Una carta para la eternidad: tras la historia de Carmen y Rafael (I)

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    Esta es la crónica de un hallazgo y una búsqueda; de un emocionante viaje en el tiempo tras una historia de amor que tuvo lugar en la Axarquía de Málaga, durante la posguerra española.

     Es verídica de principio a fin, con nombres reales de personas reales, que vivieron hechos reales en lugares que, por supuesto, existen todavía. Sus protagonistas, Rafael y Carmen, ya no están entre nosotros, pero sí muchos de sus descendientes. Por preservar el anonimato de la familia no facilitaré apellidos, datos concretos ni ubicaciones exactas, hasta contar con su apoyo para completar y finalizar este relato como merece.

     Todo comenzó con la inesperada aparición de una carta manuscrita. A partir del contenido de la misma y recopilando datos basados en evidencias y hechos probados -tomados de aquí y de allá, después de semanas de una investigación minuciosa, que acaba de concluir- he ido reconstruyendo, poco a poco, las vidas de Rafael y Carmen, una joven pareja de enamorados que, a pesar de las circunstancias que les tocó vivir... pero, un momento: mejor será empezar por el principio.

     Si os apetece conocer el origen de esta sorprendente aventura preparémonos, que salimos ya: tendremos primero, como en las películas, que viajar en el tiempo. ¿Estamos todos? ¿Sí? Pues entonces, démonos la mano y retrocedamos setenta y cuatro años atrás…

    Campamento Comandante Benítez, Málaga. Sábado, 15 de mayo de 1943
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    Estación del Campamento Comandante Benítez

     Era aquel un día típico de mediados de primavera. El sol ya estaba alto y su luz blanca iluminaba las edificaciones del campamento militar, los campos circundantes y la playa, que se encontraba muy cerca. El extenso Campamento Militar Comandante Benítez, con sus veintiocho hectáreas de terreno, situado a pocos kilómetros de la ciudad de Málaga, se encontraba a la sazón repleto de hombres. Sus instalaciones acogían desde hacía tres lustros a muchos centenares de reclutas que, durante dos largos años, eran obligados a realizar una trabajosa instrucción militar que los llevaría a convertirse en "heroicos soldados al servicio de la Patria y de su Caudillo" si decidían quedarse en el ejército, o en caso contrario, a aprender un oficio y convertirse en lo que entonces venía a conocerse como "hombres de provecho".

     Era sábado por la mañana y el ambiente en el campamento, en pleno fin de semana, estaba tranquilo. Tras el acostumbrado desayuno de café con un chusco de pan, los reclutas que no tenían obligaciones de última hora disponían del día libre. Algunos, los más afortunados -que tenían sus hogares cerca del campamento y disponían de dinero para pagarse el autobús- se habían marchado con permiso de fin de semana a sus lugares de origen para visitar a sus novias y a sus familias, o aprovechaban para acercarse a Málaga capital a requebrar a las muchachas que paseaban por el parque. El resto de reclutas -que era la inmensa mayoría-, lejos de sus pueblos y con los bolsillos vacíos, pasaba ese tiempo de asueto semanal dentro del campamento, descansando de la ajetreada semana y entreteniendo las horas de la mejor manera posible.

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    Instalaciones del Hogar del Soldado, Campamento Comandante Benítez

     Algunos salían fuera del recinto del cuartel para dar un paseo por la playa mientras fumaban un cigarro, absortos en sus pensamientos; otros se acercaban a la cantina que había frente a la puerta principal del campamento para tomar unos chatos de vino; los había que se agrupaban en una esquina del campo de maniobras y jugaban un improvisado partido de fútbol con cualquier objeto que pudiera servirles de balón; muchos gustaban de reunirse en corrillos para conversar tranquilamente. Cualquier pasatiempo valía a aquellos muchachos obligados a ser hombres -la mayoría contaba entre los veintiuno y los veintitrés años de edad- para descansar cuerpo y mente de la tensión que les suponía verse lejos de sus hogares y familias, mal alimentados e incluso vestidos, bajo las órdenes de unos mandos demasiado estrictos, en una época -los años que siguieron a la Guerra Civil- que todos coinciden en describir como una de las más penosas de nuestra historia reciente.

