En la Copacabana del lago Titicaca, en Bolivia

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     Tras consumir el tiempo previsto en Puno, tocaba orientar mis pasos hacia Bolivia, la carretera se bifurca en Pomata, a la derecha Desaguadero y a la izquierda el tramo Yunguyo-Copacabana.

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     Tras los obligados trámites fronterizos, cambio de moneda para hacer frente a los imprescindibles gastos del momento en el otro lado del lago, antes de continuar la ruta hacia La Paz. Ya me identifico con el territorio, hay cosas familiares, aunque el cambio ha sido brutal, sobre todo han desaparecido la mayoría de las casitas que yo conocí, se ha modernizado y, en cierto sentido, se ha perdido el encanto de aquella aldea, tranquila, sosegada, en uno de los lagos más altos del mundo. El santuario es una combinación de estilo y en la fachada pequeña se localiza la antigua capilla de indios; sorprende el fervor de estos pueblos del altiplano, sobre todo para un europeo que se ve desbordado por el materialismo que se vive en el viejo continente. Las dos ocasiones que estuve aquí seguí la misma ruta por aquello de tener más tráfico, la ruta norte prácticamente es la gran olvidada y con suerte emplearás el doble de tiempo y aumentarás también el riesgo en el viaje.

     Es cierto que sueles encontrar más autenticidad y menos oferta, por lo tanto menos opciones de comida, alojamiento y transporte. A media mañana estoy paseando por Copacabana el bullicio es enorme, su mercado abarrotado hasta los topes. Su “casco” ha cambiado, las tradicionales casitas de barro (adobe), en algunos casos, han dado paso a edificios totalmente actuales, de ladrillo y cemento [fríos y congeladores en estas latitudes, mucho más en invierno, porque Agosto es allí como el mes de febrero en Alhama], también han aparecido algunos hoteles que han roto la estética, el encanto del lugar. Los negocios de todo tipo, impensables un par de décadas antes son ya mayoría. Estaría aquí hasta el anochecer cuando conecto con el autobús que me llevará a La Paz, previa travesía en las barcazas que salvan el Estrecho de Tiquina y nos pone en ruta directa hasta la capital boliviana.

     Se localiza a unos 160 kilómetros de la capital boliviana, pero que nadie se engañe, dependiendo de las condiciones dela ruta y la intensidad del tráfico, son cuatro horas de autobús o micro. Cuando la climatología se complica las cosas van a mayores y casi la mitad de ese tiempo se perderá en la inmensidad de El Alto donde el colapso es de campeonato. ¡Menos mal que la ruta ahora está asfaltada, cuando yo la conocí era de tierra y la mayor parte de la carretera en obras [para entendernos, entre nosotros caminos que conocemos como pistas forestales].Lo que más me impactó la primera vez fue el santuario de la Virgen Negra de Copacabana así que, tras deambular por sus calles un buen rato, hacia él orienté mis pasos en donde me volví a encontrar el lugar, tranquilo, acogedor y fresco que contrasta con las altas temperaturas del empedrado que le antecede. Te sirve para reposar del cansancio que significa caminar a casi 4.000 metros de altura y con un sol que te derrite la piel.

     Hacia la una de la tarde se trata de reponer fuerzas, aprovecharé para degustar la trucha que se ofrece por doquier. La introducción de este pez de agua dulce está dando vida a los habitantes del lago, aunque sea lógico preguntarse si eso será por mucho tiempo, ya que las piscifactorías están produciendo estragos en lugar de mar que tienen movimiento de agua, la forzosa pregunta es ¿cómo reaccionarán las aguas de un lago? Hay varias especies introducidas y se ofrecen en infinidad de establecimientos de comida que, por ahora, parece que no han entrado en el desbocado mundo globalizado y te permiten comer bastante bien por poco menos de cinco dólares. No logré descubrir el viejo restaurante que servía unas ancas de rana que parecían de perdiz por su tamaño. Las preparaban divinamente, estuve preguntando pero parece que ese delicado plato ya no estaba en oferta, quizá porque no es tan rentable como los de pescado.

