El lucero y la luna

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     Desde que el mundo es mundo -o más bien desde que el hombre tiene conciencia de sí mismo- en todas las culturas se ha contado, cantado, glosado, dibujado, descrito, venerado, recitado, copiado, representado, fotografiado, filmado y -en definitiva- alabado tantas veces la luz de la luna y su influjo sobre los seres vivos, que sé de antemano que cualquier cosa que pueda escribir hoy sobre ella ya se habrá dicho antes.

     Claro, no es de extrañar; la fascinante claridad de la luna llena, tanto en una noche despejada como en un cielo con nubes, nos hipnotiza y parece que lo cambia todo. Con razón nuestro pequeño satélite propició el origen de muchas deidades de la Antigüedad como Juno para los romanos, Selene para los griegos, Istar para los babilonios o Ixtel para los mayas, además de ser protagonista e inspirador de leyendas, refranes, canciones populares, poesías, grandes obras musicales, películas...

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    Plenilunio

     Parece que hay en la luna algo misterioso, casi contradictorio -¿será porque tiene una cara oculta que nunca se ve?- que nos atrae a todos. En tiempos pasados el sol se asociaba con la energía masculina y la luna representaba lo opuesto, la energía femenina; dicen que su extraña luminosidad, enigmática y variable, simbolizaba el renacimiento, la transformación y la renovación. Yo además añadiría que el resplandor de la luna se basa en los contrarios, pues del mismo modo que ha inspirado encendidas canciones de amor, también la existencia de seres terroríficos que aún perduran en el imaginario popular, como los licántropos y los vampiros. Y de igual manera que en una noche clara es capaz de iluminar y proyectar nítidas sombras, a la vez desvanece todos los colores, reduciendo ante nuestros ojos la gama cromática del blanco al negro pasando sólo por distintas tonalidades de gris. A mí siempre me da la impresión de que mirar el mundo bajo la luz de la luna es como si lo viésemos a través de la pantalla de un antigua tele en blanco y negro, otorgando al paisaje -al igual que a personas, plantas, animales y cosas: a todo- un aspecto anticuado, casi irreal.

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    El Lucero y su hermano menor, el Lucerillo

     Hace tiempo que teníamos decidido subir al Cerro del Lucero -o Raspón de los Moriscos, como también se le conoce- la primera noche de luna llena que tuviésemos ocasión, y ese momento tan esperado se presentó hace unos días. Nuestra intención era alcanzar la cumbre justo antes del crepúsculo para disfrutar del doble espectáculo -otra vez los contrarios- de la puesta de sol y la posterior salida de la luna. Para alcanzar la cumbre del Lucero antes del anochecer, salimos desde Játar aún de día; así pudimos tomarnos la ruta con tranquilidad e ir haciendo fotos a la luz oblicua y dorada de aquella bonita tarde de verano. El tiempo acompañó, pues ni siquiera nos hizo calor; tal y como teníamos previsto, culminamos la senda al Lucero iluminados por los últimos rayos del sol, que esperó pacientemente a que llegásemos arriba para esconderse tras la silueta lejana y familiar de la Maroma.
     

    Ocaso tras la Maroma

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    En la cumbre del Lucero

    Nos sentamos al pie de las ruinas que coronan el Lucero justo cuando empezó a oscurecer. No se oía nada, solamente el rumor del viento pasando a través de los huecos del muro del antiguo puesto de vigilancia de la guardia civil. Empezaba a hacer fresco y nos abrigamos. Progresivamente el cielo empezó a transformarse: su intenso color azul se oscureció y se confundió en el horizonte con la línea del mar, hasta que fue imposible distinguir el uno de la otra. A nuestra derecha, el paisaje todavía teñido de rojo por el ocaso recortaba la rugosa silueta de la vertiente más occidental de la Almijara; a nuestra izquierda Sierra Nevada, que ya empezaba a iluminarse con el resplandor anaranjado de la luna, próxima a salir. Delante de nosotros, la inmensidad del Mediterráneo y su animada línea de costa intensamente iluminada por las luces de las poblaciones costeras. Y detrás de nosotros, oscura y tranquila, la vertiente granadina de la Almijara, salpicada por las lucecitas de los pueblos cercanos al embalse de los Bermejales -Játar, Fornes, Arenas del Rey, Jayena- con Granada, extensa y acogedora, al fondo.


    Entre luces

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    Línea de costa al atardecer

     La oscuridad se hizo más intensa a nuestro alrededor en esos minutos mágicos que van desde la puesta de sol a la salida de la luna, como si de esa forma quisiera prepararnos para lo que estaba por llegar: despuntó ella por fin, con un brillo rojizo y lánguido, del color del azafrán, que hizo realidad el dicho "Luna al salir colorada, pronto aventada", pues desde ese momento empezó a levantarse un vientecillo sorprendentemente fresco que nos hizo arrebujarnos un poco más en nuestros cortavientos. Dos horas permanecimos en la cumbre del Lucero entretenidos con nuestra charla y haciendo fotografías. Hubo además algunos momentos de absoluto silencio -yo diría de recogimiento- porque aquel espectáculo sereno y solemne merecía toda nuestra atención.

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    Salida de la luna sobre la Sierra de Lújar

     Casi con frío, emprendimos la vuelta. Mientras bajábamos por la sombría ladera en fila india, con nuestros frontales encendidos y caminando con precaución por aquel sendero pedregoso y resbaladizo, empecé a imaginar que nuestros pasos eran observados. En realidad no estábamos del todo solos: un rato antes habíamos podido distinguir claramente, en la lejanía, los destellos de los frontales de otros montañeros que bajaban por la ladera de la Maroma. Pero yo estaba pensando en otro tipo de "observadores".

