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Una puerta abierta, un Cola-Cao caliente y 44 años de gratitud: La historia de Joaquín y Elvira, la Miguelona de Fornes

José Gutiérrez Jiménez nos acerca una emotiva historia de solidaridad y gratitud que ha permanecido viva durante 44 años. Joaquín Rodríguez ha regresado desde Bilbao a Fornes para reencontrarse con Elvira «la Miguelona», la mujer que una fría madrugada de 1982 abrió su casa a dos jóvenes soldados perdidos y empapados, ofreciéndoles calor, un Cola-Cao y unas galletas. 

 Una madrugada de abril de 1982, dos jóvenes soldados, empapados, muertos de frío y desorientados durante unas maniobras militares, llamaron a la puerta de una casa de Fornes. Allí encontraron a Elvira Recio, conocida como «Elvira la Miguelona», que no dudó en abrirles su hogar, ofrecerles calor y prepararles un Cola Cao con galletas. Uno de aquellos muchachos, Joaquín Rodríguez, ha regresado 44 años después desde Bilbao para reencontrarse con ella y darle las gracias por un gesto que nunca olvidó. 

 Hay gestos que apenas duran unos minutos, pero que permanecen toda una vida. Una puerta que se abre en mitad de la noche, una chimenea encendida, algo caliente que llevarse a la boca y, sobre todo, la bondad de alguien que ayuda sin esperar nada a cambio. Eso fue lo que encontró Joaquín Rodríguez en Fornes una fría madrugada de abril de 1982, cuando apenas era un joven soldado que realizaba su servicio militar.

 Cuarenta y cuatro años después, aquel muchacho ha regresado desde Bilbao para reencontrarse con Elvira Recio, «Elvira la Miguelona», la mujer que aquella noche acogió a dos soldados desconocidos como si fueran de su propia familia. Un encuentro cargado de emoción, recuerdos y lágrimas que demuestra que la verdadera gratitud no entiende de distancias ni de calendarios.

 Hay historias que, aunque pasen los años, permanecen guardadas en la memoria y en el corazón. Historias que nos recuerdan que, incluso en los momentos más inesperados, siempre hay personas capaces de ofrecer una mano amiga sin pedir nada a cambio. Esta es una de esas historias, protagonizada por un joven soldado vasco y una mujer de Fornes que, sin saberlo, dejó una huella imborrable en su vida.

 Nuestro protagonista es Joaquín Rodríguez, natural de Bilbao, que en el año 1982 fue llamado a filas para realizar el servicio militar obligatorio. Su destino fue Almería, concretamente Viator, donde decidió incorporarse a la COE (Compañía de Operaciones Especiales), unidad de fuerzas especiales. Posteriormente fue trasladado a Granada y, desde allí, al campamento militar del Padul, conocido como «Alférez Rubio Moscoso».

 En aquel campamento comenzó una exigente etapa de 45 días de adiestramiento militar, cuyo objetivo era conseguir la deseada boina verde.

Una noche de abril que nunca olvidaría

 Una mañana del mes de abril, los soldados fueron formados y, cargados con sus mochilas y sus CETME, recibieron las instrucciones para realizar una travesía desde el campamento del Padul hasta Fornes, atravesando la sierra.

 Llegaron al entorno de Fornes por la tarde y establecieron su campamento junto a las orillas del pantano de los Bermejales. Pero la jornada todavía no había terminado.

 A la una de la madrugada recibieron nuevas órdenes: debían formar por parejas y emprender el regreso al campamento del Padul. A Joaquín y a otro compañero les correspondió salir los primeros.

 Sin referencias de los demás compañeros y en plena oscuridad, se desviaron hacia una zona del pantano donde el agua les cubría más. Tuvieron que atravesarla nadando, con las mochilas y el CETME en las manos, procurando no perder nada de su equipo.

 Finalmente consiguieron alcanzar la otra orilla, pero estaban completamente empapados y tenían por delante una larga noche de marcha. La orden era clara: debían estar de regreso en el campamento al toque de diana.

 Aunque tenían prohibido acercarse a caminos, carreteras y pueblos, el frío y las circunstancias les llevaron hasta las primeras casas de Fornes.

 Eran aproximadamente las dos de la madrugada cuando, a escondidas, llamaron a una puerta.