     Una atalaya natural es la del Cerro del Calvario, apenas media hora de empinada subida. Como su nombre indica, se van viendo las diferentes estaciones y, en la cumbre, con suerte, algún chamán, hechicero o sacerdote [de todas esas formas denominan al personaje que puedes encontrarte realizando sus ofrendas al amanecer] puede que esté preparando uno de los habituales rituales. Por supuesto, siempre se recomienda prudencia y, en caso de encontrarnos allí con una ceremonia, participar en ella comportándose tal cual lo hace el nativo, en definitiva evitando el menosprecio de muchos turistas que llegan, disparan sus máquinas, hablan a gritos y entorpecen un momento íntimo al cual no han sido invitados. Inicialmente el emplazamiento era un centro ceremonial [dependiendo de las horas podemos encontrarnos a los Kallawayas o Yatirisen el Cerro del Calvario realizando ceremonias de ofrendas].

     Es un lugar privilegiado por la panorámica que nos ofrece la madre tierra [Pachamama], incluso con suerte, en días claros [algo bastante normal allí] se puede ver el otro lado del lago y la impresionante cordillera de Apolobamba que dicen es la cuna de la mayoría de los indígenas que uno se encuentra por esta zona boliviano-peruana. A un par de kilómetros también tenemos el denominado Baño del Inca que en determinado momento nos ofrece un tramo del famoso camino precolombino, ese paseo puede llevarnos un par de horas pero se aconseja tomárselo con calma, con seriedad e ir preparados con el inevitable protector solar, gorra y agua.

     Si una vez iniciado, uno encuentra dificultad en el caminar, es evidente que necesita “mate” y no es aconsejable seguir adelante ,ni tampoco salir corriendo: falta el oxígeno y los movimientos se hacen torpes. En este sector tenemos varias islas con autóctonos, interesante visitarlas, si uno nunca estuvo en una de ellas, en esta región suele conseguirse barca con facilidad para la del SOL que es la más conocida, grande y visitada, pero puede escogerse ir a la LUNA algo más pequeña [en la lejanía están las islas Campanario que pasan prácticamente desapercibidas, quizá porque tienen mucho interés para el viajero, si se va por la otra orilla, es la mejor opción para darse una vuelta].

     Teniendo en cuenta la luminosidad y la vistosidad de las vestimentas tradicionales, sobre todo en las fiestas, conviene llevar la máquina siempre con batería para no perderse algunas de las mejores fotos del viaje. No olvide contemplar los terrenos de cultivo que, dependiendo la estación en que nos encontremos, parecen mimetizarse con la tierra que le sirven de sustento. Impresionan esos pequeños trozos cultivados, frecuentemente de maíz y quinoa, que prácticamente les aseguran lo básico a lo largo del año; la papa [hay más de 4.000 variedades] es esencial en todo el altiplano y, junto a las utilidades de los camélidos, cubren con creces las necesidades mínimas de estos pueblos que parecen estar a años luz de nuestra desquiciada sociedad y te dan lecciones de vida en cada momento.

     Entre 1610-1620 se inició la construcción del Santuario de la Virgen de Copacabana donde encontramos también la imagen negra que realizó en madera el nieto del inca Tupac Yupanqui, o sea: Francisco Tito Yupanqui al que se le recuerda con una gran escultura en la entrada del recinto. Las celebraciones del 5 de agosto son impresionantes por el fervor que despierta y otra fecha señalada es la de La Candelaria (2 de febrero) propicia para disfrutar de lo mejor del folklore de la región cuando desfilan morenadas y suriquis, incluso pueden celebrarse corridas de toros. Según me explicaron la popular playa brasileña tomó su topónimo de este rinconcito boliviano anclado en las orillas del Lago Titicaca. Recuerde siempre: está en una zona única que por su aislamiento, que nos hace retroceder centenares de años, aunque el plástico está poniendo en jaque sus tradicionales modos de vida y contaminando el medio ambiente, en días de viento son toda una pesadilla que contrastan con las inmaculadas y perpetuas nieves que muestran las impresionantes cumbres al final del horizonte.

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    Hasta la próxima aventura, Juan Franco Crespo.

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      Juan Franco Crespo, hijo de Diego Franco Portales y de María Crespo Crespo. Nació en mayo del 1953. Vivía en el número 5 del Callejón de la Parra. Fue auxiliar de telégrafos. Junto con sus padres y hermanos marchó a Cataluña, donde se hizo profesor.  


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