El cortijo de Marchiche, una historia vivida

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    El cortijo de Marchiche está enclavado en plena Sierra de la Resinera, que así llamaban en otros tiempos a la serranía donde se levantó esa casa antes de convertirse en el actual Parque Natural Sierras de Tejeda, Almijara y Alhama.

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     Este inspirador claro del bosque tapizado de hojas secas y bordeado de pinares con el Cerro Cabañeros de fondo es un rinconcito de la antaño conocida como Sierra de la Resinera, convertida desde el año 1999 en parte del Parque Natural Sierras de Tejeda, Almijara y Alhama. Hace ya muchos años que no la llaman así; desde la época en que esas montañas eran pertenencia de varios terratenientes que poseían miles de hectáreas para ellos solos. Unos eran personas con nombres y apellidos como la poderosa Marquesa de Cázulas; otros, entidades empresariales cuyos propietarios solían disfrutar de un considerable poder adquisitivo, como la Unión Resinera Española, que desde su fundación -a finales del siglo XIX- se dedicó a comprar por toda España terrenos de pinar para su explotación industrial. La Unión Resinera adquirió miles de hectáreas en los términos municipales de Alhama de Granada, Jayena, Fornes, Játar y Arenas del Rey mediante la compra de dos grandes fincas que en aquel tiempo se llamaban el Pinar de Alhama y el Monte de Córzola. Ambas englobaban, además de muchos kilómetros cuadrados de montañas, ríos, valles, barrancos y vaguadas, históricos cortijos que se hallaban diseminados como al azar por todas aquellas sierras, algunos de ellos muy antiguos. Uno de tantos fue el cortijo de Marchiche, sito en el término municipal de Arenas del Rey, que se encuentra precisamente junto a ese bello claro del bosque.

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     Si nos fijamos bien podremos distinguirlo desde aquí: se encuentra debajo de aquella peña, que llaman el Cerro del Águila; ahí, dentro del círculo rojo. ¿Que no se ve…? Tal vez estamos demasiado lejos, ya que esa foto se hizo desde lo alto de la Loma de la Madera. Vamos a acercarnos, pues, un poco más. Demos media vuelta; tomaremos el camino de tierra que parte desde la antigua Resinera -hoy Punto de Información del Parque Natural- que lleva, tras muchos kilómetros de subidas y bajadas, de curvas y contracurvas, casi hasta el último rincón de estas montañas atravesando collados y valles mientras nos salen al paso cortijos ruinosos de nombres casi olvidados. Porque este camino nos deja, justamente, delante de la puerta del viejo cortijo de Marchiche.

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    Ruinas del cortijo Marchiche. Al fondo, el imponente roquedo del Cerro del Águila

     Ahí lo tenemos, ante nosotros. Como se puede apreciar, apenas queda piedra sobre piedra. El pobre es la viva imagen de la desolación; desgraciadamente parece que ése es el sino ineludible de tantos cortijos almijareños. Mirando esos muros derruidos realmente cuesta imaginar la casa en pie y con gente alrededor. Pero no hace tanto fue un hogar, y un hogar además lleno de gente: trabajadores, personas de paso, una familia con muchos niños… el cortijo de Marchiche -o Machinche, incluso Machiche, porque por todos esos nombres es conocido entre las gentes del lugar- fue una finca grande, productiva, muy próspera, que procuró el sustento a muchas familias durante generaciones. La última que lo habitó fue la de Antonio Recio Ruiz, conocido también en el pueblo donde nació -Jayena- por su apodo, Antonio "Lagarto", que heredó de su padre, de su abuelo y de su bisabuelo. Antonio dice que no hay confusión posible: el nombre de ese cortijo es Marchiche, escrito con r; él lo sabe bien porque tuvo que escribirlo muchas veces, al rellenar los recibos de la renta por el arriendo de esos terrenos que su familia pagaba a la Unión Resinera Española, propietaria de la finca.

