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Jayena en guerra: Avatares de una familia perseguida y destrozada (y 2)

Los hijos de Antonio: entre dos bandos. Completamos así el relato de lo sufrido por esta familia, con este segunda parte.

 Tras el asesinato de Alejandro, alcalde de Jayena, y el fusilamiento de su hijo Antonio en las tapias del cementerio de Granada por el régimen franquista, la tragedia se cierne definitivamente sobre la familia. A ello se suma la incautación de la casa familiar por las fuerzas militares y, poco después, la muerte de su mujer; Angela.

Despojados de todo y marcados por la perdida, los hijos del matrimonio quedan al cuidado de su abuela materna, única figura que, en medio de la desolación, puede ofrecerles amparo.

Pero la historia no se detiene ahí

 Aquellos niños, que crecieron entre el silencio impuesto y el recuerdo de los suyos, habrán de enfrentarse muy pronto a una realidad aún más compleja. La posguerra.

 Así, el relato avanza hacia un nuevo capítulo, “Los hijos de Antonio: entre dos bandos”, donde sus vidas quedaran marcadas por una difícil encrucijada: la de elegir – o simplemente sobrevivir—entre la Guardia Civil y los guerrilleros, los maquis en la sierra de la Almijara.

 Esos niños se marchan a vivir con su abuela materna, a la calle La Canal. Allí encuentran, por un tiempo, un frágil refugio donde intentar recomponer sus vidas tras tantas perdidas. Sin embargo, la calma dura poco. Una disputa familiar vuelve a romper su estabilidad, y son nuevamente desalojados de aquella casa.

 Sin más amparo, a la calle Tesoro, donde la desgracia vuelve a alcanzarlos: allí muere su abuela materna, dejándolos otra vez desprotegidos ante un mundo incierto.

 Sera entonces cuando su tía María los acoge, ofreciéndoles un nuevo techo en medio de la adversidad. Pero la necesidad aprieta, y el hijo mayor, Antonio, consigue trabajo en los prados de Lopera. Decide marcharse y llevar consigo a su hermano Manuel, en busca de un sustento que les permita sobrevivir.

 El más pequeño, sin embargo, permanece con su tía María, quedando así la familia nuevamente separada, dispersa por las circunstancias y el peso de una época que no daba tregua,

 Con apenas once años, Manuel, y catorce Antonio, dejaron atrás el pueblo de Jayena para adentrarse en la sierra Almijara. Su destino eran los prados de Lopera, a unos dieciséis kilómetros de Jayena.

 Allí fueron acogidos por José Ruiz Corbera, conocido como “José Lucio”, arrendatario del cortijo. El hombre, curtido por la vida en el campo, los recibió como si fueran hijos propios, ofreciéndoles no solo techo, sino también una oportunidad en medio de la adversidad que arrastraban desde su infancia.

 Los muchachos no tardaron en integrarse en la dura rutina del cortijo. Desde el amanecer hasta la caída del sol, trabajaban en todo cuanto hacía falta: cuidar el ganado, acarrear leña, atender las labores de la tierra o cualquier tarea que el día exigiera. A cambio, recibían comida y un jornal de cuarenta pesetas al mes, lo que equivalía a poco más de una peseta diaria.

 Era un salario humilde, incluso para aquellos años de la década de 1940. Para hacerse una idea de su escaso valor, bastaba con saber que un solo pan costaba ya setenta céntimos de peseta. Aun así, para Manuel y Antonio, aquel trabajo representaba algo más que dinero: era la posibilidad de sobrevivir, de aprender y de empezar a forjar, en la dureza del campo, el camino de sus vidas.

Antonio, Manuel y los guerrilleros, o maquis

 La vida de los niños era cada vez más difícil y dura, a finales de la década de los cuarenta la sierra Almijara se estaba llenando de guerrilleros o hombres de la sierra. Los guerrilleros se instalan en los lugares más abruptos e inaccesibles de la Almijara, y poco después siguiéndoles sus pasos, se instalan destacamentos de guardias civiles en varios cortijos de la sierra Almijara, Tejeda y Alhama.

 Los guardias civiles instalados en los cortijos, en un importante porcentaje, no tenían formación intelectual y se alistaban para escapar de la falta de trabajo en los pueblos y la pobreza reinante en la época: ya que un guardia civil cobraba de sueldo 12 pesetas.
La guardia civil estableció una base o destacamento en el cortijo de los prados de Lopera, en el término municipal de Abuñuelas (Granada). Alrededor de 1947 = 1948. Esta medida buscaba combatir a la guerrilla de la Almijara.

