La vida en una casa cueva: Otilia, la de las Ventas

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    La conciencia de pertenecer a una determinada clase social ha existido siempre, incluso en los pueblos más pequeños. Pero a la hora de la verdad, ya fuese viviendo en el "yesón" -una casa de obra- o viviendo en el "terrón" -una casa cueva-, todos los venteños tenían que colgarse la capacha cada día para ir a ganarse el jornal.


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    En la Mancomunidad del Temple (Comarca de Alhama), Ventas de Huelma se extiende entre vegas y olivares

     A lo largo y ancho de la Mancomunidad del Temple de la Comarca de Alhama, en un país de colinas suaves que enmarcan extensos olivares y fértiles campos de cereales, se asientan varios pueblos hermanados y sus anejos: Castillo de Tajarja, Chimeneas, Escúzar, La Malahá, Agrón, Ácula y Ventas de Huelma. Todos ellos se encuentran a medio camino de la ruta secular que une Granada y Alhama de Granada, en un territorio donde cuentan las crónicas y los libros de historia que existieron, durante cientos de años, grandísimas fincas de labor con sus casas y trabajadores. Ventas de Huelma, en concreto, ocupa una planicie rodeada de fértiles vegas -o "veguetas", como las llaman sus paisanos- y cuenta con un núcleo urbano compuesto por una curiosa amalgama de casonas blasonadas, casi aristocráticas, herencia del antiguo señorío de algunos de sus habitantes, construidas junto a tradicionales casas de pueblo y seguidas, en el último lugar de este improvisado escalafón, por humildes casas cueva, agrupadas en la parte baja del pueblo -un lugar pintoresco y poco conocido-. Porque, de hecho, en Ventas de Huelma existieron tres importantes barrios de cuevas -el de la Ermita, el del Zacatín y el de la Tejuela- tan densamente poblados, animados y característicos como los famosos barrios trogloditas de las comarcas de Guadix, Baza y Galera.

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    Otilia del Barrio, en su casa de Ventas de Huelma

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     Otilia del Barrio Navarro nació en una modesta casa cueva el quince de agosto de 1931. Hija y nieta de venteños y venteña ella misma hasta las raíces, no puede sustraerse a repasar con nostalgia su vida en aquella cueva familiar, rincón al que todavía, a sus ochenta y siete años, sigue acudiendo casi a diario en su paseo mañanero por los alrededores del pueblo. Con su aspecto impecable y pulcro y su inseparable bastón, al que ella llama con gracia "su tercera pata", Otilia disfruta caminando por las mañanas o al atardecer, sola o acompañada, a lo largo de las calles de Ventas, terminando siempre su recorrido en las cercanías del rinconcito de la Tejuela que fue su hogar. Viuda desde hace diez años, Otilia vive sola en su casa pues sus tres hijos y sus cuatro nietos se establecieron lejos de Granada. Vive sola, pero eso no quiere decir que lo esté, porque cuenta con el cariño y la compañía incondicionales de su hermana Ángela y sus sobrinas, de muchas de sus amigas de la infancia y de sus vecinas, con las que trata a diario. Sentada en el acogedor salón de su casa, primorosamente limpio y ordenado -como ella misma-, en compañía de sus amigas Amadora, Inocencia y Nieves, Otilia rememora junto a ellas, con su marcado acento venteño y esa voz suya tan llena de energía a la que acompañan expresivos gestos y ademanes, las etapas más felices de su vida -a pesar de la dureza de la época en la que transcurrieron- como fueron su infancia y juventud allá en su casa cueva. Y así, al ritmo del interesante relato de estas cuatro amigas, recordamos junto a ellas - recuperamos con ellas- momentos clave de aquella época, echando la vista ochenta años atrás.