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    Antonio Recio Ruiz junto a su inseparable amigo canino, "Pancho". A su espalda, el Cerro del Águila parece vigilarlo todo

     Para Antonio cualquier momento es bueno si ello implica visitar su antigua casa y revivir sus años de infancia y juventud entre aquellas cuatro paredes que constituyeron, como para cualquier niño, todo su mundo. La familia Recio Ruiz -compuesta por el matrimonio de Francisco y Soledad y sus ocho hijos- se trasladó a esa casa en el año 1952, cuando Antonio apenas contaba ocho años, para cultivar la tierra y criar ganado, tareas que se realizaron durante unos años; más tarde todos se dedicaron a la resinación y el mantenimiento del magnífico pinar adyacente al cortijo. Antonio salió por primera vez de esa casa para hacer el servicio militar, con veintidós años, e incluso después de eso continuó volviendo por temporadas -su familia seguía por allí con un gran rebaño de ovejas- hasta que se marcharon todos definitivamente de Marchiche en el año 1971. A ver, hagamos las cuentas… desde 1971 hasta el año en que estamos, 2017, van cuarenta y seis años. No hace, por lo tanto, demasiado tiempo que esa casa está deshabitada; aun así la construcción prácticamente ha desaparecido bajo sus propias piedras -las casas, de alguna forma, son conscientes de su abandono-. ¿Damos un paseo por aquí? Será muy interesante recorrer con Antonio el cortijo y sus alrededores, escuchando tantas cosas como tiene que contar.

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    La casa original ya tenía muchos años cuando la familia de Antonio "Lagarto" se mudó allí

     En la actualidad permanecen en Marchiche las ruinas de dos construcciones diferentes, pero cuando llegó la familia Recio Ruiz sólo había una vivienda, la casa original, que por cierto era ya, por aquel entonces, muy antigua; no obstante todavía perfectamente habitable. Se trataba de una sólida edificación de anchos muros levantados a base de piedra amalgamada con launa, una especie de arcilla muy aislante e impermeable que abundaba por los alrededores. La casa era moderadamente amplia: contaba con tres habitaciones de buen tamaño, a saber, una cocina con chimenea y dos dormitorios. Aparte y fuera de la vivienda existía un gran horno hecho de piedra -que era el material que tenían más a mano- y las dependencias para los animales, que se encontraban por encima del cortijo. Vamos a "entrar" en la casa, para que Antonio nos cuente cómo se vivía en ella.

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    Vista del interior de la casa desde lo que fue la cocina. Se puede apreciar la notable anchura de los muros de piedra

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    Junto a las piedras caídas de los muros se pueden ver hasta tres tipos diferentes de las tejas que cubrían el tejado

     El acceso al interior se encontraba en el centro de la edificación, que constaba de una sola planta; del tejado a dos aguas no queda ni rastro, aunque se ven en el suelo los fragmentos de tres tipos distintos de teja de barro con los que se cubrió. El amplio vano de piedra de la entrada se aprecia todavía; en él encajaba una puerta hecha con grandes listones de madera maciza, adornados con unos vistosos clavos de hierro en forma de flor, de los que quedan algunos esparcidos por el suelo. A la izquierda se encontraba la cocina, que tenía en la pared de enfrente una enorme chimenea cuadrada, de amplia repisa. La estancia contaba con una ventana que abría en la fachada principal. Bajo ella, un contrafuerte de piedra -que aún se mantiene en pie- reforzaba el muro para que éste no se viniese abajo. Como solía ser costumbre en los cortijos sencillos, la cocina estaba amueblada con lo justo: una mesa de madera en el centro, unas cuantas sillas pegadas a la pared y un poyete o repisa de obra, más una cantarera debajo de la ventana. Esa estancia era el corazón de la casa, alrededor del hogar, donde la familia hacía la vida por las noches, los días de mal tiempo y durante las largas y oscuras tardes de invierno.