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    Soldados durante el ejercicio de maniobras en el Campamento Comandante Benítez, principios de los años cuarenta

     El soldado Rafael, de veintitrés años, no había salido aquel fin de semana -como tantos otros- porque no disponía de tiempo para viajar lejos ni de dinero suficiente para costearse un autobús que le llevase a su casa, situada a bastantes kilómetros del campamento, en un pueblecito de la Axarquía malagueña. Había decidido, por tanto, quedarse en la tranquilidad del barracón donde dormía -solitario en ese momento- y entretenerse escribiendo una carta a su novia, Carmen, que vivía en un pueblo cercano al suyo. Sentado en su litera, con una tabla sobre las rodillas que, a modo de mesa, le servía de apoyo para escribir, Rafael tomó con cuidado un sobre y papel de cartas, y la pluma y el tintero que le había prestado un compañero. Sabía exactamente qué tenía que decir a su novia, pero debía escoger bien las palabras. Deseaba, ante todo, transmitirle tranquilidad y seguridad: en sus cartas, la muchacha -que tenía veinte años- le contaba, muy someramente para no apurarlo, que lo estaba pasando mal. Pero a buen entendedor…

     Y es que el de ellos era un noviazgo mal visto por el padre de Carmen, cuestión que acarreaba algunos problemas a la chica. Su único consuelo entonces eran las cartas que recibía de Rafael, las cuales esperaba ansiosa porque las palabras de su novio, siempre serenas, siempre reconfortantes y optimistas, constituían justo el bálsamo que ella necesitaba para continuar con aquella relación. Sí, se reafirmó Rafael; lo primero era sosegarla y darle ánimos. Mojó la pluma en el tintero y comenzó a escribir con pulso firme en el reverso del sobre.

    "Remitente, Rafael ----- -----
    Regimiento de Infantería 8, Primer Batallón, Compañía de Ametralladoras
    Campamento Benítez, Málaga"


    Sobre manuscrito original de Rafael

     A continuación, en el anverso del sobre, anotó el nombre y la dirección de una persona que no era Carmen. No podía correr el riesgo de enviar esa carta a casa de su novia y que, por mano del azar, cayese en unas manos que no fuesen las de ella; no había más remedio, pues, que enviarla a su propia casa, la de Rafael, para que su madre -María se llamaba-, entregase esa misiva con total discreción. Debajo de su dirección escribió, muy clarita, la leyenda "Para entregar a Carmen ----- -----".

     Antes de redactar la carta Rafael miró por la ventana, como buscando inspiración. Fuera hacía un día radiante: el cielo azul, sin una sola nube, anunciaba calor, pero una tonificante brisa proveniente del mar refrescaba el ambiente. "Un día que sería perfecto, si pudiera estar de paseo con Carmen", pensó. Él era uno de los incontables reclutas obligados a cumplir el período de instrucción en ese campamento militar, repartidos en dos batallones, integrado cada uno por tres compañías de fusileros y una de ametralladoras. El Campamento Benítez era muy grande: contaba con cocinas, polvorín, equipos de mantenimiento y edificio para alojar a los mandos. El servicio militar era obligatorio entonces para todos los mozos que cumpliesen unos mínimos requisitos de talla y condiciones físicas. Pero la prolongada y difícil posguerra española, que afectó a la sociedad civil en tantos aspectos, también se notaba en el ejército, y mucho. Los uniformes quedaban grandes a la mayoría de los soldados debido a las circunstancias combinadas de la escasez de tallas y el bajo peso de los mozos, que pasaban tanta hambre que -según se rumoreaba- en algunos campamentos se desmayaban de pura debilidad, tras las maniobras. En los primeros años cuarenta la carestía de equipamiento llegó a ser tan gravosa que incluso faltaban accesorios básicos como las botas o los cascos: las botas se sustituían por alpargatas, y los cascos por gorrillas cuarteleras.