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    De izquierda a derecha, Otilia junto a sus amigas Amadora, Inocencia y Nieves

     Ventas de Huelma era, en el año 1931, un pueblo mucho más pequeño de lo que es ahora. Las casas eran menos, aunque los vecinos muchos más. ¿Y cómo podía ser esto? Pues sucedía que Ventas no sólo contaba con el caserío propio de la localidad, como todos los pueblos, sino también con tres extensos barrios de casas cueva, tan bien acondicionados que eran muchas más las familias que habitaban allí que en el centro de la villa. Y es que incluso en ese pueblecito existía la conciencia de pertenecer a una clase social, una suerte de "arriba y abajo" a pequeña escala: las clases más pudientes -los llamados "labradores", que eran los propietarios de las tierras- vivían en magníficas casas de obra, algunas de estilo casi palaciego, mientras que los "jornaleros" o miembros de las clases más humildes -sin tierra en propiedad, que salían adelante trabajando las de sus afortunados vecinos-, que no podían costearse una casa de ladrillos, se alojaban en las casas cueva, en la mayoría de los casos excavadas por ellos mismos o por sus familiares. Los pobres vivían pues "en el terrón", en contraposición a los ricos que vivían en el "yesón", como los venteños decían en tono de broma, gracias al incombustible sentido del humor -y al orgullo, y a la dignidad- tan andaluz que incluso de las situaciones más penosas consigue extraer algo de luz. La familia de Otilia, de origen humilde desde que ellos recordaban, pertenecía a este último grupo. Pero, lejos de considerarlo una desgracia, los vecinos del "terrón" se encontraban muy a gusto allá en sus barrios de casas cueva, en la Tejuela, la Ermita y el Zacatín. Además -y esto era algo que llevaban muy a gala-, mucho antes que ellos ya había vivido allí otra persona; alguien, ciertamente, muy destacado y querido en la localidad, que dio origen a una preciosa leyenda de la que todos se sentían orgullosos.

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    Ruinas de la histórica Cueva del Cura Santo

     Contaban los más viejos que hace mucho, muchísimo tiempo -allá por el año 1622-, un anciano sacerdote que ejercía su ministerio en Granada llamado Francisco Velasco, viéndose ya viejecico, decidió pasar lo que le quedase de vida retirado en el campo, meditando y pidiendo por los demás, viviendo con lo mínimo, así como hacían los ermitaños. Un buen día, por lo tanto, pidió el permiso pertinente a sus superiores eclesiásticos, dejó su iglesia de Granada y echó a andar sin rumbo fijo, caminando despacio apoyado en una vara, observando, meditando, atravesando paso a paso comarcas enteras, hasta alcanzar la entonces diminuta aldea de Ventas de Huelma. Algo especial, sin duda, debió ver en ese lugar, porque tras recorrer el paraje resolvió al punto excavar allí mismo, con sus propias manos, una cueva que finalmente quedó compuesta por tres habitaciones: la central, que era también la más grande, pensada como una humildísima capilla, más otras dos, una a cada lado, que le servirían como dormitorio y como comedor-cocina.

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    Sala central de la cueva o capilla

     Los vecinos de la aldea se acostumbraron rápidamente a su discreta presencia y le agradecían su total disposición para ayudar a todo aquel que lo precisara. Al poco tiempo lo respetaban y veneraban hasta tal punto que lo llamaban "el cura santo", porque estaban convencidos de que podía realizar milagros; algunos incluso afirmaban que lo habían visto levitar mientras decía sus oraciones. Al año de su llegada a Ventas de Huelma el "cura santo" murió de muerte natural, por lo que la cueva y la capilla se cerraron, en señal de respeto. Y cuenta la leyenda que el senderillo que llevaba hasta esa cueva no se cerraba nunca; que ni la hierba ni la maleza lo podían ocultar, a pesar de que nadie pasaba ya por allí. Llegó a decirse que incluso si se araba volvía a aparecer, con lo que la fama del lugar y de su piadoso morador aumentó aún más después de muerto don Francisco. Según esa misma leyenda, los vecinos más pobres de la aldea decidieron imitar a su "cura santo" y empezaron a excavar ellos también, junto a la vieja ermita abandonada, sus propias casas cueva, por vivir cerca de ese lugar tan especial. Y que ése fue el nacimiento de los barrios de casas cueva de Ventas de Huelma.

