
Iglesia de Los Bermejales

Adiós a los álamos de la iglesia
Esta mañana hemos despedido
a los álamos luminosos de la iglesia,
como se despide a los ancianos cargados de años
después de un mundo de viento, de lluvia
y de soles de bautizos, comuniones, bodas y entierros.
Les dijimos adiós antes de una muerte repentina,
estaban enfermos los álamos machadianos,
estaban secos y en su mitad podridos.
Durante décadas guardaron la soledad del templo
en un último silencio ya inabarcable.
Y protegieron a la iglesia y su belleza
y contemplaban a las ardillas
que revolotean inciertas y discretas
desde la distancia cercana de sus pinos,
y fueron testigos de parejas de enamorados
que dejaron tatuados nombres, corazones y flechas.
Un día, dieciocho de marzo de 2026,
se abrió de repente un cielo azul y blanco,
la tímida lluvia dejó paso a un día nuevo,
y la iglesia pálida se asomó a la plaza
saludando a las encinas casi centenarias,
y a los abetos y a un albero claro
que ahora toma el sol descuidado,
y a los pájaros que dibujan otro cielo más grande
desde su púlpito secreto de nidos y ramas.
Entre todos les dimos a los álamos
una gloriosa sepultura de llanto verde
entre sonidos de campanas
que marcaban puntuales las horas.
Y acudieron cuatro encinas centenarias,
dos olivos y una higuera,
algunas adelfas, rosales de todos los colores,
tomillos y romeros,
una grama verde y parda
que se asoma a la primavera
y cientos de cipreses, serios y señoriales
que rodearon desde su infancia
la intimidad de la escena.
Allí estaban un ruiseñor que cantaba,
una bandada de palomas blancas
trazando aureolas aéreas,
y también un panal de abejas
que descubrimos
dentro de los troncos ahuecados.
Mañana cuatro abetos nuevos serán testigos de su relevo,
comenzará un nuevo ciclo de viento, de lluvia
y de soles de ardillas, ruiseñores y palomas
y de nidos que siembran generaciones de pájaros cantores
que con su gorjeo alegrarán de nuevo
la vida y los amaneceres.
Manuel Fernández Guzmán