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    La cocina. A la derecha se puede apreciar el hueco de la ventana en la fachada; bajo ese montón de piedras están enterrados la chimenea y el horno de piedra, que estaba adosado al muro exterior

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    Otra época, mismo lugar: María, Manuel y Francisco, hermanos de Antonio, sentados delante de la ventana de la cocina; detrás de ellos el horno, en pie

     Enfrente de la cocina, tras un tabique con una puerta, se situaban los dos dormitorios de la casa, cada uno con su ventana a la fachada principal que daba vista a una panorámica espectacular del Cerro Cabañeros. Se comunicaban entre sí a través de otra puerta que llevaba de uno al otro, como era usual en las casas, antiguamente. Las camas, muy sencillas, eran de palo y se llamaban "chillas". A diferencia del "catre", cuyas patas se construían en forma de tijera, las chillas tenían las patas rectas; sobre ellas se extendía un colchón relleno de farfollas o hierba seca, y si no había colchón, la estructura se cubría con monte, es decir, ramaje seco que se tapaba con una manta gruesa para que no pinchase. Completaban la decoración de los dormitorios unos clavos grandes en las paredes que servían para colgar talegas, ropa, sombreros y demás complementos de uso cotidiano.

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    Espacio que correspondió al primero de los dormitorios; a través del hueco de la ventana se divisa la mole azul del Cerro Cabañeros, hoy semioculta por los pinos

     La familia de Antonio era numerosa, pero todos se las componían para descansar en esos dos cuartos sin estrecheces; tanto era así que cuando había más gente en el cortijo -cosa que ocurría a menudo- como trabajadores o gente de paso, los acomodaban también dentro de la casa, como buenamente podían. "¡Aquí había a veces más gente que en la guerra!", ríe Antonio. Y evoca risueño aquella noche en la que aparecieron por allí dos vinateros de Málaga. Iban camino del cortijo de Cabañeros, pero era pleno invierno y no había parado de llover durante toda la jornada; cuando les cayó la noche encima justo a las puertas del cortijo Marchiche los pobres hombres, empapados y agotados, pidieron cobijo por unas horas en cualquier rincón de la casa. La familia de Antonio los acogió a ellos y a sus monturas; los dos hombres junto con sus bestias -un mulo y un burrillo, que ataron a una esquina- se acomodaron bien calentitos en la cocina, mientras fuera se descerrajaba un tremendo aguacero. "Caía el agua a brazadas", recuerda Antonio. Cada vinatero llevaba dos pellejos llenos de vino dulce para vender, y cuenta Antonio que aquella noche durmieron bien poco entre conversación y vasillos de vino, departiendo todos amigablemente junto a unos jornaleros que también paraban allí esos días.

     En el lateral derecho de la casa, al lado del horno -hoy convertido en un montón de piedras- existía una pequeña explanada o placetilla en la que solían tomar el sol cuando el tiempo era bueno; un poco más allá tenían dispuestas unas rocas muy a propósito, donde colocaban la sal para el ganado -las ovejas, las vacas y hasta el burro de la familia acudían a tomar la sal de allí-. De esas rocas sólo queda una en su lugar original; las demás han rodado o simplemente desaparecido. Antonio cree que podrían haber sido trasladadas a raíz de la construcción del camino que nos ha traído hasta aquí.

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    En esta piedra Antonio dejó muchos puñados de sal para los animales

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    Los hermanos de Antonio montados en "Pajarillo", el borrico de la familia, que servía tanto para las faenas de la casa como de compañero de juegos

     El carril que conduce al cortijo de Marchiche parte desde la Resinera y llega hasta el paraje de La Monticana. Pero no era éste el que existía en tiempos de Antonio. Al cortijo se venía entonces por dos caminos de herradura: uno salía desde Jayena atravesando barrancos y collados, y el otro subía desde el cauce del río Cebollón. Entonces los terrenos que rodeaban el cortijo estaban formados por un bosque continuo de pinos y numerosas hazas donde se sembraban distintos tipos de cultivo. Justo por encima de la casa, precisamente, crecía un grupo de pinos jóvenes -hoy siguen en el mismo sitio, enormes ya y en plena madurez- que ellos llamaban "la lomilla de los pinos reales" porque los árboles pertenecen a esa especie. Toda esa loma, que ascendía suavemente hasta la peña del Cerro del Águila, estaba tapizada por un espeso pinar mezclado con monte bajo que se parecía mucho al que existe en la actualidad.