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    Una de las habitaciones laterales de la cueva del "cura santo"

     Sea este su origen o no, el caso es que los tres barrios de casas cueva de Ventas fueron, durante mucho tiempo, el hogar de cientos de familias, de generaciones de venteños honrados y trabajadores que nacieron, vivieron y murieron allí. Otilia vino al mundo un día de fiesta -el día de la Virgen de agosto- que entonces era jornada festiva solamente para los ricos: los pobres, si no ganaban un jornal, no comían ese día. El día que Otilia nació su padre se encontraba segando en el cortijo de Los Frailes, uno de los latifundios de la zona, donde su progenitor trabajaba como hortelano -cuidaba de las hortalizas y también segaba-. Otilia era la tercera de seis hermanos, y pocos son los recuerdos que guarda hasta sus cinco años, cuando comenzó la guerra civil. Un duro despertar a la vida, desde luego. Sus primeros recuerdos están ligados a la visión de unos padres que trabajaban sin descanso -su madre, cuando disponía de ratos libres, ayudaba en la economía familiar yendo a las casas del pueblo a limpiar, a lavar la ropa, a blanquear paredes e incluso a acarrear agua del pozo-, y a la huida que emprendió con su familia cuando, en el año 1937, las tropas del general Franco entraron en Ventas de Huelma. Su familia, como las de todos los simpatizantes de la República, huyó como pudo a otras tierras dando con sus huesos en un cortijo de Guadix, donde pasaron los años de la guerra hasta que pudieron regresar a su pueblo y a su cueva. Al encontrar ésta totalmente destruida y desvalijada, como tantas otras viviendas del pueblo tras la huida de sus moradores, se mudaron a la cueva de sus abuelos, en el barrio de la Tejuela, que era muy grande y se había conservado algo mejor.

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    Grupo de casas cueva en el barrio de la Tejuela; al otro lado se encuentra el barrio de la Ermita

     En contra de lo que en principio podría parecer, las casas cueva eran unas viviendas bastante confortables. Vivir bajo tierra resultaba cálido en invierno y fresco en verano, pues las variaciones de temperatura y humedad en el interior de cada vivienda -y más cuanto más interiores eran las habitaciones- eran mínimas. Además, por las características del terreno, cuando éste se mojaba por las lluvias el agua era incapaz de traspasarlo, con lo cual las casas cueva se mantenían en todo momento aisladas, calientes y secas. Dentro de cada vivienda se alojaba la familia y también sus animales domésticos -"¡todos entraban por la misma puerta!" refiere Otilia-, a los que se les reservaba una de las habitaciones, generalmente la más cercana a la entrada, con un ventanuco o tronera que daba al exterior para favorecer la ventilación y limpieza de ese cuarto.

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    Interior de una habitación dedicada a albergar animales. Se aprecian los pesebres tallados en la pared y un comedero en el suelo, para gallinas y conejos

     Las cuevas se excavaban en taludes o colinas suaves, alineadas unas junto a otras en la medida que el terreno lo permitía, formando calles improvisadas unidas por senderos y plazoletas en torno a las cuales se agrupaban una o varias cuevas. Al exterior se mostraba sólo una fachada con pocos vanos para mantener las cualidades térmicas de la vivienda, y un simple agujero comunicado con la superficie servía de salida de humos de la chimenea. En el interior, las paredes y los techos mostraban a menudo la señal de los picos y eran algo irregulares, sobre todo en los vanos interiores, que daban acceso a las demás habitaciones. Unos cuartos conducían directamente a otros, al estilo de las casas antiguas, y no había pasillos. Las cuevas solían tener tamaños muy variables: las había pequeñas, medianas y también muy grandes; el número de habitaciones variaba mucho de unas a otras, habida cuenta que se podían ir ampliando a medida que la familia crecía y se necesitaba más espacio. Eso sí, siempre con mucho cuidado para no abrir un agujero en la cueva del vecino, cuando éstas se encontraban unas junto a otras.

