonista de un cuento, se pasó media vida persiguiendo un sueño hasta que finalmente y tras muchas "aventuras", sus deseos se hicieron realidad.

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    Manuel Pérez, en la actualidad

     Manuel, que hoy tiene ochenta años, era el segundo de tres hermanos -su hermano mayor, Antonio, y el menor, Alejandro, ya murieron-. Nació en Jayena a la vez que comenzó nuestra convulsa Guerra Civil, como si fuese un mal presagio. Este hecho y sobre todo los acontecimientos que vinieron después lo marcaron de una forma muy especial, como a toda aquella generación. Nuestro protagonista pertenecía a una familia políticamente muy activa: su abuelo, Alejandro Pérez, fue el último alcalde republicano de Jayena, y su padre, Antonio, era presidente de la UGT de aquella zona. Pero las consecuencias de la guerra convirtieron esas circunstancias en la causa de la difícil infancia de Manuel: tras la toma de Jayena por las tropas franquistas en 1937, su abuelo fue asesinado en una calle del pueblo, y su padre encerrado en la cárcel hasta su muerte, por sus ideas políticas.

     Su madre, Ángela, que pasó sus últimos años de vida yendo y viniendo a Granada para visitar a su marido en prisión, terminó enfermando y murió también -aunque Manuel asegura que lo que en realidad se la llevó fue la pena-, y los tres hermanillos se quedaron huérfanos con dos, cuatro y siete años. Por suerte para ellos, un familiar se encargó de criar al más pequeño y durante un tiempo la abuela materna de los niños y un tío que vivía con ella acogieron a los dos mayores, pero esa situación duró solamente hasta que la abuela murió y su tío dejó la casa para casarse. Así que con doce y quince años respectivamente, Manuel y Antonio se vieron obligados a irse de Jayena y buscar trabajo para salir adelante por sus propios medios. Y lo encontraron en el vecino cortijo de los Prados de Lopera; ambos emprendieron entonces la aventura de convertirse en hombres lo antes posible.

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    Antonio y Ángela, padres de Manuel

     La vida de Manuel se convirtió a partir de ese momento en un continuo no parar: trabajaba como pastor, guarda, labrador o lo que encartase; le pagaban ocho duros al mes, más la comida, y desde el principio se propuso ahorrar todo el dinero que pudiese. La melancolía de quien ha perdido a su familia demasiado joven quedó aliviada por la abundante faena y la compañía de los demás trabajadores del cortijo, y la increíble capacidad de adaptación de los niños le permitió conformarse pronto con su nueva vida. Los dos hermanos encontraron apoyo en los habitantes de los Prados de Lopera, y también en algunos de los guardias civiles que formaban parte del destacamento allí acuartelado -como en tantos otros cortijos de la sierra- durante los crueles años de la guerrilla antifranquista. Manuel recordaría siempre con agradecimiento el cariñoso trato que le dieron aquellos militares, especialmente el cabo Benigno, el radiotelegrafista Luis y el teniente Arévalo. Todas las noches, cuando el niño terminaba su jornada de trabajo, los tres se iban turnando en sus ratos libres para enseñarle -a la luz de un candil o de un hachón de tea- a leer, a escribir y a hacer cuentas. Incluso le prestaron durante muchos meses una de aquellas preciosas enciclopedias de antes en las que "se explicaba todo la mar de bien".

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    El cortijo de los Prados de Lopera, hoy restaurado

     Manuel era feliz aprendiendo letras y números; algo en su interior le decía que leer y escribir era tan importante como labrar la tierra o guardar el ganado. Durante el día, mientras las cabras careaban lentamente –comiendo y caminando a la vez– por las laderas cercanas, o cuando el sol caía a plomo en las horas centrales del día y el rebaño buscaba la sombra de los pinos para tumbarse y rumiar tranquilamente, el niño aprovechaba para repasar sus lecciones y hacer sus deberes, que sus improvisados profesores le corregirían luego, a la noche. Todo el mundo le reconocía desde lejos porque siempre llevaba encima, además de su morral o "bolsaca" con la comida, su libro, su libreta, un lápiz y una plumilla hecha con un palito y una punta metálica -"que parecía la lengua de un pájaro"-, con los que escribía. También era famoso por las manchas de su ropa, pues como el único tintero que tenía era viejo y no cerraba bien, se le solía derramar dentro de los bolsillos y siempre llevaba el pantalón manchado de tinta…

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    Los niños trabajadores eran la norma hasta no hace demasiado tiempo