 Antonio y Manuel van tomando amistad con esos guardias civiles, Antonio era una persona muy seria que le costaba sonreír, ya que tenía muy presente lo sucedido a su abuelo y su padre, quedo muy marcado por los acontecimientos vividos en su familia. Manuel era más pequeño y entrometido, cogió confianza con mucha rapidez con los guardias civiles. Él quería aprender a leer y escribir, y así se lo dijo un día a un guardia civil, llamado Luis, que estaba de radiotelegrafista en el destacamento de los Prados de Lopera. El guardia civil se volcó en la tarea de enseñarle y se turnaban los compañeros para instruirlo a la luz de un candil o un mecho de tea. Manuel logro aprender gracias al empeño que pusieron en ello, el teniente Arévalo, el cabo Rodríguez y el radiotelegrafista Luis.

 Los dos hermanos fueron testigos involuntarios de muchos de los cruentos episodios acaecidos en la Almijara. Uno de los episodios vividos por ellos dos fue el encuentro de los guerrilleros con la guardia civil en el Cerro Martos. Este enfrentamiento tuvo lugar en la sierra de Cazulas, termino municipal de Otivar. La experiencia vivida por los dos hermanos del enfrentamiento comentado, y según su propia experiencia recogida por el autor, nos detalla como lo recordaban.

 El 18 de marzo de 1950, ya esos niños eran zagalones muy crecidos. Salen esa mañana muy fría hacia la cueva Hinojos. Antonio le pide a su hermano Manuel que lo acompañe a la cueva ya que tiene que traerse unas pocas de cabras para el cortijo que habían sido vendidas a un marchante de la vega de Granada. Esta cueva mencionada se encuentra frente al cerro Martos.

 Llegando a la cueva, oyen disparos que provenían del cerro Martos; Antonio le dice a su hermano que se tire al suelo y tras observar lo que está sucediendo vuelven al cortijo Los Prados para comunicarle lo que está ocurriendo a José (a) Lucio.

 Ese día no sale ninguna persona del cortijo a trabajar fuera de los aledaños, durante todo el día se sucedieron los disparos y se escuchaban perfectamente desde el caserío. Ya al final del día, por la tarde llegan al cortijo los guardias civiles con cuatro cadáveres tres guardias civiles entre ellos el cabo de la guardia civil Antonio Ruiz García, y el guerrillero Miguel, Centurion, Alonzo “Mena “los cuatro cadáveres fueron depositados en la era para las labores de identificación.

El caso de Machiche

 Un mes después de los sucesos ocurridos en el cerro Martos, llega un teniente coronel de la guardia civil a Granada proveniente de las sierras de Toledo y Cordoba, jefe responsable de la lucha antiguerrillera, con fama de duro.

 Tras hacer un reconocimiento el teniente coronel por la sierra Almijara, quiso interrogar a Antonio Recio González morador del cortijo Machiche.

 Y tras tenerlo todo el día dando vueltas por la sierra al final del día este teniente coronel le pegó un tiro y lo mato.

 Aquí en esta historia entra el joven Manuel como testigo involuntario de esa escena.

 El 23 de abril del 1950, después de los hechos comentados en el cerro Martos, Manuel sale caminando como lo hacía habitualmente para dirigirse al cortijo El Duro en donde tenía encerrados los marranos. Para sacar a los cerdos para que comieran y guardarlos en esos parajes.

 Manuel se encontraba guardando los cerdos alrededor del pino de las Cinco Ramas y la fuente de las Pulgas.

 Encontrándose Manuel dándole de beber agua a los cerdos en la fuente de Las Pulgas, oye varios disparos y los marranos se espantan saliendo despavoridos a la carrera. Se asoma al lugar de donde provenían los disparos y ve una escena que nunca se le borro de su memoria. Sé encontró un cuerpo en el suelo envuelto en un charco de sangre y varios guardias civiles alrededor, con pánico se larga del lugar detrás de los cerdos corriendo hasta el cortijo El Duro en donde volvió a encerrarlos. Desde allí se marchó a Los Prados de Lopera.

 Al rato llegaron unos guardias civiles al cortijo y cogieron una mula que ellos tenían llamada gallega, le echaron el aparejo, y le pidieron a José (lucio) un Cerón para la mula ya que ellos no tenían, marchándose en busca del cadáver que Manuel había visto. El cadáver fue cargado encima de la mula y terciado boca abajo encima del serón es trasportado al lomo de la bestia hasta el cementerio de Jayena.

 Según cuentan en su libro, Guerra Civil y represión franquista de Eusebio Rodríguez Padilla y José Aurelio Romero Navas, que les conto el capitán, jefe de la fuerza represiva en la zona con base en Jayena. Que nunca le perdono a su teniente coronel la muerte de Antonio. Según este capitán, poco falto para que el sacara su pistola y haber hecho lo mismo con su comandante en jefe.