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    Una familia venteña en plena matanza, a la puerta de su cueva

     Normalmente cada casa cueva estaba constituida por salón, cocina y comedor -todo en uno-, que era la habitación más amplia, situada a la entrada de la cueva, donde estaba también la chimenea. A ambos lados, hacia el interior, se situaban los dormitorios y, junto a la entrada, la habitación de los animales domésticos, lo más cerca posible de la puerta principal para facilitar la entrada y salida de los animales -que pasaban el día en el campo- y su aseo y ventilación. Las cuevas carecían de puertas interiores; las habitaciones se separaban unas de otras por medio de cortinas. Sólo existía la puerta de la calle, y gran parte del mobiliario -como hornacinas, alacenas, bancos y repisas- se solía tallar en la misma pared de la cueva. Los interiores se encalaban cuidadosamente, ya fuese en blanco o en color, lo que daba a la vivienda una sensación de pulcritud y calidez muy considerables. Efectivamente; las casas cueva solían ser muy limpias y alegres a pesar de que las habitaciones interiores contaban con poca luz natural; recibían el resplandor del sol que entraba por los vanos de las puertas. Se amueblaban con mobiliario sencillo y práctico, y la mayoría no tenían mucho que envidiar en comodidad a las casas del pueblo, o de "yesón". Como cualquier vivienda, también se compraban, se vendían y tenían su documentación. Solían ser muy baratas porque, lógicamente, se trataba de hogares humildes.

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    El agujero de humos de una chimenea, abierto en el suelo de la colina

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    Interior en el que se distinguen la habitación principal con la chimenea al fondo, alacenas talladas en la pared y un vano de acceso a un dormitorio

     La cueva de Otilia y su familia, excavada por el abuelo muchos años atrás, era espaciosa y estaba muy bien construida. Contaba con amplias habitaciones, unos bonitos arcos hechos en piedra para que el techo no se viniese abajo -techo, por cierto, adornado con vigas de madera que además de decorar, lo reforzaban-, suelos de yeso y lajas lisas de piedra y una hermosa chimenea tallada, pintada de color burdeos. Otilia la recuerda con verdadero deleite, pues de aquél su hogar se marchó ya con los veintiséis años cumplidos, justo para casarse. Allí vivía junto a sus padres y hermanos, su abuela y los animales domésticos precisos para el día a día de la familia: un cerdo, una cabra -"teticoja" decían que era, porque tenía las ubres de distinto tamaño- unos conejos y las gallinas. Pero dejemos que sea Otilia quien nos describa, con sus propias palabras, cómo era su casa cueva…
    "A la entrada teníamos la cocina, que era también salón y comedor, todo junto, donde hacíamos la vida de día cuando no estábamos faenando en el campo o yendo a por agua; en la chimenea cocinábamos y al lado teníamos la mesa para comer. Detrás de la puerta de la calle teníamos la cantarera con los cántaros de agua, allí se ponía muy fresquita, y al lado de esa entrada grande teníamos varios dormitorios, así a los lados de la cueva, grandes también; había uno que era el de mis padres, otro que era para las hermanas en el que también dormía la abuela, y el cuarto de mis hermanos varones. El cuarto de los animales tenía una ventana, y para que no se colasen por allí los zorros, mi padre le hizo una cruz de palos, que era como si dijéramos una reja. Las camas era catres de palo y base hecha de soga, y encima de eso poníamos los colchones rellenos de farfollas de maíz, que se rellenaban todos los años para que estuvieran altos y blandicos. Se dormía muy bien en esas camas. Las almohadas eran de lana de las ovejillas que tenía mi abuelo. Había una cama sola por dormitorio, y en ella teníamos que apañarnos todos para dormir, unos para arriba y otros para abajo. ¡Pero no te vayas tú a pensar, que se dormía allí muy bien!"

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    Casa cueva de la familia de Otilia

