Caribe, Santa Lucía

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    Fue descubierta por Cristóbal Colón en su cuarto viaje, en junio de 1502 y, como otras de las pequeñas islas de las Antilllas, fueron ignoradas por los españoles y acabaron convirtiéndose en un refugio para todo tipo de aventureros (corsarios, piratas, filibusteros) que estaban en ellas a la espera del paso de los galeones españoles (aunque tampoco dejaban la oportunidad si el navío era de otra nacionalidad, fue sin duda la edad de oro de la piratería y algunos llegaron a ser condecorados por Su Graciosa Majestad Británica) que osaban surcar esas aguas (recordemos que se llegó al compromiso de montar el galeón de La Habana para emprender en conjunto el regreso a Europa) que acabarían siendo incorporadas a los dominios de la Corona Inglesa.

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     Las diferentes islas o colonias de la corona [en este caso las Pequeñas Antillas Británicas, islas de Barlovento o Windward] comprendían desde la de Dominica hasta Trinidad y Tobago frente a las costas de Venezuela, estuvieron federadas hasta 1958. Sin duda un período efímero en la historia de las mismas pues cuatro años más tarde se disolvía la federación [con lo que podríamos colegir que el sistema federal tampoco es la panacea de la unidad política, aunque en algunos países funcione] y la totalidad de ellas fueron logrando su independencia [algunas todavía dependen de Londres]. En el caso de Santa Lucía la independencia total se alcanzaba el 22 de febrero de 1979. La mayoría de estos restos coloniales formarían parte de la Commonwealth [Comunidad Británica de Naciones] con más o menos éxito y de cara una realidad que la pequeñez apenas les daba, a la mayoría de ellas, para aparecer muy de tarde en tarde en los informativos sobre todo por las catástrofes naturales que las azotan, especialmente los huracanes.

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     La isla se localiza unos 30 kilómetros al sur de Martinica y otros tanto al norte de San Vicente. Tiene un accidentado relieve que me hace recordar a la Dominica, aunque de dimensiones mucho más modestas: 600 km² y casi 200.000 habitantes, de los cuales una cuarta parte estarían en Castries y su entorno. De origen volcánico, se ve favorecida por constantes lluvias que hacen de ella una de las más bellas en cuanto a naturaleza. A lo largo de su colonización, su uso agrícola pasó por diferentes tipos de monocultivo, en la actualidad y, sobre todo en la parte sur, predomina el banano que casi en exclusiva es exportado al mercado británico. Sobresalen en su orografía los Gemelos o Pitons [algunos dirán que le sugieren los senos de una hermosa dama, también es la marca de la cerveza local] y su toponimia nos recuerda más a la presencia francesa que, a pesar de quedar en el XIX en manos británicas, siguió siendo utilizada y está para recordar ese pasado en que ambas potencias se daban de lo lindo.

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     La mayor parte de la población está en el lado Oeste [los isleños dicen que su isla se asemeja a una lágrima] que al fin y al cabo es por donde se estableció Du Parquet [a la sazón propietario de Martinica] que envió a un gobernador casado con una caribe y edificó el primer fortín en la misma rada de la actual capital. En 1667 el Tratado de Breda lo concede a Francia y, hasta la Guerra de la Independencia de los Estados Unidos, la isla permaneció bajo administración francesa prácticamente hasta la explosión de la famosa y sangrienta Revolución que llevó al hexágono a uno de sus momentos históricos de mayor desorden, una década de horror y sangre; el aquelarre acabó cuando se instaló la dictadura napoleónica, aunque este período ya no le afectaría puesto que en 1803 se instalaban los marinos británicos y hasta la independencia.

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     Las cumbres más altas son las de Gimie (958 metros) y Canarias (916); en el primero nacen numerosos ríos que han dado un peculiar y accidentado relieve. Contra lo que pueda creerse, no hay playas en el lado atlántico, abundan las rocas y las corrientes. Los amantes del “tostadero” lo tienen fácil en la zona norte de Castries, la capital cuenta con un pequeño aeropuerto (Vigia Airport) que apenas dista unos minutos del centro de esa urbe caribeña.

     Deambulando entre el aeropuerto, la terminal de cruceros de Punta Serafina y de ahí al centro de Castries [topónimo tomado en 1785, en honor del mariscal que entonces era ministro de las colonias de Luís XVI] podemos hacernos una idea de cómo funciona el día a día de estas gentes. De su pasado colonial apenas queda gran cosa ya que los incendios la destruyeron en varias ocasiones. En la Plaza de Colón [o actual Plaza de los Premios Nobel, pues dos de sus escritores lo lograron] puede encontrarse algún que otro edificio que escapó del fuego y del tiempo. Allí encontramos la Catedral (levantada entre 1895-1899, en restauración durante mi estancia en la isla, en horas máximas de sol, con sus amplios ventanales abiertos, puede ser un lugar ideal para el descanso, en sus cercanías hay numerosos edificios gubernamentales y, casi frente a ella, la Biblioteca Pública que levantara la Fundación Carnegie).

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     Seguramente, en la calle del Puente, el visitante tenga la tentación de comprar algo aunque, personalmente, me iría al mercadillo que está al lado de la terminal del ferry y donde también llega la barquita que por unos cinco euros te transporta hasta Punta Serafina, a un paso del viejo aeropuerto. La isla es puerto franco y las señoras tienen opción de encontrar, a veces, verdaderas joyas en cuanto a diseños multicolores y alegres que, luego, no siempre utilizarán cuando regresan a sus países de origen.