    Reclutas haciendo la instrucción en el Campamento Benítez, a principios de los años cuarenta. Los soldados carecían de botas y cascos

     Rafael alejó la mirada de la ventana, respiró hondo y comenzó a escribir, consciente de que Carmen leería y releería cada palabra hasta aprenderse la carta entera de memoria.

    "Campamento Benítez, a 15 Mayo 43.

    Mi estimada Carmen, deseo que al ser ésta en tu poder te halles buena en unión de tus padres y demás familia, yo por ésta bien, gracias a Dios.

     Carmen, ésta es para decirte que ha sido en mi poder tu deseada carta fecha 11 del mismo, la que me llenó de alegría al saber que estás bien, que es lo que yo deseo y quiero, enterado de todo cuanto en ella me dices (…)"

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     Escribía despacio, mojando bien la pluma en el tintero, dibujando con cuidado cada sílaba para que su novia entendiese su letra. Él se podía considerar afortunado: sabía leer y escribir de corrido, a diferencia de muchos compañeros de reclutamiento, que eran totalmente analfabetos y dependían de la bondad de otros para enviar noticias a los suyos. De hecho en aquellos tiempos, durante el servicio militar, los muchachos aprovechaban para instruirse no sólo en las artes castrenses sino también en las del leer y escribir -algunos llegaban incluso a sacarse el Graduado Escolar- así como para acceder a cursos de Formación Profesional y aprender oficios que les servirían posteriormente para la vida civil: mecánicos, electricistas, cocineros, fontaneros, sastres, guarnicioneros… así al menos contaban con la posibilidad de buscar trabajo fuera del mundo rural -de donde provenían muchos- una vez concluido su deber para con la Patria.

    Rafael continuó transcribiendo sus pensamientos al papel.

     "Carmen, de lo que me dices que te dio mucha alegría cuando te dio mi madre la carta, y que tú creíste que yo te llamaba, pues yo creo que muy pronto te llamaré ya, pues este domingo que viene iré con permiso o cumplido, según dicen aquí, porque hay algunos rumores, pero cierto no se sabe, así es que si puedo ir con permiso iré, que no puedes hacerte una idea la gana que tengo que llegue el día ese, que me parecerá mentira (…)

     De lo que me dices que no me apure por nada y que tenga calma, pues te digo que cómo no me voy a apurar, cuando por ti no me apure por quién me voy a apurar, que eres la mujer que más quiero (…)"

     Le reiteraba que no se preocupase porque que él iría pronto, se casarían en cuanto tuviesen la oportunidad y la instaba a que tuviese paciencia, que él tenía planes para el futuro de ambos y que todo llegaría, que había de tener fe, como la tenía él mismo.

     "Carmen, le dices a mi madre que le dé muchos recuerdos a la madre de Guirado y le diga que su hijo está bien, igual quizá irá licenciado muy pronto. Y le dices a mi hermano Paco que me busque trabajo para la semana que viene, que yo creo que muy pronto pienso ir (…)".

     Rafael tardó un buen rato en ultimar la carta porque repasaba varias veces lo ya escrito, asegurándose de no olvidar nada de lo que tenía que decir. Cuando había rellenado tres carillas de aquel fino papel rayado, la dio por terminada.