     A pesar de los rigores impuestos por la posguerra en la vida cotidiana de los venteños, Otilia se consideraba, dentro de lo que cabe, una niña feliz. Su día a día transcurría tranquilamente aunque con grandes faltas, pues al poco de terminar la contienda su padre fue encerrado en la cárcel junto a quienes, como él, profesaban ideales de izquierdas. Cada semana su madre, Adoración, junto a otras esposas de encarcelados, trasponía caminando desde Ventas de Huelma hasta la cárcel de Alhama de Granada -salían de noche para que les diese tiempo a ir y volver en el día- para llevar a sus hombres comida y tabaco, porque los pobres presos se morían literalmente de necesidad. Tanto trabajaba Adoración en su casa y fuera de ella, y tanto trajín tenía que soportar que tal vez esas circunstancias fuesen la causa de que cayese enferma de tifus. Se tuvo que conformar entonces con dar instrucciones a sus hijos desde la cama, para que su casa siguiese en marcha. Durante ese tiempo los abuelos y los tíos de Otilia se encargaron de ellos, pero aun así los chiquillos tuvieron que despabilar rápido. Otilia ganaba algunas perrillas extra haciendo pequeños encargos a sus vecinos; su hermana mayor se puso a servir en una casa del pueblo. Aun así ella recuerda momentos que, aun dentro de la desgracia, eran a menudo motivo de risa para los niños, como aquellos días en que una de sus hermanas enfermó de los ojos; su madre, desde la cama, aconsejaba que se hiciese una infusión de manzanilla para lavárselos, y Otilia, con su mejor intención -entonces tenía nueve años- puso mucho azúcar a la manzanilla, tal y como veía hacer a los mayores "para que estuviese bien dulcecica", olvidando que no era para bebérsela. Al lavar los ojos enfermos de su hermanilla con el empalagoso brebaje, empeoró su estado considerablemente. -"¡Todas las moscas del barrio querían pararse en sus ojos! ríe ella, recordando el episodio-. O cuando tenían que localizar a tientas, en la más absoluta oscuridad, a su cabra "teticoja", palpando una por una las ubres de todas las cabras, y aun así se equivocaban y ordeñaban a la cabra del vecino, dejándolo sin leche hasta el día siguiente…

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    Cocina comedor de la cueva de Otilia; la gran chimenea aún conserva restos de color

     Otros momentos vivió, por el contrario, de gran emotividad. Tras mucho tiempo sin poder abrazar a su padre, preso en la cárcel de Alhama, pudo verlo unos instantes por pura casualidad. Iba ella cargada con una espuerta llena de hierba para los conejos de una vecina, cuando una mujer del pueblo la llamó a voces en plena calle. "¡Otilia, Otilia, corre, que va tu padre en la alsina…!" La niña voló descalza por las calles del pueblo -su madre no tenía para comprarle unas alpargatas- hasta que llegó a la plaza donde tenía su parada el autobús. En efecto, dentro del vehículo y junto a otros presos iba el hacedor de sus días, tan delgado y desmejorado que le costó trabajo reconocerlo. Estaban siendo trasladados a la cárcel de Padul -las autoridades de la época no avisaban de los cambios a los familiares hasta que se habían producido-. Su padre esposado, cabizbajo, convertido en una sombra de sí mismo, en cuanto vio a su hija se echó a llorar. La niña golpeaba la puerta del autobús pidiendo que la dejasen subir antes de irse para abrazarlo un minuto; por fortuna el guardia civil que custodiaba a los reos, aunque no le estaba permitido hacerlo -"en el mundo existen hombres buenos", refiere Otilia- no sólo permitió a la pequeña subir y abrazar a su padre, sino que además le regaló, compadecido de su pobreza, dos pesetas y media para que se comprase unos zapatos. En el mundo existen hombres buenos, sí.

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    Uno de los dormitorios de la cueva de Otilia, cuidadosamente encalado aun cincuenta años después. Debajo, detalle del acceso a una de las habitaciones interiores

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    Otra habitación más de la cueva familiar

     El agua era algo incómoda de obtener en Ventas de Huelma. A diferencia de otros pueblos, Ventas no tiene río propio y los arroyos cercanos, al proceder de un terreno muy rico en yeso, "daban aguas salobres", por lo que el agua para beber y cocinar se extraía de unos pozos de agua dulce -de origen muy antiguo, por cierto- situados a unos dos kilómetros del pueblo, justo a la orilla de la vía pecuaria que los une con Alhama de Granada. Y allá que trasponían todos a por agua con cántaros, calderos, bestias y aguaderas. No obstante para regar las veguetas, dar de beber a los animales y lavar la ropa se apañaban bien con la que corría por una gran acequia que atravesaba el pueblo, aunque esa agua era tan dura que el jabón ni siquiera hacía espuma. Luego tendían la ropa en las matas cercanas a las cuevas, bien extendida al sol para que quedase blanquita. Cerca de las cuevas del barrio de la Tejuela manaba una fuentecilla; se trataba un diminuto manantial del que brotaba un hilo de agua que los vecinos recogían con una hoja de higuera o con una teja -de ahí el nombre de la fuente y del mismo barrio-.