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    La lomilla de los pinos reales

     Más allá del cortijo, cada parcela de terreno medianamente llana -las hazas y las hazuelas, se llamaban- estaba dedicada a la labranza. Unas se empleaban para plantar cereales de secano como trigo, cebada, avena, avenate, garbanzos y lentejas; otras, las que tenían el agua más cerca, se sembraban de habichuelas, patatas y maíz. Eran muchas, desde luego, las fanegas de terreno cultivable que tenía el cortijo Marchiche; más de regadío que de secano porque por aquellas barranqueras discurría el agua durante todo el año. Por encima de la casa se situaban los corrales, que la familia había construido a modo de chozas, es decir, a base de ramaje seco o "pinacho". Las bestias de carga, las ovejas y a veces hasta las vacas dormían allí -no tenían cabras porque los propietarios de la finca opinaban que ese ganado devoraba los retoños de los pinares-. A pesar de estar construidos con un material aparentemente frágil, los corrales, hechos a conciencia, no se caían con el viento ni calaban cuando llovía. Hoy esa explanada está colonizada por nuevas generaciones de pinos y matorral que han borrado por completo los vestigios de aquellos sencillos rediles.

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    En esta explanada estaban los corrales construidos con "pinacho"

     Algo más arriba, junto a una curva del camino que gira a la izquierda, se encuentra el terreno donde la familia tenía puestas las colmenas. Eran al menos treinta o cuarenta, y producían tanta miel que había suficiente para el gasto de la familia y hasta para vender fuera. Aún se pueden ver en algunos lugares el asiento o surco que se hacía a cada colmena para que se apoyase bien en el suelo. Muy cerca hay un pequeño barranco y una planicie contigua a él que la familia bautizó como la "majaílla de los conejos", tal era el número de esos animalillos que rondaba por allí. Había centenares de ellos; el barranco entero estaba horadado de arriba a abajo por sus madrigueras.

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    A la derecha, colonizado hoy por pinos y matorral, el terreno que se dedicaba a las colmenas

     Eran buenos tiempos, cuenta Antonio. El cortijo y sus terrenos "estaban que bullían de gente y animales". Dedicados en cuerpo y alma al campo, entre todos mantenían cada palmo de tierra perfectamente desbrozado y cultivado. Era, según él, una alegría vivir allí con la casa tan llena; en el cortijo, además, siempre había alguien que entendía de letras y enseñaba -a ratitos, entre faena y faena- a leer y a escribir a Antonio y sus hermanos, que por vivir en aquel retirado lugar no tuvieron la oportunidad de ir a la escuela.

     Su madre, Soledad, era muy buena cocinera. ¡Lo que se acuerda Antonio de aquellas matanzas tan hermosas que hacían todos los años…! Además de varios cerdos se solían sacrificar algunos carneros para disponer de mayor cantidad de carne para hacer embutidos, ya que en esa casa había muchas bocas que alimentar, propias y ajenas. El agua que necesitaban la obtenían de una fuentecilla -hoy seca e invadida por juncos y zarzas- que manaba muy cerca de la casa, y a su lado, corriente abajo, había una alberca hecha de tierra con una canal de madera que llevaba el agua hasta una acequia para regar la hortaliza, plantada a propósito justo al lado. En ese paraje húmedo y umbroso se daban muy bien las setas, de las que nacían varias especies; la familia de Antonio no las aprovechaba, pues entonces -"cosa curiosa, con las hambres que había aquellos días", apunta Antonio- en su casa no tenían costumbre de comerlas.

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    La parte trasera del cortijo; enfrente el Cerro del Duende, el Cerro Cabañeros, el Navachica y la Loma del Oso

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    Las mujeres de la casa se encargaban de cocinar grandes cantidades de comida para todos, trabajadores y miembros de la familia

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     Delante del cortijo se extendía una amplia haza sembrada de cereales, aunque también crecían algunos pinos dispersos que daban una agradable sombra. Algo más allá se encontraba la era, empedrada y en leve cuesta abajo, que solía ser minuciosamente recorrida por las gallinas de su madre mientras picoteaban arriba y abajo en busca de grano, gusanillos y otras menudencias comestibles. A menudo las cabezonas aves se escondían entre la maleza para poner sus huevos y luego aparecían tiempo después, seguidas por una hilera de diminutos y ariscos pollitos. De la misma manera, enormes bandadas de perdices acudían al reclamo de los campos de cereal. Enfrente del cortijo se recortaban los montes de perfil quebrado y pendiente que han dado fama a estas sierras: el Cerro Cabañeros, imponente y azul, con la altiplanicie pedregosa del Navachica detrás, y justo delante de ellos el Cerro del Duende; a la derecha, la alargada Loma del Oso, toda cubierta por un cerrado bosque de pinar que ya estaba ahí en tiempos de Antonio.