     Si el tiempo lo permite, una serpenteante caminata nos podrá acercar al llamado Cerro Afortunado para tener una de las mejores vistas de la coqueta capital y, en lo más alto, si la vegetación está limpia, aún es posible adivinar algunas de las fortificaciones, incluso un viejo cuartel que se convirtió en The Teacher’s Training College, un pomposo nombre para el centro de formación del profesorado; en esa zona está el obelisco con la fecha 24 de mayo de 1796, día en el que el regimiento de Sir Ralph Abercromby se hizo con el fuerte francés.

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     Para descansar y ver que la memoria histórica no es borrar todo lo que no nos gusta, nada mejor que el amplio parque donde está la escultura del personaje que le da nombre a la capital. Se localiza poco después del destartalado Carenade [los que se molestan por los olores y los chiringuitos destartalados pueden prescindir de esta zona] hay varias escuelas de infantil y primaria, pocos árboles y muchos parroquianos buscando sombra, pero al final, lado derecho, nos toparemos con el monumento a De Gaulle y la Francia Libre con su característica Cruz de Lorena; en la colina una vieja y destartalada iglesia, hay que volver al principio del parque y subir una pequeña cuesta para poder acercarse a ella, frente a la misma un viejo cementerio, ya en desuso, bastante desangelado.

     En la pomposa John Compton Highway encontraremos, frente a la Bahía, el complejo gubernamental que sobresale, por su prestancia y robustez, del resto de edificios que, seguramente, dejaremos a nuestra derecha, si hemos decidido irnos de playa en esa exclusiva zona del Caribe.

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     Efectivamente, apenas una decena de kilómetros nos separan de algunos de los hoteles más exclusivos hasta llegar a Islita Grande, a pesar de ser de alta gama se puede acceder, sin dificultad, a ellos para tomarnos un pequeño descanso o saborear alguna de las cervezas de la región, en este caso PITON que, contra lo que pueda creerse, no era más cara que las que a veces me he tomado en alguna de mis escalas en la francesa Marsella. Esta zona de la isla fue, hasta años relativamente recientes, un modesto pueblecito de pescadores que, gracias a la “marina” [puerto deportivo] cambió su destino, algo que también le sucedió a Isla Paloma [un dique levantado en 1970 la acabó uniendo a tierra firme] en la que el comandante Rodney agrupó su flota en 1782 antes de enfrentarse, y vencer, al almirante De Grasse en Las Santas (Guadalupe). Es un agradable paseo que nos puede llevar a imaginar las correrías de Pata de Palo [nada que ver con el que mandaba los municipales en la Alhama de mi infancia] pero, al formar parte del Parque Nacional, hay que aflojar la mosca y pagar entrada.

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     Si continuásemos hacia el norte nos encontraríamos un extenso parque de entretenimiento que va del oeste al este de la isla, cuidada vegetación aclimatada, senderos balizados y diversidad de entretenimientos, habituales en este tipo de atracciones que, personalmente, nunca las pondré caros: demasiada gente y divertimentos que nada me dicen, seguramente curado de la experiencia del parque de Atracciones de Madrid en 1975: gato escaldado del agua huye.

     En Santa Lucía me explicaron que la mejor época para tomarle el pulso al país es en su faceta festiva y, por consiguiente, en su famoso Carnaval, cuando sus habitantes, espontáneos y alegres, derrochan ingenio al confeccionar sus disfraces con gran gusto y riqueza en su colorido. La sensualidad tampoco escapa en esas fiestas, transgresoras por excelencia, donde la música –a veces con instrumentos inverosímiles e improvisados por los propios participantes- es un valor añadido y donde el calipso, las steel-band y, a veces, la socca no dejan de sorprender al visitante. En mi caso, la sorpresa me la llevé en Guadalupe donde uno de los domingos, mientras pateaba la parte administrativa, cerca del ayuntamiento, me tropezaba con un grupo del segundo tipo. ¡Qué sonoridad daban aquellos bidones!

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     Si uno realiza una visita corta, lo mejor es hacerse con un taxi, contratar-ajustar el precio antes de montar en el vehículo. No es un país barato por el tipo de turismo que llega y, en días de crucero, las tarifas y las opciones se disparan. Los servicios hoteleros destinados a un turismo de alta gama están en consonancia, pero también puedes encontrar algo más asequible, cuestión de saber lo que quieres y no ir en temporada de alta demanda, si te adaptas al ritmo caribeño, incluso puedes ahorrar dinero.

     Como otras naciones o islas de la región, su oficina de turismo tiene un TOP para las diez cosas más interesantes, así que dependiendo de la ruta elegida se puede seleccionar aquello que vaya más con nuestros intereses pero, muchas veces, lo mejor es dejarse llevar por el propio conductor, conocedor de su país, que te mostrará con gusto lo más hermoso de su lujuriante naturaleza o los rincones históricos más interesantes. Cuestión de establecer una cierta línea de entendimiento y disfrutar de la compañía y la amigable charla que generalmente ofrecen. Santa Lucía, en fin, es un bonito país y merece la pena conocerlo si además estás en temporada de lluvias, entonces se nota esa suave brisa que sólo interrumpe Lorenzo hacia las horas centrales del día.

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      Juan Franco Crespo, hijo de Diego Franco Portales y de María Crespo Crespo. Nació en mayo del 1953. Vivía en el número 5 del Callejón de la Parra. Fue auxiliar de telégrafos. Junto con sus padres y hermanos marchó a Cataluña, donde se hizo profesor.  


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