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    Uno de los pozos, fuera del pueblo, donde la población acudía a recoger agua para consumo. Al lado, la vía pecuaria y al fondo el pueblo. Debajo, interior de uno de los pozos, en la actualidad de propiedad privada

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     El tiempo fue pasando; a los seis años de su reclusión el padre de Otilia salió de la cárcel y la familia, reunida por fin tras el nefasto paréntesis, retomó como mejor supo el hilo de su vida. Su padre volvió a las tareas del campo en la finca de Los Frailes; su madre continuó faenando en otras casas y los hermanos de Otilia y ella misma, ya mayores, trabajaron también en todo lo que se ponía por delante. Mucho trabajo dentro y fuera de la casa, pero felices todos y en paz. A Otilia le gustaba mucho cocinar; entonces llovía mucho y el campo se llenaba de deliciosas plantas silvestres comestibles como collejas, cardillos, cambrones, chicoretas, serraja y una variedad casi infinita de setas, aunque sus preferidas eran los negritos. "El campo daba mucha comida", dice ella. Una de sus recetas favoritas, de las que más le gustaba preparar entonces, era el guiso de collejas, del que ella misma nos da la explicación.

    Receta del guiso de collejas de Ventas de Huelma (al estilo de Otilia)

     "Pues mira, se cogen las collejas del campo, se limpian de la tierrecilla que tengan y se lavan bien, y se echan en una olla con agua y una mititica de sal. Cuando están cocidas se escurren bien apretando y haciendo con ellas como una bola; luego, en una sartén, se fríen un poquito ajo y una poquita cebolla y, si se tiene, pues unas almendrillas también. Cuando eso está ya, se saca al mortero y en esa misma sartén se echan un poco de agua y unas papicas, se marean con las collejas y luego se le pone un chorrico de vinagre. Se majan en el mortero las almendras y el ajillo y se le echa también, luego un poco de más agua, su sal y su "carterilla"; si se tienen huevos se le echa también uno por persona, y ya está. Yo lo sigo haciendo, pero ya con collejas no, porque yo no sé qué le echan al campo que ya no nacen collejas; yo lo hago ahora con acelgas o espinacas, y también sale muy bueno".

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    Cortijo de Los Frailes. Los propietarios de esa finca daban trabajo a muchos habitantes del pueblo, entre ellos al padre de Otilia

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    Con los años, Otilia se convirtió en una joven muy guapa

     Los años pasaban y Otilia y sus hermanos se hacían mayores, mientras la vida continuaba apacible en el barrio de las cuevas. La feria de septiembre, el día de San Isidro, el siempre ameno paso de los arrieros -como aquel famoso Planas, que contaba mil historias de la Venta de López, en Játar- que llegaban de la costa trayendo frutas, verduras y pasas… Otilia, al igual que sus hermanas, se puso a servir en la casa de una familia pudiente del pueblo, y con dieciocho años conoció a un guapo mozo del vecino pueblo de Agrón, Antonio García Fernández, de quien se enamoró nada más conocerlo. Poco a poco sus hermanos se fueron marchando para iniciar sus propias vidas; a Otilia le llegó su turno también. Se casó con Antonio a los veintiséis años y se marchó con él a Agrón, donde se estableció en casa de su suegra por unos años. Allí tuvo a sus dos primeros hijos, Antonio y Begoña. Cuando la casa de su suegra empezó a quedarse pequeña para todos, Antonio marchó a Alemania para trabajar y al poco ella lo acompañó, dejando a los niños al cargo de su madre. A los dos años volvieron ambos, con ahorros suficientes como para poder comprar su propia casa. Otilia quiso que fuese en Ventas de Huelma "porque donde te has criado es donde te gusta estar", y por fin pudieron adquirir la casa en la que se establecerían definitivamente -por casualidad, su madre había trabajado allí mismo, de soltera-; la casa en la que nació su tercera hija, María José, y en la que Otilia continúa viviendo hoy.