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    Antonio no se cansa de mirar el panorama del Barranco de Las Culebras

     El verde y frondoso Barranco de las Culebras estuvo en otro tiempo plagado de hazuelas de regadío en las que se cultivaban patatas, habichuelas y maíz, principalmente. La abundancia de agua gracias a las frecuentes lluvias obligaba a construir toscos puentes de palo sobre los arroyos para que el ganado pudiese pasar de un lado a otro, tanto era el caudal que bajaba. Eran aquellas hazas grandes y muy llanas a pesar de la orografía del propio barranco, y los nacimientos de agua surgían en cualquier parte. En la parte más baja había un pozo al que llamaban "el pozo del puente", porque estaba situado al lado de un puentecillo para el ganado, en la confluencia del arroyo de las Culebras con el de la Monticana. Por allí pasaba un camino de carros conocido como el "camino de los pastizales" -del que todavía se conservan varios tramos- que comunicaba varios cortijos de la zona. Todo aquello era un paraíso para los caracoles; esos enormes caracoles de concha blanca, endémicos de esas sierras, que se encontraban por todas partes y que la familia de Antonio recolectaba para que su madre los cocinase con una deliciosa salsa que era su especialidad. En el centro de esa gran hoya verde, un alto roquedo en forma de talud servía como pajar del cortijo. A su resguardo almacenaban la paja para los animales; por eso lo llamaban "el tajo de la paja".

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    En el centro de la imagen, el talud al que llamaban el "tajo de la paja"

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    La explanada rodeada de pinos que fue la era del cortijo

     Un poco más abajo del cortijo se yergue un pino muy alto, recto y majestuoso, que capta la atención de todo el que pasa por allí. Es el "pino del abuelo". La familia de Antonio lo bautizó con ese nombre con toda la lógica, ya que era el lugar predilecto del padre de su padre para sentarse tranquilamente a descansar, cuando iba a pasar con ellos algunas temporadas. Se trataba, desde luego, de un lugar perfecto: desde la casa la familia controlaba al anciano y éste podía, a su vez, sentarse y sentirse en paz, en silencio y a sus anchas. Aunque el pino era mucho más pequeño entonces, ya apuntaba maneras y procuraba una magnífica sombra. Cuántas horas no se pasaría allí el abuelo Antonio hablando consigo mismo, ensimismado en quién sabe qué pensamientos, meditando tal vez en lo mucho que habían cambiado las cosas desde su lejana juventud. En la actualidad el "pino del abuelo" presenta viejas heridas -ya cicatrizadas- debidas a la resinación y su tronco, hueco por dentro, alberga una pacífica y laboriosa colmena de abejas silvestres.

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    El "pino del abuelo"; al fondo, el cortijo. Debajo, Antonio muestra el agujero de entrada a la colmena

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     Casi cada árbol guarda para Antonio un recuerdo asociado a su imagen. El "pino de la vaca", por ejemplo, era llamado así porque una vez ataron allí a una vaca para curarle una pata de la picadura de una víbora, que eran entonces muy abundantes. También anda cerca el "pino de las sartenes", enhiesto e inconfundible en la placeta a la derecha de la casa, bajo cuya fresca sombra su madre solía cocinar en tiempo de verano, "talmente como se hacen las barbacoas hoy en día". De sus ramas se colgaban las distintas sartenes que ella utilizaba, de ahí su prosaico nombre. Quedan todavía por los alrededores algunos restos de aquellas actividades: Antonio reconoce aquí los trozos de loza de un lebrillo y allí la tapadera de una olla de hierro, utensilios que pertenecieron a su madre y sus hermanas.