     Durante los años de la guerrilla el pobre Manuel vio mucho, y malo. Los enfrentamientos entre la guardia civil y los guerrilleros o gente de la sierra eran cada vez más duros y frecuentes. Al vivir con el destacamento de la guardia civil, el niño tuvo ocasión de conocer de cerca y muy a su pesar lo que eran las contrapartidas, los combates, las escaramuzas y estrategias por parte de uno y otro bando; vio los heridos y muertos pertenecientes a ambas facciones que eran llevados al cortijo Prados de Lopera para su identificación antes de ser enterrados; observaba con espanto, pero también con la curiosidad propia de un niño, cómo se envolvían los cadáveres destrozados en mantas, antes de llevarlos a los pueblos donde se inhumaban -se les llevaba al cementerio de la localidad en cuyo término municipal habían sido abatidos-. Tuvo que habituarse a escuchar tiroteos a cualquier hora del día o de la noche -durante el combate en Cerro Martos los disparos se oyeron el día entero desde las mismas puertas del cortijo-. Incluso pasó miedo en algunas ocasiones en que, a solas en la sierra, era consciente de que podía haber "maquis" cerca de donde él estaba. Todas aquellas experiencias, terribles para un niño de su edad, se grabaron de tal forma en su memoria que aun hoy Manuel recuerda con detalle aquellos sucesos.

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    El Cerro Martos. Allí tuvo lugar un grave enfrentamiento entre la Agrupación Guerrillera "Granada-Málaga" y la Guardia Civil

     Pero fuera de esos hechos, la vida en el monte como cabrero le gustaba, pues se entendía bien con los animales y ese trabajo le permitía vagar a sus anchas por los campos y estar a solas consigo mismo. Manuel sabía que había trabajos más duros que el suyo, aunque había temporadas en las que la faena aumentaba cuando las cabras parían y había que cuidar de los chotillos hasta que se independizaban. Pero de la misma forma, también había otras épocas más tranquilas, en las que él contaba con algunos ratos libres en los que aprovechaba, incansable, para seguir con sus estudios leyendo, escribiendo y haciendo cuentas bajo la sombra de un árbol. Siempre en compañía de su inseparable Marquesa, la "perra mandaera" con la que se entendía hasta con la mirada, se sentía libre caminando delante o detrás de sus cabras. Solo en la montaña, aprendió a conocer la Almijara como si fuese su casa –en realidad lo era, pues no tenía otra–; predecía el tiempo con sólo mirar al cielo, exploraba los lugares menos transitados de la sierra, descubría recónditos nacimientos de agua y memorizaba el nombre de cada cerro y cada barranco; recorría todos los senderos y los cortijos diseminados por aquellas lomas y hasta reconocía los pequeños sonidos que pueblan el silencio del campo.

     Le gustaban también las temporadas que tenía que pasar la noche en la sierra con sus cabras. Salvo los días en los que bajaba al cortijo o al pueblo para cambiarse de ropa y abastecerse de comida -pan, tocino, harina para hacer migas, bacalao…-, aquel cabrerillo se pasaba las semanas enteras en la soledad de sus montañas, durmiendo en cuevas, o en un pajar si lo encontraba, o sencillamente bajo las estrellas, al lado de una pequeña hoguera, en una cama que él mismo improvisaba con esparto o aulagas aplastadas. Sobre ella se estiraba con su manta -el imperturbable sueño de los niños- y dormía como un lirón. Marquesa solía echarse a dormir en medio del rebaño, entre las cabras; su instinto le decía que eso era lo mejor. En sus ratos libres, cuando no tenía nada que estudiar, el laborioso muchacho reparaba sus hondas y pleitas de esparto, o se fabricaba un nuevo recipiente para llevar el agua vaciando una calabaza con un alambre y mucha paciencia, o preparaba con leche de cabra y harina de salvado las "pellas" o tortas con las que alimentaba a su perra cuando ésta no había tenido la oportunidad de cazar nada.