     "(…) Sin más que decirte, muchos recuerdos para tus padres y tu amiga María, y besos a mi madre y mis hermanos, y tú mi querida Carmen recibe el más tierno cariño de este tu novio que no te olvida y lo es,
    Rafael ----- -----

    Adiós y espérame pronto"

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    Manuscrito original de Rafael. Sólo se han transcrito algunos fragmentos de la carta y los apellidos se han obviado, para preservar la intimidad de la familia

     Rafael introdujo la carta en el sobre y lo cerró con cuidado. A continuación lo guardó bajo la almohada de su litera hasta el momento de entregarlo al cabo furrier, encargado de distribuir toda la correspondencia que entraba y salía del campamento. El muchacho estaba deseando de ver partir esa carta y que Carmen la tuviese pronto entre las manos. Sonrió para sí, imaginando la cara de su novia al leer las frases que él le había escrito con tanto cariño. Luego salió al patio: le apetecía echar un cigarro y un rato de conversación con sus compañeros.

    Granada, verano de 2017

     Sonó mi teléfono. La llamada provenía de una persona residente en un pueblo de la Comarca de Alhama, en la provincia de Granada, que -conocedora de mi afición por recuperar historias- se preguntaba si tal vez podría interesarme cierto documento antiguo, del que ignoraba si tenía valor o no, que guardaba en un cajón desde hacía unos años. Aprovechando que estaba de vacaciones me desplacé al lugar la mañana siguiente, deseando ver de qué se trataba.

     Era una carta personal, manuscrita y con muy buena letra, por cierto. Mi interlocutor explicaba que esa carta había sido encontrada -quién sabe si perdida, o tal vez escondida- dentro de la estructura de madera de un mueble antiguo y que él la guardó por ser una reliquia; que incluso pensó en devolverla, pero imaginaba que sería como buscar una aguja en un pajar y ahora, al cabo del tiempo, no sabía qué hacer con ella. La misiva se encontraba en perfecto estado de conservación, tanto el sobre como su contenido, una cuartilla rayada escrita a tres caras, doblada por la mitad; tan sólo el color amarillento del papel y el tono desvaído de la tinta delataban los muchos años que habían transcurrido desde que esa carta se había escrito. El remitente se llamaba Rafael, y la carta estaba dirigida a una mujer llamada Carmen. En el matasellos se leía perfectamente una fecha: dieciséis de mayo de 1943.


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    Reverso de la carta de Rafael; a la derecha, detalle del matasellos, en el anverso del sobre

     Abrí el sobre con prudencia porque el papel se notaba frágil al tacto, tomé la carta y leí respetuosamente -disculpándome 'in mentem' ante quien la escribió, por mi intrusión- las tres páginas escritas a mano con aquella letra picuda, cuidada al detalle, de mayúsculas trazadas con primor: caligrafía de antigua escuela. Tenía en mis manos una preciosa, una íntima carta de amor escrita un sábado quince de mayo y expedida al día siguiente, domingo dieciséis. Estaba redactada al estilo de antes, ceremonioso y formal, pero entre líneas, junto a las clásicas fórmulas epistolares de salutación y despedida de la época, se adivinaba claramente el inmenso cariño que unía a las dos personas involucradas en esa historia, tan arcaica y vigente a la vez. Cuando terminé de leerla tuve la impresión de que estábamos descubriendo algo grande y bello, que no podía terminar ahí.

     Saltaba a la vista que la carta había sido cuidadosamente abierta, leída y después puesta a buen recaudo, por ello se encontraba en buen estado tanto tiempo después. ¿Habría llegado a manos de su auténtica destinataria, Carmen? ¿La habrían encontrado, antes que ella, otras personas? ¿Lograron casarse Rafael y Carmen, o quizá las adversas circunstancias que los rodeaban -la posguerra, la distancia, la oposición familiar- les obligaron a hacer sus vidas por separado? Mil ideas acudieron a mi cabeza ante la certeza de encontrarme ante una historia cotidiana pero también extraordinaria, de esas que se han repetido mil veces desde que el mundo existe, pero no por ello son menos dignas de ser sacadas a la luz. Aquella carta había permanecido en silencio -guardada, escondida, extraviada… eso daba igual- setenta y cuatro años, atrapada en la estructura de un viejo mueble. Ese trocico de papel se las había ingeniado para mantenerse de una pieza y salir de las tinieblas del olvido, tres cuartos de siglo después. Lo primero que pensé fue que sería increíble reconstruir su historia. Pero enseguida me di cuenta de que lo que más importaba -lo que deseaba, en realidad- era devolver la carta a sus legítimos propietarios.