 Antonio Recio González de 49 años, casado con 6 hijos y natural de Jayena . Antonio (a) Zaranbuco o lagarto, (fue asesinado en lo alto de la cuesta las pulgas el 23 de abril 1950).

 Y este cronista recoge en esta crónica, aquel testimonio tal y como Manuel lo conto, con la emoción y el temblor de quien nunca pudo borrar de su memoria aquel atardecer de miedo y muerte en la sierra.

Manuel: ”encuentro con los guerrilleros”

 Esos niños ya zagalones siguen su vida diaria en el cortijo, Antonio al ser el mayor se quedaba en el cortijo y ya en el campo hacia las labores agrícolas con una yunta de vacas, Manuel cogía su morral y una manta para irse a la sierra Almijara en donde pastaban las cabras. Pasaba días sin ir al cortijo Los Prados, y tan solo veía de forma esporádica a Antonio Martin Lozano (a) Antoñico Blanco: que también estaba en esas sierras de pastor en la cueva Cólica con unos hermanos de Otivar, José y Paco Arcos Castro (a) Rabiches.

 Manuel se encontraba un día guardando sus cabras en las faldas del cerro Cabañeros, ve como se le acercan cinco o seis hombres harapientos y muy delgados, le dicen que les dé una cabra, no tuvo más remedio que entregársela al ver la situación y la desesperación que mostraban. En presencia de él, la mataron y se la llevaron cerro arriba, despidiéndose de él y amenazándolo que no dijera una palabra a nadie de haber visto a nadie ni contar lo de la cabra.

 En pocos días posteriores, se juntan los dos pastores, Manuel y Antoñico Blanco; comenta Antonio al joven Manuel que hace unos días un guerrillero al que es conocía junto a varios más se habían llevado dos o tres chotos de su rebaño, le dijo que al que conocía era Martinico; entonces Manuel le conto su incidente con la cabra que a él le quitaron.

 Los niños fueron usados por los dos bandos para protegerse del enemigo. Una mañana Manuel se encontraba en el arroyo de la Almijara pastando con sus cabras, oye una voz muy suave que lo llama “¡niño, niño¡, eran unos guardias civiles escondidos entre las abulagas y los pinos; lo mandan a llenarles de agua las cantimploras ya que ellos no se atreven a salir por el temor que le infundían la cercanía de los guerrilleros. 

Estraperlo en los años 50

 Como se ha indicado, los niños eran usados muchas veces como escudo involuntario en aquella guerra silenciosa entre la guerrilla y la Guardia Civil, Manuel y Antonio fueron de las pocas gentes que permanecieron en la sierra Almijara durante aquellos años de miedo y persecución.

 El 20 de enero de 1952 finalizaron las actividades guerrilleras en las sierras de Almijara y Tejeda, siendo abatido por la Guardia Civil el ultimo guerrillero de la zona, Antonio Sanche Martin, apodado Lomas, natural de Frigiliana y de solo treinta y un años.

 A mediados de los años cincuenta comenzó poco a poco a regresar la normalidad a aquellas montañas. Los niños cuyas vivencias hemos descrito empezaban por fin a sentirse libres, rodeados nuevamente del cariño de las gentes que iban regresando a los cortijos y parajes abandonados durante la contienda. Aunque seguía echando de menos un hogar propio, la vida parecía abrirles un pequeño respiro.

 La tía Maria intentaba cuidarlos de la mejor manera posible. Cada vez que los muchachos bajaban a Jayena con la ropa sucia, ella se la lavaba con esmero y además les guardaba el poco dinero que iban ganando con su trabajo.

 Las sierras comenzaban nuevamente a poblarse de vida. Volvían a verse arrieros transitando por las veredas, carboneros levantando sus chozas junto a los boliches humeantes, pastores conduciendo sus rebaños por los barrancos y marchantes recorriendo los caminos en busca de ganado. Los humos de los boliches encendidos otra vez entre los pinares, señal de que la sierra despertaba lentamente de aquellos años oscuros.

 Aun así, la presencia y la represión de la Guardia Civil seguían siendo frecuentes en la comarca.

 Manuel tendría ya unos diecinueve años. Pastoreaba sus cabras por la sierra de la Almijara acompañado siempre de su fiel perra Canela. Eran tiempos algo mejor; los caminos habían recuperado el transito de las gentes que en los años cuarenta se vieron obligados a abandonar tierras y cortijos.