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    Terrenos del cortijo Prados de Lopera

     De vez en cuando, Manuel tenía ocasión de charlar con alguno de los numerosos viajeros que por aquellos tiempos atravesaban la sierra para ir de un pueblo a otro. Como aquella vez en los "pelaos" del Cortijo Almijara… era una noche cerrada y oscura, sin luna; las cabras ya se habían acostado y él estaba sentado junto al fuego, asando tranquilamente un conejo que esa tarde había cazado Marquesa. Repentinamente la perra comenzó a ladrar, y al momento se oyeron unas voces que lo reclamaban: "¡Cabrero, cabrerooo…!". Se trataba de un arriero que viajaba con su hija adolescente desde los cortijos de Almuñécar hasta Alhama de Granada. Se acercaron al chico sentado junto a la hoguerilla y le pidieron permiso para quedarse con él esa noche, pues ya era tarde y ambos estaban cansados. Manuel asintió encantado, y juntos cenaron los tres aquel conejo asado más una generosa cantidad del exquisito pulpo frito con cebollas que los viajeros llevaban en sus alforjas -y que a Manuel le supo a gloria-. Cuando llegó la hora de dormir, el buen hombre propuso que se acostasen los tres en la camilla de esparto que el pastor tenía preparada para sí mismo, pero el muchacho -que entonces tenía unos quince años y se hacía cargo de todo- cedió gustoso su cama a los dos caminantes, agradecido por tan inesperada y agradable cena, compañía y conversación. Manuel pasó la noche contento, echado junto a la hoguera, dando cabezadas a ratitos y cuidando de que el fuego no se apagase.

     Con los años aquel niño se convirtió en un mozo guapo, centrado y formal. Pero seguía estando solo. Era de carácter más bien serio y poco amigo de fiestas; cuando bajaba al pueblo prefería la compañía de los hombres mayores antes que la de los muchachos de su edad. En una de aquellas ocasiones en las que bajaba a Jayena se cruzó con Laura, una amiguilla de la infancia a la que había dejado de ver muchos años atrás, cuando se vio obligado a buscarse la vida en la sierra. Al reencontrarse con ella por pura casualidad -la chica iba paseando por el camino del molino del pan-, Manuel sintió otra vez aquel pellizco en el pecho, una antigua sensación que ya creía olvidada: acostumbrado a vivir rodando de un sitio a otro desde que podía recordar, el muchacho soñaba con tener un lugar que pudiese sentir como suyo, al que volver por las noches, donde alguien lo estuviese esperando. Desde ese día en que coincidió con Laura, Manuel no dejó de ir a verla hasta que se hicieron novios. Tras cumplir con el servicio militar y totalmente resuelto a casarse, pidió sus ahorros a un familiar que se los guardaba desde hacía años -había conseguido reunir nada menos que siete mil pesetas-, y compró una casita en Jayena, además de una bestia para poder trabajar en lo que le saliese. Y cuando todo lo tuvo bien dispuesto cumplió su sueño: se casó con Laura y consiguió por fin la estabilidad que tanto había deseado.
     
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    Manuel durante el servicio militar

     El futuro está siempre en movimiento; la vida es un continuo perder y encontrar. Manuel, el niño solitario, el pastorcillo ilustrado que estudiaba en el campo y llevaba los pantalones con manchas de tinta, se enfrentó al mundo con las únicas armas que tenía: su valentía para afrontar los cambios y su resolución a no desanimarse por mal que fuesen las cosas. Tras una larga vida de trabajo hoy vive recogido y feliz en su casita de Jayena, rodeado por toda su familia - tiene mujer, cuatro hijos, nueve nietos y una biznieta- y lo único que echa en falta es no poder subir ya, debido a la edad, a sus queridas montañas. Una de sus nietas, además -las vueltas de la vida- ha cerrado el círculo que dejaron abierto su tatarabuelo Alejandro y su bisabuelo Antonio en aquellos tiempos tan difíciles, y hoy es alcaldesa de Jayena por elección popular.

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    Antiguo cortijo Prados de Lopera, hoy convertido en granja escuela

     Sí, este artículo bien podría comenzar con un "érase una vez", al igual que podría terminar con un "…y fueron felices para siempre". Incluso el cortijo Prados de Lopera, donde Manuel pasó su adolescencia y juventud, ha tenido su correspondiente final feliz. No se ha convertido en una ruina olvidada como tantos otros cortijos de Tejeda, Almijara y Alhama, sino que fue restaurado y ahora vive una segunda oportunidad como granja escuela. Ese precioso lugar, con tanta historia dentro y fuera de sus muros, ha sido rebautizado con el nombre de Huerto Alegre y está siempre lleno de niños, la mejor y más esperanzadora promesa de futuro.

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    Huerto Alegre, entrada principal

    Fotografías, Manuel Rodríguez y Mariló V. Oyonarte.


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    Relación de 'Caminos y gentes' publicados

     

    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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