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    La primera página de la carta de Rafael
     
     Pedí permiso a la persona que me entregó la carta para llevármela, y ese mismo día comencé las pesquisas. No fue difícil, gracias a las autopistas de información de Internet, encontrar las primeras respuestas; en el sobre venían escritos nombres y apellidos, una dirección y referencias muy concretas sobre un pueblo de la Axarquía malagueña. Durante varios días anduve anotando nombres de posibles familiares de Rafael y Carmen, direcciones y muchas decenas de números de teléfono, a los que fui llamando uno por uno -¡menos mal que existe la tarifa plana de llamadas!- sin obtener resultados dignos de mención. Al poco tiempo, uno de aquellos nombres me dio una pista seria por la que continuar; esa me llevó a otra, y luego a otra. Finalmente, al cabo de varios días, pude sacar algunas conclusiones fiables: todo parecía que empezaba a coincidir, fechas, nombres, y lugares. Fue entonces cuando se hizo imperativo viajar a la Axarquía de Málaga, en busca de respuestas definitivas. Para ello conté con la ayuda de un gran amigo, conocedor de aquella zona: el Catedrático de Historia jubilado, escritor e investigador José Aurelio Romero Navas.

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    José Aurelio Romero Navas

     José Aurelio Romero Navas ha dedicado toda su vida laboral a la enseñanza, pues comenzó, con tan sólo dieciséis años, a dar clases en la escuela de un pueblecito de la Axarquía, Corumbela. Continuó su carrera como miembro del Cuerpo de Catedráticos de Instituto en la rama de Historia, centrando sus investigaciones, durante la elaboración de su tesis doctoral, en la evolución de la guerrilla antifranquista en Andalucía. Ha publicado numerosos trabajos y artículos sobre ese tema en publicaciones especializadas, así como participado en diversas jornadas sobre esa temática tanto en España como en el extranjero (Universidad de Pau, Francia), y en documentales de televisión. Es autor de cinco libros que constituyen una fuente de información imprescindible para los estudiosos del tema: "Bibliografía de la guerrilla", "Censo de guerrilleros", "Recuperando la memoria", "Vidas truncadas" y "La guerrilla en 1945".

     José Aurelio y yo nos trasladamos entonces a la capital de la Axarquía malagueña, Vélez Málaga, por ser el pueblo más importante de la comarca, donde obtuvimos una excelente ayuda por parte de Salvador Conde Méndez, de la gestoría Méndez de esa localidad, que nos sugirió unas útiles pautas de actuación que, afortunadamente, dieron sus frutos. De allí fuimos derivados a otros puntos comarcales -parroquias, catastros municipales, residencias de la tercera edad- cuyas sugerencias e informaciones, una vez ordenadas e investigadas a lo largo de los días siguientes, fueron determinantes para ir acotando un círculo familiar que podría ser el de mis amigos -porque ya eran como amigos- Rafael y Carmen.

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    Salvador Conde Méndez, de la Gestoría Méndez de Vélez Málaga, con la carta en sus manos

     Finalmente y resumiendo mucho, tras varias idas y venidas localizamos y comprobamos partidas de nacimiento, de bautismo, de matrimonio, y también de defunción. A cada nuevo paso todas mis dudas iban quedando resueltas; todas las preguntas, contestadas; tantos datos que antes parecían inconexos, encajaban ahora, como en un puzzle, a la perfección. Por fin estaba segura de que había dado con ellos, con los verdaderos Rafael y Carmen, así como también con varios de sus familiares. Íbamos por buen camino.