 En una de aquellas jornadas de pastoreo, Canela comenzó a ladrar con insistencia antes de perderse barranco abajo. Manuel la siguió creyendo que perseguía alguna pieza de monte, pero cual no seria su sorpresa cuando descubrió, ocultos bajo el resguardo de un gran saliente de roca, nueve o diez mulos atados, protegidos del frio y de la lluvia.

 Según contaba el propio Manuel a este cronista, aquella escena no era extraña en la sierra durante mediados de los años cincuenta. Eran animales robados en la vega de Granada y escondidos durante un tiempo en los lugares mas abruptos de la Almijara para después ser vendidos en la costa. Con aquel trapicheo clandestino, conocido popularmente como estraperlo.

 A finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta, Manuel y Antonio dejaron atrás la dura vida del cortijo de los Prados.

 Aquellos niños que habían crecido entre el miedo, la pobreza y la soledad comenzaban por fin una nueva etapa. Ya eran hombres hechos y derechos; encontraron novia, formaron sus propias familias y se casaron con la ilusión sencilla de quien solo desea un hogar tranquilo donde vivir en paz.

 Ambos se trasladaron a las calles Nuevas, la actual calle San Ignacio, donde Antonio había comprado una casa. Manuel vivía en la planta de abajo y Antonio en la de arriba. Por primera vez en sus vidas sentían que tenían algo propio, una casa comprada con mucho esfuerzo y sacrificio, lejos de las penurias de la sierra y de recuerdos amargos de la infancia.

 Pero la necesidad seguía marcando el destino de muchas familias humildes de aquellos años. Tiempo después abandonaron la vivienda para marcharse a un cortijo de Malaga, donde trabajaron de postores de ovejas. Allí en medio de aquella vida de campo, les llego la noticia que los dejo desolados: la casa de Jayena se había incendiado.

 Regresaron inmediatamente al pueblo y encontraron parte de lo que tanto les había costado conseguir reducido por el fuego. Sin embargo, Jayena demostró entonces el valor humano y solidario de sus vecinos. Según recuerdan algunos testimonios de vecinos, todo el pueblo participo para apagar las llamas. Hombres mujeres y jóvenes formaron una cadena humana desde la acequia hasta la vivienda, pasando cubos de agua de mano en mano en un esfuerzo desesperado por salvar la casa de los hermanos.

 Aquel gesto quedo grabado para siempre en la memoria de quienes lo vivieron. Porque en los pueblos pequeños, donde todos se conocen y comparten penas, las desgracias de uno acaban siendo la desgracia de todos.

 Antonio y Manuel continuaron viviendo algunos años mas en aquella casa reconstruida humildemente. Mas adelante, Antonio marcho a vivir a Padul, mientras Manuel, después de reunir algún dinero con mucho trabajo y sacrificio, fue levantando poco a poco una nueva vivienda en Jayena, en la calle Delicias.

 Con el paso de los años, ambos hermanos encontraron por fin la tranquilidad que tanto habían añorado desde niños. Después de una infancia marcada por la dureza de la vida y una juventud llena de incertidumbres, pudieron disfrutar del calor de un hogar y del cariño de los suyos.

 Murieron rodeados de sus familias, de sus hijos y de sus nietos; de esa familia que no pudieron tener plenamente en la niñez y que no tanto desearon durante toda su vida. Y quizá ahí, en esa paz sencilla alcanzada al final del camino, termino por cerrarse la herida silenciosa que los acompaño desde pequeños.

Epilogo

 Aquellos niños solitarios, que crecieron entre la Guerra Civil Española y la dureza de la sierra, entre el miedo y las injusticias de un tiempo cruel, pudieron contemplar en su madurez una vida muy distinta a la que les toco sufrir en la infancia y en su adolescencia.

 Con el paso de los años, el sufrimiento fue quedando atrás. La vida, que tantas veces les negó el descanso y la tranquilidad, acabo regalándoles aquello que más habían deseado desde pequeños: un hogar, una familia y la paz sencilla de los últimos años vividos junto a los suyos.

 Manuel y Antonio dejaron atrás, la soledad y los recuerdos amargos de aquellos tiempos difíciles. Los dos hermanos, que crecieron entre cortijos, terminaron rodeados del cariño de sus hijos, de sus nietos y de esa familia que durante tantos años soñaron tener.

 Las heridas del pasado nunca desaparecieron del todo, porque hay recuerdos que permanecen grabados para siempre en la memoria de quienes los vivieron. Pero ambos lograron encontrar la serenidad que tanto les fue negada durante su juventud.

 Y así, aquellos niños humildes y silenciosos, marcados por la dureza de la historia, encontraron finalmente el calor humano y la dignidad que la vida les debía. 

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