Elvira la Miguelona: una puerta abierta en mitad de la noche

 En aquella casa vivía Elvira Recio, conocida cariñosamente en el pueblo como «Elvira la Miguelona».

 Joaquín recuerda perfectamente aquel momento. Todavía hoy se pregunta cómo Elvira no salió corriendo al encontrarse frente a la puerta con dos jóvenes soldados vestidos con uniformes militares de camuflaje y las caras pintadas de negro.

 Sin embargo, ocurrió todo lo contrario.

 Elvira les abrió la puerta, los hizo pasar y los acercó a la chimenea para que pudieran calentarse y secarse la ropa. Les ofreció comida y bebida, pero Joaquín recuerda especialmente lo que pidió aquella noche: un Cola Cao calentito acompañado de unas galletas.

 Aquel pequeño gesto, que para Elvira quizá fue simplemente ayudar a dos muchachos que lo necesitaban, se convirtió para Joaquín en un recuerdo que le acompañaría durante toda su vida.

 Después de aquella breve estancia, los dos soldados continuaron su camino durante el resto de la noche, rumbo al campamento del Padul.

44 años después, Joaquín vuelve para dar las gracias

 El tiempo pasó, los años fueron dejando atrás aquella etapa de la mili y Joaquín continuó con su vida. Sin embargo, nunca olvidó aquella noche ni a la mujer que, sin conocerlos de nada, les abrió las puertas de su casa.

 Siempre le quedó una espinita clavada: volver a ver a Elvira y darle personalmente las gracias. No sabía si todavía vivía ni cómo podría localizarla, pero aquella deuda de gratitud seguía presente en su memoria.

 Finalmente, 44 años después, Joaquín decidió regresar a Fornes.

 Preguntando por el pueblo consiguió localizar a Elvira Recio. El esperado encuentro fue profundamente emotivo. Volvieron a encontrarse dos personas a las que la vida había unido durante apenas unos minutos, pero cuyo recuerdo había permanecido vivo durante más de cuatro décadas.

 Joaquín cuenta que, al verla de nuevo, no pudo contener la emoción y se le saltaron las lágrimas. Había regresado desde Bilbao para cumplir algo que llevaba muchos años deseando: agradecerle personalmente aquel gesto de humanidad.

Elvira tampoco había olvidado a aquellos dos soldados

 Pero la historia tenía otra sorpresa. Elvira también guardaba en su memoria el recuerdo de aquella madrugada.

 Cuenta que ella y su familia estaban acostados cuando escucharon llamar a la puerta. Se levantó de la cama y, al abrir, se encontró delante a dos jóvenes soldados.

 «Con aquellas caritas de niños, tan jovencillos, chorreando agua y con una hipotermia que daban pena», recuerda Elvira.

 Uno de ellos le dijo: «Señora, que nos hemos perdido».

 Y su respuesta fue inmediata: «Pasen, pasen».

 Elvira los recibió, les ofreció todo lo que tenía y procuró que entraran en calor. Pero aquellos dos muchachos solamente querían algo sencillo: un Cola Cao calentito con unas galletas.

 Elvira reconoce que, durante todos estos años, ella también se había preguntado muchas veces qué habría sido de aquellos dos soldados y qué habría pasado con sus vidas.

 Lo que seguramente nunca imaginó es que, 44 años después, uno de ellos volvería a llamar a su puerta, esta vez no por necesidad, sino para darle las gracias.

Una historia que nos recuerda el valor de la solidaridad

 La historia de Joaquín y Elvira es mucho más que una anécdota de la mili. Es un ejemplo de cómo un pequeño gesto puede permanecer en la memoria de una persona durante toda una vida.

 Aquella noche, Elvira no preguntó de dónde venían, quiénes eran ni por qué estaban allí. Vio a dos jóvenes que necesitaban ayuda y les abrió su casa. Les ofreció calor, comida y, sobre todo, humanidad.

 Hoy, cuando tantas veces vemos noticias de conflictos, enfrentamientos y situaciones difíciles en distintos lugares del mundo, historias como esta nos recuerdan que también existen momentos de bondad, solidaridad y amor hacia el prójimo.

 Porque hay puertas que se abren durante unos minutos, pero permanecen abiertas para siempre en el recuerdo.
Y la de Elvira la Miguelona, en Fornes, se quedó abierta durante 44 años en el corazón de Joaquín.

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