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    Fragmento de loza de un viejo lebrillo

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    Sobre una teja, un clavo en forma de flor de la puerta de la casa

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    La oxidada tapadera de una antigua cacerola de hierro

     El senderillo que conducía a la fuente se perdió bajo las aulagas y el romero hace muchos años. Tampoco quedan restos ya del antiguo estanque, ni de la canal hecha de palo -era un tronco hueco de pino- por la que corría el agua hacia la hortaliza. Todo ha desaparecido, tragado por una maleza que ya no ramonean las ovejas y que, asilvestrada e invasiva, se ha adueñado del terreno antes controlado por la mano del hombre. Sólo se reconocen los viejos "chortales" o zonas de pasto, repletos de junqueras y otras herbáceas que crecían al favor de la humedad, donde solía pacer el ganado. Incluso la protegida vaguada que ocupaba la hortaliza ha cambiado: donde antes crecían tomates, pimientos y pepinos ahora medra un lustroso bosquete de pinos resineros.

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    Los chortales sigue pareciéndose a lo que fueron antaño

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    El lugar que solía ocupar la hortaliza está tomado ahora por un joven pinar

     Cuando la familia de Antonio llevaba unos años viviendo en Marchiche la Unión Resinera decidió construir, al lado del cortijo original, una de aquellas casitas que la empresa habilitaba para los resineros -que, antes de que se introdujese esa mejora, se alojaban en chozas-. (Esas casitas, todas iguales, se encuentran repartidas por muchos rincones de la Almijara donde todavía permanecen, en distintos grados de ruina). Con una sencilla pero eficaz distribución, constituían una vivienda bastante más práctica, caliente y confortable que las oscuras y gélidas casas-cortijo antiguas. La familia de Antonio se mudó a la nueva casa, dejando la anterior como alojamiento para el ganado y almacén para guardar los aperos de trabajo. Al poco fabricaron ellos mismos un nuevo horno de piedras al lado de su nuevo hogar, y allí se instalaron durante varios años más.

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    Dos hermanos de Antonio frente a su nuevo hogar, la casita de la Unión Resinera

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    La vivienda en la actualidad; tampoco queda mucho ya

     Con el tiempo Antonio y su familia dejaron de cultivar aquellas tierras, pues aunque había mucha agua, el terreno agrícola -siete fanegas de regadío y seis de secano- era pobre, en realidad. Continuaron trabajando unos años más para la Unión Resinera, pero ya en la resinación y cuidado del pinar y al cargo de su rebaño de ovejas. A ellos les resultaba económicamente más rentable, a pesar de que resinar pinos era un trabajo más duro que labrar la tierra. Y claro, con el abandono de la actividad agrícola las antiguas hazas fueron repoblándose de pinos resineros, ya fuese plantados o nacidos espontáneamente de semillas caídas. El paisaje alrededor de Marchiche fue cambiando poco a poco, hasta convertirse en lo que vemos hoy. Por fin en el año 1971, con los hijos ya crecidos y en busca de nuevas perspectivas de trabajo y los padres más mayores, la familia Recio Ruiz abandonó el lugar definitivamente y el cortijo encaró resignado su nuevo y postrer destino; el mismo que han ido sufriendo, unos antes y otros después, todos los cortijos de la zona: el abandono.

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     El cortijo de Marchiche duerme hoy, y para siempre, el sueño de los olvidados. Olvidado de todos menos de Antonio Recio, que sigue paseando por allí siempre que tiene oportunidad, narrando sus historias sobre la vida de antes en ese rincón de la Almijara. Mientras tanto, año tras año, el ciclo de la vida se perpetúa, las especies se reproducen, todo sigue en continua evolución. El paraje de Marchiche también se muestra renovado, verde y exuberante; tan sólo las casas han abdicado y se desmoronan lentamente mientras cae sobre ellas la noche definitiva, evidenciando con su desahucio que ciertos modos de vida -por desgracia o por fortuna, el tiempo lo dirá- ya no volverán.

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    Texto y fotografías, Mariló V. Oyonarte
    Con la colaboración de José Gutiérrez Jiménez

    Para saber más sobre la historia de la Unión Resinera Española:

    - Historia de la Resinera de Fornes (I)

    - Historia de la Resinera de Fornes (II)


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    Relación de 'Caminos y gentes' publicados

     

    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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