     Llevaba la carta encima -porque no me he separado de ella durante todo el proceso- cuando dimos por terminada esa primera parte de la investigación; la tomé entre mis manos y la miré con afecto. "Te saliste con la tuya, ¿eh amiga?" le dije, como si el viejo sobre amarillento pudiese contestarme. "Te cansaste de esperar y te las ingeniaste para saltar a nuestras manos y contar la historia que atesoras en tu corazón de tinta. Ahora sabemos con certeza a quiénes perteneces: sólo nos queda hablar con ellos y devolverte a tu familia". Y ya sé que esto puede sonar como una bobada, pero se me representó que aquel sobre, sin voz pero hablando a gritos, de alguna forma, sonreía.

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    Rastreando entre los añosos volúmenes de registros parroquiales, hasta dar con nuestros amigos Rafael y Carmen
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     La búsqueda efectiva de los descendientes de Rafael y Carmen se convirtió en una tarea tan laboriosa -talmente como buscar una aguja en un pajar- que continuó luego desde Alhama Comunicación con Juan Cabezas y Andrés García Maldonado al frente. Y aunque pasaban días y días y no conseguíamos resultados, confiábamos en que antes o después se tendría que dar con ellos: vivimos en la era de la globalización, de las redes sociales y la intercomunicación personal a todos los niveles; ¿cómo no se iba a encontrar a esta familia? Además, que la esperanza, dicen -y es verdad-, es lo último que se pierde.

     Hasta que sucedió, por fin. Localizamos físicamente a familiares directos de Rafael y Carmen -hijos y nietos- y nos pusimos en contacto con ellos. La sorpresa y la emoción que experimentaron estas personas al escuchar nuestras explicaciones acerca de una antigua carta perdida que les pertenece, y la alegría que sentimos nosotros al ser conscientes de que nuestra búsqueda terminaba con éxito después de semanas de investigaciones, no se pueden describir. Ya estaba conseguido lo más difícil; ahora restaba devolverles la carta -su carta- y pedirles el consentimiento para que la hermosa historia de amor de Rafael y Carmen salga a la luz como ellos merecen: con sus fotografías, sus apellidos completos, sus localizaciones exactas y todos los detalles que forman parte de una narración bien documentada.

     Estoy convencida de que toda esta aventura ha sido propiciada, desde su mismo inicio, por una cadena de actos de amor. El primer eslabón lo creó Rafael escribiendo la carta; continuaron la cadena su madre, al recibirla y entregarla, y la propia Carmen al leerla, y muchos años después añadió un eslabón más la persona anónima que la encontró en aquel mueble viejo y decidió guardarla, en lugar de arrojarla a la basura. Fue añadir otro eslabón el entregármela a mí para reconstruir la historia y saber de los familiares. Alhama Comunicación colocó otro eslabón más, al localizar físicamente a esos descendientes… El último de todos, el eslabón que cierra la cadena definitivamente, lo pondrán los hijos, nietos y biznietos de Rafael y Carmen, cuando descanse -nunca mejor dicho- en sus manos la carta que nunca debió perderse.

     ¿Hemos llegado al final de este relato? Pues sí y no, porque él servirá de prólogo a otros que vendrán que, como no podía ser de otro modo -y porque así lo ha querido la misiva que inició un emocionante periplo a través del tiempo-, tendrán como protagonistas la entrega de la carta a sus destinatarios últimos, y, por supuesto, la historia de Carmen y Rafael.

     Seguro que los acontecimientos que están por llegar serán tan intensos y conmovedores, tan felices -si no más- como los que se han producido ya. Nos acompañaréis, ¿verdad…?

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    Texto y fotografías, Mariló V. Oyonarte

    - Acceso a la segunda parte del artículo.

    - Una carta para la eternidad: Carta de Rosita a su abuela Carmen - Epílogo.






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    Relación de 'Caminos y gentes' publicados

     

    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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