     Estas son tierras viejas, con mucha historia a sus espaldas. Ante nosotros y a nuestro alrededor las cumbres más cercanas se recortaban nítidamente, bañadas por las luces y las sombras que proyectaba la luna, cada vez más blanca a medida que iba ganando altura en el cielo nocturno. El Lucero, el Lucerillo -en penumbra por la sombra que proyectaba su hermano mayor- el Cerro de la Mota… todos tienen su forma desde el principio de los tiempos, y seguirán siendo así mucho tiempo después de que nosotros desaparezcamos; probablemente este paisaje no haya cambiado apenas durante generaciones. Delante de nosotros la estrecha vereda casi brillaba, serpenteando a lo largo de la ladera y siguiendo el mismo recorrido que diseñaron, mucho tiempo atrás, aquellos que construyeron en la cumbre del Lucero el conocido puesto de vigilancia de la Guardia Civil, hoy en estado ruinoso.
     
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    Caminando en la oscuridad

     Salimos de la zona de penumbra y apagamos nuestros frontales para continuar caminando nada más -y nada menos- que con la sola claridad de la luna. Todo estaba en silencio; no sé por qué, ni si sería sólo aquella noche, pero ni siquiera cantaban los grillos. No vimos zorros ni tampoco jabalíes; tan sólo un pálido escorpión, solitario y huidizo, se cruzó en nuestro camino. Ya en cotas más bajas el viento se calmó por fin; nos rodeó entonces una paz extraña, que propiciaba la evocación de otros tiempos.

     Antes que nosotros, no hace demasiado tiempo, pasaron por aquellos mismos lugares -y también de noche- los guerrilleros o gente de la sierra, que hicieron de las montañas su hogar forzoso; las recorrían en silencio de un extremo a otro, evitando los senderos, siempre a escondidas y borrando cuidadosamente sus huellas tras de sí. Ellos, al igual que nosotros esa noche, también mirarían al cielo para orientarse, y verían esa misma luna.

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    Restos de un antiguo campamento "maquis" en las cercanías del Lucero

     Arriba, en la cumbre del Lucero, habían quedado los deshechos muros del puesto de vigilancia construido en 1948 expresamente para controlar los alrededores del Lucero y la Venta de Panaderos, zona que fue durante la guerrilla muy frecuentada por "los de la sierra". Un pequeño destacamento, siempre formado por seis guardias civiles y un cabo, se iba relevando cada quince días en aquel solitario y expuesto lugar. Imaginé a unos y otros, perseguidores y perseguidos, todos víctimas de la situación: sus precarias existencias, pasando inimaginables penalidades agazapados entre los recovecos de la montaña día y noche, pendientes del más mínimo movimiento del contrario, midiendo sus fuerzas con el frío del invierno y con el inclemente sol del verano, lejos de sus familias, cansados, muchos de ellos enfermos, mal alimentados o vestidos, y todos, todos con el miedo dentro del cuerpo.

     Caminamos en silencio durante gran parte del trayecto, disfrutando de aquel espectacular paisaje nocturno, solos en medio de aquella inmensidad plagada -por momentos- de fantasmagóricos juegos de claros y sombras. A pesar de que iba avanzando la noche, la luz de la luna no menguaba y nos bastaba para guiarnos a través del sendero, que a esa hora parecía relumbrar. Cerca ya de las dos de la madrugada pasamos por la Venta de López, que parecía que aguardaba nuestro regreso, rodeada de su particular misterio.

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    Venta de López a la luz de la luna

     Hemos oído ciertas historias sobre este lugar; cuentos de viejas para algunos y hechos tan ciertos como la luz del día para otros, que hablan de fenómenos extraños, de sucesos misteriosos e inexplicables entre las ruinas del cortijo y sus cercanías. Según dicen, muchos lugareños evitan pasar por allí, sobre todo durante la noche. Alguien nos habló de un posible asesinato en aquella casa hace mucho tiempo; de una pobre alma en pena que merodea entre los escombros y anhela que su historia se conozca para reposar en paz. Esa noche, mientras descansábamos allí, comentamos la posibilidad de ver, o al menos presentir de alguna forma, al fantasma de la Venta de López. Por lo visto hay ciertos signos que pueden delatar su presencia: la sensación de no estar solos, percibir un súbito frío, un olor repentino o un ruido inesperado, pero nada de eso notamos nosotros. Al cabo de un rato decidimos continuar nuestra marcha; ya estábamos cerca del coche y empezábamos a tener sueño.

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    Entre el Lucero y el Lucerillo

     Nuestra oronda y blanca compañera iluminó desde el cielo el camino tan claramente como si fuese pleno día, y en esa ocasión convirtió nuestra ruta, una clásica que tantas otras veces hemos hecho, en algo por completo nuevo y diferente. Decía el escritor William Blake que "la luna, como una flor en el alto arco del cielo, se instala y nos sonríe durante la noche", y me parece que tiene razón. Que caiga la noche, sí… sobre todo si hay luna llena.

    Foto de la "superluna" de Jose Luís Hidalgo Aguado.
    Fotos de Carlos Luengo Navas.


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    Relación de 'Caminos y gentes' publicados

     

    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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