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    Otilia y Antonio por fin alcanzaron la estabilidad con la que habían soñado

     Con el tiempo sus tres hijos se hicieron mayores y, como es ley de vida, emprendieron sus propias vidas; Antonio y Otilia permanecieron juntos en su casita de "yesón" hasta que él falleció, hace diez años. Desde entonces, Otilia vive con la sola compañía de su canario cantor y sus queridas macetas. Los barrios de casas cueva habían entrado en franca decadencia a medida que la emigración iba haciendo mella en el pueblo, pero sobre todo a raíz de las inundaciones del año 1963, que anegaron y derrumbaron varias viviendas, causando incluso muertos. Fue entonces cuando el ayuntamiento promovió y favoreció el traslado de las pocas familias que quedaban en las cuevas a las casas del pueblo, y el barrio "del terrón" decayó a partir de entonces velozmente. Posteriores reformas -como la conversión de la vereda de la Ermita en un camino- terminaron de enterrar algunas de aquellas viviendas y la fuente de la Tejuela. El tiempo convirtió a la Ermita, el Zacatín y la Tejuela en barrios fantasma, en meros recuerdos; en puras escombreras que sólo servían para que los chicuelos jugasen al escondite.

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    La ampliación del camino del barrio de la Ermita enterró muchas casas cueva

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    Restos de algunas casas cueva, en la actualidad

     Hoy aquellas singulares y antiquísimas viviendas subterráneas bostezan en su abandono, como oscuras bocas abiertas de asombro ante el incomprensible olvido de todos; las plazoletillas de delante, antaño escrupulosamente barridas y blanqueadas, se encuentran tomadas como al asalto por las altas hierbas que alimenta la primavera. Ya sólo las recuerdan los que vivieron allí, como nuestra amiga Otilia, que continúa recorriendo sus alrededores con frecuencia, llena de añoranza y respeto, reviviendo sin esfuerzo el espíritu de su antiguo barrio: las voces alegres de los vecinos, los ladridos de los perros, el rico olor a comida que escapaba por los agujeros de las chimeneas… porque a pesar de la evidente humildad del lugar, ése fue el único hogar que conocieron muchas personas.

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    A Otilia le encanta salir a pasear cerca de las cuevas, recorriendo los viejos senderos de su niñez

     Aunque sus hijos la animan a que se vaya a vivir con cualquiera de ellos, Otilia ha decidido no moverse de su pueblo natal. "¿Dónde voy a ir ya? Mis hijos trabajan los tres; para estar sola fuera, prefiero estar sola en mi casa, al menos mientras me valga solica", dice muy convencida. Y así pasa ella sus días tranquila, a gusto consigo misma, cuidando de su casa, de sus macetas y de sus muchos recuerdos, paseando y charlando con sus amigas y manteniendo graciosos monólogos con su canario sin nombre -su confidente leal-, a quien le gusta reprochar cada día, entre bromas y veras, que desperdicia mucho alpiste. Y así la dejamos, ya. Hasta pronto, querida Otilia, la niña que nació en el "terrón" y terminó en el "yesón"; la mujer que vive sola pero que no lo está, porque cuenta con el cariño y el respeto de todo su pueblo.

     Cae la tarde dorando las suaves laderas donde persisten en completo silencio, empeñadas en no desaparecer todavía, las ruinas de las casas cueva; donde una vez prosperaron tantas familias humildes, que no tenían dinero para comprar una casa del pueblo. "Aunque yo digo una cosa: los del terrón y los del yesón, en el fondo, éramos todos iguales: todos nos colgábamos la capacha por la mañana temprano, para irnos a ganar el jornal, ¿dónde está la diferencia entonces…?" concluye Otilia.
    Y, a nuestro juicio, tiene toda la razón.

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    La cueva de Otilia y el sendero que pasaba por delante, casi invisible ya

    Texto y fotos: Mariló V. Oyonarte.


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    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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